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Qué es la corrección de pruebas y cómo se hace

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La corrección de pruebas es esa revisión que se realiza durante las etapas más avanzadas del proceso de publicación. Una vez que el libro ha sido leído, releído, editado, revisado y vuelto a revisar, se le entrega al equipo de producción gráfica que verterá el manuscrito en un documento de diseño, usualmente en una aplicación especializada, como Adobe InDesign o QuarkXPress.

En ese momento, el texto abandona las manos de su editor y de su autor y no puede trabajarse más con las funciones de corrección de los procesadores de texto.

Cada editorial establece cuántas correcciones de pruebas se realizan, pero el control de calidad exige de dos a tres, como cifras mínimas.

Esta corrección ya no se hace en pantalla, salvo que se haga en un archivo PDF, porque es esencial que la página formada permanezca tal y como se ve en el programa de diseño.

Además, no solo se revisa el texto, sino otros elementos, como los espacios, las cabeceras, los elementos no textuales (que estén donde corresponde o sean eliminados ahí en donde no deberían estar), la división de palabras, los ríos y calles (espacios entre palabras y los bloques de texto), los rosarios (secuencias de caracteres similares al inicio o final de los renglones), todo tipo de erratas y un largo etcétera. Los pormenores de la corrección de pruebas requieren de una serie de artículos, así que no los abordaré en esta breve entrada.

Cómo se realiza la corrección de pruebas

Puesto que la fidelidad de la página es crucial, todavía hasta la fecha, predomina el uso de la impresión de papel y las anotaciones a mano alzada para realizar la corrección.

En mi caso particular, utilizo lapicero rojo (ojalá de gel y con punta muy fina y precisa), lápiz, algún color adicional para otras anotaciones (verde o morado) y muchas notas adhesivas, para poner comentarios adicionales, hacer marcas generales, diferenciar capítulos…

Cuando se tiene la mala suerte de tener que añadir o corregir un párrafo íntegro —algo que solo debería suceder de manera ocasional, dado que ya para esta altura del proceso se superó la corrección de estilo—, a veces es útil digitar el párrafo en un procesador de texto, imprimirlo y pegarlo con cinta adhesiva.

Así de artesanal es el proceso.

Y esa impresión vale oro: porque vale muchas horas de trabajo y debe ir y venir de forma física entre la persona que hace la edición gráfica y la corrección de pruebas.

¿Se puede evitar la corrección de pruebas?

Hacer o no la corrección de pruebas es una de las grandes diferencias entre las buenas y las malas ediciones. Este es un control de calidad indispensable para frenar, antes del producto final, las pequeñas imperfecciones que se van quedando en el texto, a pesar de nuestros esfuerzos previos.

Además, no todo son erratas que provienen del texto previo. Otras erratas se forman el proceso: un dedazo, una persona que corrige por error (y a veces con buena fe, pero algo de ignorancia) algo que estaba bien, un error de montaje y no de texto (un elemento de página maestra que se va por error en una ventana de capítulo), una figura invertida por error, imágenes que quedaron en la página equivocada y otros muchas pequeñas imperfecciones en el proceso.

Son pequeñas cosas, pero hacen la diferencia en un libro hecho con cuidado y otro que nadie se tomó la molestia de revisar.

¿Se necesita entrenamiento para hacer corrección de pruebas?

Sin duda.

Se necesita la guía de alguien con más experiencia, leer un poco (las obras de José Martínez de Sousa traen apartados al respecto) y, sobre todo, entrenar la mente para que pueda ver lo que normalmente pasa por alto. La mente debe ver el error en lugar de leerlo como si fuera correcto. Y debe aprender a verlo todo: el inicio de la página, los márgenes, los vacíos, las figuras… ¡todo! También debe ser capaz de leer texto y reconstruir sentidos (funciones lógicas y semánticas), pero también debe ser capaz de ver la página como una figura (funciones espaciales y visuales). La letra es a veces dibujo y a veces palabra. Y la mente debe aprender a verla de esa forma.

También hay que aprender una serie de marcas para el señalamiento de los cambios. Cada editorial puede tener los suyos, aunque hay algunas casi universales.

El resto es práctica.

¿Se puede hacer corrección de estilo en la corrección de pruebas?

Jamás.

De vez en cuando se detectará una coma, una cacofonía, una reiteración. De vez en cuando habrá una frase sin sentido que necesitará del arreglo de un verbo o el cambio de una palabra. De vez en cuando habrá un párrafo macarrónico, extenso y perdido que todo el mundo pasó por alto. Pero solo de vez en cuando.

Las correcciones de estilo en una corrección de pruebas deben ser mínimas. La cantidad en sí dependerá de la extensión del texto, pero el porcentaje ha de ser bajo en proporción con la totalidad del texto.

La verdadera corrección de estilo debe hacerse antes, cuando el movimiento de párrafos, la inserción de títulos, la reescritura de textos o el recorte de palabrería no tengan un impacto en las páginas formadas del libro.

De lo contrario, habría un gran desperdicio de recursos y, en lugar de ganar tiempo, se perdería.

En síntesis

La corrección de pruebas es un paso indispensable para garantizar la calidad de la edición. Es distinta de la corrección de estilo, porque no se centra en la expresión verbal del texto sino en los errores y las imperfecciones, dentro del texto, que puedan haberse colado tras la corrección de estilo (y por la manipulación posterior) y más allá de esta, dentro de la página formada o diagramada. Requiere de un entrenamiento especial y diferente de otras formas de edición y corrección, pero se adquiere con guía, práctica y constancia.

Por sus características, se hace por lo general en papel y, hasta ahora, no había posibilidad de suplantarla con la tecnología digital, salvo en documentos de corta extensión. En otro artículo se revisará cómo el uso de tabletas y lápices inteligentes puede transformar este quehacer artesanal de la corrección de estilo.

