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¿Se puede hacer corrección de pruebas en la computadora?

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Las nuevas tecnologías han transformado la corrección de estilo en unos pocos años. Las funciones del control de cambios de Word, el uso de macros para la automatización de tareas repetitivas y hasta la posibilidad de realizar comentarios y correcciones sobre archivos PDF han sido tan solo algunas de las innovaciones que han llegado a convertirse en labores cotidianas. Sin embargo, la tecnología adecuada para emular la corrección de pruebas ha sido un poco más lenta, en especial, porque es una de las actividades más vinculadas al papel, por sus propias características. La corrección de pruebas tradicional es un ejercicio a mano alzada, muy libre, dominado por completo por la lectura detallada de la hoja, el trazo en el papel y la mesa de trabajo, con toda la ergonomía que esto supone.

La corrección en computadora es torpe en comparación: el lapicero debe reemplazarse por un mouse o ratón cuya manipulación no se asemeja en nada a un lápiz o bolígrafo. Cada anotación exige la selección previa de una herramienta, con lo que varios clics anteceden el acto mismo de anotar. Pasar de insertar una marca a poner un comentario o hacer una línea para encerrar una palabra no es tan fácil como hacerlo con la mano. La interfaz de corrección no está diseñada para emular la escritura y obliga a una curva de aprendizaje, una adaptación y algo de paciencia.

Las ventajas

Quienes logran adaptarse a este proceso digital, reportan muchos beneficios: la posibilidad de eliminar o modificar un comentario sin alterar la hoja, una mayor comprensión por parte de sus colaboradores sobre las correcciones que se deben insertar, ganancia de tiempo al poder intercambiar los archivos de manera digital sin la intermediación de mensajería o tener que desplazarse físicamente para obtener la copia impresa.

Un punto a favor de este método de corrección es la posibilidad de generar informes detallados de las observaciones realizadas, lo que algunos programas pueden realizar con toda facilidad.

Las desventajas

Corregir textos de una gran extensión, por completo en la computadora, mediante este método, puede ser cansado, ante la falta de fluidez de la herramienta.

Por otro lado, si las otras personas del equipo no tienen cuidado suficiente, algunas de las anotaciones en PDF tienden a camuflarse y pasarse por alto, como los comentarios emergentes. Esto se compensa con facilidad usando otras herramientas más visibles en la página, como una llana caja de texto.

Los mejores programas para corregir en computadora

El favorito de los profesionales es, sin lugar a dudas, el Adobe Acrobat (MacOS y Windows). Es uno de los editores de PDF más antiguos del mercado y tiene una gran cantidad de herramientas para la edición, cada año más sofisticadas y potentes: desde la anotación y subrayado hasta el reconocimiento de texto para incorporar cambios directamente en la página. Sin embargo, puede ser un programa muy oneroso por formar parte del paquete de Adobe Creative Cloud, con un costo cercano a los 500 USD anuales. En lo personal, le encuentro otro problema: una interfaz poco intuitiva en el acceso a las herramientas. Hace unos años rediseñaron por completo el programa, pero no sé con exactitud en qué estaban pensando, porque le restaron usabilidad. Por lo tanto, el Acrobat obliga a capacitarse adecuadamente, familiarizarse con las herramientas y pagar una alta tarifa anual para utilizarlo de manera legal.

Ante estas circunstancias, vale la pena tener siempre una alternativa. En la plataforma MacOS, el programa que más me ha gustado es el PDF Expert. La licencia tiene un valor de 49 USD a precio pleno y a menudo se ofrece con descuentos hasta del 50 %, ya sea por sí solo o como parte de paquetes de programas, en plataformas de distribución como Stack Social. Ofrece herramientas de anotación fáciles de utilizar, edición directa de texto y un informe de páginas corregidas. Por lo tanto, en lo sustancial, se obtienen las mismas funciones que con el Acrobat, a una fracción del precio, con una licencia que se paga solamente cuando hay actualizaciones mayores y no como una anualidad. Otro beneficio es una interfaz más limpia, sencilla y fácil de utilizar que la de Acrobat. Tiene una ventaja adicional: la sincronización vía iCloud con su contraparte de iOS (o con otras computadoras Mac). Esta función es crucial para quienes decidan alternar la corrección del material con un dispositivo móvil. Pero de eso hablaremos en el próximo artículo.

