Archivo mensual: marzo 2012

La cruz del editor

Este es un extracto del libro La novela, el novelista y su editor, de Thomas McCormack (2010). So pena de que la editorial o el autor reclamen sus bien fundados derechos, no puedo evitar compartir esta anécdota por la que tantos editores novatos, como yo misma, hemos pasado de una manera u otra.

Alguna vez, cuando empezaba en el negocio, tuve una experiencia que me reveló el peso de la cruz del editor. Era asistente editorial, y a nadie se le hubiera ocurrido infligirle mi presencia novata y torpe a ningún autor, aunque era considerado un buen elemento para “el cuarto de atrás”, alguien a quien aventarle mil cien páginas de caos y exigirle: “¡Arréglalo!”. Tal fue mi encomienda en un manuscrito de James T. Farrell; nadie me había explicado la diferencia entre un editor y un encargado de reescrituras, así que me di a la tarea frenéticamente durante seis semanas: corté cuatrocientas páginas, reacomodé partes enteras, reescribí oraciones y convertí doscientas páginas de descripciones sólidas en escenas porque al genio, entonces en su ocaso, simplemente se le había olvidado incluir diálogos. Mi jefe no tuvo tiempo de revisar con detalle mi trabajo, y el manuscrito pasó directamente a corrección, donde fue a parar a las manos de Frank Riley, corrector veterano. Todavía puedo verlo, con sus cincuenta kilos, pálido y canoso, invadido por temblores y fumando aparentemente tres cigarrillos a la vez. “Esto es para ti”, me dijo, lanzando a mis manos el memorando que acababa de escribirle a mi jefe. Comenzaba así: “En mis 17 años en Doubleday —comenzaba—, nunca he visto un trabajo como el que el joven McCormack ha…”. Si hubiera tenido dinero, habría contratado un avión para dispersar miles de copias del memorando por todo Nueva York; la verdad es que, en medio de la emoción, no sé dónde dejé ese papel.

Después vino el autor. Enfermo de incertidumbre, le llevé las galeras a Farrell a su habitación en el hotel Beaux Arts (mi jefe decidió no mostrarle el manuscrito en su versión postoperatoria, así que la revisión se fue directamente a tipos). Farrell me pidió que se sentara y fue a su escritorio a revisar la novela; leyó exactamente seis páginas y volteó a verme. Ahora sí me toca, pensé, y me imaginé los titulares: “Renombrado autor vapulea a mocoso metiche”. En lugar de eso dijo, con su voz de hombre rudo de Chicago: “Eres bueno, muchacho”. No dijo ni una palabra sobre el libro, y tampoco leyó una página más. Pasó el resto de la tarde contándome sobre el escándalo de los Black Sox de Baltimore.

Era joven e inexperto, pero después de una hora de alejamiento orgulloso tuve una clara lección: exceptuando a Frank Riley, nadie sabría nunca lo que logré con mi esclavitud editorial. En este caso, ni siquiera el autor. (Y no crea que usted sí lo sabe, porque detrás de todo lo que digo está este hecho perturbador: en lo que a usted concierne yo también podría tener la sensibilidad de una bacinica, y puedo haber clavado un estilete de grafito en el corazón del libro de Farrell. Cualquier editor puede contar una historia de glorificación personal). Cuando se encuentran trabajando en esa otra parte de su labor, la edición del manuscrito, los editores siempre están en “el cuarto de atrás”, y estoy de acuerdo con Perkins en que es donde debemos estar. Debo también añadir que mis afanes no tomaron el caos y lo convirtieron en un gran libro; admito que nunca trabajé tanto en mi vida, pero todo lo que hice fue dejarlo publicable. Ésta también es una faceta de la cruz del editor.

Referencia bibliográfica

McCormack, Thomas (2010). La novela, el novelista y su editor (trad. de Juana Inés Dehesa). México: Fondo de Cultura Económica, pp. 80-81. (Obra original publicada en 1988. Esta traducción se hace de la segunda edición en inglés publicada en el año 2006).

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Lenguaje inclusivo: integrar en lugar de dividir

El principal interés del lenguaje inclusivo de género es la incorporación de la figura femenina dentro de la enunciación. Que sea mencionada, vista, traída a la consciencia cuando se lee. Que esté ahí y no escondida detrás del velo del masculino genérico, de la tradicional morfología de la palabra.

