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Feliz Día de la Corrección

Hoy se celebra en Día de Internacional la Corrección*, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, quizás uno de los primeros hombres dedicados al oficio. Yo, en mi calidad de correctora —una de mis facetas en mi relación con las palabras— me apropio de esta fiesta y la convierto en un evento internacional.

Al recordar a Erasmo, recuperamos las razones básicas por las cuales nuestra profesión es necesaria en un mundo cada vez más dependiente de la palabra escrita (aunque proliferen otros medios, el escrito sigue más vivo que nunca). Erasmo era humanista, escritor y filósofo. Fue una de las figuras centrales del Renacimiento y su humor franco y despiadado nos acompaña hasta la fecha en su Elogio a la estulticia, también traducido como Elogio a la locura.

Erasmo nos recuerda que para señalar errores hay que tener varias actitudes y habilidades, además de una vasta cultura, un gusto nato por la lectura y un gran conocimiento de nuestras herramientas de la palabra. Estas son algunas de las actitudes, habilidades, capacidades, cualidades e ideales que, en lo personal, he encontrado de utilidad en mi quehacer profesional en la corrección, ya sea de conceptos, de estructura, de estilo o de pruebas.

Se las comparto, con el interés de advertencia y bienvenida para las personas que en el futuro abracen nuestra profesión. Corregir no es tan solo tachar errores de gramática y ortografía.

  1. Amor loco, apasionado y desesperado por la palabra en todas sus formas (ojalá la palabra bella, pero al menos la palabra eficaz, transparente, digna).
  2. Una cierta obsesión compulsiva en la búsqueda de la perfección (aunque la perfección sea inalcanzable y lo sepamos).
  3. Deseo de mejorar (lo propio y lo ajeno que se nos ha confiado; esto es una actitud que nos atraviesa: también tratamos de mejorar nuestra persona, nuestra vida, nuestro entorno, nuestro mundo).
  4. Meticulosidad (que nada se escape de nuestra atenta búsqueda).
  5. Altos niveles de concentración y atención (aunque a nuestro alrededor el mundo sea un caos).
  6. Cuestionar hasta los propios paradigmas (quien no reconoce su ignorancia, no puede corregir la ajena).
  7. Expresar la duda de manera comprensible (saberse explicar ahí en donde la otra persona no desea escuchar que hay algo mal)
  8. No dar nada por sentado (dudar hasta de nuestra sombra).
  9. Verificarlo todo (hasta lo que creíamos saber).
  10. Verificar si la recepción del texto se acerca a su intención (si lo que entendimos era lo que la otra persona quería decir o provocar).
  11. Comprensión de la lengua como un sistema (verla en su esqueleto, con visión de rayos x; la gramática en su estado más puro, etéreo, abstracto y mágico).
  12. Aceptar que hasta las letras mayúsculas tienen un valor en la comunicación escrita (y que pasamos todos esos años estudiando Latín, Griego, Lingüística y Literatura para que se nos vaya la vida y se nos juegue el prestigio en una mayúscula).
  13. Leer de manera activa, necia, majadera, interlocutora, cuestionadora, respondona… (es otra forma de entretenimiento, después de todo).
  14. Leer en varios niveles: del código escrito a lo que realmente se dice desde el texto como mediador (y reconocer que algo puede estar “gramaticalmente correcto”, pero alcanzar proporciones épicas de error por otras razones más sutiles, que necesitarán incluso el apoyo de especialistas en el tema).
  15. Mente abierta y capacidad de adaptación (lo que es correcto en un contexto no lo es en otro).
  16. Información y amplia bibliografía (no seamos ilusos: lo que nosotros queremos saber, alguien más ya lo investigó, lo escribió y lo publicó; conozcamos nuestros autores, leamos, aprendamos y tomemos decisiones informadas y con criterio).
  17. Buscar el punto medio entre la firmeza y la flexibilidad (entre la norma extrema y su ruptura antojadiza hay un amplio margen de acción para lograr textos claros y correctos y, aún así, respetar la intención de quien escribe).
  18. Saber escuchar (entre nuestro criterio y el del autor se entretejen textos más completos gracias al trabajo en equipo)
  19. Saber ceder (la nuestra no es una lucha de poder sino un intento por ayudarle al autor a quedar bien; es su nombre, después de todo, en la cubierta del libro).
  20. Proponer, proponer, proponer (estamos aquí para dar soluciones, no para dejar árboles caídos a nuestro paso).

