Archivo de la categoría: Edición técnica

La narrativa en obras académicas o didácticas

reading-1209174_1280

Uno pensaría que el concepto de narrativa es más propio de la escritura de ficción. Sin embargo, cuando se le aplica a la escritura académica, puede haber grandes y favorables sorpresas en el resultado final.

Todo texto, literario o no, necesita de un hilo conductor que se vaya desenrollando para narrar su historia. En las obras académicas, en general, muchas veces se olvida atender esta fluidez textual.

En donde es más útil pensar en el texto como una historia es en la escritura didáctica, aquella diseñada para educar a partir de un plan de estudios estructurado y bien definido. Y si el material está pensado para emplearse de manera autodidacta y autodirigida —para programas de educación a distancia—, la necesidad de lograr un relato detrás de la exposición académica se vuelve imperativa.

Hay una premisa fundamental: lograr que la persona lectora comprenda, por sí misma, todos los contenidos, sin experimentar la necesidad de que alguien más se los explique.

La escritura académica con fines didácticos no debería limitarse a exponer: debe ser capaz de narrar sus contenidos. Por esa razón, paso a paso, el texto debe ir proporcionando todo lo que se necesita para comprender. El discurso debe incorporar la voz docente, la de quien acompaña al estudiante en su viaje de aprendizaje. Esa voz que le dice a uno “observe esto, póngale atención a aquello, no se preocupe tanto por esto porque usted ya lo aprendió en otra asignatura, refuerce su aprendizaje de esta manera…”.

¿Cómo se logra esta especie de narración académica?

Lo que comparto aquí no es ciencia, sino aprendizaje surgido de la experiencia. Estas son tres técnicas de edición, surgidas de mi quehacer cotidiano, para lograr textos que se puedan leer de un tirón, de manera fluida y agradable, como haciendo un viaje, a pesar de las muchísimas horas de escritura, edición y reescritura a la que se le sometió y de la que su lector nada sabrá. Y a pesar de que el lector espera, de entrada, un texto denso en contenidos y que deberá ir abordando poco a poco, en sucesivas sesiones de estudio.

Crear una conexión personal con quien está leyendo

El acto de lectura es, en nuestra cultura, un acto solitario. La persona que lee está en la intimidad de su casa, en un autobús, en un espacio público. Pero, con pocas excepciones, está sola. Es necesario crear zonas de diálogo directo con esa persona que nos lee. En esos puntos estratégicos de la obra, podemos tomarnos la libertad de hablarle de usted (o de tú, o de vos, según el estilo de habla de la zona en donde se publique la obra y su público). Así le hacemos saber que es usted y nadie más a quien tenemos en mente. Es preferible evitar expresiones como “el estudiante deberá comprender…” o “el lector encontrará de utilidad…” u otras maneras en las que se habla en tercera persona, de una figura abstracta que en nada se relaciona conmigo, yo que leo. Peor todavía, esas formas se expresan forzosamente con el género masculino. En cambio, yo, que leo, tengo el sexo que conozco y tengo todo el derecho del mundo a ser una mujer lectora, por ejemplo. Si le hablo de usted evito, de plano, el problema de si quien me lee es hombre o mujer. Esta persona empleará su propia subjetividad para completar el panorama y podemos pasar al siguiente párrafo sin escollos.

Tener cortesía

En esta relación personal, con usted que lee, hay que mantener las normas de cortesía: salude, comente, despídase. Esto se traduce en partes del texto, como introducción, desarrollo y conclusión, tanto de la obra como de cada una de sus partes principales (partes y capítulos). Esos son los lugares en donde el usted cabe sin problemas. Ya reservaremos el uso del impersonal para la exposición de contenidos académicos propiamente dicha.

Llenar los vacíos

Desde el inicio, hay que ir contando todo lo que la obra ofrece, el orden en que se encuentra, por dónde comienza y por qué, qué puede esperarse de ella y cómo podré sacar la mayor ventaja de los recursos que me ofrece. El libro es una zona de diálogo y de exploración. Debo recordar que quien abre la página por primera vez se encuentra en terreno ignoto y es mi deber narrativo irla llevando paso a paso por todo lo que necesite para internarse de lleno en el terreno del libro. De ahí que sea tan necesario incluir una introducción general para toda la obra y una sección introductoria en cada tema o capítulo.

En la escritura literaria, se vale y es hasta deseable crear el suspenso y guardarse información. En la escritura académica encontramos lo opuesto: siempre hay que ir dando el panorama de lo que viene, para que yo, al leer, pueda tomar la decisión de continuar o pasar a la siguiente sección. Es necesario que pueda verse el panorama completo desde antes de leer, para sacar el máximo provecho de la lectura posterior. Y una vez finalizada, hacer de nuevo un repaso o recordar cuáles serán los puntos clave imprescindibles para continuar con el aprendizaje.

