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La narrativa en obras académicas o didácticas

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Uno pensaría que el concepto de narrativa es más propio de la escritura de ficción. Sin embargo, cuando se le aplica a la escritura académica, puede haber grandes y favorables sorpresas en el resultado final.

Todo texto, literario o no, necesita de un hilo conductor que se vaya desenrollando para narrar su historia. En las obras académicas, en general, muchas veces se olvida atender esta fluidez textual.

En donde es más útil pensar en el texto como una historia es en la escritura didáctica, aquella diseñada para educar a partir de un plan de estudios estructurado y bien definido. Y si el material está pensado para emplearse de manera autodidacta y autodirigida —para programas de educación a distancia—, la necesidad de lograr un relato detrás de la exposición académica se vuelve imperativa.

Hay una premisa fundamental: lograr que la persona lectora comprenda, por sí misma, todos los contenidos, sin experimentar la necesidad de que alguien más se los explique.

La escritura académica con fines didácticos no debería limitarse a exponer: debe ser capaz de narrar sus contenidos. Por esa razón, paso a paso, el texto debe ir proporcionando todo lo que se necesita para comprender. El discurso debe incorporar la voz docente, la de quien acompaña al estudiante en su viaje de aprendizaje. Esa voz que le dice a uno “observe esto, póngale atención a aquello, no se preocupe tanto por esto porque usted ya lo aprendió en otra asignatura, refuerce su aprendizaje de esta manera…”.

¿Cómo se logra esta especie de narración académica?

Lo que comparto aquí no es ciencia, sino aprendizaje surgido de la experiencia. Estas son tres técnicas de edición, surgidas de mi quehacer cotidiano, para lograr textos que se puedan leer de un tirón, de manera fluida y agradable, como haciendo un viaje, a pesar de las muchísimas horas de escritura, edición y reescritura a la que se le sometió y de la que su lector nada sabrá. Y a pesar de que el lector espera, de entrada, un texto denso en contenidos y que deberá ir abordando poco a poco, en sucesivas sesiones de estudio.

Crear una conexión personal con quien está leyendo

El acto de lectura es, en nuestra cultura, un acto solitario. La persona que lee está en la intimidad de su casa, en un autobús, en un espacio público. Pero, con pocas excepciones, está sola. Es necesario crear zonas de diálogo directo con esa persona que nos lee. En esos puntos estratégicos de la obra, podemos tomarnos la libertad de hablarle de usted (o de tú, o de vos, según el estilo de habla de la zona en donde se publique la obra y su público). Así le hacemos saber que es usted y nadie más a quien tenemos en mente. Es preferible evitar expresiones como “el estudiante deberá comprender…” o “el lector encontrará de utilidad…” u otras maneras en las que se habla en tercera persona, de una figura abstracta que en nada se relaciona conmigo, yo que leo. Peor todavía, esas formas se expresan forzosamente con el género masculino. En cambio, yo, que leo, tengo el sexo que conozco y tengo todo el derecho del mundo a ser una mujer lectora, por ejemplo. Si le hablo de usted evito, de plano, el problema de si quien me lee es hombre o mujer. Esta persona empleará su propia subjetividad para completar el panorama y podemos pasar al siguiente párrafo sin escollos.

Tener cortesía

En esta relación personal, con usted que lee, hay que mantener las normas de cortesía: salude, comente, despídase. Esto se traduce en partes del texto, como introducción, desarrollo y conclusión, tanto de la obra como de cada una de sus partes principales (partes y capítulos). Esos son los lugares en donde el usted cabe sin problemas. Ya reservaremos el uso del impersonal para la exposición de contenidos académicos propiamente dicha.

Llenar los vacíos

Desde el inicio, hay que ir contando todo lo que la obra ofrece, el orden en que se encuentra, por dónde comienza y por qué, qué puede esperarse de ella y cómo podré sacar la mayor ventaja de los recursos que me ofrece. El libro es una zona de diálogo y de exploración. Debo recordar que quien abre la página por primera vez se encuentra en terreno ignoto y es mi deber narrativo irla llevando paso a paso por todo lo que necesite para internarse de lleno en el terreno del libro. De ahí que sea tan necesario incluir una introducción general para toda la obra y una sección introductoria en cada tema o capítulo.

En la escritura literaria, se vale y es hasta deseable crear el suspenso y guardarse información. En la escritura académica encontramos lo opuesto: siempre hay que ir dando el panorama de lo que viene, para que yo, al leer, pueda tomar la decisión de continuar o pasar a la siguiente sección. Es necesario que pueda verse el panorama completo desde antes de leer, para sacar el máximo provecho de la lectura posterior. Y una vez finalizada, hacer de nuevo un repaso o recordar cuáles serán los puntos clave imprescindibles para continuar con el aprendizaje.

Crear una transición fluida de un texto a otro

En todo momento que se escriba, conviene recordar que se viene de algún lugar y se va a otro. Así, de vez en cuando es necesario recordar lo que ya se vio (“ahora que usted ya conoce tal cosa”) con el fin de pasar a la siguiente (“vamos a profundizar en tal otra”).

