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La narrativa en obras académicas o didácticas

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Uno pensaría que el concepto de narrativa es más propio de la escritura de ficción. Sin embargo, cuando se le aplica a la escritura académica, puede haber grandes y favorables sorpresas en el resultado final.

Todo texto, literario o no, necesita de un hilo conductor que se vaya desenrollando para narrar su historia. En las obras académicas, en general, muchas veces se olvida atender esta fluidez textual.

En donde es más útil pensar en el texto como una historia es en la escritura didáctica, aquella diseñada para educar a partir de un plan de estudios estructurado y bien definido. Y si el material está pensado para emplearse de manera autodidacta y autodirigida —para programas de educación a distancia—, la necesidad de lograr un relato detrás de la exposición académica se vuelve imperativa.

Hay una premisa fundamental: lograr que la persona lectora comprenda, por sí misma, todos los contenidos, sin experimentar la necesidad de que alguien más se los explique.

La escritura académica con fines didácticos no debería limitarse a exponer: debe ser capaz de narrar sus contenidos. Por esa razón, paso a paso, el texto debe ir proporcionando todo lo que se necesita para comprender. El discurso debe incorporar la voz docente, la de quien acompaña al estudiante en su viaje de aprendizaje. Esa voz que le dice a uno “observe esto, póngale atención a aquello, no se preocupe tanto por esto porque usted ya lo aprendió en otra asignatura, refuerce su aprendizaje de esta manera…”.

¿Cómo se logra esta especie de narración académica?

Lo que comparto aquí no es ciencia, sino aprendizaje surgido de la experiencia. Estas son tres técnicas de edición, surgidas de mi quehacer cotidiano, para lograr textos que se puedan leer de un tirón, de manera fluida y agradable, como haciendo un viaje, a pesar de las muchísimas horas de escritura, edición y reescritura a la que se le sometió y de la que su lector nada sabrá. Y a pesar de que el lector espera, de entrada, un texto denso en contenidos y que deberá ir abordando poco a poco, en sucesivas sesiones de estudio.

Crear una conexión personal con quien está leyendo

El acto de lectura es, en nuestra cultura, un acto solitario. La persona que lee está en la intimidad de su casa, en un autobús, en un espacio público. Pero, con pocas excepciones, está sola. Es necesario crear zonas de diálogo directo con esa persona que nos lee. En esos puntos estratégicos de la obra, podemos tomarnos la libertad de hablarle de usted (o de tú, o de vos, según el estilo de habla de la zona en donde se publique la obra y su público). Así le hacemos saber que es usted y nadie más a quien tenemos en mente. Es preferible evitar expresiones como “el estudiante deberá comprender…” o “el lector encontrará de utilidad…” u otras maneras en las que se habla en tercera persona, de una figura abstracta que en nada se relaciona conmigo, yo que leo. Peor todavía, esas formas se expresan forzosamente con el género masculino. En cambio, yo, que leo, tengo el sexo que conozco y tengo todo el derecho del mundo a ser una mujer lectora, por ejemplo. Si le hablo de usted evito, de plano, el problema de si quien me lee es hombre o mujer. Esta persona empleará su propia subjetividad para completar el panorama y podemos pasar al siguiente párrafo sin escollos.

Tener cortesía

En esta relación personal, con usted que lee, hay que mantener las normas de cortesía: salude, comente, despídase. Esto se traduce en partes del texto, como introducción, desarrollo y conclusión, tanto de la obra como de cada una de sus partes principales (partes y capítulos). Esos son los lugares en donde el usted cabe sin problemas. Ya reservaremos el uso del impersonal para la exposición de contenidos académicos propiamente dicha.

Llenar los vacíos

Desde el inicio, hay que ir contando todo lo que la obra ofrece, el orden en que se encuentra, por dónde comienza y por qué, qué puede esperarse de ella y cómo podré sacar la mayor ventaja de los recursos que me ofrece. El libro es una zona de diálogo y de exploración. Debo recordar que quien abre la página por primera vez se encuentra en terreno ignoto y es mi deber narrativo irla llevando paso a paso por todo lo que necesite para internarse de lleno en el terreno del libro. De ahí que sea tan necesario incluir una introducción general para toda la obra y una sección introductoria en cada tema o capítulo.

En la escritura literaria, se vale y es hasta deseable crear el suspenso y guardarse información. En la escritura académica encontramos lo opuesto: siempre hay que ir dando el panorama de lo que viene, para que yo, al leer, pueda tomar la decisión de continuar o pasar a la siguiente sección. Es necesario que pueda verse el panorama completo desde antes de leer, para sacar el máximo provecho de la lectura posterior. Y una vez finalizada, hacer de nuevo un repaso o recordar cuáles serán los puntos clave imprescindibles para continuar con el aprendizaje.

Crear una transición fluida de un texto a otro

En todo momento que se escriba, conviene recordar que se viene de algún lugar y se va a otro. Así, de vez en cuando es necesario recordar lo que ya se vio (“ahora que usted ya conoce tal cosa”) con el fin de pasar a la siguiente (“vamos a profundizar en tal otra”).

Esto se debe trabajar con especial énfasis en las introducciones y conclusiones de los temas. Cuando pase de tema o capítulo, dígale a la persona lectora qué esperar de lo que viene, qué necesita llevarse de este capítulo y qué debe recordar por siempre, independientemente del siguiente capítulo.