En síntesis

La corrección en computadora es posible y viable. De hecho, muchas personas dedicadas a la corrección profesional la utilizan con frecuencia como su principal herramienta, cada vez más por encima de la revisión directa en papel.

No obstante, conviene recordar que implica entrenarse en una forma diferente de corregir al no ser una transferencia pura entre la experiencia en papel y la experiencia digital. También obliga a tener un equipo de colaboradores que se hayan adaptado a la tecnología y tengan el entrenamiento y la disciplina para no pasar por alto ningún comentario.

Si todos estos requisitos se cumplen, es una potente herramienta y vale la pena tenerla siempre en el arsenal de corrección. Para quienes no se logran adaptar a esta metodología y aún así quieren corregir en formato digital, la alternativa es el uso de una tableta con un lápiz inteligente. Esto lo conversaremos en el próximo artículo de Nisaba.

(Imagen: captura de pantalla de página falsa revisada con Adobe Acrobat)

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Qué es la corrección de pruebas y cómo se hace

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La corrección de pruebas es esa revisión que se realiza durante las etapas más avanzadas del proceso de publicación. Una vez que el libro ha sido leído, releído, editado, revisado y vuelto a revisar, se le entrega al equipo de producción gráfica que verterá el manuscrito en un documento de diseño, usualmente en una aplicación especializada, como Adobe InDesign o QuarkXPress.

En ese momento, el texto abandona las manos de su editor y de su autor y no puede trabajarse más con las funciones de corrección de los procesadores de texto.

Cada editorial establece cuántas correcciones de pruebas se realizan, pero el control de calidad exige de dos a tres, como cifras mínimas.

Esta corrección ya no se hace en pantalla, salvo que se haga en un archivo PDF, porque es esencial que la página formada permanezca tal y como se ve en el programa de diseño.

Además, no solo se revisa el texto, sino otros elementos, como los espacios, las cabeceras, los elementos no textuales (que estén donde corresponde o sean eliminados ahí en donde no deberían estar), la división de palabras, los ríos y calles (espacios entre palabras y los bloques de texto), los rosarios (secuencias de caracteres similares al inicio o final de los renglones), todo tipo de erratas y un largo etcétera. Los pormenores de la corrección de pruebas requieren de una serie de artículos, así que no los abordaré en esta breve entrada.

Cómo se realiza la corrección de pruebas

Puesto que la fidelidad de la página es crucial, todavía hasta la fecha, predomina el uso de la impresión de papel y las anotaciones a mano alzada para realizar la corrección.

En mi caso particular, utilizo lapicero rojo (ojalá de gel y con punta muy fina y precisa), lápiz, algún color adicional para otras anotaciones (verde o morado) y muchas notas adhesivas, para poner comentarios adicionales, hacer marcas generales, diferenciar capítulos…

Cuando se tiene la mala suerte de tener que añadir o corregir un párrafo íntegro —algo que solo debería suceder de manera ocasional, dado que ya para esta altura del proceso se superó la corrección de estilo—, a veces es útil digitar el párrafo en un procesador de texto, imprimirlo y pegarlo con cinta adhesiva.

Así de artesanal es el proceso.

Y esa impresión vale oro: porque vale muchas horas de trabajo y debe ir y venir de forma física entre la persona que hace la edición gráfica y la corrección de pruebas.

¿Se puede evitar la corrección de pruebas?

Hacer o no la corrección de pruebas es una de las grandes diferencias entre las buenas y las malas ediciones. Este es un control de calidad indispensable para frenar, antes del producto final, las pequeñas imperfecciones que se van quedando en el texto, a pesar de nuestros esfuerzos previos.

Además, no todo son erratas que provienen del texto previo. Otras erratas se forman el proceso: un dedazo, una persona que corrige por error (y a veces con buena fe, pero algo de ignorancia) algo que estaba bien, un error de montaje y no de texto (un elemento de página maestra que se va por error en una ventana de capítulo), una figura invertida por error, imágenes que quedaron en la página equivocada y otros muchas pequeñas imperfecciones en el proceso.

Son pequeñas cosas, pero hacen la diferencia en un libro hecho con cuidado y otro que nadie se tomó la molestia de revisar.

¿Se necesita entrenamiento para hacer corrección de pruebas?

Sin duda.