Pero ¿qué ocurre cuando comenzamos a decir “todos y todas pensamos”, “todos y todas hacemos”, “todos y todas somos”? No importa el verbo. Intercámbielo con cualquiera a su disposición.

El problema es que esta forma de visibilización conlleva otro riesgo: la división. En lugar de sintetizar, crea la figura separada de dos grupos antagonistas: uno de hombres y otro de mujeres. O uno de mujeres y otro de hombres, según sea su preferencia en cuanto al orden.

En el esfuerzo de tratar de hacer visible a la mujer, se desintegra la unidad de la humanidad como conjunto de personas de ambos sexos, mezcladas, reunidas y entrelazadas en la cotidiana acción de la vida.

La duplicación constante, sin análisis, aplicada de manera automática, en cualquier contexto y sin un legítimo propósito enunciativo preciso y bien estudiado detrás, anula la generalización pero crea una dialéctica de conflicto. Hombres versus mujeres en lugar de hombres y mujeres.

Por esa razón, si solo fuera por esa razón solamente, conviene limitar al máximo la duplicación en los textos y reemplazar “todos y todas” por “todas las personas”. La cantidad de palabras es la misma, pero el efecto resultante es un grupo, una unidad integrada y no la división entre dos frentes opuestos.

Los niños y las niñas no están sentados unos a la mitad de la clase y las otras al otro extremo. Se reúnen, juegan, cantan y ríen incluso al margen de sus diferencias sexuales (hasta que la sociedad se encarga de marcárselas).

Así, cuando usted sienta la necesidad de hacer visibles a las niñas en el texto, no acuda sin pensarlo a la duplicación. Medítela, recree en su mente la imagen evocada por sus palabras y reformule su texto. La mejor manera de traer las niñas a la luz es convertirlas en personajes activos de su escritura, integradoras y conscientes, capaces de tomar decisiones y llevar la antorcha ante cualquier situación. No son meros apéndices de la expresión gramatical, no son una aclaración textual, no son —y jamás deberían serlo— un simple añadido artificial en la mesa de corrección.

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Día Mundial de la Poesía

Versos sacuden el aire. Se arremolinan en el horizonte con amenaza de lluvia. Se cuelan por las nubes con rayos luminosos sobre los distraídos transeúntes. Versos invisibles en los labios de las gentes. Versos soberbios escondidos en libros empolvados. Versos antiguos de sabios largo tiempo olvidados.

El día de hoy se celebra el Día Mundial de la Poesía, según dictaminó la Unesco en su trigésima reunión en París, en 1999. Hoy es día de atrapar versos y liberarse de las corrientes palabras cotidianas. Hoy es día de entretejer sueños y erigir un mundo ideal con palabras.

Para ti, que lees Nisaba, si te dedicas a la poesía o la lees o la declamas, ¡muy feliz día!

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Requiem por la muerte de un libro

Quizás muchos años en el futuro, miraremos hacia atrás y reconoceremos el 13 de marzo como una de las fechas cruciales en que el libro de papel comenzó a morir. Sí, vemos la caída de librerías, grandes y pequeñas; ya vimos la expansión de la edición digital. Pero que el mundo reciba la noticia de que la Enciclopedia Británica dejará de imprimirse después de 244 años es motivo suficiente para sospechar que algo ha cambiado sin marcha atrás.

La noticia llega como una lágrima en tiempos de guerra. Si un consorcio tan antiguo y consolidado es incapaz de vender toda su edición y de seguirla sosteniendo, ¿qué les espera a las editoriales más pequeñas? El temor por la desaparición del libro de papel ya no parecer una predicción: se convierte en una realidad cotidiana cada vez más tangible. Libros más caros, con menos compradores y menos puntos de venta. Con esta noticia, cualquier ejemplar impreso de la enciclopedia pasará a tener un valor cada vez más alto, hasta alcanzar la extravagancia.

Borges, amante de los tomos de la Británica, solía bucear entre sus páginas e inventar referencias y volúmenes; como ocurre en uno de los cuentos de sus Ficciones (1956), “Tlön, Uqbar, Urbis, Tertius”, que se inicia con “The Anglo-American Cyclopaedia (Nueva York, 1917), una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902”. A las páginas de esa reimpresión dudosa de la Británica, en un tomo alterado, nos dice, le debe ni más ni menos que el hallazgo de Uqbar, objeto del cuento. Ni una ni otro existieron jamás fuera de sus ficciones; pero la sola mención de la Británica le daba un aire de erudición, autenticidad y prestigio a la referencia.