Un gran abrazo, desde Costa Rica, para quienes siguen cambiando el mundo, todos los días, un texto a la vez.

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* Instaurado por primera ocasión en el año 2006 por la Fundación Litterae de Argentina, el Día Internacional de la Corrección o Día del Corrector de Textos se celebra el 27 de octubre en México, España y Argentina. Aporte de Amelia, lectora del blog Nisaba. ¡Muchas gracias!

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Día de la Corrección

Hoy se celebra el Día de la Corrección, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, ese escritor y filósofo cuyo pan diario lo pagaban largas horas de corrección de pruebas en aquel primer siglo de imprenta.

Esta es celebración fue instituida por la Fundación Litterae, de Argentina. También la celebra la Unión de Correctores españoles, y bien nos la podemos apropiar quienes dedicamos parte de nuestras horas a la profesión, en cualquier latitud del continente.

La corrección es la tarea de identificar los errores con el único propósito de eliminarlos. Es un acto de crítica y de inmediata rectificación con miras a entregar el mejor texto que seamos capaces de dar. Por eso siempre es una crítica amorosa: su último fin es la perfección, ese ideal inalcanzable que define nuestra labor diaria.

Quizás por eso, quienes hemos dedicado algunos años a la tarea de corregir desarrollamos un ojo crítico indomable, pero siempre con esa necesidad de identificar alguna solución y plasmarla, con tinta roja, en cualquier situación de la vida.

Para quienes dedican sus horas laborales a perseguir geniecillos entre líneas, atrapar gazapos y desterrar errores de los textos, muchas felicidades en su día y muchas gracias por su esmerada labor.

Nota: esta entrada fue actualizada el 29 de octubre de 2011 para rectificar el dato sobre la institución del Día de la Corrección.

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Día del Corrector: corregir el mundo

El día de hoy se celebra el natalicio de Erasmo de Rotterdam y, con este, el Día del Corrector. Erasmo rechazó la comodidad de las rígidas paredes académicas de la época para trabajar en una imprenta, bajo la afirmación de que ahí ganaba mucho más, tal vez no dinero, pero sí libertad. En su tiempo, ese era también un lugar de encuentro y un centro para la difusión de las ideas.

Erasmo fue uno de los hombres cuya vida definió el concepto de librepensador renacentista. Su traducción del Nuevo Testamento inspiró a Lutero para seguir adelante con su polémica reforma; y su traducción de la Biblia fue la base de la célebre versión conocida como King James. ¡Lo que puede hacer una traducción!

Hoy respiro profundo, recuerdo al maestro y pienso en su legado. Erasmo fue un corrector incansable, pero su servicio llegó más allá de corregir pruebas y oraciones: corrigió el pensamiento, la sociedad, su mundo. Me siento orgullosa de pertenecer a un gremio que ha elegido como su patrón a un verdadero librepensador, enemigo de los dogmas y los bandos, destructor del anquilosamiento, denunciador de la estupidez humana y promotor del uso de la palabra como vehículo de transformación del pensamiento.

¡Felicidades al maestro en su día y a todos nosotros, correctores y herederos de la responsabilidad de seguir corrigiendo (transformando) el mundo palabra por palabra!

Fe de erratas:
El Día del Corrector es el 27 de octubre. Mi errata provino de confiarme de Wikipedia que da el 28 como el natalicio de Erasmo. Por no ser experta en el tema, no sé si es errata vil o polémica. Solo me queda pasar la tinta roja y, en honor a mi profesión, rectificar mis errores. ¡Feliz Día del Corrector!

