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Clic: ¿se “da” o se “hace”?

Una de las acciones más comunes de nuestra cotidianidad en los medios digitales es el clic: ese pequeño “sonido seco y breve, generalmente metálico” (DPD, 2005: “clic”) que emiten los ratones (mouse). El sonido se convierte en acto y, con ese acto, viene su obligada enunciación. En este artículo se expondrá la manera correcta de enunciar el vocablo clic en construcciones gramaticales y cuál es su ortografía.

Qué es un clic
El clic es, en primer lugar, la representación de un sonido y, en segundo, la pulsación que da origen a ese sonido. El artefacto que se emplea para hacer el clic en tanto acto es el ratón o mouse, según lo recoge ya el DRAE, aunque existen dispositivos que permiten hacer pulsaciones mudas: desde las superficies táctiles de las computadores portátiles (trackpad) hasta los dispositivos móviles. La idea de un clic mudo no le importa a nadie: la pulsación en una interfaz informática seguirá denominándose así, aun cuando la memoria olvide el origen del vocablo.

La etimología
El vocablo proviene del inglés click, lengua en la que aparece alrededor de 1580. Otros vocablos semejantes son klikken, en holandés y frisio oriental, y clique en francés, con el significado de ‘sonido de un reloj’.

Desde luego, con su significado de pulsación, ingresa al español con la popularización de las computadoras.

Los primeros prototipos de ratón (mouse, en Latinoamérica) estuvieron listos en 1968, en la Universidad de Stanford, y el concepto fue perfeccionado durante la década siguiente, en los laboratorios de Xerox. La primera computadora de venta al público en incluir un ratón salió a la luz en 1981. Fue una curiosidad tecnológica de poco uso hasta 1984, con la Macintosh: la primera en tener un sistema operativo capaz de sacar amplia ventaja de este dispositivo.

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Cinco ratones distintos, marca Apple. Foto: Wikipedia.

Desde ahí, el ratón o mouse forma parte indispensable de la experiencia informática hasta fecha muy reciente, en que comparte su hegemonía con los dispositivos táctiles. Como curiosidad, Apple es la única en ofrecer una alternativa al ratón para las computadoras de escritorio: el trackpad o una superficie táctil independiente, inspirada en su éxito con este dispositivo en las computadoras portátiles.

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Trackpad, marca Apple. Foto: Wikipedia.

La enunciación

Uno de los temas que más llama la atención sobre el sustantivo clic es la dificultad de integrar esta palabra de origen inglés dentro de las expresiones en español. Quizás esto se deriva de su intangible condición de acto. De alguna manera, los hablantes se preguntan: ¿qué es un clic?, ¿un clic se hace o se da?, ¿cómo se verbaliza el clic?, ¿a qué se parece?

Como resultado de esta incertidumbre, conviven varias formas gramaticales de integrar el clic a la enunciación: solo una es avalada por la RAE y las otras son consideradas erróneas.

La RAE recomienda hacer clic y la prefiere sobre los verbos clicar y cliquear. Ambas formas son sintéticas pero malsonantes y extrañas. No me hace falta la recomendación de las Academias para no emplearla, lo admito.

Sin embargo, se ha popularizado la expresión dar click (nótese la ortografía). Puesto que el clic es un sonido o una acción, su combinación con el verbo “dar” también resulta extraña. No es del todo avalada por la RAE y con razón. Eso no ha hecho que se extienda menos, por el contrario, en algunos medios casi se convierte en la norma. Mi hipótesis personal es que los hablantes establecen un paralelismo con expresiones válidas, como “dar un toque” o “dar un golpe”. Al fin y al cabo, el clic es el resultado de una pulsación y, en la práctica, la presión necesaria para obtener el clic se obtiene con un pequeño golpe. Incluso es frecuente escuchar a una persona diciéndole a otra: “dele ahí, dele ahí”, para indicar el lugar en donde se debe pulsar.