Crear una transición fluida de un texto a otro

En todo momento que se escriba, conviene recordar que se viene de algún lugar y se va a otro. Así, de vez en cuando es necesario recordar lo que ya se vio (“ahora que usted ya conoce tal cosa”) con el fin de pasar a la siguiente (“vamos a profundizar en tal otra”).

Esto se debe trabajar con especial énfasis en las introducciones y conclusiones de los temas. Cuando pase de tema o capítulo, dígale a la persona lectora qué esperar de lo que viene, qué necesita llevarse de este capítulo y qué debe recordar por siempre, independientemente del siguiente capítulo.

Y al llegar al final del libro, por cortesía, diga adiós. Siempre es bueno tener un cierre, para poderse despedir de la obra que me motivó a leerla desde el principio y que, al final, obró su transformación en mí. Porque una obra didáctica que no transforme no es obra didáctica, ya que todo aprendizaje es una transformación.

Crear marcas para la relectura

La obra didáctica no solo se lee; también se estudia. Se lee una vez y luego se regresa, se subrayan fragmentos, se toman notas, se hacen fichas, se realizan esquemas y resúmenes y, si las tiene, se ejecutan actividades para afianzar el aprendizaje.

La narrativa debe ser capaz de llevarme de la mano tanto en mi primer recorrido, como en mi relectura. Por esa razón, los temas deben estar muy bien separados, los títulos y subtítulos han de ser muy claros, debe haber abundantes apartados y, si es posible, debe haber recursos adicionales al texto escrito, por ejemplo, de naturaleza gráfica. Así es posible que el estudiante recuerde algo no porque lo leyó, sino porque lo vio, en la forma de lista, de cuadro, de figura o de fotografía de apoyo.

Crear un ritmo de lectura

La extensión de las partes de la obra (temas o capítulos) ha de ser similar, para lograr un ritmo de lectura. Cada quien tiene su propia velocidad para leer, releer y estudiar. Pero también tiene una memoria interna: una vez que se ha leído el tema 1, en esa memoria se guarda el tiempo estimado de lectura, estudio y repaso, se proyecta el resto de lecturas del libro de texto con esa variable. Si un capítulo duplica al anterior en extensión, la experiencia —por comparación— se vuelve tediosa. Se tiene la sensación de que el tema es interminable y se pierde algo de la motivación ganada antes.

La regularidad —saber qué esperar en el texto— es también un factor que le ayuda a quien lee a experimentar tranquilidad y, desde la predictibilidad del comportamiento del texto, acostumbrarse a la información y buscarla, cuando le haga falta.

En síntesis

Cada obra y cada tema necesita de un hilo conductor para su exposición. Ese hilo se crea en la escritura y, aunque sea invisible, se reconoce en la lectura como una experiencia de fluidez en un relato intangible.

Estas son solo algunas técnicas para alcanzar esa fluidez, pero no son las únicas: escriba, experimente, lea, edite, reescriba y relea. Cuéntenos sus descubrimientos y cuáles técnicas ha utilizado con éxito para lograr la narrativa de su texto académico.

(Fotografía: cortesía de Pixabay.com)

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo Corrección, Edición, Edición técnica, Editor, Educación, Ensayo, Escribir, Escritura, Escritura académica, Escritura técnica, Estilo, Labor editorial, Lector, Libros, Materiales didácticos, No ficción, Obras didácticas, Redacción, Redactar

Escribir para quien lee: cómo lograr textos comprensibles

Soy su lector meta (o, para el caso, lectora). Estoy cansada. He trabajado todo el día. Al volver a casa, he lidiado con la cocina, la limpieza y la ropa sucia. He atendido a mi hijo (o hijos, no sabe usted cuántos tengo ni se lo diré). He conversado con mi pareja y he debido responder llamadas y visitas de mi familia. Mi vida está llena de actividades. Y aún así quiero estudiar (o leer, sin más). Son las diez de la noche (o las once o ya se inicia la madrugada). Por fin la casa duerme. Por fin el teléfono calla. Por fin el televisor se silencia. Me queda una hora de lucidez, quizás un poco más. Llegó el momento de abrir el libro y leer su texto.

Sí, su texto. Ese que dice usted haber escrito para mí. Ese que a usted le da tanto orgullo y al que le dedicó las mejores horas de su vida. Ese en el que ha vertido sus frases más excelsas, su investigación más profunda, sus reflexiones más certeras. Ese texto cargado de buenas intenciones y muchas palabras.

Los próximos quince minutos serán decisivos. ¿Qué cree usted que sucederá? ¿Me engancharé en la lectura, con frenesí y obsesión? ¿Pasaré del sopor y cansancio a un eufórico estado de alerta y voracidad lectora? ¿Desearé que la noche tenga mil y una horas más para leer otro párrafo, otra página, otro capítulo?

O…

Por el contrario, ¿caeré rendida sobre a la página, sin poder contener el sueño?