Esto se debe trabajar con especial énfasis en las introducciones y conclusiones de los temas. Cuando pase de tema o capítulo, dígale a la persona lectora qué esperar de lo que viene, qué necesita llevarse de este capítulo y qué debe recordar por siempre, independientemente del siguiente capítulo.

Y al llegar al final del libro, por cortesía, diga adiós. Siempre es bueno tener un cierre, para poderse despedir de la obra que me motivó a leerla desde el principio y que, al final, obró su transformación en mí. Porque una obra didáctica que no transforme no es obra didáctica, ya que todo aprendizaje es una transformación.

Crear marcas para la relectura

La obra didáctica no solo se lee; también se estudia. Se lee una vez y luego se regresa, se subrayan fragmentos, se toman notas, se hacen fichas, se realizan esquemas y resúmenes y, si las tiene, se ejecutan actividades para afianzar el aprendizaje.

La narrativa debe ser capaz de llevarme de la mano tanto en mi primer recorrido, como en mi relectura. Por esa razón, los temas deben estar muy bien separados, los títulos y subtítulos han de ser muy claros, debe haber abundantes apartados y, si es posible, debe haber recursos adicionales al texto escrito, por ejemplo, de naturaleza gráfica. Así es posible que el estudiante recuerde algo no porque lo leyó, sino porque lo vio, en la forma de lista, de cuadro, de figura o de fotografía de apoyo.

Crear un ritmo de lectura

La extensión de las partes de la obra (temas o capítulos) ha de ser similar, para lograr un ritmo de lectura. Cada quien tiene su propia velocidad para leer, releer y estudiar. Pero también tiene una memoria interna: una vez que se ha leído el tema 1, en esa memoria se guarda el tiempo estimado de lectura, estudio y repaso, se proyecta el resto de lecturas del libro de texto con esa variable. Si un capítulo duplica al anterior en extensión, la experiencia —por comparación— se vuelve tediosa. Se tiene la sensación de que el tema es interminable y se pierde algo de la motivación ganada antes.

La regularidad —saber qué esperar en el texto— es también un factor que le ayuda a quien lee a experimentar tranquilidad y, desde la predictibilidad del comportamiento del texto, acostumbrarse a la información y buscarla, cuando le haga falta.

En síntesis

Cada obra y cada tema necesita de un hilo conductor para su exposición. Ese hilo se crea en la escritura y, aunque sea invisible, se reconoce en la lectura como una experiencia de fluidez en un relato intangible.

Estas son solo algunas técnicas para alcanzar esa fluidez, pero no son las únicas: escriba, experimente, lea, edite, reescriba y relea. Cuéntenos sus descubrimientos y cuáles técnicas ha utilizado con éxito para lograr la narrativa de su texto académico.

(Fotografía: cortesía de Pixabay.com)

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¿Cuáles son las funciones de una referencia?

El propósito básico de una referencia es referir. ¿Por qué violo todas las reglas de escritura diciendo lo obvio? Porque he visto personas usar la palabra –y más grave aún, hacer referencias– sin plena consciencia de su significado o propósito último. La palabra misma se ha desnaturalizado: describe un producto académico, un formato determinado y hasta una fórmula de escritura sujeta a reglas de composición textual y ortotipográfica. Pero ¿cuáles son sus funciones y cómo debo hilarla dentro del texto?

Primera función: el mapa del lector itinerante

En el medio académico, la esencia de referir es conectar dos textos: por un lado tenemos las exposiciones, argumentaciones y conclusiones de un autor y, por el otro, los muchos documentos, influencias y bases de donde este autor ha formado sus propias opiniones; es decir, sus fuentes. Un texto envía a otro y nos ayuda a reconstruir el itinerario de su autor, el origen de sus ideas y los antecedentes de sus afirmaciones. El texto se convierte en un mapa de viaje para el lector con interés de profundizar en un tema, dato o argumento en particular.

[Pongo esta función en primer lugar porque es la más lúdica, interesante y fascinante para mí (gustos personales, no verdades académicas). Me encanta tomar un libro y saber que tengo la libertad para llegar hasta cualquiera de las fuentes mencionadas].

Revisar la fuente original tiene valores académicos añadidos: la posibilidad de verificación y el análisis de la tradición académica del texto.

La verificación es esencial, todavía más si uno es lector-editor o pretende especializarse en algún tema de estudio. No solo sirve para ver si lo que dice este autor es verdadero, sino para comprobar cuán acertada puede ser su interpretación del pensamiento referido.

La tradición académica también me da muchas pistas sobre las elecciones y exclusiones del texto por leer. No todos los paradigmas son compatibles entre sí. Hay corrientes teóricas que se repelen y excluyen mutuamente. Una mirada a la lista de referencias puede ser suficiente para conocer el pedigree del texto: quiénes son sus padres, hijos y parientes, de dónde viene y, por lo tanto, qué puedo esperar.

Segunda función: crédito a quien crédito merece

La referencia, bien entendida, es la honestidad puesta en práctica. Le doy crédito a quien se lo ha ganado, con su trabajo y esfuerzo intelectual, y confieso el origen de unas ideas que no fueron mías inicialmente aun cuando ya me pertenecen.

