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Cómo proponer cronogramas editoriales exitosos

Comienza el año y, con él, vienen los nuevos proyectos editoriales. Cuando un libro —o una idea de libro— llega a la mesa de producción, es imprescindible saber con exactitud cuánto tiempo se demorará en llegar hasta las manos de quienes lo leerán y garantizar que esto ocurra en la fecha designada. Para lograrlo, se necesita hacer un esfuerzo de proyección al futuro y diseñar cronogramas detallados que puedan utilizarse como punto de referencia para todos los colaboradores y como guía para la persona encargada de coordinar la edición.

Hay que recordar que muchas personas, de manera inconsciente, dejan todo para última hora. Si en enero del 2014 decimos que el libro debe estar en librería en diciembre del 2015, los inconscientes dicen: “¡Oh! ¡Tenemos mucho tiempo!” y se ven a sí mismos haciendo cómodas entregas en noviembre del 2015, “justo a tiempo”.

El panorama cambia cuando el gran proceso se divide en pasos más pequeños y se proporcionan fechas cada vez más cercanas: revisión editorial, reescritura de manuscritos, revisión de contenidos, corrección de estilo, elaboración de ilustraciones, maquetación, corrección de pruebas, impresión, encuadernación, empaque, distribución, mercadeo… Visto así, a veces se pregunta uno si aquella fecha tan lejana será suficiente.

En este artículo comparto algunas de las prácticas que he aprendido con los años para formular cronogramas que se puedan cumplir, dentro de los plazos disponibles.

  1. Sea realista. A menudo nos llegan solicitudes motivadas por la prisa y el deseo ferviente de obtener resultados inmediatos. A pesar de las buenas intenciones, si no se puede realizar un proyecto con la calidad que se merece, es mejor detenerlo al inicio y no cuando se ha perdido mucho tiempo valioso e irrecuperable.
  2. Conozca sus procesos editoriales. Se debe tener al menos estimado de cuánto se demora en cada paso editorial, según la cantidad de páginas y el grado de dificultad del texto. La suma de esta proyección da una idea general del tiempo total que tardará la edición.
  3. Inicie con un cronograma general. Proponga primero los grandes segmentos: “Entrega de la primera versión del manuscrito”, “Corrección de estilo”, “Maquetación o diagramación”, solo con una fecha de inicio y otra de finalización, sin detallar los pasos.
  4. Divida las grandes etapas en pasos cada vez más pequeños. Las grandes etapas se dividen en pasos con fechas cortas y manejables: “Autor entrega capítulo 1”, “Equipo revisa capítulo 1”, “Autor implementa correcciones al capítulo 1”. Emplear segmentos pequeños contribuye a ganar tiempo al identificar las interferencias en el momento en que ocurren, y no cuando es demasiado tarde para remediarlas.
  5. Comience de atrás hacia adelante. Sitúe en la fecha límite que le han dado los procesos finales, como pueden ser las firmas finales de aprobación, la preparación de preprensa para imprenta, la maquetación o el montaje del texto. Desde ahí, se comienza a avanzar hacia atrás, añadiendo pasos y restando semanas, como la corrección de pruebas, corrección de estilo y corrección editorial. Conforme se van cerrando los meses en el calendario, se visualiza con mayor facilidad cuánto tiempo disponible queda para los procesos más impredecibles y extensos, como pueden ser la escritura del primer borrador, la traducción de una obra o la reescritura de un manuscrito a partir de una corrección editorial profunda.
  6. Añada a cada etapa algunos días para que sirvan de “colchón”. Los retrasos son el pan nuestro de cada día, en especial durante los primeros pasos de la escritura y edición, cuando nadie siente la presión de la fecha de entrega. No suponemos que un autor —tal vez, a lo mejor, quizás— se podría retrasar: sabemos que lo hará, cuando menos el 90 % de las veces. Por lo tanto, si un proceso editorial toma seis semanas, podemos añadir al menos una extra, de modo que haya compensación por retrasos imprevistos, enfermedades, huelgas y falta de inspiración.
  7. Inicie y finalice procesos con los días hábiles de la semana. Esta es una técnica para aprovechar la tendencia inconsciente de entregar a última hora. Si la fecha de entrega se fija en un viernes, en gran cantidad de ocasiones el autor o los revisores se retrasarán, pero harán lo imposible por entregar su parte durante el fin de semana, para que aparezca en el buzón el lunes siguiente. En cambio, si se fija el día un miércoles, por ejemplo, lo más probable es que de todas maneras se retrase la entrega hasta el viernes y no se pueda hacer nada hasta el siguiente lunes.
  8. Contemple fines de semana y feriados. Algunas personas trabajan durante sus vacaciones, otras no. Parta del hecho de que nadie lo hará (tampoco usted) y así no tendrá decepciones más adelante. Además, el descanso es una excelente manera de garantizar textos frescos y de calidad. La explotación a menudo deriva en descuidos y errores costosos.
  9. Rectifique y detalle conforme avanza el proceso. Cuando se acerque a cada etapa, tómese el tiempo para ajustar las fechas propuestas con la realidad cumplida, tomando en cuenta las características del texto y la idiosincracia de los colaboradores, así como para añadir los subprocesos que considere pertinentes para tener una visión más clara y hacer un mejor seguimiento del avance.
  10. Verifique su cronograma. Cuando los colaboradores comienzan a fallar con las fechas de entrega, el cronograma es el instrumento para levantar la alerta y detectar las amenazas. Los retrasos son proporcionales a la etapa que se tiene entre manos. Un retraso en un paso de tres semanas puede ser de uno a tres días sin que implique un descalabro en el cronograma global; pero un retraso en un proceso de ocho meses puede llegar a ser de dos o tres meses y retrasar la fecha de salida de la obra.
  11. Recuérdeles las fechas del cronograma a sus colaboradores. No basta con entregar un documento al inicio del proceso. Muchas personas tienden a olvidarlo y dejarlo por ahí. Quien coordina deberá guiarse por ese documento, consultarlo con frecuencia y recodar las fechas de entrega antes de que llegar al incumplimiento.
  12. Utilice una herramienta informática adecuada. Hay muchos programas para llevar listas de pendientes y elaborar cronogramas, muchos de ellos gratuitos y para todas las plataformas (incluyendo dispositivos móviles). Conviene elegir un programa con el que uno sienta comodidad y utilizarlo. Será una ayuda excepcional para ajustar fechas, programar recordatorios, sincronizar calendarios y como herramienta de referencia para mantener a los equipos al día.