Hasta que la expresión “dar clic” no sea recogida y avalada, es preferible emplear “hacer clic”. Y aún cuando lo sea, en lo personal, prefiero la última.

Ortotipografía

Esta palabra ha sido aceptada en español con la adaptación clic, sin k al final. Es una adaptación válida y, por lo tanto, cuando se escriba así, se utiliza en letra redonda, como cualquier otra palabra en español. La grafía click corresponde a la onomatopeya en inglés y siempre deberá escribirse con letra cursiva.

Alternativas

Se podría emplear el verbo pulsar para indicar la acción de hacer clic. Eso sí, no es necesario hacer combinaciones. Sería incorrecta la expresión “pulse clic”, no solo por disonante, sino también por redundante y sin sentido.

En síntesis

Como breve resumen, se puede emplear esta breve guía:

Correcto
Incorrecto o no deseable
Hacer clic Dar click
Clicar
Cliquear
Pulsar Pulsar clic

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Feliz Año Nuevo: historia y ortotipografía

Ha llegado otro año. A pesar de las predicciones mayas y de los pensamientos apocalípticos, el 2013 se inicia con nuevas oportunidades y buenos propósitos.

Durante estas últimas semanas, sin duda hemos escrito y deseado un buen y próspero 2012 decenas de veces, ya sea en los muros en Facebook, en mensajes en Twitter o en persona, con fuertes abrazos y besos.

Para iniciar este nuevo ciclo en Nisaba, en honor a los temas que nos apasionan, traemos algunas reflexiones sobre la historia y la ortotipografía de la palabra año.

Historia y etimología

La palabra año deriva del latín annus ‘año’, y, según Corominas (1980: t. 1, 289), ya aparece documentada hacia la segunda mitad del siglo X, en las Glosas de Silos. Esta palabra y esta idea de un ciclo solar de 365 días nos ha acompañado en nuestra lengua desde sus orígenes y a esta llegó desde tiempos y culturas distantes. Se reconoce una raíz indoeuropea at- que, combinada con el sufijo -no- daría origen a annus y, de aquí, a año. Esta raíz se define como ‘ir’, más específicamente, ‘periodo que se va, año’ (Roberts y Pastor: 1996, 14).

De otra raíz de significado similar, ei- ‘ir’, provendrían las palabras latinas ianua ‘entrada’ y janus ‘arco’ o ‘puerta en forma de arco’ que, a su vez, nombra a la divinidad bifronte del mismo nombre, Jano (o Janus, en latín), quien preside el inicio del año solar (de Miguel, 1897/2000: 499; Chambers, 1988/2000: 550; Roberts y Pastor, 1996: 50). De ahí la palabra januarius, el mes latino que en nuestro calendario llamamos enero. El mes de enero es, por lo tanto, la puerta o el ingreso al nuevo periodo, al nuevo ciclo; una despedida al año que se va (la cabeza de Jano que mira hacia atrás), y el recibimiento del que viene (la cabeza de Jano que mira hacia el futuro).

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Jano bifronte (The Pepin Press, 2006: 082 A).

Otra raíz indoeuropea muy productiva fue *yero-/yoro- que dio origen a palabras como el avéstico yare ‘año’, el antiguo eslavo jaru ‘primavera’ y las palabras griegas horos ‘año’ y hora ‘estación’. A su vez, de la raíz indoeuropea proviene el protogermánico *jæran que da origen a una gran cantidad de palabras, como el gótico jer, el antiguo islandés ar, el alto alemán antiguo jar y el inglés antiguo gear, todas con el significado de ‘año’. Así se originan las palabras year y Jahr, en inglés y alemán modernos, respectivamente (Chambers, 1988/2000: 1252).

El protogermánico *jæran es también el nombre de una de las runas, los signos de escritura de los pueblos germánicos antiguos, cuyo significado simbólico es el de ‘cosecha abundante, año y ciclo’. Hace referencia directa a la cosecha, la época más vital y dinámica del año para las comunidades agrarias (Elliot, 1959: 51).