Y al llegar al final del libro, por cortesía, diga adiós. Siempre es bueno tener un cierre, para poderse despedir de la obra que me motivó a leerla desde el principio y que, al final, obró su transformación en mí. Porque una obra didáctica que no transforme no es obra didáctica, ya que todo aprendizaje es una transformación.

Crear marcas para la relectura

La obra didáctica no solo se lee; también se estudia. Se lee una vez y luego se regresa, se subrayan fragmentos, se toman notas, se hacen fichas, se realizan esquemas y resúmenes y, si las tiene, se ejecutan actividades para afianzar el aprendizaje.

La narrativa debe ser capaz de llevarme de la mano tanto en mi primer recorrido, como en mi relectura. Por esa razón, los temas deben estar muy bien separados, los títulos y subtítulos han de ser muy claros, debe haber abundantes apartados y, si es posible, debe haber recursos adicionales al texto escrito, por ejemplo, de naturaleza gráfica. Así es posible que el estudiante recuerde algo no porque lo leyó, sino porque lo vio, en la forma de lista, de cuadro, de figura o de fotografía de apoyo.

Crear un ritmo de lectura

La extensión de las partes de la obra (temas o capítulos) ha de ser similar, para lograr un ritmo de lectura. Cada quien tiene su propia velocidad para leer, releer y estudiar. Pero también tiene una memoria interna: una vez que se ha leído el tema 1, en esa memoria se guarda el tiempo estimado de lectura, estudio y repaso, se proyecta el resto de lecturas del libro de texto con esa variable. Si un capítulo duplica al anterior en extensión, la experiencia —por comparación— se vuelve tediosa. Se tiene la sensación de que el tema es interminable y se pierde algo de la motivación ganada antes.

La regularidad —saber qué esperar en el texto— es también un factor que le ayuda a quien lee a experimentar tranquilidad y, desde la predictibilidad del comportamiento del texto, acostumbrarse a la información y buscarla, cuando le haga falta.

En síntesis

Cada obra y cada tema necesita de un hilo conductor para su exposición. Ese hilo se crea en la escritura y, aunque sea invisible, se reconoce en la lectura como una experiencia de fluidez en un relato intangible.

Estas son solo algunas técnicas para alcanzar esa fluidez, pero no son las únicas: escriba, experimente, lea, edite, reescriba y relea. Cuéntenos sus descubrimientos y cuáles técnicas ha utilizado con éxito para lograr la narrativa de su texto académico.

(Fotografía: cortesía de Pixabay.com)

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Escribir para quien lee: cómo lograr textos comprensibles

Soy su lector meta (o, para el caso, lectora). Estoy cansada. He trabajado todo el día. Al volver a casa, he lidiado con la cocina, la limpieza y la ropa sucia. He atendido a mi hijo (o hijos, no sabe usted cuántos tengo ni se lo diré). He conversado con mi pareja y he debido responder llamadas y visitas de mi familia. Mi vida está llena de actividades. Y aún así quiero estudiar (o leer, sin más). Son las diez de la noche (o las once o ya se inicia la madrugada). Por fin la casa duerme. Por fin el teléfono calla. Por fin el televisor se silencia. Me queda una hora de lucidez, quizás un poco más. Llegó el momento de abrir el libro y leer su texto.

Sí, su texto. Ese que dice usted haber escrito para mí. Ese que a usted le da tanto orgullo y al que le dedicó las mejores horas de su vida. Ese en el que ha vertido sus frases más excelsas, su investigación más profunda, sus reflexiones más certeras. Ese texto cargado de buenas intenciones y muchas palabras.

Los próximos quince minutos serán decisivos. ¿Qué cree usted que sucederá? ¿Me engancharé en la lectura, con frenesí y obsesión? ¿Pasaré del sopor y cansancio a un eufórico estado de alerta y voracidad lectora? ¿Desearé que la noche tenga mil y una horas más para leer otro párrafo, otra página, otro capítulo?

O…

Por el contrario, ¿caeré rendida sobre a la página, sin poder contener el sueño?

Quizás mi voluntad sea muy fuerte y no me duerma a la primera. Quizás interrumpa la lectura para prepararme un café o un chocolate. Quizás mueva las piernas de acá para allá. Quizás mire hacia la ventana o me distraiga con el sonido de un vehículo distante. Quizás sueñe con la cama caliente y quiera acompañar a quienes ya descansan, sin tener que soportar la tortura de este texto.

Sí. Tortura. De su texto.

Su texto es un medio. Para el caso, es el medio que me permitirá conectarme con su obra. Las ideas, imágenes, mundos, personajes, contenidos y conocimientos se entretejen en la obra, no en el texto. El texto es su evocación, su representación, su codificación, su paso de abstracción a sustancia: la palabra hecha carne (sonido, tinta y papel, para ser más exactos). La palabra y el texto son los instrumentos para que yo pueda recrear mi versión de la obra creada, visualizada, imaginada por usted.

Si ese medio tuvo éxito en su forma, ningún cansancio me detendrá: seré capaz de llegar hasta su obra (su mundo, su imagen, su historia), con mis virtudes y limitaciones, pero llegaré. Me puede faltar vocabulario, me puede no llamar la atención lo mismo que a usted, me puede sobrar alguna que otra reflexión, pero me sentiré inmersa en la obra que usted creó para mí. La crearé de nuevo junto a usted. En el acto de leer, reenunciaré su obra y será, durante ese acto, nuestra realidad compartida.