Para que un cronograma se cumpla con poco o ningún retraso, debe trasladarse del papel a la práctica y esto es función de quien lo formula, lo comprueba, lo recuerda y lo aplica.

Una advertencia: el cronograma es una guía y un instrumento. No es un fin en sí mismo y una excesiva rigidez con su cumplimiento puede llevar a disputas innecesarias. Cuando un colaborador no puede entregar a tiempo, es más saludable solicitarle que lo comunique de antemano, extender el plazo y hacer ajustes a futuro. Incluso si llega la fecha y no se comunica, se le envía un mensaje de recordatorio de las fechas y se le solicita que indique una nueva fecha para la entrega de su material, en un plazo razonable (por esto es que se necesita tener siempre “colchones” dentro del cronograma). Si bien queda a criterio del editor aceptar o no la nueva fecha, esto demuestra apertura, flexibilidad y disponibilidad para negociar. Si el colaborador ha tenido un imprevisto, esta clase de apertura se agradecerá, favorecerá una relación armoniosa y garantizará futuras colaboraciones.

El cronograma, como técnica para alcanzar metas, tiene grandes ventajas; entre ellas, que es posible saber siempre en qué parte del proceso se encuentra, cuánto falta por realizar y, como una pequeña recompensa para el ego, cuánto se ha logrado ya. Las recompensas emocionales son fabulosos instrumentos de motivación, en especial cuando lidiamos con plazos extensos y distantes.

Estos son mis pequeños trucos para tener éxito con mis cronogramas y publicar a tiempo. ¿Y usted? ¿Cómo logra cumplir sus metas editoriales?