El crédito también es una necesidad legal: no puedo explotar la propiedad intelectual ajena para mi propio beneficio egoísta, sin encarar las leyes y penas de cada país y los acuerdos internacionales. Gracias a la referencia, puedo emplear una cierta porción del trabajo ajeno sin acudir a interminables trámites o permisos.

Lo que no se vale es copiar textualmente (sin el uso de la cita directa), parafrasear incorrectamente (cambiar dos o tres palabras y ya decir que yo lo redacté de nuevo) o reproducir páginas y páginas –sin mayor elaboración por parte de uno– mediante un supuesto parafraseo interminable. Cualquiera de estos casos es plagio descarado y tiene consecuencias penales.

Tercera función: la colaboración académica

No se puede monopolizar el conocimiento. Es más, cuanto más se difunde y comparte, más se reproduce (es la razón fundamental por la que mantengo este blog). La humanidad ha llegado hasta donde está gracias al saber acumulado, entendido cada fragmento como patrimonio de la humanidad y no de sus individuos. No se puede llegar a Marte sin dominar el arte del fuego. Así, el primer astronauta le debe todo a la primera fogata de la humanidad.

La referencia es la evidencia del trabajo colaborativo: escribí este artículo (en un momento desvanecido ya), usted lo lee en este instante y miles de ideas nuevas, suyas, arraigadas en sus vivencias y experiencias, se mezclan con mis opiniones. Mi texto queda atrás, usted crea un texto nuevo y toma de aquí alguna frase, palabra o párrafo y, con justicia, lo “refiere” (menciona, indica, señala, da cuentas de su fuente). Usted y yo estamos trabajando juntos (o juntas, tal vez, no lo sé), porque en el producto final –ya patrimonio de la humanidad– quedaron nuestras dos huellas. Pero no nos conocemos ni nos veremos las caras.

Y, sin embargo, quien lea el texto nuevo –el suyo, el que usted escribirá– sabrá que al menos dos personas, usted y yo, tuvimos alguna parte en ese producto de nuestra colaboración distante.

Cuarta función: el peso de la autoridad

He dejado adrede esta función para el final. En la academia (¿o debería escribir Academia, con mayúscula?), a menudo se considera esta como la función esencial de la referencia y se escribe conforme. El resultado son unos textos execrables (pero eso sería tema para otro artículo).

La necesidad de sustentar y enmarcar las propias afirmaciones en una tradición académica reconocida puede llevar a extremos como imponer o forzar la referencia a alguna fuente, cualquier fuente. Es la falsa creencia de que porque lo dijo otro –cualquier Perico de los Palotes, por lo general– ya le confiere autoridad al texto. Falso. Falacia de autoridad.

Cuando se está remitiendo a un texto creado por Perico de los Palotes, a menudo se pregunta uno si vale la pena o no hacer la referencia. Es decir, hay que hacerlo por derechos de autor, pero admitámoslo: ¿quién es el fulano de tal para que yo le dé un lugar prominente en mi párrafo? ¿Es acaso un líder en su campo de estudio? ¿Es quien cambió para siempre la forma de hacer ciencia en su especialidad? ¿Nos ha revelado por fin el significado de la vida? ¿Por lo menos está emitiendo ideas originales, suyas, de su propia cosecha? ¿O es otro desconocido más que ha copiado su texto de otro Perico de los Palotes y lo ha colgado en algún lugar de la Red fácil de acceder a través Google?

Hay autores, en cambio, que cuando abren la boca realmente se nota que tienen la palabra. De hecho, podemos realmente llamarlos autores porque son autoridades. Por lo tanto, si el Perico de los Palotes soy yo (como nos pasa a casi todos los escritores académicos sin renombre), tener la voz de una Vaca Sagrada de nuestro campo será una garantía para nuestro texto.

¿Vicios de esta función de la referencia? Citar por citar a alguien cuyo pensamiento se desconoce, no se entiende o no tiene pertinencia alguna. Citar para hacer un despliegue de erudición, lucirse ante los pares académicos y demostrar cuánto he leído. Citar, en fin, por pura vanidad o, peor aún, ignorancia.

En síntesis

A partir de las cuatro funciones que propongo para las referencias, podemos deducir cuatro sencillas reglas de escritura:

  1. La referencia siempre debe ser completa, precisa y fiel a la fuente.
  2. La referencia debe realizarse conforme a los usos aceptados y válidos en el marco de las leyes y convenciones sobre propiedad intelectual y derechos de autor.
  3. La referencia debe usarse para dar cuenta de quienes han colaborado en nuestro pensamiento, así sea a través de sus palabras e investigaciones.
  4. Los textos referidos deben hacer un aporte real y sustancial a nuestro texto, preferiblemente de autores reconocidos o novedosos dentro de su campo y, de ser posible, con autores y fuentes de primera mano.

A partir de estas reglas generales, podemos hablar de otras particulares, ya propiamente en lo que se refiere a la redacción e integración de las referencias dentro del texto y a su ortotipografía. Pero esas quedan para otros artículos.