Se necesita la guía de alguien con más experiencia, leer un poco (las obras de José Martínez de Sousa traen apartados al respecto) y, sobre todo, entrenar la mente para que pueda ver lo que normalmente pasa por alto. La mente debe ver el error en lugar de leerlo como si fuera correcto. Y debe aprender a verlo todo: el inicio de la página, los márgenes, los vacíos, las figuras… ¡todo! También debe ser capaz de leer texto y reconstruir sentidos (funciones lógicas y semánticas), pero también debe ser capaz de ver la página como una figura (funciones espaciales y visuales). La letra es a veces dibujo y a veces palabra. Y la mente debe aprender a verla de esa forma.

También hay que aprender una serie de marcas para el señalamiento de los cambios. Cada editorial puede tener los suyos, aunque hay algunas casi universales.

El resto es práctica.

¿Se puede hacer corrección de estilo en la corrección de pruebas?

Jamás.

De vez en cuando se detectará una coma, una cacofonía, una reiteración. De vez en cuando habrá una frase sin sentido que necesitará del arreglo de un verbo o el cambio de una palabra. De vez en cuando habrá un párrafo macarrónico, extenso y perdido que todo el mundo pasó por alto. Pero solo de vez en cuando.

Las correcciones de estilo en una corrección de pruebas deben ser mínimas. La cantidad en sí dependerá de la extensión del texto, pero el porcentaje ha de ser bajo en proporción con la totalidad del texto.

La verdadera corrección de estilo debe hacerse antes, cuando el movimiento de párrafos, la inserción de títulos, la reescritura de textos o el recorte de palabrería no tengan un impacto en las páginas formadas del libro.

De lo contrario, habría un gran desperdicio de recursos y, en lugar de ganar tiempo, se perdería.

En síntesis

La corrección de pruebas es un paso indispensable para garantizar la calidad de la edición. Es distinta de la corrección de estilo, porque no se centra en la expresión verbal del texto sino en los errores y las imperfecciones, dentro del texto, que puedan haberse colado tras la corrección de estilo (y por la manipulación posterior) y más allá de esta, dentro de la página formada o diagramada. Requiere de un entrenamiento especial y diferente de otras formas de edición y corrección, pero se adquiere con guía, práctica y constancia.

Por sus características, se hace por lo general en papel y, hasta ahora, no había posibilidad de suplantarla con la tecnología digital, salvo en documentos de corta extensión. En otro artículo se revisará cómo el uso de tabletas y lápices inteligentes puede transformar este quehacer artesanal de la corrección de estilo.

(Fotografía: cortesía de Pixabay.com)

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Feliz Día de la Corrección

Hoy se celebra en Día de Internacional la Corrección*, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, quizás uno de los primeros hombres dedicados al oficio. Yo, en mi calidad de correctora —una de mis facetas en mi relación con las palabras— me apropio de esta fiesta y la convierto en un evento internacional.

Al recordar a Erasmo, recuperamos las razones básicas por las cuales nuestra profesión es necesaria en un mundo cada vez más dependiente de la palabra escrita (aunque proliferen otros medios, el escrito sigue más vivo que nunca). Erasmo era humanista, escritor y filósofo. Fue una de las figuras centrales del Renacimiento y su humor franco y despiadado nos acompaña hasta la fecha en su Elogio a la estulticia, también traducido como Elogio a la locura.

Erasmo nos recuerda que para señalar errores hay que tener varias actitudes y habilidades, además de una vasta cultura, un gusto nato por la lectura y un gran conocimiento de nuestras herramientas de la palabra. Estas son algunas de las actitudes, habilidades, capacidades, cualidades e ideales que, en lo personal, he encontrado de utilidad en mi quehacer profesional en la corrección, ya sea de conceptos, de estructura, de estilo o de pruebas.

Se las comparto, con el interés de advertencia y bienvenida para las personas que en el futuro abracen nuestra profesión. Corregir no es tan solo tachar errores de gramática y ortografía.