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Día del corrector: en honor a Erasmo

Leer, tachar, corregir, volver a leer, volver a tachar, volver a corregir, mirar un instante al vacío y recomponer la frase, imaginar cómo se leería/escucharía/saborearía si le cambiamos esta palabra, si le añadimos este conector, si le facilitamos la vida a quien lee al eliminarle estorbos y tropiezos del camino… Corrigen el autor dedicado y el editor entrenado; corrige quien ama su trabajo y se compromete, por amor, con la perfección y la belleza, aun cuando sepa, con toda certeza, que ambas son ideales casi imposibles; corrigen, dicen por ahí, los filólogos y profesionales de la lengua cuyo entrenamiento, aseguran las malas lenguas, es suficiente para ejercer el oficio; corrige, en fin, quien decide no ser indiferente ante las palabras que ven sus ojos y que sabe, verán los de muchos otros.

Cuentan las biografías legendarias que Erasmo de Rotterdam se ganó la vida como corrector en aquella época en que la imprenta de tipos móviles estaba en su primer siglo de vida. Es por eso que su natalicio, 27 de octubre, ha sido declarado el Día del Corrector. Me imagino a Erasmo, en su mesa de trabajo, con ese genio que le ha hecho sobrevivir a través de su obra más de cinco siglos, padeciendo cada corrección de un texto estulto, vacío, lleno de erratas, texto hijo de un autor con más ego que talento; Erasmo tratando de perfeccionar lo imperfectible… En sus propias noches de indignación, tras leer por disciplina y necesidad páginas y páginas de palabrería vacía, en esos momentos de máximo hastío y desesperación, me imagino a Erasmo garabateando el primer borrador de los párrafos de su célebre y todavía palpitante Elogio a la estulticia (mejor conocido como Elogio a la locura), en que la Estulticia toma la palabra y se adula a sí misma. En este fragmento extraído del apartado que el editor ha nombrado “Los poetas, los retóricos y los autores de libros”, nos ha quedado una huella documental, sin duda autobiográfica, del trabajo de corrección que alguna vez realizó el propio Erasmo.

De la misma laya son los que, publicando libros, quieren alcanzar fama imperecedera, todos los cuales es mucho lo que me deben [a la Estulticia], y, singularmente, aquellos que embadurnan el papel con puras majaderías, ya que a los que escriben doctamente y para unos pocos entendidos, hombres que no temerían ni aun las críticas de Persio y Lelio, más bien los tengo por dignos de lástima que por dichosos, puesto que se hallan sometidos a un perdurable tormento; en efecto, añaden, modifican, suprimen, vuelven a escribir lo que habían tachado, insisten, rehacen, aclaran, guardan el manuscrito los nueve años de que habló Horacio antes de decidirse a publicarlo, y ni aun así están jamás del todo satisfechos. La vana recompensa de merecer las alabanzas de unas cuantas personas cómpranla a fuerza de vigilias, con grave detrimento del sueño, don dulcísimo sobre todas las cosas y a costa de fatigas y de martirios, a lo que hay que agregar el menoscabo de la salud, ruina del cuerpo; la oftalmía y aun la ceguera, la pobreza, las rivalidades del oficio, la abstinencia de los placeres, la vejez anticipada, la muerte prematura y otros sufrimientos por el estilo, males todos que el sabio juzga compensados con obtener la aprobación de algún que otro pelagatos como él.

En cambio, el escritor que me es devoto es más feliz cuanto sea más insigne su extravagancia, porque, sin necesidad de pasar las noches en vela, todo cuanto se le viene a las mientes, todo cuanto afluye a su pluma y todo cuanto sueña lo pone en seguida por escrito con solo un pequeño gasto de papel, no ignorando que, en el porvenir, aquel que mayores necedades haya escrito será el preferido por los más, es decir, por los indoctos y por los estultos. ¿Qué le importa a él que le desprecien tres o cuatro sabios, caso de que le lean? ¿Qué significarían el parecer de estos ante la muchedumbre que lo aclama?

Rotterdam, Erasmo de. (1508). Εγχωμιον μοριας, seu laus stultitiae. [Elogio a la locura. Tr. Julio Puyol, 2001, Madrid, España: Mestas], p. 115.

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