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El arte de integrar las citas textuales

Soy –y he sido siempre– una lectora singular, con ciertos vicios que podrían considerarse imperdonables. Uno de ellos, aquí por primera vez confesado, es saltarme las citas textuales cuando estoy leyendo una obra académica.

No es algo planeado, simplemente ocurre. Comienzo a leer el hilo que un autor ha creado para mí, las pistas que me da, las migajas… y las sigo gustosa, adentrándome en el bosque con un guía. Pero cuando llego a una cita textual, esa voz que venía escuchando se ve interrumpida por otra voz ajena, con ecos de un viaje diferente, sumida en las preocupaciones de otro itinerario en nada semejante al nuestro.

Si la cita es corta, pertinente y está bien integrada al discurso del texto, no tengo problema con ella: la leo, la absorbo y la convierto en parte del paisaje. Pero si la cita es demasiado larga… no puedo esperar a seguir escuchando la voz de quien me trajo hasta aquí y, por lo general, paso al siguiente párrafo casi sin pensarlo.

Y si mi guía –la voz del texto– no comenta la cita, la da por sabida o simplemente salta al próximo tema, me pierdo por completo de lo que se dijo. Para mi inconsciente lector interno, las citas son como “carteles” en el camino, no son el camino en sí y, por eso, se las salta sin misericordia, como si no estuviesen ahí.

Esa, si no hubiesen otras, sería razón suficiente para desaconsejar el uso de citas extremadamente largas en la escritura académica: tesis, trabajos, artículos y libros didácticos.

Pero hay otras razones menos subjetivas.

Una cita corta tiene menos de 40 palabras. La cantidad máxima de palabras ajenas citables sin problemas de derechos de autor no debe superar las 800-1000 palabras. Pero 1000 palabras ya conforman poco más de dos páginas, tamaño carta, letra 12 puntos, a espacio sencillo. Es decir, una cita textual, por larga que sea, jamás debería alcanzar 1000 palabras. ¿Cuántas, entonces?

Desde luego que las necesarias, pero dos párrafos pueden rondar las 100 palabras. Más de esa cantidad, comienzan a sentirse pesadas. Si están muy justificadas –y solo el autor/investigador– lo sabe, no hay regla para censurarlas, al menos ocasionalmente. Son parte de la investigación y nadie podría decir nada al respecto.

Solo cuando están plenamente justificadas… Pero ¿cuándo no lo están?

Tanto el autor de un texto académico, como cualquiera de sus lectores (editores, docentes evaluadores, lectores de tesis) deberán estar atentos a estas posibles razones por las cuales un exceso de citas puede estar invadiendo (e interrumpiendo) el hilo del texto:

  1. Falta de dominio del tema en particular. Cuando un autor desconoce plenamente un tema, todo lo que otro autor (o autoridad) diga del tema parece sustancial. En cambio, los investigadores experimentados han leído tantas veces lo mismo en diferentes fuentes y se han formado sus propias opiniones, que ya pueden expresarlo sin problemas con sus propias palabras; no se ven en la necesidad de acudir a palabras ajenas para decirlo.
  2. Incapacidad de apropiación del discurso ajeno. La falta de experiencia o dominio de un tema puede llevar a una simple falta de capacidad para apropiarse del discurso ajeno.
  3. Falacia de autoridad (o temor a incumplir los requisitos académicos de autoridad). En las academias se recomienda usualmente acudir a una figura de autoridad para respaldar las afirmaciones propias y planteamientos de las investigaciones. Este sano hábito a menudo se distorsiona en un citar por citar: se evocan palabras que no vienen realmente al caso o incluso se acomodan o recortan las afirmaciones de otro autor para que supuestamente apoyen nuestro argumento. Lo cierto es que, si los vemos bajo el microscopio, poner citas de autores reputados en nada le ayudará a nuestro texto cuando sus palabras nada tienen que ver con nuestra investigación. Y el lector suspicaz se da cuenta de inmediato; por lo tanto, al final solo hacemos el ridículo.
  4. Desconocimiento de la técnica de la paráfrasis. Muchos autores novatos desconocen que, en cuestión de escritura académica, a menudo la paráfrasis es más saludable que el recargo de citas textuales: el autor demuestra capacidad de síntesis, dominio del tema y puede exponerlo de una forma original, aun cuando deje constancia del origen de cada idea o formulación gracias a una referencia parentética. Se trata de estas ideas-resumen del pensamiento ajeno, pero que entre paréntesis indican la obra de donde se toma. Esto es particularmente útil cuando un mismo concepto o tema ha sido tocado por múltiples autores. Así, en lugar de citar a cada uno para mostrar sus similitudes, uno, como autor del texto académico, hace un resumen sucinto, breve y al grano y menciona entre paréntesis los cuatro, cinco o diez autores que también tratan el asunto con ese enfoque.
  5. Plagio velado. Algunas veces ocurre que un autor comienza a ser citado intermitentemente página, tras página, tras página… Esto puede llegar a ser un plagio velado, especialmente si 20 o 30 páginas de una publicación, supuestamente original, cuando se comparan con la obra fuente, demuestran ser un resumen de las ideas de otro.