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Normas de cortesía para hacer comentarios y edición

En lo personal, creo que nada puede prepararnos para recibir comentarios sobre nuestro escrito. Confieso aquí que, a pesar de trabajar en corrección, de conocer todos los beneficios de los aportes de lectores externos, de participar de lleno en procesos de edición y de estar al tanto de la inevitabilidad del error, todavía rujo durante horas cuando alguien trata de cambiarle siquiera una coma a mis textos. Yo esperaría tener la madurez para aceptar la crítica sin remordimientos, pero no puedo evitarlo: mi ego se siente agredido y amenazado, con razón o sin razón, eso le importa poco. La reacción es inconsciente, es vehemente y, sobre todo, es visceral e incontrolable.

Visto así, como escritora, es que aprecio, valoro y recomiendo el uso de la diplomacia en el proceso de edición y corrección de textos. Nuestro trabajo es ser implacables, pero eso no significa que debamos hacerlo con grosería y falta de tacto.

Por eso, con base en mi experiencia, comparto estas diez recomendaciones —a modo de lineamientos— para comentar un texto:

  1. Se respeta y reconoce la labor ajena. Un texto es el resultado de un acto de investigación, creatividad y expresión. Quien escribe ha dejado de hacer algo abandonado en su vida por escribir ese texto. Reconozcamos y agradezcamos la puntualidad, dedicación y responsabilidad de quienes colaboran en nuestro equipo.
  2. El texto es de otra persona, no es nuestro. Se le revisa con su permiso y siempre desde lo que está tratando de expresar, ya sea que lo logre o no. Lo que el editor o corrector habría escrito es irrelevante. Lo que interesa es lo que ya escribió la otra persona y cómo puede mejorarse.
  3. Se corrige el texto, no se juzga a la persona. Al hacer las recomendaciones puntuales, siempre hay que redactar haciendo énfasis en el texto, en su relación con el público al que va dirigido, en los contenidos y su enfoque, en la gramática o la forma de expresión. No estamos juzgando a la persona ni la estamos calificando: el objetivo es pulir y perfeccionar el texto como el mejor producto que ese texto —con sus características e idiosincrasia— pueda ofrecer.
  4. Se corrige lo que se ha solicitado. Cada quien ha de atenerse a su función editorial y saber hasta dónde pueden llegar sus observaciones. No se vale ser especialista de contenidos y dedicarse a hacer corrección de estilo; o bien, señalar errores estructurales cuando la obra ya está en corrección de pruebas. No solo se invade el campo de otros profesionales —y a veces, con errores— sino que se desatiende aquello para lo que se le pidió criterio.
  5. Al fin de cuentas, la nuestra es una opinión. La edición no es una ciencia exacta. Tiene mucho de opinión, enfoque, subjetividad. Se arraiga en la experiencia personal, en la formación académica, en los intereses y hasta en las ideologías y discursos que nos atraviesan. Reconocerlo y hacerlo explícito al hacer nuestros comentarios es beneficioso, porque hacer observaciones es iniciar un diálogo, no crear un pulso de poder. Esta técnica contribuye a que las observaciones no se perciban como un ataque y permite que el autor las analice con una actitud más receptiva.
  6. Pero es una opinión fundamentada. Toda observación deberá estar respaldada por argumentos válidos y, cuando sea necesario, documentación o bibliografía especializada. No se trata de ejercer el gusto o la preferencia personal, sino de recomendar lo que resulte mejor para el texto y la publicación, siempre tomando en cuenta la norma lingüística, la línea editorial y las características del público lector.
  7. Se señala el problema y se ofrece la solución. La crítica por la crítica es un acto de arrogancia y exhibicionismo. El protagonista aquí es el texto que se corrige, en función de la editorial y del lector; a nadie le interesa la erudición del editor o del especialista en contenidos. Por lo tanto, siempre que se señale un error ha de ser porque existe y se conoce la manera de mejorarlo a través de una alternativa viable, respetuosa y compatible con el estilo de la obra.
  8. Hay que saber cuándo parar. Corregir puede ser un vicio y, si nos ponemos a hilar fino, todo se puede corregir. Es un texto ajeno y que no se puede reescribir indefinidamente. Por eso, se eligen las batallas, se corrige lo esencial y se deja lo demás legible, pero bajo la responsabilidad del autor, no la nuestra.
  9. Se destacan las virtudes del texto. Si algo durante la lectura nos impacta de manera positiva, no está de más decirlo. Será un pequeño bálsamo para el ego del autor en medio de tantos tachones y comentarios adversos.
  10. Se elabora una síntesis. Antes de devolverle el texto al autor, tan lleno de observaciones que se le pueda hacer irreconocible, vale la pena hacer un breve resumen de los aspectos generales y, de manera diplomática, indicar las razones para las sugerencias puntuales. Esta síntesis debe comenzar por destacar los aciertos y méritos del texto. De esta manera, el autor sabrá que no se le ha juzgado y que su obra no es una basura lista para descartar. Comprenderá el mensaje correcto: es un texto perfectible, dentro de una cadena de producción y requiere de ajustes que le ayudarán a aumentar su calidad.

