Archivo mensual: marzo 2013

El plan de obra y la escritura de obras didácticas

Escribir una obra didáctica no es el ejercicio de creatividad, autonomía y libertad por lo general asociado con el acto de escritura. Aquí es inútil la idea de un genio encerrado con su pluma o máquina de escribir (hoy, computadora o iPad) invocando a las musas y dejándose llevar por su inspiración para escribir la obra de su vida. Quien se compromete a escribir un texto de utilidad dentro de una asignatura o plan de estudios debe renunciar, desde el inicio, a su ego y escuchar las necesidades de quienes solicitan, revisan y aprueban la obra final.

Con estas declaraciones tan contundentes no quiero decir que la creatividad, la autonomía y la libertad no tengan un papel dentro de la escritura de una obra didáctica; sin duda las tienen, pero dentro de un marco mayor en donde las necesidades expresivas de la persona a cargo de la escritura son menos relevantes que las necesidades de objetivos, contenidos y actividades establecidas para la asignatura a la que acompañará el material escrito.

En el medio académico, toda asignatura forma parte de un plan de estudios general y responde a una etapa formativa dentro de este plan. Su propósito es lograr que cada estudiante alcance un determinado nivel por medio del cumplimiento de objetivos específicos, la cobertura de contenidos de acuerdo con su avance y el desarrollo de ciertas habilidades o competencias para su profesión o su nivel de estudios. Estas observaciones son válidas tanto para materiales de nivel escolar como de nivel universitario.

Por esa razón, cuando un libro debe escribirse para formar parte de un plan de estudios, el documento básico o punto de partida es el plan de esa materia. Puede tener cualquier nombre según la institución: diseño curricular, descripción curricular, plan… No interesa. Es ese documento en donde se establece, de forma esquemática, cuáles son los objetivos, contenidos, habilidades y actividades puntuales que serán el punto de partida para la enseñanza-aprendizaje.

La futura obra deberá entretejerse a partir de ese documento de lineamientos. Sin embargo, no debe creerse erróneamente que ese plan inicial es ya, en sí mismo, un plan de obra. Debe hacerse una labor de “traducción”, por así decirlo, entre el diseño curricular y el índice tentativo de una publicación.

Debe considerarse, por ejemplo, que un tema del diseño curricular puede obligar a proponer una serie de subapartados —dentro de los límites establecidos por los objetivos de la asignatura— no necesariamente descritos en el diseño. O bien, el tema es tan extenso, que deberá cubrirse en dos capítulos en lugar de uno. Al desglosar el tema, imaginar la exposición y adelantar qué tipo de ejemplos y recursos se utilizarán, será posible ir viendo la complejidad de la tarea por delante e incluso la extensión de los capítulos, apartados y subapartados. Ya con algo así de tangible, el equipo editorial puede proponer arreglos antes de enfrentar los problemas. Es mejor decirle a quien escribe, desde el plan, que divida un capítulo en dos o tres, que hacerlo cuando ya hay cien páginas escritas, en donde hay fallos estructurales graves.

Por otro lado, los objetivos del diseño son orientadores sobre la profundidad y calidad de la información y, por lo tanto, de los requisitos de su escritura. No es lo mismo “conocer” un tema que “distinguir”, “diferenciar” o hasta “identificar”. Desde ahí se podrá saber si se recurrirá a un estilo expositivo de hechos generales o será necesario incluir análisis más detallados y ejemplos múltiples y específicos para reafirmar la capacidad crítica en quien lee. Esto, que se deriva del diseño curricular, no ocurre con solo trasvasar el diseño a un supuesto “índice”, tal cual, sin modificaciones. Requiere de meditación y trabajo, tanto en el planeamiento cuidadoso como en el proceso mismo de escritura.

Cuando tomamos un libro en una biblioteca o librería, al leer el índice nos hacemos una idea bastante precisa de la promesa del libro, el enfoque de sus contenidos, hasta dónde llega en sus alcances. Lo mismo debe ocurrir con un plan de obra bien realizado: aun con el libro por escribir, nos debe ayudar a imaginarlo y a detectar, por cierto, si hay temas tratados con mayor profundidad de la necesaria, según las necesidades de la asignatura, o si existen carencias o desviaciones con respecto al diseño curricular. El diseño curricular no funciona como índice de la obra, sino como lineamientos de la asignatura. La obra, en cambio, ha de ser la asignatura misma, desarrollada, desplegada: es aula y es maestro, es pizarrón y es cuaderno.

Así, un plan de obra detallado no solo ahorra tiempo y dinero para todas las personas involucradas, también contribuye a crear un verdadero pacto entre editor/autor: ambos se ponen de acuerdo sobre lo que la obra va a ser (y excluyen lo que no será) y aceptan respetar estos parámetros durante el proceso de escritura posterior.

Una obra así diseñada desde el inicio, en donde diversas personas tienen responsabilidad en el proceso de aprobación (docentes, encargados de asignaturas, especialistas en contenidos, editores), además deberá cumplirse en un plazo definido, cuyas etapas de entrega se realizarán de acuerdo con el plan aprobado.

Una obra por encargo, por eso, no le pertenece al autor de la misma forma que una obra creativa: no tiene todo el tiempo del mundo para escribirla, no puede incluir temas arbitrariamente o por gusto personal, no puede ni siquiera elegir el grado de profundidad. Y aún así, es una gran experiencia y una maravillosa contribución.

Si usted ha recibido el privilegio y la encomienda de elaborar una obra didáctica, recuerde siempre que esta es una oportunidad para dejar una huella, tal vez no como artista, pero sí como docente. Un docente tejido con sus palabras, pero docente al fin y al cabo.

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