Ortotipografía

En español, tanto el año como los meses suelen escribirse con letra minúscula. Decimos “este año terminaré mis estudios” o “nos vemos en enero”.

No obstante, los nombres de las fiestas civiles, militares o religiosas se escriben con letra inicial mayúscula: Año Nuevo (DPD: “mayúsculas”, § 4.19; OLE: 502 y s., § 4.2.4.10.2). Desde luego, si invertimos el nombre de los elementos, dejamos de utilizar el nombre oficial y estandarizado de la fiesta y deberemos regresar a la letra minúscula. Ejemplos:

¿Me acompañarás a la fiesta de Año Nuevo?
Te deseo muchos éxitos en este nuevo año.

En síntesis

Cada vez que deseamos un feliz Año Nuevo, estamos continuando una tradición ya inmemorial, remontada a los orígenes de nuestra lengua y distribuida entre muchos pueblos diversos, todos atentos al ritmo de las estaciones según el movimiento del Sol. Cruzamos una antigua puerta, en términos romanos, o entramos al ciclo de la nueva cosecha, en términos germanos, pero siempre sentimos el peso del devenir: un final que se convierte en inicio; un inicio que emerge, como el fénix, de un final. Damos abrazos, enviamos y recibimos bendiciones, diseñamos propósitos nuevos y nos llenamos de esperanza.

Que este nuevo ciclo le traiga a usted, que hoy lee este blog, muchas palabras, versos, susurros y cantos llenos de sabiduría, bondad, luz, armonía, belleza y pureza a través de la magia de la enunciación. ¡Feliz Año Nuevo!

Lista de referencias

Barnhart, Robert K. (2000). Chambers dictionary of etymology [Barnhart Dictionary of Etymology] New York: Chambers. (Obra original publicada en 1988).
Corominas, Joan y Pascual, José A. (1980). Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (6 vols). Madrid: Gredos.
DPD: ver Real Academia Española (2005).
Elliott, R. W. V. (1959). Runes. Manchester: Manchester University Press.
Miguel, Raimundo de (2000). Nuevo diccionario latino-español etimológico. Madrid: Visor Libros. (Obra original publicada en 1897).
OLE: ver Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2010).
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2010). Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa Libros.
Pastor, Barbara, y Roberts, Edward (1996). Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española. Madrid: Alianza Editorial.
The Pepin Press (2006). Mythology pictures [Imágenes mitológicas]. Amsterdam: Autor.

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Cómo referir correctamente: la referencia parentética

La referencia parentética es aquella información bibliográfica entre paréntesis que, literalmente, “refiere a”; es decir, nos indica de dónde proviene la información, dato u opinión parafraseados dentro de un texto académico o publicación. Es una coordenada cuya función jamás es ornamental. Está ahí para decir, con la menor cantidad de signos, quién dijo qué y cuándo.

Un lector acucioso sabe interpretar las referencias como si fueran las coordenadas de un mapa: el año indica una época en donde se arraigan los textos; el apellido señala un autor y, con él, una ideología, una cultura y una postura ante la vida, y, finalmente, el número de página dice dónde exactamente, en el laberinto de la obra citada, puedo encontrar ese preciso párrafo o página de donde el texto que tengo entre manos asegura haber sacado tal o cual afirmación.

Si tengo dudas, quiero aprender más o, simplemente, siento curiosidad, la referencia parentética será mi brújula en la fuente original. En otras palabras, esta referencia deberá ser lo suficientemente precisa para que yo, lector majadero e inconforme, pueda acudir a la fuente original y encontrar, sin mayor esfuerzo, las palabras o ideas citadas o parafraseadas.

¿Cómo se ve la referencia parentética?