Quizás mi voluntad sea muy fuerte y no me duerma a la primera. Quizás interrumpa la lectura para prepararme un café o un chocolate. Quizás mueva las piernas de acá para allá. Quizás mire hacia la ventana o me distraiga con el sonido de un vehículo distante. Quizás sueñe con la cama caliente y quiera acompañar a quienes ya descansan, sin tener que soportar la tortura de este texto.

Sí. Tortura. De su texto.

Su texto es un medio. Para el caso, es el medio que me permitirá conectarme con su obra. Las ideas, imágenes, mundos, personajes, contenidos y conocimientos se entretejen en la obra, no en el texto. El texto es su evocación, su representación, su codificación, su paso de abstracción a sustancia: la palabra hecha carne (sonido, tinta y papel, para ser más exactos). La palabra y el texto son los instrumentos para que yo pueda recrear mi versión de la obra creada, visualizada, imaginada por usted.

Si ese medio tuvo éxito en su forma, ningún cansancio me detendrá: seré capaz de llegar hasta su obra (su mundo, su imagen, su historia), con mis virtudes y limitaciones, pero llegaré. Me puede faltar vocabulario, me puede no llamar la atención lo mismo que a usted, me puede sobrar alguna que otra reflexión, pero me sentiré inmersa en la obra que usted creó para mí. La crearé de nuevo junto a usted. En el acto de leer, reenunciaré su obra y será, durante ese acto, nuestra realidad compartida.

Pero digamos que usted, al escribir, sucumbió a la vieja trampa de la palabra no oral. Se preocupó por “escribir bonito” y confundió “bonito” y “elegante” con “entreverado y complejo”. Se dedicó a elegir palabras rimbombantes —y no se molestó en verificar su significado—. No se cuidó de las repeticiones innecesarias. Escribió oraciones larguísimas, complejas, macarrónicas y, peor aún, sintió un gran orgullo al escribirlas. Rellenó los párrafos de adverbios, muletillas y “por tantos” vacíos, así conectaran un argumento con el siguiente o tan solo un párrafo sin sentido con otro. Se sintió escritor (o escritora) gracias a esa abundancia florida de estructuras complejas que cree dominar. Alabó su ingenio y se imaginó que ni Cervantes ni Góngora podrían igualarle en su magistral técnica.

Lo que usted tal vez no sabe es que ese, su texto, es para mí algo similar a una enredadera devora-lectores. Lo sigo sin seguirlo. Leo varios párrafos solo para darme cuenta de que mi imaginación divagaba lejos, en los encuentros de la mañana o en el almuerzo de ayer. ¿Qué dijo? No sé. Me devuelvo. Ahora pienso en el fin de semana y si podré ir al cine, o a la piscina o a la playa. ¡Ah, la playa! No. Debo seguir leyendo. Tengo que intentarlo. ¿Qué dijo? Es que no entiendo. A ver, otra vez… Releo. Es inútil. No entiendo. O creo entender, pero, en mi cansancio, no me doy cuenta de cuán diferente es lo entendido de lo dicho. Debo ser yo el problema, ¿verdad? Usted, al fin y al cabo, sabe escribir y tiene una obra publicada. Yo no. Ha de ser que soy tonta, o ignorante, o estoy cansada. Sí, muy cansada. Muy cansada… Exhausta caigo y me despierto una hora después, aún en la mesa, con dolor de cuello. Me iré a dormir. No me queda más.

Ya veremos mañana si puedo leer. Si es que logro encontrar en mí la voluntad suficiente (porque ya vimos que el deseo no será) para retomar la lectura y terminar con heroico estoicismo.

Si estoy obligada a leer, terminaré a como pueda. Si no, tal vez me rehúse por unos días a deshacerme del libro, pero terminaré acomodándolo en la biblioteca o dejándolo por ahí, donde pueda perderse sin remedio.

Fin de la historia.

El texto —la palabra escrita— es en sí mismo un medio. El principal objetivo de quienes lo editan es impedir que este medio sea un estorbo entre quien lee y los contenidos a los cuales intenta llegar a través del texto.

La lecturabilidad de un texto es prioritaria en algunos tipos de publicaciones; entre ellas, en las obras escritas para enseñar o divulgar conocimiento. Cuanto más amplio sea el público que se desea alcanzar, mayores deben ser los cuidados para lograr textos claros, sencillos y comprensibles; es decir, lecturables.

Estas son algunas de las acciones clave que usted puede aplicar para mejorar la lecturabilidad de su texto, siempre con miras a su mejor comprensión por parte de quien lo lee.