Pero digamos que usted, al escribir, sucumbió a la vieja trampa de la palabra no oral. Se preocupó por “escribir bonito” y confundió “bonito” y “elegante” con “entreverado y complejo”. Se dedicó a elegir palabras rimbombantes —y no se molestó en verificar su significado—. No se cuidó de las repeticiones innecesarias. Escribió oraciones larguísimas, complejas, macarrónicas y, peor aún, sintió un gran orgullo al escribirlas. Rellenó los párrafos de adverbios, muletillas y “por tantos” vacíos, así conectaran un argumento con el siguiente o tan solo un párrafo sin sentido con otro. Se sintió escritor (o escritora) gracias a esa abundancia florida de estructuras complejas que cree dominar. Alabó su ingenio y se imaginó que ni Cervantes ni Góngora podrían igualarle en su magistral técnica.

Lo que usted tal vez no sabe es que ese, su texto, es para mí algo similar a una enredadera devora-lectores. Lo sigo sin seguirlo. Leo varios párrafos solo para darme cuenta de que mi imaginación divagaba lejos, en los encuentros de la mañana o en el almuerzo de ayer. ¿Qué dijo? No sé. Me devuelvo. Ahora pienso en el fin de semana y si podré ir al cine, o a la piscina o a la playa. ¡Ah, la playa! No. Debo seguir leyendo. Tengo que intentarlo. ¿Qué dijo? Es que no entiendo. A ver, otra vez… Releo. Es inútil. No entiendo. O creo entender, pero, en mi cansancio, no me doy cuenta de cuán diferente es lo entendido de lo dicho. Debo ser yo el problema, ¿verdad? Usted, al fin y al cabo, sabe escribir y tiene una obra publicada. Yo no. Ha de ser que soy tonta, o ignorante, o estoy cansada. Sí, muy cansada. Muy cansada… Exhausta caigo y me despierto una hora después, aún en la mesa, con dolor de cuello. Me iré a dormir. No me queda más.

Ya veremos mañana si puedo leer. Si es que logro encontrar en mí la voluntad suficiente (porque ya vimos que el deseo no será) para retomar la lectura y terminar con heroico estoicismo.

Si estoy obligada a leer, terminaré a como pueda. Si no, tal vez me rehúse por unos días a deshacerme del libro, pero terminaré acomodándolo en la biblioteca o dejándolo por ahí, donde pueda perderse sin remedio.

Fin de la historia.

El texto —la palabra escrita— es en sí mismo un medio. El principal objetivo de quienes lo editan es impedir que este medio sea un estorbo entre quien lee y los contenidos a los cuales intenta llegar a través del texto.

La lecturabilidad de un texto es prioritaria en algunos tipos de publicaciones; entre ellas, en las obras escritas para enseñar o divulgar conocimiento. Cuanto más amplio sea el público que se desea alcanzar, mayores deben ser los cuidados para lograr textos claros, sencillos y comprensibles; es decir, lecturables.

Estas son algunas de las acciones clave que usted puede aplicar para mejorar la lecturabilidad de su texto, siempre con miras a su mejor comprensión por parte de quien lo lee.

  1. Prefiera los párrafos cortos, con unidad de sentido; de manera que las ideas se puedan separar bien entre ellas y ser analizadas de forma independiente durante la lectura.
  2. Escriba títulos y subtítulos adecuados para romper largos bloques de texto. Esto proporcionará anclajes mnemotécnicos para recuperar la información con mayor facilidad.
  3. Separe las las ideas por grupos manejables: agrúpelas por cercanía, pero sepárelas lo suficiente para poderlas procesar, enumerar y relacionar sin confundirlas. Ordénelas de una manera lógica y en una secuencia comprensible y natural.
  4. Construya sus párrafos con una puntuación clara y rítmica (sin incurrir en la comunicación telegráfica). Huya del exceso de oraciones subordinadas y de esos párrafos que se extienden por renglones y renglones sin encontrar un solo punto en su camino.
  5. Considere la memoria de trabajo del lector: para reconstruir el sentido de una oración, la mente debe retener los diversos fragmentos del enunciado durante un cierto tiempo, hasta poder completar la imagen o idea. La llamada “memoria de trabajo” (una memoria inmediata, para manejar información del momento) se encarga de este proceso. Puede retener unos siete bloques a la vez. Si su oración es muy compleja, tiene idea tras idea, subordinación tras subordinación y, de paso, anida ideas entre ellas, la memoria de trabajo se ve obligada a soltar fragmentos (los más viejos se sueltan antes). Reconstruir el sentido completo de la oración-párrafo-texto puede resultar imposible o se hace con un esfuerzo monumental.
  6. Si es una obra didáctica o de divulgación, desglose la información de manera visual para mejorar su memorización (listas, viñetas, cuadros, etc.).
  7. Emplee vocablos contemporáneos, conocidos y cercanos a la experiencia vital de quien leerá. Y si elige tecnicismos o palabras complejas, desconocidas y muy elegantes, asegúrese de proporcionar su significado o que este pueda deducirse del contexto, empléelas bien (verifique su significado) y úselas varias veces (mínimo cinco) para favorecer su adquisición.
  8. Elimine repeticiones, redundancias, vocablos de uso frecuente, muletillas, latiguillos, exceso de adverbios y calificativos bonitos, pero vacíos de sentido.
  9. Absténgase de reflexiones vacías que no hacen aportes reales a la argumentación ni producen pensamiento nuevo.

Y, sobretodo, deje su ego atrás y desapéguese de su texto, de su estilo y de su supuesta genialidad.