Algunas universidades tienen normas para esto: las citas no pueden exceder más del 25 o 30% de las tesis. Esta práctica, sin eliminar en forma alguna la cita textual como recurso, garantiza que los estudiantes se esfuerzan para crear un texto original, digerido por ellos y en donde son capaces de establecer relaciones entre todos esos autores, planteamientos, enfoques y lecturas que constituyen la base de su investigación.

Y de vuelta al mundo de la escritura para ser leída, el recargo de citas textuales es poco didáctico, pesado de leer y solo produce cansancio y distracción. Uno se aleja de la página, se va y la deja tirada. Si queremos hacerle un favor al lector, facilitémosle la lectura de nuestros argumentos y expongámoslos de forma que quiera seguirlos leyendo. En cuanto a las palabras ajenas, solo cuando su aporte es verdaderamente indispensable para la exposición del texto, solo entonces, podremos dejarlas y darles su justo lugar en nuestro recorrido por el bosque para que brillen con mérito propio.

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La edición como labor de (re)escritura creativa

No todos los textos tienen las mismas características, parámetros o hasta permisos de edición. A veces se requiere de una intervención profunda que raya en la coescritura y otras, en cambio, no se puede tocar ninguna palabra sin el expreso permiso del autor.

Hay algunos textos intermedios en donde detectamos la posibilidad de implementar una edición creativa que tiene un alto componente de reescritura y que, sin embargo, procura respetar al máximo la obra original del autor; no la que se ve, sino la que se debería ver, la que se vislumbra detrás de su primer intento aún fallido en sus detalles, forma de salida e hilación del discurso.

Detallo a continuación la manera en la que yo, personalmente, me divierto con un texto cuando me corresponde aplicar esta forma de (re)escritura creativa. El método es válido tanto para obras realizadas por uno mismo, como para la intervención en escritos ajenos.

El primer paso es la lectura sin intervención. Leer varias veces, si es necesario, solo para proceder a la lectura comentada, al análisis de qué se encuentra dónde: ¿cuáles son las ideas principales?, ¿dónde están los énfasis?, ¿hay algún párrafo que sirva como cimiento para los demás?, ¿hay ideas o frases repetidas?, ¿hay saltos o vacíos de ideas que se intuyen pero no son explícitas y, por lo tanto, se invisibilizan o pierden?, ¿cuáles párrafos o frases son afines entre ellos, a pesar de estar separados?, ¿cuáles ideas principales dependen unas de otras para su exposición?, ¿se corresponde la jerarquía de las ideas con la exposición narrativa?, ¿hay cabos sueltos?, ¿cierran todas las ideas o, al menos, pueden «amarrarse» entre ellas?

Después de algunos comentarios iniciales, todavía sin intervención sobre el texto, y marginales (solamente para comprenderlos el propio editor y para que el autor del material pueda seguir su razonamiento, cuando es alguien más), se procede al tercer paso: la corrección propiamente dicha.

Durante esta fase, si el revisor es un editor, deberá procurar mantener intactas las frases originales o sus núcleos, hasta donde le sea posible, para sostener hasta el máximo el estilo del autor. De todas maneras, el autor siempre debería ver nuevamente el escrito y valorar si alguna de las intervenciones del editor son muy distantes a su modo personal de expresión.

Y entonces, con base en el análisis de discurso inicial, comienza la verdadera diversión: tratar de vislumbrar los bloques semánticos y verlos como piezas de un tangram que, juntas, pueden formar muy diversas formas; identificar los ejes principales, los que me pueden servir para encontrar un hilo conductor que abra y cierre en un uróboros perfectamente identificable por el lector; eliminar los distractores y unir las piezas más afines; limpiar las reiteraciones; identificar las frases clave que se están perdiendo en medio de razonamientos confusos; destacar las ideas de mayor impacto; aumentar la claridad y la definición; llenar los vacíos, ahí en donde algunas palabras están haciendo un esfuerzo por dejarse ver…

Lo que se procura es refinar la expresión de la obra que se adivina entre las palabras todavía no pulidas de un texto cuyas piezas no terminan de encajar en su perfecto lugar. [A menos que se trate de una obra por encargo, bajo este tipo de edición no se valen comentarios destructivos como «debería usar otro enfoque» o «debería haber desarrollado tal tema y no este otro» porque, por lo general, no llevan a reescribir sino a escribir un texto completamente nuevo].

Este trabajo de reescritura es escritura también. Y es creativo. Y es lúdico. Y es juego con la palabra pero moviéndola desde un nivel más global, tratando de vislumbrar el todo mientras se ajustan sus partes. Es un proceso muy similar a lo que en cine se llama montaje o edición. A pesar del plan original, y de que ya están filmadas todas las escenas, es durante esa etapa final de yuxtaposición de unas imágenes junto a las otras, de pequeños cortes y saltos dentro de la misma escena, de pasos de este detalle al otro, en donde se crea la verdadera narrativa, en donde emerge el ritmo de la obra casi final, la historia según se le contará al espectador.

Esa es la esencia de la edición como (re)escritura creativa: terminar de pulir la piedra para que se vea con toda nitidez y claridad la Pietá o el David que está luchando por salir del mármol.