  1. Prefiera los párrafos cortos, con unidad de sentido; de manera que las ideas se puedan separar bien entre ellas y ser analizadas de forma independiente durante la lectura.
  2. Escriba títulos y subtítulos adecuados para romper largos bloques de texto. Esto proporcionará anclajes mnemotécnicos para recuperar la información con mayor facilidad.
  3. Separe las las ideas por grupos manejables: agrúpelas por cercanía, pero sepárelas lo suficiente para poderlas procesar, enumerar y relacionar sin confundirlas. Ordénelas de una manera lógica y en una secuencia comprensible y natural.
  4. Construya sus párrafos con una puntuación clara y rítmica (sin incurrir en la comunicación telegráfica). Huya del exceso de oraciones subordinadas y de esos párrafos que se extienden por renglones y renglones sin encontrar un solo punto en su camino.
  5. Considere la memoria de trabajo del lector: para reconstruir el sentido de una oración, la mente debe retener los diversos fragmentos del enunciado durante un cierto tiempo, hasta poder completar la imagen o idea. La llamada “memoria de trabajo” (una memoria inmediata, para manejar información del momento) se encarga de este proceso. Puede retener unos siete bloques a la vez. Si su oración es muy compleja, tiene idea tras idea, subordinación tras subordinación y, de paso, anida ideas entre ellas, la memoria de trabajo se ve obligada a soltar fragmentos (los más viejos se sueltan antes). Reconstruir el sentido completo de la oración-párrafo-texto puede resultar imposible o se hace con un esfuerzo monumental.
  6. Si es una obra didáctica o de divulgación, desglose la información de manera visual para mejorar su memorización (listas, viñetas, cuadros, etc.).
  7. Emplee vocablos contemporáneos, conocidos y cercanos a la experiencia vital de quien leerá. Y si elige tecnicismos o palabras complejas, desconocidas y muy elegantes, asegúrese de proporcionar su significado o que este pueda deducirse del contexto, empléelas bien (verifique su significado) y úselas varias veces (mínimo cinco) para favorecer su adquisición.
  8. Elimine repeticiones, redundancias, vocablos de uso frecuente, muletillas, latiguillos, exceso de adverbios y calificativos bonitos, pero vacíos de sentido.
  9. Absténgase de reflexiones vacías que no hacen aportes reales a la argumentación ni producen pensamiento nuevo.

Y, sobretodo, deje su ego atrás y desapéguese de su texto, de su estilo y de su supuesta genialidad.

Es fácil caer en la tentación de no querer “tocar” el texto para “respetarlo” y dejarlo tal cual. “Me costó tanto escribirlo, ¿cómo voy a borrarlo?”; “Es mi estilo, si me corrige, ya no soy yo”; “Usted no entiende, yo sí entiendo; no necesita corrección”.

Su ego me sale caro a mí, como lectora. Me obliga a perder mi valioso tiempo en muchas oraciones, palabras y frases que pudieron haberse eliminado sin pena ni gloria. “Su estilo”, ese que usted tal vez defendió con vehemencia cuando alguien se lo intentó corregir, se convierte en mi cruz y me obliga a desear no haber gastado un centavo en su libro.

Respéteme como lectora y hágase un favor: no tenga miedo de tachar, reordenar, dividir, unir, sintetizar, resumir, ampliar, explicar, reexplicar… En una palabra: reescribir.

Su primera versión del texto puede haber sido el resultado de un gran esfuerzo, pero salvo que sea usted Cervantes (y que tenga el editor que este tuvo), su texto necesita mucho trabajo antes de que pueda llegar a mis manos con la transparencia suficiente para poder recrear su obra sin inconvenientes.

En síntesis, no le permita a su texto interponerse entre su obra y yo.

PastedGraphic-2014-10-23-00-10.png
Foto: Pixabay.com

7 comentarios

Archivado bajo Comunicación, Corrección, Corrección de estilo, Edición, Edición técnica, Editor, Escritura, Escritura académica, Escritura técnica, Estilo, Labor editorial

Apple y los libros de texto

Las noticias de instituciones educativas utilizando iPads comenzaron a proliferar desde sus primeros meses en el mercado. Al principio eran solamente grupos de estudiantes o “clases”. A estos grupos piloto les siguieron instituciones educativas que optaron por entregar iPads a todos sus estudiantes. Hoy Apple anuncia más de un millón y medio de usuarios de instituciones educativas. Esta cifra es sorprendente y da cuentas de un mercado ya no tan incipiente como un año atrás. Si este mercado había logrado crecer por sí mismo, el empujón que ha recibido el día de hoy podría catapultarlo de manera definitiva. Todo esto dentro de Estados Unidos, por supuesto.

En nuestro mercado de lengua española, el panorama es menos alentador. La industria editorial hispanoamericana ha hecho todo lo posible por no incursionar en la edición digital y es con mucha reserva que las grandes editoriales van creando sus departamentos de libros electrónicos. Y si bien el iPad se ha convertido cada vez en un objeto más común, todavía tiene un precio alto para muchas personas, según nuestro medio y el ingreso per cápita de nuestros países.

Apple con su más reciente anuncio ha dado un paso más allá: ha rediseñado la applicación de iPad iBooks para un tipo de libro distinto del que es posible con el formato .epub. La única plataforma similar, hasta el momento, era Inkling, ya con un gran avance en este campo.