Es fácil caer en la tentación de no querer “tocar” el texto para “respetarlo” y dejarlo tal cual. “Me costó tanto escribirlo, ¿cómo voy a borrarlo?”; “Es mi estilo, si me corrige, ya no soy yo”; “Usted no entiende, yo sí entiendo; no necesita corrección”.

Su ego me sale caro a mí, como lectora. Me obliga a perder mi valioso tiempo en muchas oraciones, palabras y frases que pudieron haberse eliminado sin pena ni gloria. “Su estilo”, ese que usted tal vez defendió con vehemencia cuando alguien se lo intentó corregir, se convierte en mi cruz y me obliga a desear no haber gastado un centavo en su libro.

Respéteme como lectora y hágase un favor: no tenga miedo de tachar, reordenar, dividir, unir, sintetizar, resumir, ampliar, explicar, reexplicar… En una palabra: reescribir.

Su primera versión del texto puede haber sido el resultado de un gran esfuerzo, pero salvo que sea usted Cervantes (y que tenga el editor que este tuvo), su texto necesita mucho trabajo antes de que pueda llegar a mis manos con la transparencia suficiente para poder recrear su obra sin inconvenientes.

En síntesis, no le permita a su texto interponerse entre su obra y yo.

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Foto: Pixabay.com

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Ya me corrigieron mi texto: ¿cómo interpreto los comentarios?

Por fin, ha llegado usted a la última palabra. La escribe con una sensación de triunfo. La adrenalina le recorre el cuerpo, mientras piensa que su texto es bueno, a pesar de todo. Siente orgullo, alegría, sensación de éxito. No puede esperar a enviárselo a quien se lo edita. ¿Qué dirá? Espera elogios, felicitaciones, palmadas en la espalda. “¡Muy bien!”, escucha en su mente una y otra vez. Muy bien… Y pulsa el botón de “Enviar”.

Y espera.
Y espera.
Y espera.

Mientras tanto, esa otra persona da por recibido el material y se toma su tiempo para leerlo. El tiempo le parece eterno. ¿Por qué no me lo envía ya? ¿Por qué no me dice algo ya? Yo cumplí con mi parte. Quiero que cumpla con la suya.

El manuscrito llega, días, semanas, meses después. Pero, ¡oh, sorpresa! En lugar de felicitaciones, elogios, expresiones de asombro y reconocimiento de visos de genialidad, encuentra usted un manuscrito manchado de cabo a rabo: “Falta número de página”, “lugar común”, “expresión vacía”, “confuso”, “ampliar”, “aclarar”, “contradicción”, “problemas epistemológico”, “revisar significado”…

Encuentra usted múltiples palabras eliminadas o tachadas, nuevas comas donde no las imaginaba, cientos de cambios de sintaxis, nuevos puntos y aparte, párrafos diseccionados, cambios de orden, anotaciones para incluir cosas que no había previsto, secciones nuevas o secciones íntegras eliminadas…

¿Qué pasó con su obra genial, su manuscrito perfecto, su puerta al Premio Nacional, al Pulitzer o al Nobel?

De aquella primera emoción se pasa a una sensación de tristeza que se convierte en paulatino enojo hasta alzarse en indignación. El problema se agrava si se va reconociendo verdad y tino en los comentarios. “¿En verdad soy tan ignorante?”, “¿cómo pude cometer tantos errores?”, “¿por qué esto no me lo dijeron antes?”, “¿por qué me hicieron pasar por esta vergüenza?”, “¿esto de verdad será así?”…

Cada comentario en la página se transforma en un calvario. Cada uno de ellos es el recordatorio de que uno ha fallado y el ego, el más lastimado en todo este proceso, se hunde en la tristeza y la depresión, con un vacío en el estómago y el deseo de jamás haber nacido o, para el caso, jamás haber escrito.

Para empeorar la situación, el manuscrito no puede quedarse ahí. Hay un contrato, un compromiso, una fecha de entrega. Y se espera que usted resuelva cada una de las dudas, apruebe o rechace cambios, amplíe conceptos y limpie el manuscrito para llevarlo a su segunda etapa.

El trabajo es tan arduo que va más allá de poner o quitar tres comas. Es reescritura.

Usted no entiende por qué sucede esto. ¿Acaso escribir no era fácil? Leer es muy fácil, uno se va de corrido en el texto. ¿Por qué escribir iba a ser distinto, sobre todo si usted habla un perfecto español nativo y no debería representar ninguna dificultad?

Mientras cientos de preguntas cruzan por su mente, entremezcladas por sentimientos nada bondadosos para quien hizo la revisión, el trabajo debe continuar y usted debe encontrar la manera de hacerlo. La desmotivación debe quedar atrás. ¿Cómo hacerlo?

La próxima vez que se encuentre en esta situación, póngase en los zapatos de quien edita y recuerde estas ideas.

