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Los "libros mejorados": nuevos modelos de edición electrónica

Los libros mejorados –traducción de su nombre en inglés, enhanced books– son la mayor preocupación de los editores en este momento de la historia. En términos generales, un libro mejorado es un libro electrónico con adiciones multimediales: además de texto y fotografías, incluye cualquier recurso audiovisual que se pueda crear con la tecnología vigente. Esta definición es muy amplia; los editores y los autores de la industria editorial se están haciendo preguntas esenciales: ¿qué es realmente un libro mejorado? ¿Hasta dónde debe llegar? ¿Basta añadir un video o una pista de audio para “mejorar” un libro? ¿Cómo puede sacar provecho un autor del concepto de libro mejorado?
Este año 2010 está viendo las primeras propuestas de modelos del libro mejorado, alguna de ellas, o acaso todas, se ganará el corazón de los lectores y, con ello, vencerá en las estanterías virtuales.

Por ahora, podemos mencionar dos tipos: el texto con adiciones y el libro cuyo diseño es inseparable de su propuesta de “mejora”.

El texto con adiciones multimediales
Un buen ejemplo es la novela de Nick Cave The Death of Bunny Munro (La muerte de Bunny Munro), publicada por Canongate en 2009. La versión e-book fue especialmente adaptada para ser vista en el iPhone y iPod Touch. Además del texto íntegro de la obra, incluye una banda sonora original, el audiolibro sincronizado con el texto y extractos del texto leídos por el autor.

Esta propuesta sigue siendo tradicional: el texto se entiende como un producto en sí mismo acompañado por otros medios que son accesorios a la historia narrada de manera verbal.

El libro cuyo texto y adiciones son interdependientes
Sin duda la historia reconocerá como pionera la obra The Elements (Los elementos), de Theodore Gray, el primer e-book que saca partido de manera inteligente y elegante de la tecnología introducida por el iPad a la industria del libro.

Mis palabras se quedan cortas ante la demostración del autor en el video promocional. Baste decir que la propuesta de Gray abre posibilidades en el diseño de libros de texto de todas clases. Puedo imaginar un e-book como The Elements pero de aves, o una guía de plantas, o incluso una obra lingüística. [Ya habría querido yo estudiar el alfabeto fonético internacional con los sonidos exactos expresados por hablantes de diferentes zonas, más animaciones tridimensionales de los puntos de articulación en el aparato fonador].

Y para quienes digan que producir este tipo de obras toma tiempo y es costoso, que sí lo es, las cifras de ventas le convencerán de reconsiderar su posición: 75 000 copias vendidas hasta la fecha a través de la tienda de programas de Apple, a un precio de $13.99.

¿Cómo se diseñó The Elements?
Theodore Gray, el autor de esta obra revolucionaria, lleva años coleccionando elementos químicos: metales, rocas, esculturas, partes de aeronaves… cualquier instrumento u objeto que pueda funcionar para comunicar y enseñar mejor lo que es un elemento químico.
Lo que se inició como una sencilla colección se convirtió en una potencial herramienta didáctica. La gran pregunta que se hacía Gray era muy simple: “¿De qué manera comunico esto?”. Esta pregunta lo llevó a experimentar con diversos medios –sitio web, afiche (normal y 3D), libro…– y solamente hasta este año 2010, con la llegada del anticipado iPad, encontró la que le parece la mejor manera, hasta la fecha, de hacerlo. [Después de ver la versión e-book the esta obra, solo nos faltaría estudiar los elementos químicos a través del holodeck de StarTrek].

No digo más. Observe el video y saque sus propias conclusiones.

http://www.youtube.com/v/nHiEqf5wb3g&hl=es_ES&fs=1

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Audiolibros en la mar

Katie Spotz, de 22 años, se propuso convertirse en la persona más joven que haya cruzado el Atlántico en bote. Para soportar diez horas diarias de remo, la soledad de dos meses y el confinamiento en un reducidísimo espacio que se volvió su casa durante ese tiempo, tomó una decisión crucial: encontrar algo que hacer. Así, se entrenó previamente con cien horas de meditación, se apertrechó con 300 barras de chocolate (¡sin duda un artículo de primera necesidad!) y se llevó consigo cuatro iPods cargados con 100 audiolibros.