Pero lo que realmente me ha quitado el aliento del anuncio de Apple es el nuevo programa para Mac iBook Author (Autor de iBook). Con esta aplicación alevosamente gratuita, Apple quiere poner la autoedición en las manos de los usuarios. “Queremos poner los libros de texto en las manos de los estudiantes y de los docentes”, declaran. Pero hay quienes ya estamos haciendo otros planes.

El diseño de libros digitales, el verdadero diseño de libros digitales, todavía es algo distante del usuario común. Ciertamente es posible pasar cualquier documento en formato texto a .epub gracias a programas gratuitos y de código abierto como Calibre. Pero si se quiere incursionar en algo más profesional, hay que acudir a otras soluciones costosas y prohibitivas, como el Adobe InDesign 5.5. Con este nuevo impulso proporcionado por Apple, llega la autopublicación de otro tipo de libro: el libro interactivo, ilustrado, bello. El nuevo libro de la era digital.

Deja un comentario

Archivado bajo Era digital, Herramientas informáticas, Libro electrónico, Libros híbridos, Materiales didácticos, Nuevas tecnologías, Obras didácticas, Software para escritores, Tecnologías de la palabra, Vooks

Los títulos no llevan punto

Un error frecuente en toda clase de documentos es el uso de punto final en los títulos de un escrito. Por título no solo me refiero al nombre de una publicación o artículo, también a esas oraciones o sintagmas que encabezan apartados y subapartados dentro de un capítulo u obra.

Los títulos y subtítulos a menudo se distinguen del texto principal por sus atributos tipográficos: letras de mayor tamaño (cuerpo), de estilo diverso (cursiva, negrita, versal, versalita) y, en algunos casos, de otra familia tipográfica.

En las obras académicas, los títulos cumplen una función indispensable: organizan la información, crean anclas de lectura, ayudan a seguir la lógica del discurso, sirven como guía en el proceso interpretativo (el esfuerzo cognitivo consciente por apropiarse del texto) y son un excelente instrumento para regresar al texto en la relectura. Los títulos sirven a un propósito antes, durante y después de leer. Y si el propósito del libro es enseñar, también tienen una función durante las etapas de repasar, aprender y comprobar lo aprendido.

Para contribuir a tener libros ordenados y títulos uniformes, también es necesario considerar algunas reglas ortotipográficas:

  1. Todos los titulares se escriben con letras altas y bajas. Es decir, se usan únicamente las mayúsculas que nuestra lengua admite según sus reglas ortográficas, como los nombres propios, pero no se emplean otras mayúsculas. Es incorrecto escribir todas las palabras del título con mayúscula inicial.
  2. Ningún titular lleva punto final. En mi opinión, es un error a veces generado por la ultracorrección: creemos que el título es una oración completa, pero en realidad no lo es. El punto final lo afea, lo vuelve pesado y lo distancia del texto que caracteriza.
  3. Si el título los necesita, sí se emplearán otros signos ortográficos, como la coma y los signos de admiración e interrogación. La única excepción a esta regla la hacen las oraciones interrogativas que parecen una pregunta pero en realidad no lo son: su función es la de describir el texto que les sigue, no de interpelar directamente a quien lee. En tal caso, se podrá prescindir de los signos de interrogación.

Si los títulos forman parte de su escritura (ya sea una tesis, una publicación académica o un ensayo), recuerde estas sencillas reglas. Así, cuando remita su trabajo a la editorial o a su equipo de revisión, le agradecerán un texto más limpio y con una apariencia más profesional. Además de cumplir con las normas y ahorrar tiempo y recursos durante el proceso de edición, usted estará emitiendo otro mensaje más sutil: que conoce su oficio.

15 comentarios

Archivado bajo Diseño, Edición técnica, Escritura académica, Escritura técnica, Materiales didácticos, Obras didácticas, Partes del libro, Tesis

Figuras demasiado grandes

Este artículo complementa el anterior, “Recomendaciones básicas para el uso de imágenes en documentación técnica”.

Algunas figuras pueden ser demasiado grandes: esquemas que no caben en el ancho de la página, diagramas que requieren de varias páginas…

En estos casos, las recomendaciones de Judith A. Tarutz (1992: 247) son las siguientes:

  1. Si es necesario y posible rotar la ilustración, se debe girar 90°. Para rotar la imagen, se siguen algunas reglas:
    • La parte superior de la ilustración siempre debe quedar del lado izquierdo de la página, de tal manera que el lector siempre pueda rotar el libro en la misma dirección.
    • El pie de la figura debe tener la misma orientación que la figura, de tal modo que el lector pueda abarcar ambas (figura y pie) con la mirada.
    • No se giran los elementos fijos de la página (encabezado, pie, número de página).
    • Algunas casas editoriales establecen en su manual de estilo que se deben eliminar todos los elementos de texto en las páginas giradas.
  2. Divida la ilustración en varias páginas continuas. Rotúlelas adecuadamente; por ejemplo, con números encerrados en globos, para indicar cómo se conectan las ilustraciones. Estas ilustraciones son difíciles de leer, pero el recurso puede ser práctico.
  3. Separe la ilustración original en dos o más ilustraciones más pequeñas y focalizadas. Se puede elaborar una ilustración general y mostrar el detalle de cada sección en ilustraciones adicionales. Esto también puede ayudar a obtener ilustraciones más sencillas de descifrar y con mayor legibilidad.