  1. Se editó su texto, nadie le juzga a usted. Esto no es la escuela y usted no recibe una nota. A nadie le interesa calificarle a usted, lo que interesa es su texto y que este se defienda solo ante la comunidad lectora que lo recibirá.
  2. Los comentarios al grano no son muestra de grosería. Quien edita trata de ser amable, pero no puede hacer un discurso de cada comentario. Cuanto más al grano vaya el comentario, mejor. Esto no significa que la persona sea grosera, sino que ha optado por hacerle perder a usted el menor tiempo que sea posible, para hacer menos agobiante el proceso de revisión.
  3. Se distingue entre norma, mejora y sugerencia. Quien edita sabe que algunas de sus observaciones deben ser acatadas porque responden a una norma lingüística clara e inexpugnable. Otras observaciones, en cambio, entran el campo de la mejora (lo anterior era correcto, pero esto mejora, precisa o acota mejor el texto) o de la sugerencia (lo anterior era correcto, pero se beneficiaría de esto otro). Usted no siempre estará de acuerdo con todo, a veces incluso tendrá mejores soluciones. Sopese el comentario, analice si existe una solución mejor y negocie.
  4. No se debe caer en una lucha de poder. Quien edita no tiene el menor interés en convertirse en una figura dictatorial que debe ser obedecida sin reservas. Nos interesa ayudarle a usted a tener el mejor texto, ya sea con la solución sugerida o con otra alternativa que atienda la razón que dio origen al comentario.
  5. Quien edita es especialista, usted no. Tendemos a pensar que hablar español es una habilidad universal y, por sí sola, nos concede la autoridad para expresarnos con absoluta corrección. Esto es falso. Así como se estudia medicina, ingeniería o arquitectura y se reconocen estas especialidades por sus competencias y conocimientos particulares, de la misma manera se estudia la lengua, se aprende a usarla como un metal maleable, se utiliza para comunicar… Quien edita es una persona experta en su campo. Permítale aplicar su formación y su experiencia con libertad.

¿Qué puede hacer usted?

En lugar de echarse a morir de tristeza o de furia por los comentarios a su texto, procure establecer una distancia saludable entre sus sentimientos y la labor profesional que está realizando.

Lea cada comentario, analícelo y, si no lo entiende, concierte una cita y pida explicaciones. Sin duda, si quien está editando tiene la formación y la experiencia necesarias, podrá respaldar y hasta dictar cátedra de cada uno de los comentarios que ha escrito. Prepárese, si usted lo solicita, para escuchar explicaciones suficientes, argumentos sólidos, decisiones justificadas y apoyadas en fuentes.

Escuche, sopese, analice. No rechace de plano: proponga. El objetivo final es encontrar soluciones, no quedarse rodando en los problemas.

Al finalizar, es posible que usted cambie su manera de ver el mundo, suavice los impulsos de su ego y termine con un texto mucho más satisfactorio que aquella alguna vez emocionante primera versión.

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Normas de cortesía para hacer comentarios y edición

En lo personal, creo que nada puede prepararnos para recibir comentarios sobre nuestro escrito. Confieso aquí que, a pesar de trabajar en corrección, de conocer todos los beneficios de los aportes de lectores externos, de participar de lleno en procesos de edición y de estar al tanto de la inevitabilidad del error, todavía rujo durante horas cuando alguien trata de cambiarle siquiera una coma a mis textos. Yo esperaría tener la madurez para aceptar la crítica sin remordimientos, pero no puedo evitarlo: mi ego se siente agredido y amenazado, con razón o sin razón, eso le importa poco. La reacción es inconsciente, es vehemente y, sobre todo, es visceral e incontrolable.

Visto así, como escritora, es que aprecio, valoro y recomiendo el uso de la diplomacia en el proceso de edición y corrección de textos. Nuestro trabajo es ser implacables, pero eso no significa que debamos hacerlo con grosería y falta de tacto.

Por eso, con base en mi experiencia, comparto estas diez recomendaciones —a modo de lineamientos— para comentar un texto:

  1. Se respeta y reconoce la labor ajena. Un texto es el resultado de un acto de investigación, creatividad y expresión. Quien escribe ha dejado de hacer algo abandonado en su vida por escribir ese texto. Reconozcamos y agradezcamos la puntualidad, dedicación y responsabilidad de quienes colaboran en nuestro equipo.
  2. El texto es de otra persona, no es nuestro. Se le revisa con su permiso y siempre desde lo que está tratando de expresar, ya sea que lo logre o no. Lo que el editor o corrector habría escrito es irrelevante. Lo que interesa es lo que ya escribió la otra persona y cómo puede mejorarse.
  3. Se corrige el texto, no se juzga a la persona. Al hacer las recomendaciones puntuales, siempre hay que redactar haciendo énfasis en el texto, en su relación con el público al que va dirigido, en los contenidos y su enfoque, en la gramática o la forma de expresión. No estamos juzgando a la persona ni la estamos calificando: el objetivo es pulir y perfeccionar el texto como el mejor producto que ese texto —con sus características e idiosincrasia— pueda ofrecer.
  4. Se corrige lo que se ha solicitado. Cada quien ha de atenerse a su función editorial y saber hasta dónde pueden llegar sus observaciones. No se vale ser especialista de contenidos y dedicarse a hacer corrección de estilo; o bien, señalar errores estructurales cuando la obra ya está en corrección de pruebas. No solo se invade el campo de otros profesionales —y a veces, con errores— sino que se desatiende aquello para lo que se le pidió criterio.
  5. Al fin de cuentas, la nuestra es una opinión. La edición no es una ciencia exacta. Tiene mucho de opinión, enfoque, subjetividad. Se arraiga en la experiencia personal, en la formación académica, en los intereses y hasta en las ideologías y discursos que nos atraviesan. Reconocerlo y hacerlo explícito al hacer nuestros comentarios es beneficioso, porque hacer observaciones es iniciar un diálogo, no crear un pulso de poder. Esta técnica contribuye a que las observaciones no se perciban como un ataque y permite que el autor las analice con una actitud más receptiva.
  6. Pero es una opinión fundamentada. Toda observación deberá estar respaldada por argumentos válidos y, cuando sea necesario, documentación o bibliografía especializada. No se trata de ejercer el gusto o la preferencia personal, sino de recomendar lo que resulte mejor para el texto y la publicación, siempre tomando en cuenta la norma lingüística, la línea editorial y las características del público lector.
  7. Se señala el problema y se ofrece la solución. La crítica por la crítica es un acto de arrogancia y exhibicionismo. El protagonista aquí es el texto que se corrige, en función de la editorial y del lector; a nadie le interesa la erudición del editor o del especialista en contenidos. Por lo tanto, siempre que se señale un error ha de ser porque existe y se conoce la manera de mejorarlo a través de una alternativa viable, respetuosa y compatible con el estilo de la obra.
  8. Hay que saber cuándo parar. Corregir puede ser un vicio y, si nos ponemos a hilar fino, todo se puede corregir. Es un texto ajeno y que no se puede reescribir indefinidamente. Por eso, se eligen las batallas, se corrige lo esencial y se deja lo demás legible, pero bajo la responsabilidad del autor, no la nuestra.
  9. Se destacan las virtudes del texto. Si algo durante la lectura nos impacta de manera positiva, no está de más decirlo. Será un pequeño bálsamo para el ego del autor en medio de tantos tachones y comentarios adversos.
  10. Se elabora una síntesis. Antes de devolverle el texto al autor, tan lleno de observaciones que se le pueda hacer irreconocible, vale la pena hacer un breve resumen de los aspectos generales y, de manera diplomática, indicar las razones para las sugerencias puntuales. Esta síntesis debe comenzar por destacar los aciertos y méritos del texto. De esta manera, el autor sabrá que no se le ha juzgado y que su obra no es una basura lista para descartar. Comprenderá el mensaje correcto: es un texto perfectible, dentro de una cadena de producción y requiere de ajustes que le ayudarán a aumentar su calidad.