¿Qué hace uno cuando se enfrenta a una situación de confinamiento? Muy sencillo: entretenerse. Así, esta joven no renunció a la lectura (ni a la escritura, gracias a Twitter), y a pesar de embarcarse (literalmente) en una aventura que uno podría haber creído incompatible con la imagen de una persona leyendo libros (en papel), se las ingenió para encontrar la manera de mantenerse ligada al mundo de la palabra, gracias al formato del libro para ser escuchado.

Esta divertida noticia de domingo por la tarde es un recordatorio de que la lectura no está muerta y, gracias a tecnologías tan novedosas y populares como iPod, quizás está más viva que nunca. En cuanto a Katie, ¡felicidades por la hazaña!

http://www.nacion.com/2010-04-18/Mundo/UltimaHora/Mundo2339189.aspx

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Audiomol: crónica de una mala experiencia de compra

Lo que aquí voy a detallar es una experiencia de compra en Audiomol. Destaco una porque no todos los compradores tendrán necesariamente que pasar por los mismos dramas, según circunstancias particulares como sus equipos, su conexión a Internet, su locación geográfica o la simple suerte. Comparto mi experiencia para advertir a otros, por aquello de que se trate de algo recurrente.

Limitada oferta
La lista de libros de Audiomol, comparada con Audible, es casi risible. Sin embargo, Audiomol es una tienda que apenas está comenzando y, en general, la oferta de audiolibros en español es muy limitada comparada con el mercado anglosajón. Visto así, la oferta tan reducida es comprensible y hasta dispensable, aunque uno soñaría con poder adquirir cualquier obra en su formato de audiolibro, cuando menos las novelas de moda. Para este sueño solo queda el tiempo: a mayor demanda, mayor oferta; a mayor oferta, mayor demanda y así, en un proceso circular, algún día la Web dispondrá de una vasta colección de obras en español.

Precio en euros
Los precios en euros sin duda están a la altura de los compradores europeos, pero son muy elevados para quienes vivimos en otras latitudes. No estaría de más recordar que en internet se compite globalmente, no solo localmente, y que los hablantes de español poblamos un gran continente. Aún así, dada la falta de competencia, a uno solo le resta hacer la conversión y aceptar o no el precio; decisión del comprador.

La descarga del archivo: primera frustración
Como en cualquier sitio de esta clase, es necesario registrarse y crear una cuenta. Una vez adquirido el libro, el usuario se da cuenta de que solamente tiene derecho a 3 descargas. Puesto que los libros están en MP3, basta una, con que uno pueda realizarla.

¿Cuál fue mi experiencia? Pues tengo una conexión casera de “banda ancha” de país tercermundista; en otras palabras, mi conexión ya se queda corta para lo que el resto del mundo entiende por “banda ancha”. Así, me parece muy desconsiderado de parte de la tienda, comprimir los más de 80 archivos de MP3 en un único archivo comprimido RAR. Debí pasar cerca de 7 horas descargando casi 800 MB.

Claro, esas 7 horas fueron después de haber pasado 3 horas en el primer intento y de haber perdido la conexión a medio camino. Cuando regresé a mi cuenta para iniciar nuevamente la descarga, me encuentro con que la plataforma (¡tan inteligente!) ya ha decidido que yo tengo derecho a 0 descargas.

¡Horror! Contacto de inmediato al servicio al cliente y unas dos horas después obtengo respuesta. He de ser yo el problema, nadie ha accedido a mi cuenta, y me hacen el “favor” de activarme 3 nuevas descargas. Ingreso de nuevo a mi cuenta y veo, en mi biblioteca personal, dos ítemes: el primero, con 0 descargas; el segundo, con 2 descargas (no las 3 prometidas). En otras palabras, de alguna manera, el sistema recuerda que yo ya hice un intento, pero solo cuando es “reactivado” manualmente por la empresa.

No sé a los expertos, pero a mí esto me parece un sistema defectuoso.

Encontrar el archivo en el reproductor: segunda frustración

Así, tras largas horas de espera, finalmente pude descomprimir el archivo .rar, ver los MP3 en mi disco duro y sincronizarlos con mi reproductor MP3. Extática y feliz, enciendo el aparatejo de inmediato y comienzo a buscar la nueva novela.

No aparece.