Si la ilustración realmente es demasiado compleja y grande, siempre existe un último recurso para el editor: hablar con el autor y valorar, conjuntamente, si la ilustración en verdad es el medio de comunicación más eficaz para el texto.

Referencia

Tarutz, J. A. (1992). Technical Editing. The Practical Guide for Editors and Writers [Edición técnica. La guía práctica para editores y escritores]. Reading, Massachussetts: Addison-Wesley.

3 comentarios

Archivado bajo Diseño, Edición, Edición técnica

Recomendaciones básicas para el uso de imágenes en documentación técnica

La edición técnica se encarga de publicaciones no literarias en donde son frecuentes los manuales, las obras didácticas, la documentación oficial y muchas otras formas de publicación que rodean nuestra vida cotidiana.

Las ilustraciones e imágenes en este tipo de publicación tienen requisitos propios. Para seleccionar, crear y revisar este tipo de ilustraciones, figuras o imágenes, conviene seguir algunas pautas o reglas básicas. En mi búsqueda por lineamientos lúcidos sobre el uso de imágenes en la documentación técnica, encontré las recomendaciones de Judith Tarutz, en su obra Technical editing. The practical guide for editors and writers [Edición técnica. La guía práctica para editores y escritores] (1992). Reproduzco aquí algunas de sus ideas con algunas adiciones mías; no es una traducción literal ni fiel al original.

¿Figura o ilustración?
Tarutz advierte que sí existe una diferencia entre ambos términos: una figura es una ilustración con texto (1992: 244). No obstante, en la práctica, no se distingue un significado especializado para estos dos vocablos. El Diccionario de la Real Academia los considera sinónimos en su acepción de “Estampa, grabado o dibujo que adorna o documenta un libro”. José Martínez de Sousa reserva esta definición para ilustración, la que, añade, es también una “Representación de objetos, personajes, paisajes, etc., relacionados con el texto” (1993: 439). A su vez, define figura como “Imagen que sirve para demostrar o describir una parte del texto, sin la cual este no se entendería o quedaría incompleto”. Añade que una figura también es un “Conjunto de líneas con que se representa un concepto o un objeto” (1993: 391).

Visto así, la ilustración es más general, está “relacionada con el texto” pero no es imprescindible para su comprensión. La figura, en cambio, muestra algo que el texto no puede mostrar y, por lo tanto, su relación es más estrecha.

Sin embargo, para efectos de exposición, aquí no haremos la diferencia entre figura e ilustración, y emplearemos ambos términos como equivalentes.

¿Cuándo se necesita una ilustración?
Las ilustraciones pueden complementar o reemplazar el texto. Se recomienda sugerir el uso de una ilustración siempre que sea necesario mostrar algo (Tarutz, 1992: 244); nunca por adorno o decoración. En un manual de laboratorio, por ejemplo, puede ser imprescindible mostrar los instrumentos de trabajo y su adecuada disposición. Esto no se puede explicar únicamente con palabras; el estudiante necesita verlo.

¿Qué tipo de ilustración se utiliza?
La variedad de ilustraciones en la edición técnica es muy grande y sería imposible catalogarlas todas aquí. En general, tienen en común el hecho de contribuir a lograr el cumplimiento del propósito de la obra. Si estamos elaborando el manual de un electrodoméstico, el objetivo del manual es que el usuario aprenda a utilizar todas las funciones de su nuevo, costoso y recién sacado de la caja juguete tecnológico. Si estamos elaborando un manual de laboratorio para una asignatura, el objetivo es lograr que el estudiante reproduzca exitosamente todos los experimentos. En ambos casos hay que poner tantas ilustraciones como sean necesarias para alcanzar el propósito.

Estas son algunas ilustraciones típicas de obras técnicas:

  • Diagramas de todo tipo (esquemas, diagramas de flujo, diagramas lógicos, esquemas de cableado)
  • Planos o dibujos arquitectónicos
  • Mapas
  • Dibujos tridimensionales
  • Gráficos e infográficos
  • Dibujos de línea
  • Modelos
  • Fotografías
  • Capturas de pantalla

En este tipo de edición abunda el dibujo técnico y especializado que debe seguir convenciones específicas según el área temática de la publicación. Por ejemplo, en una obra de ingeniería o arquitectura será necesario respetar las convenciones gráficas para la representación de texturas, materiales y una vasta simbología comprensible solo para los profesionales en el ramo.