Debo insistir en el tema de hacer explícitas las virtudes y logros del texto. Como norma general, nos centramos en marcar error tras error y, al final, olvidamos decirle al autor que, después de todo, su texto vale la pena y, quizás, hasta tenga el potencial para ser un nuevo hito editorial.

El silencio no es un elogio. Siempre habrá algo que podamos rescatar del material leído. Tal vez está lleno de entusiasmo; quizás ofrece una visión fresca pero desordenada; a lo mejor es ameno y entretenido, pero le falta profundidad y fundamento. No importa cuál sea su virtud, conviene encontrarla, porque esta persona ya entregó muchas horas de su vida a escribir y, con nuestras observaciones, le estamos pidiendo que dedique otras tantas a reescribir. Lo menos que podemos hacer es enfatizar por qué vale la pena el esfuerzo.

Por último, hay una máxima inevitable: el autor puede estar en desacuerdo con nuestras observaciones. Hemos de prepararnos para escuchar sus contrargumentos, aceptar sus razones y llegar, por la vía de la negociación, a un punto medio que satisfaga a ambas partes. El texto es del autor, pero el respaldo de calidad es el de la editorial; de ahí que lograr un equilibrio entre las intenciones de ambos sea crucial en el proceso de publicación.

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Leer antes de corregir: la hoja de estilo

Una vez leído el texto con fines diagnósticos y elaborada una lista de acciones pendientes, dudas, inquietudes y temas por resolver, es el momento de hacer una pausa de la lectura y tomar las decisiones de estilo que aplicarán a esta obra en particular.

Todas las editoriales —al menos en teoría— disponen de un manual de estilo. Aun cuando no esté escrito, hay un conjunto de reglas que enmarcan sus estándares de publicación.

Cuando la corrección se hace de manera independiente, sin un manual que sirva como guía, la hoja de estilos es más difícil, porque requerirá más investigación en fuentes de diversas y hasta contradictorias. Cuando el manual existe, este será la guía y referencia obligatoria para la elaboración de la hoja de estilos que deberá respetarlo hasta donde los casos particulares lo permitan.

¿Qué es la hoja de estilo?

Es el conjunto breve, puntual y conciso de las decisiones editoriales que se aplicarán durante la revisión. Si la revisión es de contenidos, estas decisiones serán el sumario de los aspectos débiles de la obra y con qué tono y estrategias se atenderán. Si la revisión es de estilo y comunicación, estas decisiones implicarán correcciones de redacción, sintaxis y discurso. Si la revisión ya es ortotipográfica, estas decisiones también suponen la unificación tipográfica de la obra en todos sus detalles.

¿Por qué se necesitaría una hoja de estilo si existe un manual?

Los manuales son amplios y atienden una gran cantidad de temas porque deben prever todas las situaciones posibles. Varían en extensión de unas 125 hasta más de mil páginas. Son un instrumento de consulta diseñado para todos los productos de la casa editora.

La hoja de estilos, en cambio, está diseñada a la medida del texto. Recopila los aspectos normativos y de unificación que atañen a un solo libro o documento. Puede variar en extensión de dos a diez páginas, según la complejidad y extensión del material. Estas cifras no son inviolables, una hoja de estilo puede tener solo una página o sobrepasar la decena, pero siempre será tan breve como se pueda y es, ante todo, una guía mnemotécnica de trabajo para recordar, en esta publicación en particular, cómo se decidió atender esto o aquello.