(Fotografía: cortesía de Pixabay.com)

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La narrativa en obras académicas o didácticas

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Uno pensaría que el concepto de narrativa es más propio de la escritura de ficción. Sin embargo, cuando se le aplica a la escritura académica, puede haber grandes y favorables sorpresas en el resultado final.

Todo texto, literario o no, necesita de un hilo conductor que se vaya desenrollando para narrar su historia. En las obras académicas, en general, muchas veces se olvida atender esta fluidez textual.

En donde es más útil pensar en el texto como una historia es en la escritura didáctica, aquella diseñada para educar a partir de un plan de estudios estructurado y bien definido. Y si el material está pensado para emplearse de manera autodidacta y autodirigida —para programas de educación a distancia—, la necesidad de lograr un relato detrás de la exposición académica se vuelve imperativa.

Hay una premisa fundamental: lograr que la persona lectora comprenda, por sí misma, todos los contenidos, sin experimentar la necesidad de que alguien más se los explique.

La escritura académica con fines didácticos no debería limitarse a exponer: debe ser capaz de narrar sus contenidos. Por esa razón, paso a paso, el texto debe ir proporcionando todo lo que se necesita para comprender. El discurso debe incorporar la voz docente, la de quien acompaña al estudiante en su viaje de aprendizaje. Esa voz que le dice a uno “observe esto, póngale atención a aquello, no se preocupe tanto por esto porque usted ya lo aprendió en otra asignatura, refuerce su aprendizaje de esta manera…”.

¿Cómo se logra esta especie de narración académica?

Lo que comparto aquí no es ciencia, sino aprendizaje surgido de la experiencia. Estas son tres técnicas de edición, surgidas de mi quehacer cotidiano, para lograr textos que se puedan leer de un tirón, de manera fluida y agradable, como haciendo un viaje, a pesar de las muchísimas horas de escritura, edición y reescritura a la que se le sometió y de la que su lector nada sabrá. Y a pesar de que el lector espera, de entrada, un texto denso en contenidos y que deberá ir abordando poco a poco, en sucesivas sesiones de estudio.

Crear una conexión personal con quien está leyendo

El acto de lectura es, en nuestra cultura, un acto solitario. La persona que lee está en la intimidad de su casa, en un autobús, en un espacio público. Pero, con pocas excepciones, está sola. Es necesario crear zonas de diálogo directo con esa persona que nos lee. En esos puntos estratégicos de la obra, podemos tomarnos la libertad de hablarle de usted (o de tú, o de vos, según el estilo de habla de la zona en donde se publique la obra y su público). Así le hacemos saber que es usted y nadie más a quien tenemos en mente. Es preferible evitar expresiones como “el estudiante deberá comprender…” o “el lector encontrará de utilidad…” u otras maneras en las que se habla en tercera persona, de una figura abstracta que en nada se relaciona conmigo, yo que leo. Peor todavía, esas formas se expresan forzosamente con el género masculino. En cambio, yo, que leo, tengo el sexo que conozco y tengo todo el derecho del mundo a ser una mujer lectora, por ejemplo. Si le hablo de usted evito, de plano, el problema de si quien me lee es hombre o mujer. Esta persona empleará su propia subjetividad para completar el panorama y podemos pasar al siguiente párrafo sin escollos.

Tener cortesía

En esta relación personal, con usted que lee, hay que mantener las normas de cortesía: salude, comente, despídase. Esto se traduce en partes del texto, como introducción, desarrollo y conclusión, tanto de la obra como de cada una de sus partes principales (partes y capítulos). Esos son los lugares en donde el usted cabe sin problemas. Ya reservaremos el uso del impersonal para la exposición de contenidos académicos propiamente dicha.

Llenar los vacíos

Desde el inicio, hay que ir contando todo lo que la obra ofrece, el orden en que se encuentra, por dónde comienza y por qué, qué puede esperarse de ella y cómo podré sacar la mayor ventaja de los recursos que me ofrece. El libro es una zona de diálogo y de exploración. Debo recordar que quien abre la página por primera vez se encuentra en terreno ignoto y es mi deber narrativo irla llevando paso a paso por todo lo que necesite para internarse de lleno en el terreno del libro. De ahí que sea tan necesario incluir una introducción general para toda la obra y una sección introductoria en cada tema o capítulo.

En la escritura literaria, se vale y es hasta deseable crear el suspenso y guardarse información. En la escritura académica encontramos lo opuesto: siempre hay que ir dando el panorama de lo que viene, para que yo, al leer, pueda tomar la decisión de continuar o pasar a la siguiente sección. Es necesario que pueda verse el panorama completo desde antes de leer, para sacar el máximo provecho de la lectura posterior. Y una vez finalizada, hacer de nuevo un repaso o recordar cuáles serán los puntos clave imprescindibles para continuar con el aprendizaje.

Crear una transición fluida de un texto a otro

En todo momento que se escriba, conviene recordar que se viene de algún lugar y se va a otro. Así, de vez en cuando es necesario recordar lo que ya se vio (“ahora que usted ya conoce tal cosa”) con el fin de pasar a la siguiente (“vamos a profundizar en tal otra”).

Esto se debe trabajar con especial énfasis en las introducciones y conclusiones de los temas. Cuando pase de tema o capítulo, dígale a la persona lectora qué esperar de lo que viene, qué necesita llevarse de este capítulo y qué debe recordar por siempre, independientemente del siguiente capítulo.

Y al llegar al final del libro, por cortesía, diga adiós. Siempre es bueno tener un cierre, para poderse despedir de la obra que me motivó a leerla desde el principio y que, al final, obró su transformación en mí. Porque una obra didáctica que no transforme no es obra didáctica, ya que todo aprendizaje es una transformación.