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Antes de escribir una obra académica o una tesis

A menudo pensamos que las decisiones de forma son marginales, secundarias y, en todo caso, posteriores. Las dejamos para el final. «Ya habrá tiempo para arreglarlas», nos mentimos; o, peor aún, «le tocan al corrector» y, en este último caso, desperdiciamos el talento de un corrector entrenado en arreglar miles de cosas que podrían haberse escrito bien desde el inicio.

Tras varios años de estar investigando y escribiendo, cuando ya estamos en la recta final, a muy pocas semanas, días o hasta horas de la entrega última, recordamos que todavía teníamos decisiones pendientes. Ahora, 100, 200 o hasta 500 páginas después, tenemos que comenzar a leer todo nuevamente y revisar, página por página, la aplicación coherente de todas las normas «marginales» o «secundarias». O le dejamos la labor a alguien más, quien primero deberá sumergirse en el caos, encontrar una propuesta de orden y luego, con paciencia, aplicarla.

Es entonces cuando alguien (un dueño de editorial, un estudiante, un profesor) dice: «no hay tiempo, que se vaya así, al fin y al cabo a nadie le importa». Y esa es la historia de tantas y tantas publicaciones valiosas en su contenido, pero mediocres en su edición; o de incontables tesis de grado, a veces fallidas, otras tantas exitosas, pero plagadas de erratas y sin criterios mínimos en aspectos medulares de su semiótica interna.

He aquí una lista básica de decisiones mínimas por tomar y de conocimientos imprescindibles antes de comenzar a escribir, editar y corregir, todo con el fin de ahorrar tiempo de producción y disminuir los costos en las etapas avanzadas de edición o entrega de tesis y publicaciones:

  1. Normativas de presentación de originales.
    • Publicaciones. Todas las casas editoras y revistas de renombre cuentan (o deberían contar) con un manual de estilo editorial o, cuando menos, una breve normativa en donde se detallan las particularidades de edición en gran número de aspectos, como márgenes, ortotipografía, uso de signos gráficos y hasta aspectos de redacción. Si tal manual existe, se debe leer a fondo, comprender y aplicar desde antes de comenzar a escribir y durante todo el proceso de escritura o preparación del manuscrito.
    • Tesis y trabajos de graduación. Las universidades usualmente tienen normas básicas sobre aspectos formales mínimos que deben cumplir todas las tesis: tamaño y tipo de letra, impresión por una o dos caras, espaciado, márgenes, componentes informativos de la portada, orden de los elementos (portada, dedicatoria, agradecimientos, tabla de contenidos, lista de figuras, etc.). Adicionalmente, es necesario conocer las partes de la investigación que debe cumplir la investigación, según su naturaleza, y en qué orden: justificación, objetivos, preguntas de investigación, hipótesis, estado de la cuestión, antecedentes, marco teórico, anexos. Usualmente aparecen detallados en algún reglamento que deberá conseguirse en la facultad, escuela o dependencia de posgrado respectiva.
  2. Sistema bibliográfico. Esta decisión debe tomarse, si se puede, antes de comenzar a investigar, porque incluso determinará cuáles datos deberán consignarse en la ficha de cada publicación o documento consultado (o en la base de datos bibliográfica, si se elabora). Una vez elegido el sistema (a veces dictado por el área de especialización o la facultad ante la que se defiende el documento), es conveniente adquirir el manual oficial de la casa emisora. Por ejemplo, si se usa APA, se deben evitar los resúmenes que circulan en la Red, a menudo incompletos o adaptados según criterios que se alejan de la norma básica. Si se va a emplear algún programa de gestión bibliográfica, también debe implementarse desde la etapa de investigación y, sin duda, ayudará mucho durante la escritura.
  3. Normas para los títulos, encabezados, cuadros y figuras. Además de las normas obvias, que toda persona ya debería conocer (ningún título lleva puntuación final), conviene decidir cuál va a ser el criterio para titulares, su jerarquía y hasta su forma gráfica de salida; así como la manera en que vamos a numerar los cuadros o tablas, las figuras y las fotografías. De esta manera, conforme vayamos escribiendo, la estructura del texto ya irá encajando dentro de la jerarquía definida desde el inicio. Esto se vuelve particularmente necesario en tesis en donde se han acogido formatos como el 1.1, 1.2, etcétera.
  4. Uso de cursivas, comillas y negritas. Cuanto más pronto conozcamos las normas al respecto y cómo las aplicaremos, más fácil se hará implementar el código durante nuestro proceso de escritura y nos ahorraremos largas horas de duda en etapas posteriores.
  5. Uso de versales (mayúsculas) y versalitas. Puesto que la aplicación de las versalitas implica escribir las palabras en minúscula para luego aplicarles la función de versalita, esta es una decisión que debe tomarse antes de comenzar a digitar; particularmente en obras en donde será recurrente la aparición de siglas y siglos (obras históricas).
  6. Normas de redacción y conocimientos generales. No está de más, si vamos a escribir, repasar algún manual de redacción, tomar algún curso o reflexionar sobre nuestra propia escritura. Incluso podría ser de utilidad mostrarle un documento nuestro, en donde se vea nuestra forma típica de escribir, y dárselo a revisar a un corrector de estilo. Esta persona, con criterio, podrá darnos recomendaciones puntuales sobre cómo mejorar la escritura, a partir del examen de nuestros vicios y virtudes personales. Sin duda, la corrección preventiva ahorra muchas horas de reescritura durante las horas finales.
  7. Formato de las citas textuales. Muchas personas no se preocupan por conocer las reglas básicas de las citas textuales antes de comenzar a escribir. Las reglas pueden variar de un sistema bibliográfico a otro, pero deben conocerse desde el inicio, para ahorrarse luego trabajo en correcciones miserables. Por ejemplo, pasarse varios años poniendo comillas en todas las citas textuales, cortas y largas, para darse cuenta, al final, de que hay que devolverse y eliminar, una por una, todas las comillas de las citas con más de 40 palabras.
  8. Elisión de contenidos dentro de una cita textual. Conocer estas reglas es fundamental, y debe aplicarse desde la toma de notas y acopio de la información. Esto garantizará productos de mayor calidad al final y evitará adefesios como textos ficticios creados a partir de la yuxtaposición irresponsable de fragmentos.
  9. Palabras o expresiones dudosas. Las palabras de grafía dudosa o problemas de algún tipo deben resolverse desde la primera aparición, especialmente si son de uso frecuente en el documento. ¿Se escribe socio cultural, socio-cultural o sociocultural? Una breve y rápida visita al DRAE en línea nos puede sacar de la duda (socicultural) y, de paso, evitar el costo de corregir algo que pudimos haber escrito bien desde el inicio.
  10. Símbolos, siglas, sistema internacional de medidas u otras convenciones que apliquen directamente en nuestro campo de escritura.