Miro de nuevo mi disco duro: ahí está, cada segmento nombrado y numerado. Lo abro con el iTunes, y sí, puedo ver el nombre del archivo en la casilla “nombre”, pero noto algunas deficiencias: no hay metadatos para las casillas de “álbum”, “artista” y ni siquiera de “género”. Bueno, esta última afirmación es un poco engañosa: en realidad sí había género, solamente que decía algo así como “Otros”: increíblemente descriptivo y preciso, justo lo que necesito para encontrarlo en el dispositivo de lectura de MP3, ¿cierto?

Regreso a mi reproductor y comienzo a buscar desesperadamente. Ha de ser mi computadora. Nadie me tiene teniendo una Mac y empleando un Zen como lector de MP3, que solamente puedo sincronizar a través de un software libre, dada la carencia de soporte de Mac en mi modelo particular. Aunque el programa sincronizador sabía que había copiado los archivos, no podía ver de ellos ninguna información: nombre, autor o número de track. Vaya, problema del software, ¿cierto?

Así, espero pacientemente a tener acceso a una computadora PC y abro el dispositivo mediante el navegador de Windows. Ahí están todos los archivos.

Trato de localizar, dentro del reproductor, los archivos mediante los dos software de sincronización de la PC, tanto el original del aparato (Creative Centrale) como el Windows Media Player.

Nada.

Es como si se hubieran desvanecido, como si no existieran; pero están ahí, los puedo ver a través de la navegación en carpetas.

Regreso al aparato y busco, y busco, y sigo buscando… Y al final, encuentro. Bajo la denominación “desconocido”, aparecen aproximadamente 80 tracks de nombre “desconocido”, de autor “desconocido”, de álbum “desconocido”.

Pues bien, me digo, ¡qué importa, mientras estén en orden! Escucho el primero y… ¿es acaso una sorpresa que estén en pleno desorden? Sorpresa, no es, claro, pero sí que vuelve a frustrar.

No tengo más remedio que hacer esto de la vía difícil. Me devuelvo a la PC. Elimino del reproductor los archivos copiados previamente. Los copio dentro del disco duro de la PC. Abro el programa sincronizador. Añado los archivos manualmente al programa sincronizador. Ahí, antes de copiarlos al reproductor, modifico sus metadatos: de manera manual ingreso, en las categorías respectivas, los nombres que sé, de antemano, me servirán para localizarlos dentro de mi aparatito cuando esté en el autobús o en la calle escuchando. Añado la información de “artista”, “álbum”, “género” (audiolibro, no otro) y, por capricho, incluso le incluyo la cubierta del libro. Ahora sí, solo después de hacer todo esto, copio nuevamente los archivos a mi aparato.

¿Es acaso una sorpresa que ahora sí pueda encontrarlos de cualquier manera que los busque? ¡Por supuesto que no! Todo ha sido resuelto como debía ser desde un inicio: con los metadatos correctos.

Servicio al cliente: tercera frustración (¿tercera? Si ya perdí la cuenta…)

No me puedo quejar del hecho de que hubo respuesta por parte de servicio al cliente. Era domingo, pasaron tan solo unas horas entre una respuesta y la otra… por lo menos me contactaron, eso ya es algo.

No obstante, he de decir que la respuesta fue especialmente folclórica (para reírme de ella en lugar de indignarme). Cuando me comuniqué indicando que los archivos no aparecían en mi reproductor, me respondieron, y copio textualmente: «nuestros audiolibros están preparados para poder reproducirlos en cualquier reproductor Mp3. Por lo que me dices, quizás el problema sea que no lo has descomprimdo. Los archivos están comprimidos, por lo que antes de reproducirlos debes descomprimirlos».

Sobra decir que mi respuesta iba llena de indignación: “que me traten con respeto”, decía, “que no me consideren una iletrada tecnológica” y afirmaciones por el estilo. No supe más de servicio al cliente (imagino que tienen la política de guardar silencio cuando el cliente se queja).

Final de la historia
Afortunadamente, esta iletrada tecnológica que, según ellos, no sabía la diferencia entre un archivo descomprimido y uno comprimido, pudo resolver el problema por sí misma, sin necesidad de acudir más al servicio al cliente de Audiomol.

Lo siento por ellos, pero el resultado de esta experiencia de compra fue frustración, una mala opinión de la tienda y, desde luego, la advertencia inmediata a todos mis amigos de que no se acerquen a los predios de esta zona de compra (la famosa publicidad «de boca en boca» que, cuando es negativa, también es devastadora).