Crear marcas para la relectura

La obra didáctica no solo se lee; también se estudia. Se lee una vez y luego se regresa, se subrayan fragmentos, se toman notas, se hacen fichas, se realizan esquemas y resúmenes y, si las tiene, se ejecutan actividades para afianzar el aprendizaje.

La narrativa debe ser capaz de llevarme de la mano tanto en mi primer recorrido, como en mi relectura. Por esa razón, los temas deben estar muy bien separados, los títulos y subtítulos han de ser muy claros, debe haber abundantes apartados y, si es posible, debe haber recursos adicionales al texto escrito, por ejemplo, de naturaleza gráfica. Así es posible que el estudiante recuerde algo no porque lo leyó, sino porque lo vio, en la forma de lista, de cuadro, de figura o de fotografía de apoyo.

Crear un ritmo de lectura

La extensión de las partes de la obra (temas o capítulos) ha de ser similar, para lograr un ritmo de lectura. Cada quien tiene su propia velocidad para leer, releer y estudiar. Pero también tiene una memoria interna: una vez que se ha leído el tema 1, en esa memoria se guarda el tiempo estimado de lectura, estudio y repaso, se proyecta el resto de lecturas del libro de texto con esa variable. Si un capítulo duplica al anterior en extensión, la experiencia —por comparación— se vuelve tediosa. Se tiene la sensación de que el tema es interminable y se pierde algo de la motivación ganada antes.

La regularidad —saber qué esperar en el texto— es también un factor que le ayuda a quien lee a experimentar tranquilidad y, desde la predictibilidad del comportamiento del texto, acostumbrarse a la información y buscarla, cuando le haga falta.

En síntesis

Cada obra y cada tema necesita de un hilo conductor para su exposición. Ese hilo se crea en la escritura y, aunque sea invisible, se reconoce en la lectura como una experiencia de fluidez en un relato intangible.

Estas son solo algunas técnicas para alcanzar esa fluidez, pero no son las únicas: escriba, experimente, lea, edite, reescriba y relea. Cuéntenos sus descubrimientos y cuáles técnicas ha utilizado con éxito para lograr la narrativa de su texto académico.

(Fotografía: cortesía de Pixabay.com)

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Feliz Día de la Corrección

Hoy se celebra en Día de Internacional la Corrección*, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, quizás uno de los primeros hombres dedicados al oficio. Yo, en mi calidad de correctora —una de mis facetas en mi relación con las palabras— me apropio de esta fiesta y la convierto en un evento internacional.

Al recordar a Erasmo, recuperamos las razones básicas por las cuales nuestra profesión es necesaria en un mundo cada vez más dependiente de la palabra escrita (aunque proliferen otros medios, el escrito sigue más vivo que nunca). Erasmo era humanista, escritor y filósofo. Fue una de las figuras centrales del Renacimiento y su humor franco y despiadado nos acompaña hasta la fecha en su Elogio a la estulticia, también traducido como Elogio a la locura.

Erasmo nos recuerda que para señalar errores hay que tener varias actitudes y habilidades, además de una vasta cultura, un gusto nato por la lectura y un gran conocimiento de nuestras herramientas de la palabra. Estas son algunas de las actitudes, habilidades, capacidades, cualidades e ideales que, en lo personal, he encontrado de utilidad en mi quehacer profesional en la corrección, ya sea de conceptos, de estructura, de estilo o de pruebas.

Se las comparto, con el interés de advertencia y bienvenida para las personas que en el futuro abracen nuestra profesión. Corregir no es tan solo tachar errores de gramática y ortografía.

  1. Amor loco, apasionado y desesperado por la palabra en todas sus formas (ojalá la palabra bella, pero al menos la palabra eficaz, transparente, digna).
  2. Una cierta obsesión compulsiva en la búsqueda de la perfección (aunque la perfección sea inalcanzable y lo sepamos).
  3. Deseo de mejorar (lo propio y lo ajeno que se nos ha confiado; esto es una actitud que nos atraviesa: también tratamos de mejorar nuestra persona, nuestra vida, nuestro entorno, nuestro mundo).
  4. Meticulosidad (que nada se escape de nuestra atenta búsqueda).
  5. Altos niveles de concentración y atención (aunque a nuestro alrededor el mundo sea un caos).
  6. Cuestionar hasta los propios paradigmas (quien no reconoce su ignorancia, no puede corregir la ajena).
  7. Expresar la duda de manera comprensible (saberse explicar ahí en donde la otra persona no desea escuchar que hay algo mal)
  8. No dar nada por sentado (dudar hasta de nuestra sombra).
  9. Verificarlo todo (hasta lo que creíamos saber).
  10. Verificar si la recepción del texto se acerca a su intención (si lo que entendimos era lo que la otra persona quería decir o provocar).
  11. Comprensión de la lengua como un sistema (verla en su esqueleto, con visión de rayos x; la gramática en su estado más puro, etéreo, abstracto y mágico).
  12. Aceptar que hasta las letras mayúsculas tienen un valor en la comunicación escrita (y que pasamos todos esos años estudiando Latín, Griego, Lingüística y Literatura para que se nos vaya la vida y se nos juegue el prestigio en una mayúscula).
  13. Leer de manera activa, necia, majadera, interlocutora, cuestionadora, respondona… (es otra forma de entretenimiento, después de todo).
  14. Leer en varios niveles: del código escrito a lo que realmente se dice desde el texto como mediador (y reconocer que algo puede estar “gramaticalmente correcto”, pero alcanzar proporciones épicas de error por otras razones más sutiles, que necesitarán incluso el apoyo de especialistas en el tema).
  15. Mente abierta y capacidad de adaptación (lo que es correcto en un contexto no lo es en otro).
  16. Información y amplia bibliografía (no seamos ilusos: lo que nosotros queremos saber, alguien más ya lo investigó, lo escribió y lo publicó; conozcamos nuestros autores, leamos, aprendamos y tomemos decisiones informadas y con criterio).
  17. Buscar el punto medio entre la firmeza y la flexibilidad (entre la norma extrema y su ruptura antojadiza hay un amplio margen de acción para lograr textos claros y correctos y, aún así, respetar la intención de quien escribe).
  18. Saber escuchar (entre nuestro criterio y el del autor se entretejen textos más completos gracias al trabajo en equipo)
  19. Saber ceder (la nuestra no es una lucha de poder sino un intento por ayudarle al autor a quedar bien; es su nombre, después de todo, en la cubierta del libro).
  20. Proponer, proponer, proponer (estamos aquí para dar soluciones, no para dejar árboles caídos a nuestro paso).