  1. Amor loco, apasionado y desesperado por la palabra en todas sus formas (ojalá la palabra bella, pero al menos la palabra eficaz, transparente, digna).
  2. Una cierta obsesión compulsiva en la búsqueda de la perfección (aunque la perfección sea inalcanzable y lo sepamos).
  3. Deseo de mejorar (lo propio y lo ajeno que se nos ha confiado; esto es una actitud que nos atraviesa: también tratamos de mejorar nuestra persona, nuestra vida, nuestro entorno, nuestro mundo).
  4. Meticulosidad (que nada se escape de nuestra atenta búsqueda).
  5. Altos niveles de concentración y atención (aunque a nuestro alrededor el mundo sea un caos).
  6. Cuestionar hasta los propios paradigmas (quien no reconoce su ignorancia, no puede corregir la ajena).
  7. Expresar la duda de manera comprensible (saberse explicar ahí en donde la otra persona no desea escuchar que hay algo mal)
  8. No dar nada por sentado (dudar hasta de nuestra sombra).
  9. Verificarlo todo (hasta lo que creíamos saber).
  10. Verificar si la recepción del texto se acerca a su intención (si lo que entendimos era lo que la otra persona quería decir o provocar).
  11. Comprensión de la lengua como un sistema (verla en su esqueleto, con visión de rayos x; la gramática en su estado más puro, etéreo, abstracto y mágico).
  12. Aceptar que hasta las letras mayúsculas tienen un valor en la comunicación escrita (y que pasamos todos esos años estudiando Latín, Griego, Lingüística y Literatura para que se nos vaya la vida y se nos juegue el prestigio en una mayúscula).
  13. Leer de manera activa, necia, majadera, interlocutora, cuestionadora, respondona… (es otra forma de entretenimiento, después de todo).
  14. Leer en varios niveles: del código escrito a lo que realmente se dice desde el texto como mediador (y reconocer que algo puede estar “gramaticalmente correcto”, pero alcanzar proporciones épicas de error por otras razones más sutiles, que necesitarán incluso el apoyo de especialistas en el tema).
  15. Mente abierta y capacidad de adaptación (lo que es correcto en un contexto no lo es en otro).
  16. Información y amplia bibliografía (no seamos ilusos: lo que nosotros queremos saber, alguien más ya lo investigó, lo escribió y lo publicó; conozcamos nuestros autores, leamos, aprendamos y tomemos decisiones informadas y con criterio).
  17. Buscar el punto medio entre la firmeza y la flexibilidad (entre la norma extrema y su ruptura antojadiza hay un amplio margen de acción para lograr textos claros y correctos y, aún así, respetar la intención de quien escribe).
  18. Saber escuchar (entre nuestro criterio y el del autor se entretejen textos más completos gracias al trabajo en equipo)
  19. Saber ceder (la nuestra no es una lucha de poder sino un intento por ayudarle al autor a quedar bien; es su nombre, después de todo, en la cubierta del libro).
  20. Proponer, proponer, proponer (estamos aquí para dar soluciones, no para dejar árboles caídos a nuestro paso).

Un gran abrazo, desde Costa Rica, para quienes siguen cambiando el mundo, todos los días, un texto a la vez.

————
* Instaurado por primera ocasión en el año 2006 por la Fundación Litterae de Argentina, el Día Internacional de la Corrección o Día del Corrector de Textos se celebra el 27 de octubre en México, España y Argentina. Aporte de Amelia, lectora del blog Nisaba. ¡Muchas gracias!

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Normas de cortesía para hacer comentarios y edición

En lo personal, creo que nada puede prepararnos para recibir comentarios sobre nuestro escrito. Confieso aquí que, a pesar de trabajar en corrección, de conocer todos los beneficios de los aportes de lectores externos, de participar de lleno en procesos de edición y de estar al tanto de la inevitabilidad del error, todavía rujo durante horas cuando alguien trata de cambiarle siquiera una coma a mis textos. Yo esperaría tener la madurez para aceptar la crítica sin remordimientos, pero no puedo evitarlo: mi ego se siente agredido y amenazado, con razón o sin razón, eso le importa poco. La reacción es inconsciente, es vehemente y, sobre todo, es visceral e incontrolable.

Visto así, como escritora, es que aprecio, valoro y recomiendo el uso de la diplomacia en el proceso de edición y corrección de textos. Nuestro trabajo es ser implacables, pero eso no significa que debamos hacerlo con grosería y falta de tacto.