¿Por qué conviene elaborar la hoja de estilo antes de revisar?

La elaboración de la hoja de estilos da la oportunidad de reflexionar sobre las decisiones de corrección en su conjunto y no de manera aislada o atomizada. En lugar de ir párrafo a párrafo decidiendo si este o aquel concepto deberá escribirse con letra cursiva o entre comillas, un diagnóstico global previo que se concrete en lineamientos globales será el mejor apoyo durante el proceso fino de corrección. Así, cuando se revisa, no se toma la decisión cien veces: más bien se toma la decisión una vez y se aplica cien veces.

Otra ventaja de la hoja de estilos es la comunicación entre las personas involucradas en la realización y edición del material. Cuando los criterios se comparten y someten a aprobación, se evitan reclamos y discusiones innecesarias en etapas más avanzadas.

También le proporcionan a quien revisa un instrumento de respaldo en disputas, disensiones o dudas cuando el final de la revisión está cerca. Una hoja de estilos previa impide, por ejemplo, que luego de unificar algo a través de trescientas páginas, aparezca alguien preguntando por qué mejor no se hace “asá” en lugar de “así”.

Por respeto a la labor profesional que se está realizando, esas preguntas no deben plantearse cuando la labor está casi terminada sino antes, cuando nadie ha desperdiciado horas valiosas del calendario de producción y de su propia vida en una decisión que después sería imputada, muchas veces por una cuestión de gustos. En otros casos, puede ayudar a detener, antes de cometer una equivocación masiva, errores de criterio que, en efecto, debían aplicarse de manera distinta a la elegida por quien está corrigiendo.

La función mnemotécnica de la hoja de estilo

En un medio de edición profesional, se manejan varias obras simultáneamente y el periodo de revisión de muchas obras puede alargarse y superponerse al de otras. Cuando se retoma un material tras dos o tres meses desde el primer contacto, se corre el riesgo de olvidar qué se había decidido en ese momento para esa obra en particular y por qué.

La hoja de estilos debe ser tan sucinta que su consulta sea fácil, pero tan explícita como se necesite para recordar el sustento de la decisión tomada.

El valor de la hoja de estilo en las distintas etapas de corrección y revisión

Una hoja de estilo puede irse enriqueciendo al ir pasando de manos: de editor de contenidos a editor de estilo, de ahí a la mesa de corrección de pruebas… Su valor aumenta si las personas encargadas de estos procesos son distintas. Nadie debería asumir una corrección de pruebas sin tener a la vista la hoja de estilos de la obra, no vaya a ser que quiera aplicar —por ignorancia y hasta buena fe— decisiones distintas a las tomadas por el equipo, con amplio sustento y discusión. Algo puede ser muy correcto desde el punto de vista de la Real Academia Española, pero si entre dos alternativas distintas, igualmente correctas, el equipo de edición eligió una y la aplicó de forma consistente, nadie debería tener la potestad de llegar a una etapa de revisión de pruebas y así, sin más, dictaminar: “esto está malo, esto no sirve, cámbienlo todo”.

Incluso un pequeño cambio en etapas avanzadas puede convertirse en un gazapo de dimensiones monstruosas, cuando alguien, erróneamente, cambia algo en una página sin tomar en cuenta todo lo demás. El riesgo de error también aumenta cuando se decide hacer tal unificación en un momento tan avanzado de la obra. No es lo mismo unificar de forma apresurada, con el libro ya casi en prensa, que hacerlo cuando hay meses o semanas de tiempo.

Cada publicación es un mundo y quienes la han acompañado merecen respeto. La hoja de estilo forma parte de la documentación necesaria para dejar registro del proceso y hacer valer ese respeto cuando la ocasión lo amerita.

En síntesis
La hoja de estilo es una herramienta mnemotécnica, facilita la comunicación del equipo, ayuda a mantener decisiones uniformes y sistemáticas, es un apoyo profesional para hacer valer nuestra labor y, al final, incluso puede ayudar a enriquecer los manuales de la casa editora cuando se ha utilizado para resolver temas polémicos no contemplados en el manual de estilo de la casa.

Esta, sin duda, es una de las prácticas que diferencian a quienes están comenzando de quienes ya llevan camino recorrido: se gana mucho cuando se “pierde” tiempo en estos procesos preliminares.

Si usted todavía no ha hecho nunca una hoja de estilo, inténtelo la próxima vez. Si ya tiene esta práctica, cuéntenos sus experiencias.

Con este artículo se cierra la serie de “Leer antes de corregir”. He compartido lo que muchos manuales recomiendan y la experiencia me ha confirmado. La edición queda ahora en sus manos.

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La cruz del editor

Este es un extracto del libro La novela, el novelista y su editor, de Thomas McCormack (2010). So pena de que la editorial o el autor reclamen sus bien fundados derechos, no puedo evitar compartir esta anécdota por la que tantos editores novatos, como yo misma, hemos pasado de una manera u otra.