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Librerías en línea de audiolibros

La única solución lícita para obtener audiolibros de obras contemporáneas es comprarlas, ya sea en formatos tradicionales, como CD o DVD (ya casi no se consiguen en casete), o bien en librerías en línea especializadas en el tema.

Audible
La librería más grande es Audible, en años recientes adquirida por el gigante Amazon. Audible se especializa en obras en inglés, aunque dispone de una pequeña cantidad de obras en otras lenguas, incluido el español.

Las restricciones territoriales de los derechos de autor hacen que no todas las obras estén universalmente disponibles. Así, si la tienda detecta que el usuario habita en una zona geográfica en donde no se dispone de derechos de distribución, desactivará la opción de compra para ese usuario. Esto puede ser bastante molesto, pero ya es una realidad inevitable.

Los libros de Audible se distribuyen en una variedad de formatos para distintos reproductores, pero no incluyen archivos MP3; esto hace que sea más difícil, si no imposible, compartirlos. En otras palabras, son archivos protegidos para ser empleados por un único usuario.

Dicho esto, en todo lo demás es una tienda muy fácil de utilizar, tiene planes para usuarios frecuentes y cada comprador tiene acceso ilimitado a los archivos que ha adquirido. Puede descargarlos cuantas veces lo desee, incluso años después de la compra, y vincular su tienda a un nuevo reproductor si lo llega a cambiar.

Los precios de los audiolibros son un poco elevados, por razones que esta usuaria desconoce. ¿Acaso piensan que no podrán igualar las ventas de obras impresas? ¿Acaso realmente debe pagar el usuario hasta $40 por una grabación? Con precios así, los planes de $7.99 por libro para los primeros tres meses y $14.99 para los demás parecen paradisiacos, pero todavía costosos, si consideramos que en algunos casos ese costo supera el del libro en papel.

Emusic
Una alternativa para Audible, aunque con una oferta menos amplia, es Emusic, una tienda de música que tiene una sección de audiolibros. La ventaja de esta tienda es que sus archivos están comprimidos en formato MP3, lo cual algunos usuarios prefieren por distintas razones.

AudiolibrosEnEspañol y Audiomol
Como ya señaló un lector de este blog, existe una tienda de audiolibros en español, Audiomol. Recientemente tuve la experiencia de adquirir un audiolibro en esta librería, pero fue tan frustrante que se merece un artículo aparte. Sobra decir que no la recomiendo, pero al ser la única que conozco en nuestra lengua, deberá permanecer como una alternativa, al menos hasta que mejoren su sistema de ventas y su servicio al cliente.

Surfeando en la Web también me encuentro con AudilibrosEnEspañol, una alternativa que sin duda habrá que probar, dada mi experiencia de compradora con Audiomol.

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Audiolibros gratuitos en la Web

Hace algunos días publicamos varios artículos sobre los audiolibros, pero no hablamos de cómo obtenerlos. Este artículo estará dedicado a los sitios gratuitos. El siguiente cubrirá las opciones de pago.

Debemos recordar que, al igual que los libros electrónicos, rigen las leyes de derechos de autor para los contenidos de los audiolibros, tanto para los textos como para las grabaciones realizadas.

LibriVox
Mi proyecto favorito de audiolibros gratuitos es Librivox, aunque aquí predominan las obras en inglés. Este es un proyecto similar al Gutenberg, en el sentido en que su principal propósito es poner a disposición del público audiolibros gratuitos de obras del dominio público. Todas las grabaciones son realizadas por voluntarios que donan su trabajo de lectura; todos los textos leídos están ya en dominio público, por lo cual no encontraremos ahí libros contemporáneos posteriores a 1923. Todos los audiolibros están disponibles en archivos .mp3 y .ogg, en varias calidades para elegir, y algunos de ellos incluso tienen varias versiones, realizadas por lectores distintos. Destaca en especial la limpieza de las grabaciones y el cuidado que ponen sus lectores para lograr productos limpios y amenos. Para quienes están aprendiendo inglés, este es un sitio fabuloso para familiarizarse con distintos acentos y formas de lectura.

Instituto Cervantes
En español, el Instituto Cervantes es uno de los más importantes. La versión gratuita que se consigue aquí del Quijote merece mención especial.

Otros sitios
También hay otros sitios web, llenos de grabaciones donadas por voluntarios, pero sin estándares de calidad que garanticen siempre un buen producto: es cuestión de suerte. Podemos citar LeerEscuchando, QueDeLibros.com y la colección de audiolibros del sitio AbaLearning, con unas 600 obras disponibles para estricto uso personal.