Un gran abrazo, desde Costa Rica, para quienes siguen cambiando el mundo, todos los días, un texto a la vez.

————
* Instaurado por primera ocasión en el año 2006 por la Fundación Litterae de Argentina, el Día Internacional de la Corrección o Día del Corrector de Textos se celebra el 27 de octubre en México, España y Argentina. Aporte de Amelia, lectora del blog Nisaba. ¡Muchas gracias!

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Escribir para quien lee: cómo lograr textos comprensibles

Soy su lector meta (o, para el caso, lectora). Estoy cansada. He trabajado todo el día. Al volver a casa, he lidiado con la cocina, la limpieza y la ropa sucia. He atendido a mi hijo (o hijos, no sabe usted cuántos tengo ni se lo diré). He conversado con mi pareja y he debido responder llamadas y visitas de mi familia. Mi vida está llena de actividades. Y aún así quiero estudiar (o leer, sin más). Son las diez de la noche (o las once o ya se inicia la madrugada). Por fin la casa duerme. Por fin el teléfono calla. Por fin el televisor se silencia. Me queda una hora de lucidez, quizás un poco más. Llegó el momento de abrir el libro y leer su texto.

Sí, su texto. Ese que dice usted haber escrito para mí. Ese que a usted le da tanto orgullo y al que le dedicó las mejores horas de su vida. Ese en el que ha vertido sus frases más excelsas, su investigación más profunda, sus reflexiones más certeras. Ese texto cargado de buenas intenciones y muchas palabras.

Los próximos quince minutos serán decisivos. ¿Qué cree usted que sucederá? ¿Me engancharé en la lectura, con frenesí y obsesión? ¿Pasaré del sopor y cansancio a un eufórico estado de alerta y voracidad lectora? ¿Desearé que la noche tenga mil y una horas más para leer otro párrafo, otra página, otro capítulo?

O…

Por el contrario, ¿caeré rendida sobre a la página, sin poder contener el sueño?

Quizás mi voluntad sea muy fuerte y no me duerma a la primera. Quizás interrumpa la lectura para prepararme un café o un chocolate. Quizás mueva las piernas de acá para allá. Quizás mire hacia la ventana o me distraiga con el sonido de un vehículo distante. Quizás sueñe con la cama caliente y quiera acompañar a quienes ya descansan, sin tener que soportar la tortura de este texto.

Sí. Tortura. De su texto.

Su texto es un medio. Para el caso, es el medio que me permitirá conectarme con su obra. Las ideas, imágenes, mundos, personajes, contenidos y conocimientos se entretejen en la obra, no en el texto. El texto es su evocación, su representación, su codificación, su paso de abstracción a sustancia: la palabra hecha carne (sonido, tinta y papel, para ser más exactos). La palabra y el texto son los instrumentos para que yo pueda recrear mi versión de la obra creada, visualizada, imaginada por usted.

Si ese medio tuvo éxito en su forma, ningún cansancio me detendrá: seré capaz de llegar hasta su obra (su mundo, su imagen, su historia), con mis virtudes y limitaciones, pero llegaré. Me puede faltar vocabulario, me puede no llamar la atención lo mismo que a usted, me puede sobrar alguna que otra reflexión, pero me sentiré inmersa en la obra que usted creó para mí. La crearé de nuevo junto a usted. En el acto de leer, reenunciaré su obra y será, durante ese acto, nuestra realidad compartida.

Pero digamos que usted, al escribir, sucumbió a la vieja trampa de la palabra no oral. Se preocupó por “escribir bonito” y confundió “bonito” y “elegante” con “entreverado y complejo”. Se dedicó a elegir palabras rimbombantes —y no se molestó en verificar su significado—. No se cuidó de las repeticiones innecesarias. Escribió oraciones larguísimas, complejas, macarrónicas y, peor aún, sintió un gran orgullo al escribirlas. Rellenó los párrafos de adverbios, muletillas y “por tantos” vacíos, así conectaran un argumento con el siguiente o tan solo un párrafo sin sentido con otro. Se sintió escritor (o escritora) gracias a esa abundancia florida de estructuras complejas que cree dominar. Alabó su ingenio y se imaginó que ni Cervantes ni Góngora podrían igualarle en su magistral técnica.

Lo que usted tal vez no sabe es que ese, su texto, es para mí algo similar a una enredadera devora-lectores. Lo sigo sin seguirlo. Leo varios párrafos solo para darme cuenta de que mi imaginación divagaba lejos, en los encuentros de la mañana o en el almuerzo de ayer. ¿Qué dijo? No sé. Me devuelvo. Ahora pienso en el fin de semana y si podré ir al cine, o a la piscina o a la playa. ¡Ah, la playa! No. Debo seguir leyendo. Tengo que intentarlo. ¿Qué dijo? Es que no entiendo. A ver, otra vez… Releo. Es inútil. No entiendo. O creo entender, pero, en mi cansancio, no me doy cuenta de cuán diferente es lo entendido de lo dicho. Debo ser yo el problema, ¿verdad? Usted, al fin y al cabo, sabe escribir y tiene una obra publicada. Yo no. Ha de ser que soy tonta, o ignorante, o estoy cansada. Sí, muy cansada. Muy cansada… Exhausta caigo y me despierto una hora después, aún en la mesa, con dolor de cuello. Me iré a dormir. No me queda más.