Ahora la Británica se puede consultar como un programa instalado en la computadora, desde su plataforma en línea o desde su app para iPad y iPhone. Desde una óptica borgesiana, quizás la Anglo-American Cyclopaedia se llamaría Wikipedia.

Una de mis secciones favoritas en la Británica moderna, digital, es el calendario de los eventos del mundo el día de hoy. ¿Qué sucedió en el mundo el 13 de marzo? La misma Británica responde: en 1781 el astrónomo William Herschell descubrió el planeta Urano; en 1765 nació un emperador, José II de Austria, y en 1881 murió el zar Aleandro II de Rusia. Cumpleaños de reyes, papas, estadistas, filósofos y escritores, como el filólogo español Ramón Menéndez Pidal, la edición del próximo año haría bien en añadir: “anuncio de la muerte de la Enciclopedia Británica en papel”.

Los editores de la Británica deciden no resistirse más: con cuatro mil ejemplares de la edición del 2010 todavía en bodega, con una Wikipedia cada vez más extensa y más autoritaria, con una sociedad en donde la Británica carece de las funciones sociales de antaño —como dar prestigio a un hogar de clase emergente—, ya no pueden seguirse enfocando los recursos hacia el libro en papel. Se detienen las prensas, se reparte o jubila al personal, se concentran los esfuerzos en buscar la información con los dedos en instrumentos de luz y electrones, no de fibra y tinta.

La Británica en papel ha muerto. Viva la Británica digital.

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Los cronogramas no se cumplen solos

Los cronogramas son hermosos. Uno los contempla y siente que sí es posible alcanzar las metas de escritura, entregar el libro en la fecha prometida, hacer las revisiones, diseñar y enviar a imprenta, presentar el libro y recibir el aplauso… Sí, los cronogramas son hermosos… en el papel.

Su sola realización produce tranquilidad, como si esta herramienta nos diera control sobre el tiempo y pudiésemos hacerlo actuar a nuestro favor. Ayuda a apaciguar la angustia y la incertidumbre ante el futuro y nos hace sentir que estamos haciendo algo, lo que sea, por terminar a tiempo.

Esa es la trampa.

Uno de los principales riesgos de los cronogramas es la percepción subjetiva de la fecha límite. Las fechas pueden ser muy engañosas. Con la tranquilidad de que “faltan muchos días”, “todavía tengo tiempo”, los días pasan: hoy no escribe, mañana tampoco, al día siguiente tampoco… y las palabras se acumulan. Si usted piensa que así va a alcanzar su meta, mejor desengáñese de una vez: lo que no se escribió en dos semanas, no se escribe tampoco la noche anterior. Ahórrele el tiempo y la molestia a su editor de leer un material hecho a la carrera, enviado solo por cumplir. Su tiempo profesional es muy valioso como para desperdiciarlo en basura.

Se puede tener la mejor intención de escribir un libro en un mes, pero no se alcanzará jamás si se le dedican únicamente dos horas por semana. Para un objetivo así, es necesario un mínimo de dos horas diarias o una meta de 1500 a 2000 palabras diarias, para una obra de unas cincuenta mil palabras. Y si el libro tiene doscientas mil palabras y usted carece de la disciplina o la capacidad para producir siete mil palabras diarias, ni siquiera lo intente: no lo va a lograr.

Por esa razón, los esfuerzos de hacer un cronograma son vanos si usted no reestructura su vida cotidiana, si no contempla de manera realista su actividad de escritura en medio de sus otras tareas y si no toma medidas para impedir que el tiempo dedicado a su proyecto sea absorbido por otras labores.

Un libro se consigue una palabra a la vez, una página a la vez, un capítulo a la vez, pero eso sí, escribiendo todos los días, todas las semanas, todo el mes, todos los meses. Así, en efecto, al cabo del plazo propuesto usted verá cumplirse la meta. El cronograma no es real: es un sueño, una proyección, un deseo puesto en fechas… No se cumple solo. Se cumplirá si, y solo si, usted le ayuda.

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