Por eso, con base en mi experiencia, comparto estas diez recomendaciones —a modo de lineamientos— para comentar un texto:

  1. Se respeta y reconoce la labor ajena. Un texto es el resultado de un acto de investigación, creatividad y expresión. Quien escribe ha dejado de hacer algo abandonado en su vida por escribir ese texto. Reconozcamos y agradezcamos la puntualidad, dedicación y responsabilidad de quienes colaboran en nuestro equipo.
  2. El texto es de otra persona, no es nuestro. Se le revisa con su permiso y siempre desde lo que está tratando de expresar, ya sea que lo logre o no. Lo que el editor o corrector habría escrito es irrelevante. Lo que interesa es lo que ya escribió la otra persona y cómo puede mejorarse.
  3. Se corrige el texto, no se juzga a la persona. Al hacer las recomendaciones puntuales, siempre hay que redactar haciendo énfasis en el texto, en su relación con el público al que va dirigido, en los contenidos y su enfoque, en la gramática o la forma de expresión. No estamos juzgando a la persona ni la estamos calificando: el objetivo es pulir y perfeccionar el texto como el mejor producto que ese texto —con sus características e idiosincrasia— pueda ofrecer.
  4. Se corrige lo que se ha solicitado. Cada quien ha de atenerse a su función editorial y saber hasta dónde pueden llegar sus observaciones. No se vale ser especialista de contenidos y dedicarse a hacer corrección de estilo; o bien, señalar errores estructurales cuando la obra ya está en corrección de pruebas. No solo se invade el campo de otros profesionales —y a veces, con errores— sino que se desatiende aquello para lo que se le pidió criterio.
  5. Al fin de cuentas, la nuestra es una opinión. La edición no es una ciencia exacta. Tiene mucho de opinión, enfoque, subjetividad. Se arraiga en la experiencia personal, en la formación académica, en los intereses y hasta en las ideologías y discursos que nos atraviesan. Reconocerlo y hacerlo explícito al hacer nuestros comentarios es beneficioso, porque hacer observaciones es iniciar un diálogo, no crear un pulso de poder. Esta técnica contribuye a que las observaciones no se perciban como un ataque y permite que el autor las analice con una actitud más receptiva.
  6. Pero es una opinión fundamentada. Toda observación deberá estar respaldada por argumentos válidos y, cuando sea necesario, documentación o bibliografía especializada. No se trata de ejercer el gusto o la preferencia personal, sino de recomendar lo que resulte mejor para el texto y la publicación, siempre tomando en cuenta la norma lingüística, la línea editorial y las características del público lector.
  7. Se señala el problema y se ofrece la solución. La crítica por la crítica es un acto de arrogancia y exhibicionismo. El protagonista aquí es el texto que se corrige, en función de la editorial y del lector; a nadie le interesa la erudición del editor o del especialista en contenidos. Por lo tanto, siempre que se señale un error ha de ser porque existe y se conoce la manera de mejorarlo a través de una alternativa viable, respetuosa y compatible con el estilo de la obra.
  8. Hay que saber cuándo parar. Corregir puede ser un vicio y, si nos ponemos a hilar fino, todo se puede corregir. Es un texto ajeno y que no se puede reescribir indefinidamente. Por eso, se eligen las batallas, se corrige lo esencial y se deja lo demás legible, pero bajo la responsabilidad del autor, no la nuestra.
  9. Se destacan las virtudes del texto. Si algo durante la lectura nos impacta de manera positiva, no está de más decirlo. Será un pequeño bálsamo para el ego del autor en medio de tantos tachones y comentarios adversos.
  10. Se elabora una síntesis. Antes de devolverle el texto al autor, tan lleno de observaciones que se le pueda hacer irreconocible, vale la pena hacer un breve resumen de los aspectos generales y, de manera diplomática, indicar las razones para las sugerencias puntuales. Esta síntesis debe comenzar por destacar los aciertos y méritos del texto. De esta manera, el autor sabrá que no se le ha juzgado y que su obra no es una basura lista para descartar. Comprenderá el mensaje correcto: es un texto perfectible, dentro de una cadena de producción y requiere de ajustes que le ayudarán a aumentar su calidad.

Debo insistir en el tema de hacer explícitas las virtudes y logros del texto. Como norma general, nos centramos en marcar error tras error y, al final, olvidamos decirle al autor que, después de todo, su texto vale la pena y, quizás, hasta tenga el potencial para ser un nuevo hito editorial.