En un sistema de referencias de tipo autor-fecha, como APA, una referencia parentética se ve así:

(Martínez, 2007, p. 63)

Ahora bien, si la obra ha sido traducida al español desde otra lengua, debería verse así:

(Armour, 1986/2004, p. 80)

El primer año corresponde al año original de publicación de la obra y el segundo año a la fecha de la traducción. Un lector entrenado puede saber, por lo tanto, cuánto tiempo media entre la emisión original de las ideas de este autor y su llegada al mundo de habla hispana.

Este detalle puede parecer irrelevante, hasta que los años, las décadas y los siglos comienzan a interponerse entre el texto consultado y la obra original. Un ejemplo que me gusta citar es el de una obra que puede todavía estar vigente en muchas de sus propuestas de fondo, pero que ya tiene más de un siglo de circular, como es La rama dorada de James Frazer.

A menudo ve uno que se cita la edición consultada, con fechas tan cercanas como 1996, pero la obra fue originalmente publicada en 1890; y la edición al español se elabora a partir de la edición abreviada de 1922. Lo que estos años nos dicen del contexto cultural e ideológico es mucho y debe tomarse en cuenta cuando se valora algún dato indicado por Frazer. Por ejemplo, hace afirmaciones como “En un pueblecito cercano a Salwedel yerguen un árbol ‘mayo’ en Pentecostés y…” (164). Aquí lo único certero es que en 1890 todavía en ese pueblecito tenían la costumbre de erguir un árbol “mayo”; pero ¿la tienen todavía, en la actualidad, más de un siglo después?

Con esta obra en especial, hay que tener otro cuidado: la edición es distinta de la reimpresión. Mi ejemplar fue reimpreso en 1996, pero corresponde a la segunda edición de 1951.

En el caso de las obras clásicas, cuya fecha exacta de publicación es incierta, se cita la fecha de traducción y se explicita el dato de que se trata de una traducción. Este es el modelo APA para este tipo de obras:

(Aristóteles, trad. 1985, p. 147)

Desde luego, si hablamos de una publicación especializada en un tema que cita continuamente obras clásicas, el autor quizás prefiera emplear otras referencias además de la página, como pueden ser las secciones, párrafos o líneas. Gracias a estos sistemas más precisos, es posible navegar en la fuente sin importar la versión del texto empleada por el autor. Por lo tanto, uno puede estar leyendo una obra escrita en inglés en la que se hace una referencia al texto de Plutarco y consultar a Plutarco en una cómoda traducción al español.

Ortotipografía de la referencia parentética

La ortotipografía de la referencia depende directamente del estilo bibliográfico que se esté aplicando. Estos son algunos ejemplos del mismo libro referido con varios estilos bibliográficos:

APA: (Martínez, 2007, p. 63)
Chicago (16.a edición), estilo autor-fecha: (Martínez 2007, 63)
MHRA: (Martínez 2007: 63)
MLA: (Martínez 63)

Los estilos bibliográficos pueden ser más complejos. El CSE, por ejemplo, uno de los más extendidos en áreas como biología, química y ciencias médicas, numera todas sus fuentes bibliográficas y las cita en el texto con un número voladito. La lista de referencias también está numerada, de tal manera que corresponda con el anotado en el texto. El estilo de Vancouver es semejante, pero el número no aparece voladito sino entre paréntesis.

Como puede verse, las diferencias son sustanciales y con más de un millar de estilos bibliográficos circulando en el mundo, entre los estilos más conocidos y sus cientos de variaciones o adaptaciones, siempre será necesario consultar la publicación a la que se enviará el material o el estilo solicitado por la universidad (en el caso de trabajos finales de graduación).

Una observación de todos los estilos aquí puestos como ejemplo es que fueron diseñados para adaptarse a las reglas ortotipográficas del inglés. En castellano, mi variación favorita es la siguiente:

(Martínez, 2007: 63)

Esta ortotipografía, más adecuada para las reglas de la lengua española, coincide con la que aplica José Martínez de Sousa en su Manual de estilo de la lengua española, cuando se refiere al sistema autor-fecha, ahí denominado autor-año o Harvard (2007: 78).