Debo insistir en el tema de hacer explícitas las virtudes y logros del texto. Como norma general, nos centramos en marcar error tras error y, al final, olvidamos decirle al autor que, después de todo, su texto vale la pena y, quizás, hasta tenga el potencial para ser un nuevo hito editorial.

El silencio no es un elogio. Siempre habrá algo que podamos rescatar del material leído. Tal vez está lleno de entusiasmo; quizás ofrece una visión fresca pero desordenada; a lo mejor es ameno y entretenido, pero le falta profundidad y fundamento. No importa cuál sea su virtud, conviene encontrarla, porque esta persona ya entregó muchas horas de su vida a escribir y, con nuestras observaciones, le estamos pidiendo que dedique otras tantas a reescribir. Lo menos que podemos hacer es enfatizar por qué vale la pena el esfuerzo.

Por último, hay una máxima inevitable: el autor puede estar en desacuerdo con nuestras observaciones. Hemos de prepararnos para escuchar sus contrargumentos, aceptar sus razones y llegar, por la vía de la negociación, a un punto medio que satisfaga a ambas partes. El texto es del autor, pero el respaldo de calidad es el de la editorial; de ahí que lograr un equilibrio entre las intenciones de ambos sea crucial en el proceso de publicación.

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Leer de un tirón

Un caro recuerdo de mi infancia era la lectura compulsiva, imposible de combatir con la razón, el sentido del deber o incluso la obligación impuesta. No importaba nada excepto seguir leyendo, avanzar en la historia, llegar hasta la última página. Todo lo demás pasaba a segundo plano: las clases aburridas; los cuestionarios inútiles; los recreos de juegos sin aventura, idilios ni paisajes exóticos. Las conversaciones vacías parecían una mísera pérdida de tiempo, cuando había un grupo de personajes esperándome para seguirme contando sus historias.

La vida me parecía entonces muy corta para desperdiciarla en actividades repetitivas, efímeras y, a todas luces, inútiles, como maquillarse, hacerse las uñas o leer el periódico. Estaba segura entonces, como lo estoy ahora, de que sin duda moriría sin tener tiempo suficiente de cubrir siquiera el canon básico de grandes obras de la humanidad. Con una vida tan breve y tanto por leer, ¿no era lógico huir de las actividades vanas y miserables para dedicar mis horas tan preciadas a devorar cuanto pudiera?

Así pensaba a los nueve, a los doce, a los veinte años. Así pienso aún ahora. Tal vez por esa razón, a veces la vida laboral se vuelve a veces dolorosa. Para una lectora compulsiva como yo, editar como medio de vida es un sueño hecho realidad: literalmente, me pagan por leer. Lo lamentable es cuando el texto carece de esa capacidad para atrapar desde la primera página, de sostener la atención más de veinte minutos, de arrastrarme a seguir leyendo.

Solía pensar que este era un atributo exclusivo de la ficción, pero grandes libros no ficcionales han llegado a mis manos para quererse quedar ahí hasta acabarlos. Así que no hay excusa: todo texto puede tener la capacidad para atrapar o rechazar, para dejarse leer o provocar el cierre de sus páginas sin tregua.