Ya veremos mañana si puedo leer. Si es que logro encontrar en mí la voluntad suficiente (porque ya vimos que el deseo no será) para retomar la lectura y terminar con heroico estoicismo.

Si estoy obligada a leer, terminaré a como pueda. Si no, tal vez me rehúse por unos días a deshacerme del libro, pero terminaré acomodándolo en la biblioteca o dejándolo por ahí, donde pueda perderse sin remedio.

Fin de la historia.

El texto —la palabra escrita— es en sí mismo un medio. El principal objetivo de quienes lo editan es impedir que este medio sea un estorbo entre quien lee y los contenidos a los cuales intenta llegar a través del texto.

La lecturabilidad de un texto es prioritaria en algunos tipos de publicaciones; entre ellas, en las obras escritas para enseñar o divulgar conocimiento. Cuanto más amplio sea el público que se desea alcanzar, mayores deben ser los cuidados para lograr textos claros, sencillos y comprensibles; es decir, lecturables.

Estas son algunas de las acciones clave que usted puede aplicar para mejorar la lecturabilidad de su texto, siempre con miras a su mejor comprensión por parte de quien lo lee.

  1. Prefiera los párrafos cortos, con unidad de sentido; de manera que las ideas se puedan separar bien entre ellas y ser analizadas de forma independiente durante la lectura.
  2. Escriba títulos y subtítulos adecuados para romper largos bloques de texto. Esto proporcionará anclajes mnemotécnicos para recuperar la información con mayor facilidad.
  3. Separe las las ideas por grupos manejables: agrúpelas por cercanía, pero sepárelas lo suficiente para poderlas procesar, enumerar y relacionar sin confundirlas. Ordénelas de una manera lógica y en una secuencia comprensible y natural.
  4. Construya sus párrafos con una puntuación clara y rítmica (sin incurrir en la comunicación telegráfica). Huya del exceso de oraciones subordinadas y de esos párrafos que se extienden por renglones y renglones sin encontrar un solo punto en su camino.
  5. Considere la memoria de trabajo del lector: para reconstruir el sentido de una oración, la mente debe retener los diversos fragmentos del enunciado durante un cierto tiempo, hasta poder completar la imagen o idea. La llamada “memoria de trabajo” (una memoria inmediata, para manejar información del momento) se encarga de este proceso. Puede retener unos siete bloques a la vez. Si su oración es muy compleja, tiene idea tras idea, subordinación tras subordinación y, de paso, anida ideas entre ellas, la memoria de trabajo se ve obligada a soltar fragmentos (los más viejos se sueltan antes). Reconstruir el sentido completo de la oración-párrafo-texto puede resultar imposible o se hace con un esfuerzo monumental.
  6. Si es una obra didáctica o de divulgación, desglose la información de manera visual para mejorar su memorización (listas, viñetas, cuadros, etc.).
  7. Emplee vocablos contemporáneos, conocidos y cercanos a la experiencia vital de quien leerá. Y si elige tecnicismos o palabras complejas, desconocidas y muy elegantes, asegúrese de proporcionar su significado o que este pueda deducirse del contexto, empléelas bien (verifique su significado) y úselas varias veces (mínimo cinco) para favorecer su adquisición.
  8. Elimine repeticiones, redundancias, vocablos de uso frecuente, muletillas, latiguillos, exceso de adverbios y calificativos bonitos, pero vacíos de sentido.
  9. Absténgase de reflexiones vacías que no hacen aportes reales a la argumentación ni producen pensamiento nuevo.

Y, sobretodo, deje su ego atrás y desapéguese de su texto, de su estilo y de su supuesta genialidad.

Es fácil caer en la tentación de no querer “tocar” el texto para “respetarlo” y dejarlo tal cual. “Me costó tanto escribirlo, ¿cómo voy a borrarlo?”; “Es mi estilo, si me corrige, ya no soy yo”; “Usted no entiende, yo sí entiendo; no necesita corrección”.

Su ego me sale caro a mí, como lectora. Me obliga a perder mi valioso tiempo en muchas oraciones, palabras y frases que pudieron haberse eliminado sin pena ni gloria. “Su estilo”, ese que usted tal vez defendió con vehemencia cuando alguien se lo intentó corregir, se convierte en mi cruz y me obliga a desear no haber gastado un centavo en su libro.

Respéteme como lectora y hágase un favor: no tenga miedo de tachar, reordenar, dividir, unir, sintetizar, resumir, ampliar, explicar, reexplicar… En una palabra: reescribir.

Su primera versión del texto puede haber sido el resultado de un gran esfuerzo, pero salvo que sea usted Cervantes (y que tenga el editor que este tuvo), su texto necesita mucho trabajo antes de que pueda llegar a mis manos con la transparencia suficiente para poder recrear su obra sin inconvenientes.

En síntesis, no le permita a su texto interponerse entre su obra y yo.

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Foto: Pixabay.com

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Ya me corrigieron mi texto: ¿cómo interpreto los comentarios?

Por fin, ha llegado usted a la última palabra. La escribe con una sensación de triunfo. La adrenalina le recorre el cuerpo, mientras piensa que su texto es bueno, a pesar de todo. Siente orgullo, alegría, sensación de éxito. No puede esperar a enviárselo a quien se lo edita. ¿Qué dirá? Espera elogios, felicitaciones, palmadas en la espalda. “¡Muy bien!”, escucha en su mente una y otra vez. Muy bien… Y pulsa el botón de “Enviar”.

Y espera.
Y espera.
Y espera.