El objetivo fundamental de informarse bien antes de comenzar a escribir es, en última instancia, ahorrar tiempo y obtener mejores resultados con menor gasto de energía y esfuerzo. ¿Cuántas horas (y si es una editorial, cada hora vale dinero) nos ahorramos con solo manejar bien la regla desde el inicio?
Si usted tiene su propia lista de decisiones previas, le invitamos a compartirla con nosotros, para ampliar esta sencilla lista de recomendaciones que podría ahorrar muchos dolores de cabeza para escritores y tesiarios primerizos a quienes pocas veces alguien se toma la molestia de advertirles sobre lo que les espera si dejan para el final estos detalles «marginales».

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Expresiones vacías: «Cobrar gran auge»

Muchos autores y periodistas emplean la combinación «cobrar gran auge». ¿Cuál es el significado exacto de esta expresión? ¿A cuál imagen o concepto abstracto remite? ¿Es precisa y clara en la transmisión de su mensaje? Por costumbre de escucharla rellenando textos y en noticieros de renombre internacional, uno se llega a hacer inmune a su vacío. En esos momentos, conviene despertarse y tratar de llegar hasta el fondo de una expresión como estas.

Le propongo un ejercicio retórico: usemos la vieja herramienta del diccionario, la misma que emplearía cualquier lector en cualquier parte del continente.

El primer vocablo, el verbo cobrar, tiene muchas acepciones. La más útil en este contexto es ‘adquirir’.

Le sigue gran, apócope de grande. Esta no da mayores problemas: es un adjetivo de magnitud.

Finalmente encontramos auge. Aquí encontramos dos definiciones básicas: ‘período o momento de mayor elevación o intensidad de un proceso o estado de cosas’ y, casi idéntica a la anterior, pero en astronomía, ‘apogeo’. Esta última, además de sus significados especiales en astronomía, también se define como ‘punto culminante de un proceso’.

Ahora hagamos la traducción: «cobrar gran auge» sería el equivalente de «adquirir gran momento de mayor elevación o intensidad de un proceso o estado de las cosas».

¿Nota algo excesivo o incluso contradictorio?

Tal vez uno de los fenómenos más notorios es el énfasis redundante: el auge es ya, por definición, el momento más grande dentro de un proceso, el punto culminante. No hay nada más «grande» que un auge dentro de un proceso.

Por otro lado, conviene ver la relación entre cobrar gran y auge. El auge es el pico máximo en un proceso evolutivo, el final de un proceso (una secuencia encadenada de eventos) que se inició mucho atrás, mientras que el cobrar es, quizás de manera implícita, un punto de inflexión y de un cambio de estado, algo más cercano a un inicio. Pareciera que ambas, «cobrar» y «auge» se sitúan en lugares opuestos de la secuencia cronológica de un proceso; son excluyentes y, por lo tanto, no deberían emplearse de manera adyacente.

Ahora viene una pregunta que desborda las definiciones estrictas de un diccionario. ¿Qué pretendían comunicar los hablantes al elegir la expresión «cobrar gran auge»? Mi hipótesis personal es que, el sentido, en su contexto, sería más bien algo similar a «iniciar el vuelo», «adquirir mucho éxito», «ponerse de moda» o «experimentar un boom».