Como lectora, me abandono sin reservas a los libros que me interpelan y perturban desde la primera página. Los demás, aunque pertenezcan al canon de la gran literatura o de las listas de los más vendidos, aunque críticos más informados que yo los pongan a la cabeza de las listas de mejores obras, si no vibran desde el primer renglón, el primer párrafo y la primera página, quedan condenados al olvido, a la inevitable condición de jamás llegar hasta el final. Los dejo ahí, donde el tedio pueda más que mi fuerza de voluntad. Y mi fuerza de voluntad ha ido disminuyendo con los años. Me hago más vieja y, con ello, menos tolerante a la mala escritura.

Como editora, no tengo ese privilegio. A veces el texto no me compele, no me permite leerlo, me produce reacciones emocionales adversas y me sorprendo a mí misma queriendo hacer cualquier cosa menos seguirlo leyendo. En esos casos, no puedo abandonarlo y cerrarlo, como haría con cualquier obra ajena. Mi deber es claro: debo seguir batallando con la abulia hasta encontrar dónde está el fallo, en qué punto se quiebra la atención y cómo puedo remediarla. Como editora, no puedo conformarme jamás. Estoy obligada a rectificar, corregir, reelaborar, reconstruir hasta alcanzar algún grado de lecturabilidad. Hasta hacer menos pesada la experiencia para quienes, como yo, correrán el riesgo de vivir los mismos síntomas de aburrimiento sin cura.

Por eso, cuando uno pasa muchas horas de su vida leyendo textos apenas en proceso —a veces diamantes en bruto, a veces brutalidades sin remedio—, siempre conviene hacer un alto en el camino y encontrar alguna de esas obras mágicas, apabullantes, estremecedoras. Nada más sanador que perderse en una de esas lecturas que nos hicieron enamorarnos de los libros en primer lugar y recobrar, al menos durante un rato, la fe en la buena escritura. Sí, todavía existe y está ahí afuera, esperándonos.

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Leer antes de corregir: la hoja de estilo

Una vez leído el texto con fines diagnósticos y elaborada una lista de acciones pendientes, dudas, inquietudes y temas por resolver, es el momento de hacer una pausa de la lectura y tomar las decisiones de estilo que aplicarán a esta obra en particular.

Todas las editoriales —al menos en teoría— disponen de un manual de estilo. Aun cuando no esté escrito, hay un conjunto de reglas que enmarcan sus estándares de publicación.

Cuando la corrección se hace de manera independiente, sin un manual que sirva como guía, la hoja de estilos es más difícil, porque requerirá más investigación en fuentes de diversas y hasta contradictorias. Cuando el manual existe, este será la guía y referencia obligatoria para la elaboración de la hoja de estilos que deberá respetarlo hasta donde los casos particulares lo permitan.

¿Qué es la hoja de estilo?

Es el conjunto breve, puntual y conciso de las decisiones editoriales que se aplicarán durante la revisión. Si la revisión es de contenidos, estas decisiones serán el sumario de los aspectos débiles de la obra y con qué tono y estrategias se atenderán. Si la revisión es de estilo y comunicación, estas decisiones implicarán correcciones de redacción, sintaxis y discurso. Si la revisión ya es ortotipográfica, estas decisiones también suponen la unificación tipográfica de la obra en todos sus detalles.

¿Por qué se necesitaría una hoja de estilo si existe un manual?

Los manuales son amplios y atienden una gran cantidad de temas porque deben prever todas las situaciones posibles. Varían en extensión de unas 125 hasta más de mil páginas. Son un instrumento de consulta diseñado para todos los productos de la casa editora.

La hoja de estilos, en cambio, está diseñada a la medida del texto. Recopila los aspectos normativos y de unificación que atañen a un solo libro o documento. Puede variar en extensión de dos a diez páginas, según la complejidad y extensión del material. Estas cifras no son inviolables, una hoja de estilo puede tener solo una página o sobrepasar la decena, pero siempre será tan breve como se pueda y es, ante todo, una guía mnemotécnica de trabajo para recordar, en esta publicación en particular, cómo se decidió atender esto o aquello.