Mientras tanto, esa otra persona da por recibido el material y se toma su tiempo para leerlo. El tiempo le parece eterno. ¿Por qué no me lo envía ya? ¿Por qué no me dice algo ya? Yo cumplí con mi parte. Quiero que cumpla con la suya.

El manuscrito llega, días, semanas, meses después. Pero, ¡oh, sorpresa! En lugar de felicitaciones, elogios, expresiones de asombro y reconocimiento de visos de genialidad, encuentra usted un manuscrito manchado de cabo a rabo: “Falta número de página”, “lugar común”, “expresión vacía”, “confuso”, “ampliar”, “aclarar”, “contradicción”, “problemas epistemológico”, “revisar significado”…

Encuentra usted múltiples palabras eliminadas o tachadas, nuevas comas donde no las imaginaba, cientos de cambios de sintaxis, nuevos puntos y aparte, párrafos diseccionados, cambios de orden, anotaciones para incluir cosas que no había previsto, secciones nuevas o secciones íntegras eliminadas…

¿Qué pasó con su obra genial, su manuscrito perfecto, su puerta al Premio Nacional, al Pulitzer o al Nobel?

De aquella primera emoción se pasa a una sensación de tristeza que se convierte en paulatino enojo hasta alzarse en indignación. El problema se agrava si se va reconociendo verdad y tino en los comentarios. “¿En verdad soy tan ignorante?”, “¿cómo pude cometer tantos errores?”, “¿por qué esto no me lo dijeron antes?”, “¿por qué me hicieron pasar por esta vergüenza?”, “¿esto de verdad será así?”…

Cada comentario en la página se transforma en un calvario. Cada uno de ellos es el recordatorio de que uno ha fallado y el ego, el más lastimado en todo este proceso, se hunde en la tristeza y la depresión, con un vacío en el estómago y el deseo de jamás haber nacido o, para el caso, jamás haber escrito.

Para empeorar la situación, el manuscrito no puede quedarse ahí. Hay un contrato, un compromiso, una fecha de entrega. Y se espera que usted resuelva cada una de las dudas, apruebe o rechace cambios, amplíe conceptos y limpie el manuscrito para llevarlo a su segunda etapa.

El trabajo es tan arduo que va más allá de poner o quitar tres comas. Es reescritura.

Usted no entiende por qué sucede esto. ¿Acaso escribir no era fácil? Leer es muy fácil, uno se va de corrido en el texto. ¿Por qué escribir iba a ser distinto, sobre todo si usted habla un perfecto español nativo y no debería representar ninguna dificultad?

Mientras cientos de preguntas cruzan por su mente, entremezcladas por sentimientos nada bondadosos para quien hizo la revisión, el trabajo debe continuar y usted debe encontrar la manera de hacerlo. La desmotivación debe quedar atrás. ¿Cómo hacerlo?

La próxima vez que se encuentre en esta situación, póngase en los zapatos de quien edita y recuerde estas ideas.

  1. Se editó su texto, nadie le juzga a usted. Esto no es la escuela y usted no recibe una nota. A nadie le interesa calificarle a usted, lo que interesa es su texto y que este se defienda solo ante la comunidad lectora que lo recibirá.
  2. Los comentarios al grano no son muestra de grosería. Quien edita trata de ser amable, pero no puede hacer un discurso de cada comentario. Cuanto más al grano vaya el comentario, mejor. Esto no significa que la persona sea grosera, sino que ha optado por hacerle perder a usted el menor tiempo que sea posible, para hacer menos agobiante el proceso de revisión.
  3. Se distingue entre norma, mejora y sugerencia. Quien edita sabe que algunas de sus observaciones deben ser acatadas porque responden a una norma lingüística clara e inexpugnable. Otras observaciones, en cambio, entran el campo de la mejora (lo anterior era correcto, pero esto mejora, precisa o acota mejor el texto) o de la sugerencia (lo anterior era correcto, pero se beneficiaría de esto otro). Usted no siempre estará de acuerdo con todo, a veces incluso tendrá mejores soluciones. Sopese el comentario, analice si existe una solución mejor y negocie.
  4. No se debe caer en una lucha de poder. Quien edita no tiene el menor interés en convertirse en una figura dictatorial que debe ser obedecida sin reservas. Nos interesa ayudarle a usted a tener el mejor texto, ya sea con la solución sugerida o con otra alternativa que atienda la razón que dio origen al comentario.
  5. Quien edita es especialista, usted no. Tendemos a pensar que hablar español es una habilidad universal y, por sí sola, nos concede la autoridad para expresarnos con absoluta corrección. Esto es falso. Así como se estudia medicina, ingeniería o arquitectura y se reconocen estas especialidades por sus competencias y conocimientos particulares, de la misma manera se estudia la lengua, se aprende a usarla como un metal maleable, se utiliza para comunicar… Quien edita es una persona experta en su campo. Permítale aplicar su formación y su experiencia con libertad.

¿Qué puede hacer usted?

En lugar de echarse a morir de tristeza o de furia por los comentarios a su texto, procure establecer una distancia saludable entre sus sentimientos y la labor profesional que está realizando.

Lea cada comentario, analícelo y, si no lo entiende, concierte una cita y pida explicaciones. Sin duda, si quien está editando tiene la formación y la experiencia necesarias, podrá respaldar y hasta dictar cátedra de cada uno de los comentarios que ha escrito. Prepárese, si usted lo solicita, para escuchar explicaciones suficientes, argumentos sólidos, decisiones justificadas y apoyadas en fuentes.

Escuche, sopese, analice. No rechace de plano: proponga. El objetivo final es encontrar soluciones, no quedarse rodando en los problemas.

Al finalizar, es posible que usted cambie su manera de ver el mundo, suavice los impulsos de su ego y termine con un texto mucho más satisfactorio que aquella alguna vez emocionante primera versión.

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Clic: ¿se “da” o se “hace”?