El silencio no es un elogio. Siempre habrá algo que podamos rescatar del material leído. Tal vez está lleno de entusiasmo; quizás ofrece una visión fresca pero desordenada; a lo mejor es ameno y entretenido, pero le falta profundidad y fundamento. No importa cuál sea su virtud, conviene encontrarla, porque esta persona ya entregó muchas horas de su vida a escribir y, con nuestras observaciones, le estamos pidiendo que dedique otras tantas a reescribir. Lo menos que podemos hacer es enfatizar por qué vale la pena el esfuerzo.

Por último, hay una máxima inevitable: el autor puede estar en desacuerdo con nuestras observaciones. Hemos de prepararnos para escuchar sus contrargumentos, aceptar sus razones y llegar, por la vía de la negociación, a un punto medio que satisfaga a ambas partes. El texto es del autor, pero el respaldo de calidad es el de la editorial; de ahí que lograr un equilibrio entre las intenciones de ambos sea crucial en el proceso de publicación.

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Leer antes de corregir: la hoja de estilo

Una vez leído el texto con fines diagnósticos y elaborada una lista de acciones pendientes, dudas, inquietudes y temas por resolver, es el momento de hacer una pausa de la lectura y tomar las decisiones de estilo que aplicarán a esta obra en particular.

Todas las editoriales —al menos en teoría— disponen de un manual de estilo. Aun cuando no esté escrito, hay un conjunto de reglas que enmarcan sus estándares de publicación.

Cuando la corrección se hace de manera independiente, sin un manual que sirva como guía, la hoja de estilos es más difícil, porque requerirá más investigación en fuentes de diversas y hasta contradictorias. Cuando el manual existe, este será la guía y referencia obligatoria para la elaboración de la hoja de estilos que deberá respetarlo hasta donde los casos particulares lo permitan.

¿Qué es la hoja de estilo?

Es el conjunto breve, puntual y conciso de las decisiones editoriales que se aplicarán durante la revisión. Si la revisión es de contenidos, estas decisiones serán el sumario de los aspectos débiles de la obra y con qué tono y estrategias se atenderán. Si la revisión es de estilo y comunicación, estas decisiones implicarán correcciones de redacción, sintaxis y discurso. Si la revisión ya es ortotipográfica, estas decisiones también suponen la unificación tipográfica de la obra en todos sus detalles.

¿Por qué se necesitaría una hoja de estilo si existe un manual?

Los manuales son amplios y atienden una gran cantidad de temas porque deben prever todas las situaciones posibles. Varían en extensión de unas 125 hasta más de mil páginas. Son un instrumento de consulta diseñado para todos los productos de la casa editora.

La hoja de estilos, en cambio, está diseñada a la medida del texto. Recopila los aspectos normativos y de unificación que atañen a un solo libro o documento. Puede variar en extensión de dos a diez páginas, según la complejidad y extensión del material. Estas cifras no son inviolables, una hoja de estilo puede tener solo una página o sobrepasar la decena, pero siempre será tan breve como se pueda y es, ante todo, una guía mnemotécnica de trabajo para recordar, en esta publicación en particular, cómo se decidió atender esto o aquello.

¿Por qué conviene elaborar la hoja de estilo antes de revisar?

La elaboración de la hoja de estilos da la oportunidad de reflexionar sobre las decisiones de corrección en su conjunto y no de manera aislada o atomizada. En lugar de ir párrafo a párrafo decidiendo si este o aquel concepto deberá escribirse con letra cursiva o entre comillas, un diagnóstico global previo que se concrete en lineamientos globales será el mejor apoyo durante el proceso fino de corrección. Así, cuando se revisa, no se toma la decisión cien veces: más bien se toma la decisión una vez y se aplica cien veces.

Otra ventaja de la hoja de estilos es la comunicación entre las personas involucradas en la realización y edición del material. Cuando los criterios se comparten y someten a aprobación, se evitan reclamos y discusiones innecesarias en etapas más avanzadas.

También le proporcionan a quien revisa un instrumento de respaldo en disputas, disensiones o dudas cuando el final de la revisión está cerca. Una hoja de estilos previa impide, por ejemplo, que luego de unificar algo a través de trescientas páginas, aparezca alguien preguntando por qué mejor no se hace “asá” en lugar de “así”.