He encontrado también grandes colecciones de audiolibros en francés y en otras lenguas. Para esto basta utilizar el buscador con algo de creatividad, según las necesidades y gusto del usuario.

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¿Qué es un audiolibro?

La palabra audiolibro (‘libro para ser escuchado’) pareciera lo suficientemente explícita como para adivinar, sin ambigüedades, su significado. Y, sin embargo, dada la múltiple oferta de productos similares bajo la misma etiqueta, la pregunta es válida: ¿qué es un audiolibro, estrictamente hablando?

Encontramos en el mercado editorial y en la internet al menos cuatro tipos de obras creadas, diseñadas y vendidas o distribuidas bajo la categoría de «audiolibro»: a) los textos íntegros leídos por uno o varios lectores humanos, con pocos o ningún efecto sonoro; b) los textos abreviadas leídos por un lector humano; c) las dramatizaciones de una obra, realizadas por un grupo de actores de voz, con sus respectivos efectos sonoros; d) Conferencias o lo que en inglés se llama lectures dictadas por el autor. Se puede añadir una quinta categoría: las lecturas íntegras o abreviadas de una obra por parte de una voz digitalizada y generada por computadora. Estas últimas no suelen encontrarse en las tiendas, sino en las redes P2P y en algunos sitios para compartir archivos. De mi parte, no incluyo en la categoría de audiolibros los podcast o las clases grabadas, especialmente debido a que tiendas como la Apple Store tienen secciones especiales, como la Apple University en donde no se tiene la expectativa de acceder «audiolibros» sino clases magistrales.

Los que sí son «audiolibros»

Tal vez me adelanto e impongo mi criterio; pero, para mí, las lecturas íntegras de una obra, sin dramatizaciones ni abreviaciones, son los únicos de los diversos tipos de obras realizadas para ser escuchadas que sí pueden denominarse, por derecho propio, audiolibros. Los demás son productos derivados, obras conexas, adaptaciones, pero no son el libro mismo en otro formato o medio.

Lo que vemos en este tipo de adaptación es el traspaso de un medio a otro: los signos alfabéticos se convierten en signos sonoros verbales, pero la obra conserva su integridad textual. Sería absurdo no admitir que existe una interpretación: la realización vocal de los signos gráficos es, en sí misma, una transformación del texto (exactamente igual que ocurre con una partitura musical). Sin embargo, mientras el texto se siga y la interpretación reúna ciertas características, la voz se percibe como realizadora y no como invasora o traidora del texto.

[Desde luego este crierio no se aplicaría a obras que tengan contenidos visuales o gráficos complejos (fotografías, esquemas, diagramas, tablas…, como lo serían las obras didácticas), los cuales, por su propia naturaleza, serían intransmisibles al formato auditivo sin una adaptación sustancial (es decir, convertir una fotografía en una descripción, por ejemplo)].

Un lector que escuche el texto íntegro de una obra por esta vía habrá leído la obra completa, aunque en lugar del sentido de la vista haya empleado el sentido del oído.

Los que no deberían llamarse «audiolibros»

Los otros ejemplos mencionados, si bien a menudo se encuentran sin distinción bajo esta categoría, no son, desde el punto de vista de esta lectora, audiolibros por muchas razones.

Los resúmenes de obras, por ejemplo, son lecturas fragmentadas e incompletas, en cualquier medio que se distribuyan. Pienso en las versiones juveniles de las novelas clásicas de viajes o aventuras, como las obras de Julio Verne o Emilio Salgari, o de las obras para adolescentes, como las Mujercitas de Louise May Alcott. Las versiones abreviadas de estas novelas son una vergüenza. Recuerdo claramente una edición juvenil de alguna de tantas en las que fui incapaz de entender la historia porque me faltaban acontecimientos e incluso personajes. De igual manera, un audiolibro abreviado no es un sustituto del libro impreso, porque parte de la obra está quedando fuera del alcance del lector.

Las obras dramatizadas, por su misma naturaleza, deben concentrarse necesariamente en los diálogos; reducen las descripciones al mínimo y eliminan todo cuanto no pueda ser «mostrado» de una u otra manera (así sea con «imágenes» sonoras). Por lo tanto, son tampoco obras abreviadas. Estas tienen un factor adicional: el grado de interpretación y adaptación es todavía mayor que en una lectura más o menos plana. Cada personaje debe tener una voz propia, cada actor imprime su versión del texto que va más allá de leer en voz alta: personifica.