En síntesis

La referencia parentética siempre debe ser tan completa como sea posible y dirigir al lector con toda precisión a la obra citada o parafraseada. De esta manera, no solamente estaremos haciendo un acto de ostentación sobre cuántos autores decimos conocer o haber utilizado; también estaremos actuando de manera transparente y honesta al proporcionar toda la información precisa para que cualquier persona pueda comprobar nuestras afirmaciones y verificar la exactitud de nuestra comprensión o transcripción de las ideas referidas.

Fuentes consultadas

Hacker, D. & Fister, B. (2010). Research and publication online, 5th edition [Página web]. Hacker Handbooks.

Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.

Martínez de Sousa, J. (2008). Ortografía y ortotipografía del español actual (2.a ed.). Gijón: Trea.

Modern Human Research Association (2008). MHRA style guide: A handbook for authors, editors, and writers of theses (2.a ed.). [PDF]. Londres: Modern Humanities Research Association. Recuperado de <http://www.mhra.org.uk/Publications/Books/StyleGuide/download.shtml&gt;.

Modern Language Association of America (2008). MLA Style Manual and Guide to Scholarly Publishing (3.a ed.). Nueva York: Autor.

University of Chicago Press (2010). The Chicago Manual of Style (16.a ed.). Chicago: Autor.

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¡Feliz Navidad!

Faltan todavía algunas horas para la fecha exacta en que Occidente moderno el triunfo de la luz sobre la oscuridad y la esperanza de vida tras los días más oscuros del solsticio. La fiesta cristiana de la Navidad conmemora el nacimiento del Cristo, símbolo de la esperanza y luz del mundo.

Hoy Nisaba no se entretiene en palabras y sintaxis, en reglas y divagaciones sobre la escritura. Hoy nos unimos a la celebración del retorno del sol en su camino hacia la luz y al nacimiento de la buena voluntad en los corazones de la humanidad.

¡Feliz Navidad!

P.d.: y si tenía alguna duda, la Real Academia dictamina que Navidad se escribe con mayúscula, por tratarse del nombre de una festividad religiosa.

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Bienvenida a la nueva ortografía del español

Ya está circulando una lista de los cambios más significativos de la nueva ortografía de la Real Academia Española, desde el pasado 29 de noviembre también avalada por las academias del continente americano.

La nueva ortografía ha sido descrita por sus responsables de la siguiente manera: razonada, amplia y exhaustiva, coherente, simple, moderna, panhispánica e innovadora. Si en verdad logra esta ambiciosa descripción, solo se podrán comprobar cuando la obra esté publicada.

Ochocientas páginas de justificación
Actualmente rige una ortografía de 161 páginas. La publicación que en este momento está en prensa supera, según dicen, las 800 páginas. Sin embargo, no aumenta su tamaño por la cantidad de innovaciones, sino por ofrecer un desglose de los criterios y razones sobre los que se fundamentan las decisiones y por atender áreas grises en donde ninguna publicación anterior había emitido criterio. En este sentido, esperamos con avidez los nuevos capítulos dedicados a las mayúsculas y minúsculas, los nombres propios, las expresiones originarias de otras lenguas y la ortotipografía.

La principal novedad, por lo tanto, no es cuánto modifique el sistema ortográfico español, sino cuánto contribuya a clarificar las escuetas reglas que, hasta la fecha, han dejado vacíos de interpretación y han obligado a gastar horas innumerables (e irrecuperables) en determinar cómo se escribe en nuestra lengua el nombre de tal o cual país o, lo que es peor, si tal palabra lleva o no mayúscula.