Por respeto a la labor profesional que se está realizando, esas preguntas no deben plantearse cuando la labor está casi terminada sino antes, cuando nadie ha desperdiciado horas valiosas del calendario de producción y de su propia vida en una decisión que después sería imputada, muchas veces por una cuestión de gustos. En otros casos, puede ayudar a detener, antes de cometer una equivocación masiva, errores de criterio que, en efecto, debían aplicarse de manera distinta a la elegida por quien está corrigiendo.

La función mnemotécnica de la hoja de estilo

En un medio de edición profesional, se manejan varias obras simultáneamente y el periodo de revisión de muchas obras puede alargarse y superponerse al de otras. Cuando se retoma un material tras dos o tres meses desde el primer contacto, se corre el riesgo de olvidar qué se había decidido en ese momento para esa obra en particular y por qué.

La hoja de estilos debe ser tan sucinta que su consulta sea fácil, pero tan explícita como se necesite para recordar el sustento de la decisión tomada.

El valor de la hoja de estilo en las distintas etapas de corrección y revisión

Una hoja de estilo puede irse enriqueciendo al ir pasando de manos: de editor de contenidos a editor de estilo, de ahí a la mesa de corrección de pruebas… Su valor aumenta si las personas encargadas de estos procesos son distintas. Nadie debería asumir una corrección de pruebas sin tener a la vista la hoja de estilos de la obra, no vaya a ser que quiera aplicar —por ignorancia y hasta buena fe— decisiones distintas a las tomadas por el equipo, con amplio sustento y discusión. Algo puede ser muy correcto desde el punto de vista de la Real Academia Española, pero si entre dos alternativas distintas, igualmente correctas, el equipo de edición eligió una y la aplicó de forma consistente, nadie debería tener la potestad de llegar a una etapa de revisión de pruebas y así, sin más, dictaminar: “esto está malo, esto no sirve, cámbienlo todo”.

Incluso un pequeño cambio en etapas avanzadas puede convertirse en un gazapo de dimensiones monstruosas, cuando alguien, erróneamente, cambia algo en una página sin tomar en cuenta todo lo demás. El riesgo de error también aumenta cuando se decide hacer tal unificación en un momento tan avanzado de la obra. No es lo mismo unificar de forma apresurada, con el libro ya casi en prensa, que hacerlo cuando hay meses o semanas de tiempo.

Cada publicación es un mundo y quienes la han acompañado merecen respeto. La hoja de estilo forma parte de la documentación necesaria para dejar registro del proceso y hacer valer ese respeto cuando la ocasión lo amerita.

En síntesis
La hoja de estilo es una herramienta mnemotécnica, facilita la comunicación del equipo, ayuda a mantener decisiones uniformes y sistemáticas, es un apoyo profesional para hacer valer nuestra labor y, al final, incluso puede ayudar a enriquecer los manuales de la casa editora cuando se ha utilizado para resolver temas polémicos no contemplados en el manual de estilo de la casa.

Esta, sin duda, es una de las prácticas que diferencian a quienes están comenzando de quienes ya llevan camino recorrido: se gana mucho cuando se “pierde” tiempo en estos procesos preliminares.

Si usted todavía no ha hecho nunca una hoja de estilo, inténtelo la próxima vez. Si ya tiene esta práctica, cuéntenos sus experiencias.

Con este artículo se cierra la serie de “Leer antes de corregir”. He compartido lo que muchos manuales recomiendan y la experiencia me ha confirmado. La edición queda ahora en sus manos.

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Leer antes de corregir: cuántas lecturas deben hacerse

En el artículo anterior, hablamos de la lectura diagnóstica como una etapa esencial del proceso de edición.

Sin embargo, sobre todo cuando uno está comenzando en el oficio o está publicando el primer libro, existe la tendencia a leer indefinidamente, a corregir una y otra vez, a sentir que el proceso no se termina nunca.

Surge, inevitable, la pregunta: ¿cuántas lecturas deben hacerse antes de corregir o reescribir? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Cincuenta?

La respuesta no puede ser absoluta. Cada publicación es distinta y habrá quien tenga el tiempo y los recursos para leer indefinidamente. Pero si se tiene el interés de alcanzar un proceso fluido, metódico y con una secuencia de pasos que puedan ir garantizando una edición más eficiente, la lectura diagnóstica puede reducirse a tres etapas hasta alcanzar la primera corrección de estilo.