En otras áreas, se requiere de un dibujo artístico de alta calidad, como la representación de plantas y animales, pero que además respete aspectos como el tamaño, la escala, el detalle y la precisión de las formas.

En una publicación del área de salud, los dibujos de la anatomía humana deben mostrar con claridad músculos, huesos, órganos… Lo mismo se aplica para la fotografía, muy a menudo carente de “belleza estética” pero cargada de información.

Recomendaciones para la selección y edición de ilustraciones

Estos son algunos de los consejos prácticos de Tarutz para el editor de obras técnicas. Ella los titula los “Dos and Don’ts” (algo así como “lo que se debe y lo que no se debe hacer”):

  1. Asegúrese de que la ilustración se relaciona con el texto.
  2. Verifique que el autor haya numerado las ilustraciones, que haga referencia a ellas dentro del texto y que haya escrito un pie descriptivo de cada una. No todas las obras necesitan que las figuras estén numeradas. Hay tres razones por las que se puede tomar la decisión de numerar las figuras:
    • Si la figura no está cerca del texto, la numeración le permitirá al lector relacionar la figura correcta con el texto que está leyendo.
    • La numeración facilita la inserción de figuras en el texto durante el proceso de armado o maquetación de la obra (diseño gráfico).
    • Se facilita la creación de una lista de figuras al inicio de la obra y de las listas de créditos de imágenes.
  3. Verifique la pertinencia de la ilustración como apoyo del texto. Debe reforzar el texto en lugar de contradecirlo.
  4. Al revisar o proponer las ilustraciones, enfóquese en aquello que debe ser mostrado. Si el propósito de una figura es señalar la localización de la tecla “Esc” en el teclado, no se necesita mostrar en la ilustración el monitor, el escritorio y la silla; basta con mostrar el teclado y la posición exacta de la tecla.
  5. Rotule debidamente las ilustraciones que lo requieran, especialmente las que utilizan símbolos, sombras y patrones.
  6. Los textos explicativos o descriptivos de la ilustración deben ser legibles, claros y consistentes.
  7. Compruebe que la ilustración sea fácil de interpretar por parte de los lectores. Una ilustración muy compleja o que no se entiende es inútil.
  8. No asuma que las conexiones entre la ilustración y el texto son obvias. Siempre hay que decirle al lector qué ver en la ilustración. (Tarutz, 1992: 244).

En síntesis
La ilustración en la edición técnica (entendida la ilustración como cualquier figura, diagrama o fotografía necesaria para la comprensión del texto) debe seleccionarse y elaborarse dándole prioridad a la legibilidad, la exposición, la precisión y la comunicación evidente de aquello que no se puede describir y que solo se puede mostrar.

Todo lo demás (obra artística, decorativa, caprichosa o por simple ocurrencia) sobra.

Lista de referencias

Martínez de Sousa, J. (1993). Diccionario de bibliología y ciencias afines (2.a ed.). Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez y Ediciones Pirámide.
Tarutz, J. A. (1992). Technical Editing. The Practical Guide for Editors and Writers [Edición técnica. La guía práctica para editores y escritores]. Reading, Massachussetts: Addison-Wesley.

Artículos relacionados
Figuras demasiado grandes

2 comentarios

Archivado bajo Diseño, Edición, Edición técnica

El arte de integrar las citas textuales

Soy –y he sido siempre– una lectora singular, con ciertos vicios que podrían considerarse imperdonables. Uno de ellos, aquí por primera vez confesado, es saltarme las citas textuales cuando estoy leyendo una obra académica.

No es algo planeado, simplemente ocurre. Comienzo a leer el hilo que un autor ha creado para mí, las pistas que me da, las migajas… y las sigo gustosa, adentrándome en el bosque con un guía. Pero cuando llego a una cita textual, esa voz que venía escuchando se ve interrumpida por otra voz ajena, con ecos de un viaje diferente, sumida en las preocupaciones de otro itinerario en nada semejante al nuestro.

Si la cita es corta, pertinente y está bien integrada al discurso del texto, no tengo problema con ella: la leo, la absorbo y la convierto en parte del paisaje. Pero si la cita es demasiado larga… no puedo esperar a seguir escuchando la voz de quien me trajo hasta aquí y, por lo general, paso al siguiente párrafo casi sin pensarlo.

Y si mi guía –la voz del texto– no comenta la cita, la da por sabida o simplemente salta al próximo tema, me pierdo por completo de lo que se dijo. Para mi inconsciente lector interno, las citas son como “carteles” en el camino, no son el camino en sí y, por eso, se las salta sin misericordia, como si no estuviesen ahí.

Esa, si no hubiesen otras, sería razón suficiente para desaconsejar el uso de citas extremadamente largas en la escritura académica: tesis, trabajos, artículos y libros didácticos.