La nueva ortografía inclina pero no obliga
Otra novedad que los periodistas difunden de manera absolutista y parcial es la aceptación de que la norma se sugiere pero no se impone. Sin esta condición, difícilmente la Academia Mexicana de la Lengua habría aprobado la pérdida de la tilde en los demostrativos (éste, ése, ésos, aquél, aquéllos…) y en el adverbio solo (antes sólo). Esa academia ha sido, durante el largo debate que precede esta ortografía, la más resistente a este cambio. (Me consta la vehemencia con que los mexicanos defienden estas dos tildes; no me consta el debate académico porque no estuve ahí). El asunto se ha resuelto de una forma salomónica, o dicho en palabras de Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua, “si alguien cree que se va a morir si no le pone el acento a ‘solo’, pues antes de que se muera pues póngale el acento”.

La norma se acepta o se rechaza, pero dentro un rango de acción. Por ejemplo, no puedo, por puro gusto, escribir “zohlo” simplemente porque “la nueva ortografía no es obligatoria”. Si así lo hiciera (que podría estar en todo mi derecho individual), surge la otra pregunta: ¿quién me entendería? La norma cumple una función homogenizadora y contribuye a garantizar la comunicación entre zonas lingüísticas diferentes. En el mundo editorial es imprescindible. Ahora bien, la norma puede ser vertical, elegida y hasta impuesta por una institución; u horizontal, surgida de la selección popular, el gusto de las mayorías y la imposición del uso… Pero en ambos casos, sigue siendo norma.

La nueva ortografía respeta el uso. Por lo tanto, propone una norma y ahora deja en manos de las masas su aceptación en el uso. Habrá que dejar pasar el tiempo para ver cuáles sugerencias de homogenización triunfaron.

El “nuevo” alfabeto castellano
Otra novedad polémica es la supuesta desaparición de dos letras, ahora consideradas dígrafos: la Ch y la Ll. Este es un asunto de coherencia. En la ortografía de 1999 la Ch era denominada dígrafo (sonido representado por dos signos o grafos) y la Ll era denominada letra. Absurdo o errata, no lo sé; pero incoherencia, sin duda.

La ortografía, por definición, es la correcta norma (orto) de los signos escritos (grafía). Por lo tanto, rige la escritura, no el habla. Entronca con aquella por necesidad, en tanto se entienda la escritura como una representación del habla. Pero desde el punto de vista de sistemas de signos, una cosa son los signos orales y otra muy distinta los escritos.

Por lo tanto, lo que indica la nueva ortografía es la lista oficial de signos escritos del alfabeto castellano, no sus combinaciones. Si el alfabeto representase fielmente todos los sonidos de nuestra lengua, no tendríamos 27 signos alfabéticos, tendríamos 50 o 60. No lo sé. Pero siempre recuerdo una conferencia en la que una estudiante de posgrado de la Universidad de Costa Rica distinguía cerca de 17 variantes del fonema /r/ en un zona muy focalizada del Valle Central (mi memoria falla y no recuerdo la cifra exacta, pero eran muchas). No tenemos un signo para cada R distinta. Puesto que el nuestro no es un alfabeto fonético, un solo signo basta para efectos de escritura y de nomenclatura.

Así, la Ch y la Ll no desaparecen del sistema fonológico, solo de la lista oficial de signos alfabéticos únicos. Siguen existiendo pero considerados dígrafos, es decir, signos compuestos por dos letras. Por eso, un amigo mío cuyo apellido comienza con Ch, antes de tener una crisis de identidad, seguirá abreviándolo con la Ch y no con la C y tiene toda la razón en hacerlo. Que una sea letra y la otra sea dígrafo no las hace menos necesarias a las dos, ni menos eficientes en su condición de signo (ya sea simple o compuesto).

En síntesis
La nueva ortografía ayudará a aunar criterios en toda la región hispanohablante; sin embargo, apenas se está iniciando un largo camino de abierta lectura, discusión y reforma. Sin duda dentro de 10 o 15 años aparecerá una nueva ortografía en donde ya se recojan muchos de los criterios que están por emitirse.

Mientras tanto, para quienes batallamos diariamente con la norma de la escritura (no de la oralidad), esta nueva ortografía, con todo y su polémica, será un bálsamo y una gran ayuda. De mi parte, le digo: ¡bienvenida!