  1. Una lectura general, de familiarización con el texto. En esta los comentarios deben ser mínimos. Ninguna corrección debe señalarse. Se puede iniciar una lista desordenada de los aspectos por corregir, según se van identificando. Esta servirá de guía para la elaboración de la hoja de estilos y para orientar los comentarios de la segunda lectura.
  2. Una lectura de marcado y comentarios. No debe ser todavía una corrección fina, pero durante esta etapa se elabora la hoja de estilos del documento y la lista de decisiones editoriales: ¿qué se unificará y por qué?, ¿qué se modificará, corregirá y por qué?, ¿cuáles son los problemas o dudas en donde será necesario pedir aclaración o criterio de especialistas?, ¿dónde se le solicita al autor reescribir o aclarar? Las marcas deben reducirse a subrayados para resaltar en dónde hay algo por corregir o intervenir, no son todavía marcas de corrección. Se elabora una lista de acciones de corrección que luego se convertirá en lista de cotejo y guía de la lectura de marcado de corrección. En esta etapa, conviene enviar el documento de vuelta a su autor o autora con el fin de solicitar su intervención en algunas zonas del texto, advertirle sobre las correcciones por realizar y obtener su aprobación para las decisiones que puedan ser críticas o polémicas.
  3. El marcado de corrección propiamente dicho. Puede hacerse de dos maneras: a) quien corrige marca para que alguien más implemente los cambios; b) se corrige el documento directamente (preferiblemente con el uso de la herramienta de seguimiento de cambios o con el uso de un código de color para mostrar la intervención del documento). Esto depende del flujo editorial de cada empresa editora.

Estas tres lecturas sugeridas dan por un hecho que estamos ante un texto final; es decir, un libro al que no se le debe escribir ni reescribir nada. Si todavía no se ha alcanzado ese punto, las dos primeras lecturas servirán para determinar que no es recomendable iniciar la corrección de estilo todavía, ante el riesgo inevitable de que secciones enteras del manuscrito queden excluidas o requieran reescritura.

La tercera lectura ya no es diagnóstica en un sentido estricto: ya es labor directa de corrección. Sin embargo, se encuentra en el límite. Es la etapa final de diagnóstico y puede ser crítica incluso para rechazar un manuscrito que, por alguna razón, haya sobrevivido las dos etapas previas.

En tal caso, la tercera lectura no entrará en corrección de estilo, sino en sugerencias de orden estructural y de contenidos. El material debe regresar a su autor para que este implemente las sugerencias de edición. En este punto, el manuscrito podría ir y venir de vuelta indefinidamente. De ahí que los editores sean célebres en el mundo por rechazar manuscritos inacabados.

Luego de la primera corrección de estilo y corrección ortotipográfica —es decir, luego de la tercera lectura—, ya vendrán otras lecturas de cotejo (verificación de la implementación de los cambios) y expurgación de los errores rezagados. Para entonces ya no estaremos haciendo lecturas diagnósticas: estaremos de lleno en los procesos de corrección y más cerca del final de la publicación, hasta alcanzar la corrección de pruebas. Eso, por supuesto, sería tema de otro artículo.

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Día de la Corrección

Hoy se celebra el Día de la Corrección, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, ese escritor y filósofo cuyo pan diario lo pagaban largas horas de corrección de pruebas en aquel primer siglo de imprenta.

Esta es celebración fue instituida por la Fundación Litterae, de Argentina. También la celebra la Unión de Correctores españoles, y bien nos la podemos apropiar quienes dedicamos parte de nuestras horas a la profesión, en cualquier latitud del continente.

La corrección es la tarea de identificar los errores con el único propósito de eliminarlos. Es un acto de crítica y de inmediata rectificación con miras a entregar el mejor texto que seamos capaces de dar. Por eso siempre es una crítica amorosa: su último fin es la perfección, ese ideal inalcanzable que define nuestra labor diaria.

Quizás por eso, quienes hemos dedicado algunos años a la tarea de corregir desarrollamos un ojo crítico indomable, pero siempre con esa necesidad de identificar alguna solución y plasmarla, con tinta roja, en cualquier situación de la vida.

Para quienes dedican sus horas laborales a perseguir geniecillos entre líneas, atrapar gazapos y desterrar errores de los textos, muchas felicidades en su día y muchas gracias por su esmerada labor.

Nota: esta entrada fue actualizada el 29 de octubre de 2011 para rectificar el dato sobre la institución del Día de la Corrección.

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