Alguna vez, cuando empezaba en el negocio, tuve una experiencia que me reveló el peso de la cruz del editor. Era asistente editorial, y a nadie se le hubiera ocurrido infligirle mi presencia novata y torpe a ningún autor, aunque era considerado un buen elemento para “el cuarto de atrás”, alguien a quien aventarle mil cien páginas de caos y exigirle: “¡Arréglalo!”. Tal fue mi encomienda en un manuscrito de James T. Farrell; nadie me había explicado la diferencia entre un editor y un encargado de reescrituras, así que me di a la tarea frenéticamente durante seis semanas: corté cuatrocientas páginas, reacomodé partes enteras, reescribí oraciones y convertí doscientas páginas de descripciones sólidas en escenas porque al genio, entonces en su ocaso, simplemente se le había olvidado incluir diálogos. Mi jefe no tuvo tiempo de revisar con detalle mi trabajo, y el manuscrito pasó directamente a corrección, donde fue a parar a las manos de Frank Riley, corrector veterano. Todavía puedo verlo, con sus cincuenta kilos, pálido y canoso, invadido por temblores y fumando aparentemente tres cigarrillos a la vez. “Esto es para ti”, me dijo, lanzando a mis manos el memorando que acababa de escribirle a mi jefe. Comenzaba así: “En mis 17 años en Doubleday —comenzaba—, nunca he visto un trabajo como el que el joven McCormack ha…”. Si hubiera tenido dinero, habría contratado un avión para dispersar miles de copias del memorando por todo Nueva York; la verdad es que, en medio de la emoción, no sé dónde dejé ese papel.

Después vino el autor. Enfermo de incertidumbre, le llevé las galeras a Farrell a su habitación en el hotel Beaux Arts (mi jefe decidió no mostrarle el manuscrito en su versión postoperatoria, así que la revisión se fue directamente a tipos). Farrell me pidió que se sentara y fue a su escritorio a revisar la novela; leyó exactamente seis páginas y volteó a verme. Ahora sí me toca, pensé, y me imaginé los titulares: “Renombrado autor vapulea a mocoso metiche”. En lugar de eso dijo, con su voz de hombre rudo de Chicago: “Eres bueno, muchacho”. No dijo ni una palabra sobre el libro, y tampoco leyó una página más. Pasó el resto de la tarde contándome sobre el escándalo de los Black Sox de Baltimore.

Era joven e inexperto, pero después de una hora de alejamiento orgulloso tuve una clara lección: exceptuando a Frank Riley, nadie sabría nunca lo que logré con mi esclavitud editorial. En este caso, ni siquiera el autor. (Y no crea que usted sí lo sabe, porque detrás de todo lo que digo está este hecho perturbador: en lo que a usted concierne yo también podría tener la sensibilidad de una bacinica, y puedo haber clavado un estilete de grafito en el corazón del libro de Farrell. Cualquier editor puede contar una historia de glorificación personal). Cuando se encuentran trabajando en esa otra parte de su labor, la edición del manuscrito, los editores siempre están en “el cuarto de atrás”, y estoy de acuerdo con Perkins en que es donde debemos estar. Debo también añadir que mis afanes no tomaron el caos y lo convirtieron en un gran libro; admito que nunca trabajé tanto en mi vida, pero todo lo que hice fue dejarlo publicable. Ésta también es una faceta de la cruz del editor.

Referencia bibliográfica

McCormack, Thomas (2010). La novela, el novelista y su editor (trad. de Juana Inés Dehesa). México: Fondo de Cultura Económica, pp. 80-81. (Obra original publicada en 1988. Esta traducción se hace de la segunda edición en inglés publicada en el año 2006).

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“Al editor nunca se le queda bien”

“¡Viera cómo es!”, le explicaban mis autores a un nuevo miembro del equipo editorial, “nunca se le queda bien”. La frase venía con una sonrisa y anécdotas sobre la clase de comentarios que les había hecho, las críticas inesperadas, las observaciones sobre los pequeños detalles que cualquier otro lector habría pasado inadvertidos.

La frase quedó resonando en mi memoria: “…nunca se le queda bien…”. ¿Acaso no es esa una característica deseable en todo autor, editor o corrector?

El inconformismo, la visión crítica, el deseo de perfeccionamiento y la habilidad de imaginar vívidamente la realidad propuesta por el texto para detectar sus contradicciones son apenas algunas de las actitudes necesarias cuando una persona se enfrenta a una lectura cuyo objetivo es contribuir a mejorar el texto.

Así, un editor al que “no se le queda bien”, al menos no en los primeros borradores, es un editor que nos da esperanza.

El editor es una de las primeras personas en leer una obra. Media entre el autor y su lector. Un editor responsable no dejará pasar una inconsistencia, detalles dudosos o problemas de coherencia. Su lectura es la mejor oportunidad para prevenir los errores antes de que se reproduzcan inevitablemente por cientos o miles de ejemplares.

Cuando una obra sale al mercado y los lectores comienzan a decir: “le sobran personajes”, “tenía escenas muy tediosas”, “había un error de inconsistencia”… no solo se dice: “¡qué mal autor!”; también se piensa: “¡le faltó editor!”.

Desde luego, no se puede corregir indefinidamente. Cuanto más intensa, honesta y exhaustiva sea la primera corrección, y mejor sea la relación editor-autor en el proceso de implementación de cambios, más pronto se podrá llegar a un producto de calidad en menor tiempo. Infinitas correcciones llevan al desgaste y la desmotivación.

El editor también deberá alcanzar un punto de desapego y dejar ir la obra, a pesar de todos los errores que puedan haber sobrevivido, con la esperanza de las reimpresiones (para unas pocas erratas) y las segundas ediciones (para correcciones de fondo). “Lo perfecto es enemigo de lo bueno” dice siempre don Miguel Guzmán, un conocido editor mexicano formador de editores. “Pero lo mediocre también…” le añado yo. Por eso, el buen editor es un inconforme, pero aprende a ponerle límites a su inconformismo.

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