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La coma en enumeraciones de cifras decimales

La regla de las enumeraciones es muy sencilla: si los elementos son simples (una sola palabra o concepto), se utiliza coma; si hay dos elementos coordinados, se utiliza punto y coma. Pero ¿qué se hace ante el hipotético caso de una enumeración simple formada por cifras decimales que llevan coma en obras publicadas en español?

En este caso, para evitar ambigüedades de lectura, la enumeración, aunque pueda considerarse simple, recibe el mismo tratamiento que las enumeraciones complejas: se emplea el punto y coma. Esta es una solución de sentido común y una aplicación de la regla: si existe ambigüedad semiótica, se emplean los signos para crear contraste.

Ejemplo:
Los resultados de las operaciones son los siguientes: 6,5; 7,8; 4,25 y 9,32.

Si el sentido común y una interpretación de la regla general no fuesen suficientes, esta es también la recomendación de Javier Bezos en su obra Tipografía y notaciones científicas. El mismo autor añade que esta regla también se aplica en química: “separa series de localizadores que ya han sido separados con comas” (2008: p. 31).

Nota: Gracias a Ana María por apuntar este problema frecuente en las obras de matemática.

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Ortotipografía: coma, punto y coma, punto, dos puntos

Un error frecuente en manuscritos, tesis y hasta publicaciones es la correcta grafía de los signos de puntuación. No me refiero aquí a emplear el signo correcto (afortunadamente, la tecnología sola se encarga de eso, puesto que no debemos de elegir entre varios tipos de comas), sino a saber dónde van los espacios en blanco, junto a qué palabras se escriben y cuántos espacios deben escribirse antes o después.

Este artículo se concentra en cuatro signos de puntuación: coma, punto y coma, punto y dos puntos. Los cuatro comparten las mismas reglas.

Reglas ortotipográficas

  1. Jamás se escribe espacio en blanco antes del signo.
  2. Después del signo siempre se deja un espacio en blanco.
  3. Siempre se deja únicamente un espacio en blanco.

Manuales de mecanografía muy viejos (y de otras latitudes) recomendaban el uso de dos espacios en blanco después de punto y de dos puntos. Una vez escuché una regla apócrifa que incluso dictaba el uso de dos espacios en blanco después de punto y coma. Esta última regla, según comprobé años después, es exclusiva del mundo anglosajón y ya no está vigente.

Si bien los manuales de estilo de las casas editoriales podrían estipular que se utilicen dos espacios después de punto y dos puntos, la tendencia actual es la de dejar únicamente un espacio, debido a los problemas de diseño derivados de trabajar con dobles espacios. En lo personal, considero que el uso de un único espacio después de punto contribuye al equilibrio de la página y a la belleza del libro.

Correcto

Sobre la mesa encontraron libros de todas clases: diccionarios, obras literarias, enciclopedias, obras de referencia y hasta modelos para armar. Ninguno de ellos llamó la atención de la niña, obsesionada como estaba, con su pequeño volumen rojo, perdido para siempre.

Incorrecto

Sobre la mesa encontraron libros de todas clases : diccionarios , obras literarias ,enciclopedias,obras de referencia y hasta modelos para armar.   Ninguno de ellos llamó la atención de la niña, cuyo llanto ya era incontenible;  se había perdido su pequeño volumen rojo , irrecuperable en el abismo.

¿Por qué debo preocuparme de escribir bien los signos?
Se necesita dedicación para encontrar este tipo de errores, pero es el tipo de cuidados que el autor debería empeñar en su texto y no pasar por alto bajo la excusa de que para eso habrá correctores. ¿Por qué no adelantar el trabajo escribiendo bien los signos de puntuación desde el inicio? Ganarán todos: autores, correctores, editores y, sin duda, lectores, al ver llegar a sus manos textos depurados y limpios, con menos posibilidades de error y en plazos más cortos.

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