Las conferencias son curiosidades, interesantes maneras de conocer el pensamiento de los autores o autoridades en algún tema y, sin duda, entretenidos productos para pasar las horas, pero ciertamente no son audiolibros: son, como su nombre lo indica, conferencias.

En cuanto a los textos interpretados por una voz computadorizada, llamarles audiolibros sabiendo que son generados automáticamente por una aplicación es casi ofensivo para el serio trabajo de realización que requiere cualquiera de las demás alternativas. En cuanto a la comodidad del lector, todo depende de quien escuche. Yo, en lo personal, no los tolero. Pero hay muchas personas entrenadas para sentirse cómodas con estas versiones, y hasta más cómodas que con las lecturas realizadas por humanos torpes y monótonos. Así que, en este caso, es cuestión de gustos y costumbres.

¿Y de qué sirve esta distinción?

Esta reflexión, espero, es útil para usted, lector real o potencial de obras en su formato hablado o leído. Ahora ya podrá acercarse a los muchos repositorios o tiendas de audiolibros con algunos elementos adicionales de juicio para elegir la obra que realmente quiere leer, según sus necesidades y preferencias (si es que no había llegado ya, por su propia experiencia, a estas conclusiones).

También, sin duda, es una distinción válida para los realizadores de audiolibros. ¿Cuáles obras prefieren los lectores? Esa es una pregunta de proporciones mayores, porque requiere de estudios de mercado, comparación de estadísticas de venta, distinciones por edad y sexo, lectura de los comentarios de los compradores (un paseo por los comentarios en Audible es muy revelador) y, sobre todo, mucha capacidad de observación. Es a partir de estos estudios, todavía pendientes para el gran público, que se puede transformar o modificar el mercado de venta y distribución de obras en formato audiolibro.

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El audiolibro: la recuperación de la lectura en alta voz

Tal vez por el hecho de pertenecer desde hace tantos siglos a una cultura de la lectura silenciosa a través de los ojos, hemos olvidado que en un mundo en donde la alfabetización no es universal, la lectura estaba pensada y diseñada para ser, por antonomasia, en alta voz. Así lo demuestra con un estilo impecable y una documentación incuestionable Alberto Manguel en Una historia de la lectura.

Visto de esta manera, el audiolibro es la recuperación de un aspecto de la lectura perdido hace mucho tiempo y que nos regresa al mundo de la interpretación a través de la voz. La lectura de un texto es equiparable a la intepretación de una partitura musical: las notas pueden ser las mismas, pero cada ejecución es distinta por múltiples factores, como la calidad del instrumento, la sonoridad del entorno (no es lo mismo tocar en el interior de una iglesia gótica que en un parque al aire libre), el timbre de la voz (para las obras cantadas), el grado de maestría del ejecutante y hasta sus estados de ánimo.

La escritura para «ser escuchada» también tiene otros retos y requisitos: debe sonar bien, tener armonía, mantener la cadencia y el ritmo; debe, en una idea, acercarse más a la poesía. La propia calidad del texto, por lo tanto, ya es un factor intrínseco de cualquier versión auditiva de una obra escrita y este, lamentablemente, es un factor fuera del control del lector-ejecutante: ni la voz más bella, ni la mejor lectura son capaces de remediar un texto mal escrito.

Por el contrario, esas obras que al llevarlas a la voz se vuelven música (pienso en cualquier párrafo garabateado por Octavio Paz) merecen ser escuchadas mucho más que silenciosamente leídas. Ahí el audiolibro recupera la vitalidad del texto y se convierte en el formato que, ¿por qué no?, es el más adecuado para la entrega de una obra. Desde luego, la creación de la versión de audio del texto será un reto en sí misma. No será jamás lo mismo escuchar El laberinto de la soledad «leído» por una voz digital, computadorizada, que por una voz humana. La computadora tiene exactamente el mismo tono y énfasis en todas las repeticiones que haga de la misma palabra. La voz humana, en cambio, puede discurrir con el texto, moverse entre los renglones y darle vida propia a cada vocablo, así se trate del mismo e idéntico conjunto de signos. Así, ninguna palabra se pronuncia de idéntica manera dos veces; y ahí está su riqueza.

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