Una de las acciones más comunes de nuestra cotidianidad en los medios digitales es el clic: ese pequeño “sonido seco y breve, generalmente metálico” (DPD, 2005: “clic”) que emiten los ratones (mouse). El sonido se convierte en acto y, con ese acto, viene su obligada enunciación. En este artículo se expondrá la manera correcta de enunciar el vocablo clic en construcciones gramaticales y cuál es su ortografía.

Qué es un clic
El clic es, en primer lugar, la representación de un sonido y, en segundo, la pulsación que da origen a ese sonido. El artefacto que se emplea para hacer el clic en tanto acto es el ratón o mouse, según lo recoge ya el DRAE, aunque existen dispositivos que permiten hacer pulsaciones mudas: desde las superficies táctiles de las computadores portátiles (trackpad) hasta los dispositivos móviles. La idea de un clic mudo no le importa a nadie: la pulsación en una interfaz informática seguirá denominándose así, aun cuando la memoria olvide el origen del vocablo.

La etimología
El vocablo proviene del inglés click, lengua en la que aparece alrededor de 1580. Otros vocablos semejantes son klikken, en holandés y frisio oriental, y clique en francés, con el significado de ‘sonido de un reloj’.

Desde luego, con su significado de pulsación, ingresa al español con la popularización de las computadoras.

Los primeros prototipos de ratón (mouse, en Latinoamérica) estuvieron listos en 1968, en la Universidad de Stanford, y el concepto fue perfeccionado durante la década siguiente, en los laboratorios de Xerox. La primera computadora de venta al público en incluir un ratón salió a la luz en 1981. Fue una curiosidad tecnológica de poco uso hasta 1984, con la Macintosh: la primera en tener un sistema operativo capaz de sacar amplia ventaja de este dispositivo.

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Cinco ratones distintos, marca Apple. Foto: Wikipedia.

Desde ahí, el ratón o mouse forma parte indispensable de la experiencia informática hasta fecha muy reciente, en que comparte su hegemonía con los dispositivos táctiles. Como curiosidad, Apple es la única en ofrecer una alternativa al ratón para las computadoras de escritorio: el trackpad o una superficie táctil independiente, inspirada en su éxito con este dispositivo en las computadoras portátiles.

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Trackpad, marca Apple. Foto: Wikipedia.

La enunciación

Uno de los temas que más llama la atención sobre el sustantivo clic es la dificultad de integrar esta palabra de origen inglés dentro de las expresiones en español. Quizás esto se deriva de su intangible condición de acto. De alguna manera, los hablantes se preguntan: ¿qué es un clic?, ¿un clic se hace o se da?, ¿cómo se verbaliza el clic?, ¿a qué se parece?

Como resultado de esta incertidumbre, conviven varias formas gramaticales de integrar el clic a la enunciación: solo una es avalada por la RAE y las otras son consideradas erróneas.

La RAE recomienda hacer clic y la prefiere sobre los verbos clicar y cliquear. Ambas formas son sintéticas pero malsonantes y extrañas. No me hace falta la recomendación de las Academias para no emplearla, lo admito.

Sin embargo, se ha popularizado la expresión dar click (nótese la ortografía). Puesto que el clic es un sonido o una acción, su combinación con el verbo “dar” también resulta extraña. No es del todo avalada por la RAE y con razón. Eso no ha hecho que se extienda menos, por el contrario, en algunos medios casi se convierte en la norma. Mi hipótesis personal es que los hablantes establecen un paralelismo con expresiones válidas, como “dar un toque” o “dar un golpe”. Al fin y al cabo, el clic es el resultado de una pulsación y, en la práctica, la presión necesaria para obtener el clic se obtiene con un pequeño golpe. Incluso es frecuente escuchar a una persona diciéndole a otra: “dele ahí, dele ahí”, para indicar el lugar en donde se debe pulsar.

Hasta que la expresión “dar clic” no sea recogida y avalada, es preferible emplear “hacer clic”. Y aún cuando lo sea, en lo personal, prefiero la última.

Ortotipografía

Esta palabra ha sido aceptada en español con la adaptación clic, sin k al final. Es una adaptación válida y, por lo tanto, cuando se escriba así, se utiliza en letra redonda, como cualquier otra palabra en español. La grafía click corresponde a la onomatopeya en inglés y siempre deberá escribirse con letra cursiva.

Alternativas

Se podría emplear el verbo pulsar para indicar la acción de hacer clic. Eso sí, no es necesario hacer combinaciones. Sería incorrecta la expresión “pulse clic”, no solo por disonante, sino también por redundante y sin sentido.

En síntesis

Como breve resumen, se puede emplear esta breve guía:

Correcto
Incorrecto o no deseable
Hacer clic Dar click
Clicar
Cliquear
Pulsar Pulsar clic

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Técnicas para superar la procrastinación en la escritura

Abro la página en blanco. Me da sed. Pongo la primera página. Tocan a la puerta. Escribo una línea. Llega una notificación de Facebook. Media, una o hasta más horas después, he respondido a varias conversaciones, he leído y refeisbuqueado (¿cómo decirlo?) o retuiteado varios artículos, he respondido con “Me gusta” a diversos comentarios y publicaciones de mis amistades varias y, en fin, mientras mi vida social aparente crece, mi escritura sigue escuálida, desatendida, malhumorada con mi falta de compromiso.

Situación típica, dirán algunos. Inconfesable, dirán otras personas.

La procrastinación es uno de los males típicos de quienes nos dedicamos a escribir. Las redes sociales han incrementado las posibilidades para distraerse de forma rápida, durante horas, con actividades intrascendentes, pero no por ello es algo nuevo o reciente. La televisión, el crucigrama, las compras, limpiar o ensuciar la casa… todas eran —y siguen siendo— distracciones sintomáticas de algo más poderoso: el bloqueo.