Pero hay otras razones menos subjetivas.

Una cita corta tiene menos de 40 palabras. La cantidad máxima de palabras ajenas citables sin problemas de derechos de autor no debe superar las 800-1000 palabras. Pero 1000 palabras ya conforman poco más de dos páginas, tamaño carta, letra 12 puntos, a espacio sencillo. Es decir, una cita textual, por larga que sea, jamás debería alcanzar 1000 palabras. ¿Cuántas, entonces?

Desde luego que las necesarias, pero dos párrafos pueden rondar las 100 palabras. Más de esa cantidad, comienzan a sentirse pesadas. Si están muy justificadas –y solo el autor/investigador– lo sabe, no hay regla para censurarlas, al menos ocasionalmente. Son parte de la investigación y nadie podría decir nada al respecto.

Solo cuando están plenamente justificadas… Pero ¿cuándo no lo están?

Tanto el autor de un texto académico, como cualquiera de sus lectores (editores, docentes evaluadores, lectores de tesis) deberán estar atentos a estas posibles razones por las cuales un exceso de citas puede estar invadiendo (e interrumpiendo) el hilo del texto:

  1. Falta de dominio del tema en particular. Cuando un autor desconoce plenamente un tema, todo lo que otro autor (o autoridad) diga del tema parece sustancial. En cambio, los investigadores experimentados han leído tantas veces lo mismo en diferentes fuentes y se han formado sus propias opiniones, que ya pueden expresarlo sin problemas con sus propias palabras; no se ven en la necesidad de acudir a palabras ajenas para decirlo.
  2. Incapacidad de apropiación del discurso ajeno. La falta de experiencia o dominio de un tema puede llevar a una simple falta de capacidad para apropiarse del discurso ajeno.
  3. Falacia de autoridad (o temor a incumplir los requisitos académicos de autoridad). En las academias se recomienda usualmente acudir a una figura de autoridad para respaldar las afirmaciones propias y planteamientos de las investigaciones. Este sano hábito a menudo se distorsiona en un citar por citar: se evocan palabras que no vienen realmente al caso o incluso se acomodan o recortan las afirmaciones de otro autor para que supuestamente apoyen nuestro argumento. Lo cierto es que, si los vemos bajo el microscopio, poner citas de autores reputados en nada le ayudará a nuestro texto cuando sus palabras nada tienen que ver con nuestra investigación. Y el lector suspicaz se da cuenta de inmediato; por lo tanto, al final solo hacemos el ridículo.
  4. Desconocimiento de la técnica de la paráfrasis. Muchos autores novatos desconocen que, en cuestión de escritura académica, a menudo la paráfrasis es más saludable que el recargo de citas textuales: el autor demuestra capacidad de síntesis, dominio del tema y puede exponerlo de una forma original, aun cuando deje constancia del origen de cada idea o formulación gracias a una referencia parentética. Se trata de estas ideas-resumen del pensamiento ajeno, pero que entre paréntesis indican la obra de donde se toma. Esto es particularmente útil cuando un mismo concepto o tema ha sido tocado por múltiples autores. Así, en lugar de citar a cada uno para mostrar sus similitudes, uno, como autor del texto académico, hace un resumen sucinto, breve y al grano y menciona entre paréntesis los cuatro, cinco o diez autores que también tratan el asunto con ese enfoque.
  5. Plagio velado. Algunas veces ocurre que un autor comienza a ser citado intermitentemente página, tras página, tras página… Esto puede llegar a ser un plagio velado, especialmente si 20 o 30 páginas de una publicación, supuestamente original, cuando se comparan con la obra fuente, demuestran ser un resumen de las ideas de otro.

Algunas universidades tienen normas para esto: las citas no pueden exceder más del 25 o 30% de las tesis. Esta práctica, sin eliminar en forma alguna la cita textual como recurso, garantiza que los estudiantes se esfuerzan para crear un texto original, digerido por ellos y en donde son capaces de establecer relaciones entre todos esos autores, planteamientos, enfoques y lecturas que constituyen la base de su investigación.

Y de vuelta al mundo de la escritura para ser leída, el recargo de citas textuales es poco didáctico, pesado de leer y solo produce cansancio y distracción. Uno se aleja de la página, se va y la deja tirada. Si queremos hacerle un favor al lector, facilitémosle la lectura de nuestros argumentos y expongámoslos de forma que quiera seguirlos leyendo. En cuanto a las palabras ajenas, solo cuando su aporte es verdaderamente indispensable para la exposición del texto, solo entonces, podremos dejarlas y darles su justo lugar en nuestro recorrido por el bosque para que brillen con mérito propio.

1 comentario

Archivado bajo Comunicación, Edición, Edición técnica, Educación, Escribir, Escritura, Escritura académica, Escritura técnica, Estilo, Materiales didácticos, Obras didácticas, Redacción, Redactar