¿Quiénes la utilizan? Esta es otra buena pregunta y mi respuesta también es una hipótesis: periodistas, comunicadores y escritores que, imitando a los periodistas, comunicadores y escritores de generaciones anteriores, piensan que la expresión es elegante, digna y muy precisa en su significado. No me parece que sea una expresión del habla cotidiana; todo lo contrario: tiene un dejo de afectación, una necesidad de sonar «importante», una vacuidad formal de salirse de la expresión diaria para sonar como alguien que domina la lengua y la hace sonar «bella».

Peor todavía: en algunos textos, la expresión se vuelve latiguillo (especialmente si es algún tipo de descripción histórica), y de repente, todo, continuamente, cobra gran auge, al punto de no poderse distinguir entre los momentos de apogeo, los de inicio y los de decadencia, porque en los momentos de inicio todo parece que ya ha cobrado su cuota de auge.

La decisión de eliminar o mantener esta expresión cae en el rango de norma editorial o de corrección. ¿A quién le hablamos? ¿Cómo le hablamos? ¿Cómo necesita que le hablemos? Al respondernos estas preguntas podremos decidir si nos comprometemos o no con la expresión «cobrar gran auge» o la reemplazamos por algo menos rimbombante, pero más preciso y transparente en su significado.

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Lenguaje inclusivo: no todo lo que termina en «a» es mujer

«…también quedó claro que los y las JEFATURAS, no pueden obligar al trabajador…» (sic). Comunicado informativo no oficial, enviado por correo electrónico, dirigido a todos los funcionarios de una universidad estatal costarricense y escrito por un hombre.

Lenguaje inclusivo es el nombre que se le da a la directriz institucional de emplear en la comunicación diaria formas lingüísticas que enuncien de manera explícita a los diferentes sectores sociales, en tanto sujetos y objetos de la acción gramatical. Su expresión más evidente es la visibilización de la mujer en la lengua; pero si se es políticamente correcto, el lenguaje inclusivo también abarca directrices para referirse a otros grupos por razones de edad, discapacidad, estrato social o cultura.

Aunque la intención detrás del lenguaje inclusivo es loable en sus ideales, colapsa en su diaria implementación. La sensatez es reemplazada por la paranoia. Autores convertidos en inquisidores de las palabras tratan de expurgar hasta el más ínfimo vestigio de una expresión «no inclusiva».

Sin reflexionar sobre las funciones de las palabras, su relación sintáctica, su naturaleza interna, se pueden llegar a ver casos graves como el citado al inicio de este artículo en donde este hablante en particular no se preocupa de hablar de «trabajador y trabajadora» pero sí se siente en la necesidad de aclarar que pueden existir «jefaturas» masculinas.

En vocablos como este podemos ver, con toda claridad, la independencia entre el género gramatical y las referencias a la sexualidad a la que puedan remitir sus contenidos semánticos.

La palabra «jefatura» tiene «género», ciertamente. Cada vez que la situamos en una oración, si además va acompañada de un artículo o de un demostrativo, deberemos elegir aquel que concuerde, en género y número, con la palabra. Es decir, no puedo decir «el jefatura» ni «unos jefatura». Debo realizar las modificaciones necesarias para lograr la concordancia (es decir, que ambos –artículo/demostrativo y sustantivo– tengan exactamente las mismas variaciones de género y número): la jefatura y unas jefaturas.

Los pormenores semánticos de «jefatura» ya son otra historia. Su significado no atañe a una realidad marcada por la condición biológica de la sexualidad. ¿Por qué? Sencillo: una «jefatura» no es un organismo vivo, sino una realidad abstracta y socialmente construida. Es decir, si bien hombres y mujeres por igual pueden ocupar una jefatura, la jefatura en sí misma es inmaterial: es un cargo, una posición; no un individuo pensante, hablante, actuante… Por lo tanto, no tiene sexo: no es hombre ni mujer. Quienes sí tienen sexo son las personas que pueden ocupar una jefatura, pero esos ya no son jefaturas sino jefes y jefas.

Oficialmente, el vocablo jefe es de género común, según dicta aún la RAE. En otras palabras, lo ortodoxo y académico sería decir «el jefe» y «la jefe». Pero en un vocablo como este, no debemos ver en el diccionario un conjunto normativo, sino uno descriptivo. El género común de la palabra es el vestigio arqueológico de una época lingüística en donde «la jefa» simplemente no existía o era la excepción, no era una realidad cotidiana y extendida a todos los estratos sociales.

Por eso, es en puntos de inflexión como este en donde el imaginario y el lenguaje inclusivo sí deben confluir y hacer su labor. La variante jefa ya está registrada en el diccionario académico desde 1837; en otras palabras, forma parte de la realidad expresiva desde hace casi dos siglos. La realidad social también se ha desbordado: ¿quién no ha tenido jefas? Y ya no hablamos de «al menos una en su vida», sino de muchas. Las jefas nos rodean y llegaron para quedarse.

Puesto que ya el DPD recoge esta discusión, es de esperar que en alguna edición futura (ojalá no muy lejana) se tome nota del cambio que ya se ha producido en el habla.

En cuanto a «los y las jefaturas», el recordatorio siempre es válido: no todo lo que termina en «a» es mujer.

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