Para superar la procrastinación, el primer paso es aceptar la situación y tomar la decisión honesta de modificar nuestros ya formados hábitos de distracción sistemática, evasión y eternas largas a nuestras actividades creativas. Desde ahí, comparto tres acciones que me han resultado de utilidad para transformar la procrastinación en productividad.

Trabajar por objetivos pequeños y realizables

La técnica Pomodoro (http://pomodorotechnique.com) consiste en dividir las tareas grandes en objetivos pequeños y puntuales (“pomodoros”) de unos 25 minutos u otro periodo a gusto y medida de la tarea, no menor de 5 minutos y no mayor de 60. Durante el “pomodoro”, nada debe realizarse salvo el objetivo fijado. Sin embargo, a veces uno se propone iniciar una tarea, se va a revisar una notificación en redes sociales y, sin darse cuenta, deja pasar 15, 20, 30 minutos.

En mi caso personal, utilizo el programa Vitamin-R para Mac y iPhone (http://www.publicspace.net/Vitamin-R/), una estupenda herramienta para trabajar por objetivos puntuales, llevar registro del estado de motivación y hasta levantar las estadísticas de productividad por día y por semana. Hay otros programas que funcionan con la técnica Pomodoro o variantes, ajustados a diversos gustos y presupuestos.

También se puede emplear un reloj de cocina común o cualquier cronómetro, lápiz y papel. No es necesario hacer grandes inversiones para emplear esta técnica.

Llevar un diario

Cuando los hábitos se han transformado en acciones automáticas realizadas “sin pensar”, es necesario sacarlas del umbral de inconsciencia y llamarlas de inmediato a nuestra atención despierta y plena. Una manera de hacerlo es crear un registro de la actividad evasora, como puede ser un diario (o cualquier otra técnica válida, según el gusto personal).

Así, cada vez que me veo haciendo una actividad distinta de aquella en la que debería sumirme, cuando logro darme cuenta de lo que estoy haciendo, detengo la procrastinación de manera inmediata y me voy a mi “Diario de procrastinación”. Ahí anoto la hora exacta, lo que estaba haciendo antes de distraerme, la distracción en sí, cuánto tiempo ha durado y cuáles son mis síntomas físicos, mis emociones y mis pensamientos en el momento.

Tras esas breves notas, es más probable que regrese a mi trabajo y abandone la distracción, por el solo hecho de “pillarme” en la acción evasora.

En retrospectiva, el diario también ayudará a medir el progreso y verificar el avance en el proceso de modificación de la conducta.

Indagar y resolver la causa de la procrastinación

La procrastinación no es un síntoma de vagancia ni es una acción voluntaria para evadir el trabajo. Por lo general, esconde una causa más profunda. Descubrirla y sacarla a la luz es el primer paso para darle solución.

Algunas causas típicas son el cansancio mental y neuronal, el desinterés por la tarea realizada, la apatía, la presión, el estrés y el autosabotaje.

El cansancio es una de las causas más fáciles de resolver. Cuando el agotamiento mental es muy fuerte, no hay manera de concentrarse. El sueño, el esparcimiento y la buena alimentación son algunas de las soluciones para regresar a una forma física adecuada para labores cognitivas complejas.

El desinterés, la apatía y el estrés son eventos emocionales relacionados con la naturaleza del texto que se escribe y sus circunstancias. Puede ocurrir que la temática sobre la que se escribe no sea tan afín a quien la está trabajando. Si, además, se siente como una obligación y una distracción de sus verdaderos intereses, la resistencia puede llegar a ser muy poderosa.

Conviene hablar sobre el tema, transformar el enfoque o el abordaje y buscar maneras de motivación eficaces para continuar con el proceso.

También puede revisarse si los contenidos en sí resultan aburridos por razones de fondo: problemas estructurales, temática irrelevante, problemas severos de comunicación y lenguaje… En tales casos, hacer un alto en el camino y replantear el texto se vuelve indispensable para avanzar.

El autosabotaje

El autosabotaje merece una mención aparte porque es una de las principales causas de la procrastinación. “Es terrible, hasta una mosca me distrae”, me decía una tesiaria en su etapa final de escritura. El acto de escribir un párrafo le parecía monumental, a pesar de todos sus esfuerzos, incluido escribir de madrugada, para huir de llamadas telefónicas, familiares y amigos.

Esto suele ocurrir cuando se le han dedicado muchos años y esfuerzos a un mismo proyecto. El inconsciente (o como se le quiera llamar) se acostumbra a ser el eterno “aspirante a escritor o escritora”, “tesiario”, “novelista en progreso”…

Finalizar la obra implica completar una transformación. Cambiar es equivalente a morir. Muchas excusas dejan de tener vigencia: “no puedo salir porque estoy haciendo la tesis”, “no puedo trabajar porque no he completado el grado”, “no puedo publicar, porque no he terminado la novela (en eterno proceso de escritura)”, “no puedo llamarme escritor porque no he publicado”, “no puedo ser feliz porque no puedo llamarme escritor”…

Esto es equivalente al proceso de transformación de la crisálida. Al gusano no le hace ninguna gracia dejar de ser gusano. Hasta tener sus alas, no comprende la pequeñez de su anterior vida rastrera.

La distracción a menudo es una de las muchas técnicas de autosabotaje de nuestro gusano interior para evitar llegar al estado de mariposa.

Darse cuenta de un posible autosabotaje contribuye de inmediato a detenerlo y a modificar las acciones, desde un nivel de conciencia más elevado, despierto.

En síntesis

Acabar con la procrastinación es pasar de la actitud de “dejarse llevar por la corriente” a “asumir el control y manejar el timón del barco”. Hay que tomar las riendas de la escritura (o la edición, o el trabajo) y llegar hasta la meta fijada. Aunque suene cliché, dejar de ser gusano sigue siendo, a pesar de todo, difícil.

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