¿Por qué conviene elaborar la hoja de estilo antes de revisar?

La elaboración de la hoja de estilos da la oportunidad de reflexionar sobre las decisiones de corrección en su conjunto y no de manera aislada o atomizada. En lugar de ir párrafo a párrafo decidiendo si este o aquel concepto deberá escribirse con letra cursiva o entre comillas, un diagnóstico global previo que se concrete en lineamientos globales será el mejor apoyo durante el proceso fino de corrección. Así, cuando se revisa, no se toma la decisión cien veces: más bien se toma la decisión una vez y se aplica cien veces.

Otra ventaja de la hoja de estilos es la comunicación entre las personas involucradas en la realización y edición del material. Cuando los criterios se comparten y someten a aprobación, se evitan reclamos y discusiones innecesarias en etapas más avanzadas.

También le proporcionan a quien revisa un instrumento de respaldo en disputas, disensiones o dudas cuando el final de la revisión está cerca. Una hoja de estilos previa impide, por ejemplo, que luego de unificar algo a través de trescientas páginas, aparezca alguien preguntando por qué mejor no se hace “asá” en lugar de “así”.

Por respeto a la labor profesional que se está realizando, esas preguntas no deben plantearse cuando la labor está casi terminada sino antes, cuando nadie ha desperdiciado horas valiosas del calendario de producción y de su propia vida en una decisión que después sería imputada, muchas veces por una cuestión de gustos. En otros casos, puede ayudar a detener, antes de cometer una equivocación masiva, errores de criterio que, en efecto, debían aplicarse de manera distinta a la elegida por quien está corrigiendo.

La función mnemotécnica de la hoja de estilo

En un medio de edición profesional, se manejan varias obras simultáneamente y el periodo de revisión de muchas obras puede alargarse y superponerse al de otras. Cuando se retoma un material tras dos o tres meses desde el primer contacto, se corre el riesgo de olvidar qué se había decidido en ese momento para esa obra en particular y por qué.

La hoja de estilos debe ser tan sucinta que su consulta sea fácil, pero tan explícita como se necesite para recordar el sustento de la decisión tomada.

El valor de la hoja de estilo en las distintas etapas de corrección y revisión

Una hoja de estilo puede irse enriqueciendo al ir pasando de manos: de editor de contenidos a editor de estilo, de ahí a la mesa de corrección de pruebas… Su valor aumenta si las personas encargadas de estos procesos son distintas. Nadie debería asumir una corrección de pruebas sin tener a la vista la hoja de estilos de la obra, no vaya a ser que quiera aplicar —por ignorancia y hasta buena fe— decisiones distintas a las tomadas por el equipo, con amplio sustento y discusión. Algo puede ser muy correcto desde el punto de vista de la Real Academia Española, pero si entre dos alternativas distintas, igualmente correctas, el equipo de edición eligió una y la aplicó de forma consistente, nadie debería tener la potestad de llegar a una etapa de revisión de pruebas y así, sin más, dictaminar: “esto está malo, esto no sirve, cámbienlo todo”.

Incluso un pequeño cambio en etapas avanzadas puede convertirse en un gazapo de dimensiones monstruosas, cuando alguien, erróneamente, cambia algo en una página sin tomar en cuenta todo lo demás. El riesgo de error también aumenta cuando se decide hacer tal unificación en un momento tan avanzado de la obra. No es lo mismo unificar de forma apresurada, con el libro ya casi en prensa, que hacerlo cuando hay meses o semanas de tiempo.

Cada publicación es un mundo y quienes la han acompañado merecen respeto. La hoja de estilo forma parte de la documentación necesaria para dejar registro del proceso y hacer valer ese respeto cuando la ocasión lo amerita.

En síntesis
La hoja de estilo es una herramienta mnemotécnica, facilita la comunicación del equipo, ayuda a mantener decisiones uniformes y sistemáticas, es un apoyo profesional para hacer valer nuestra labor y, al final, incluso puede ayudar a enriquecer los manuales de la casa editora cuando se ha utilizado para resolver temas polémicos no contemplados en el manual de estilo de la casa.

Esta, sin duda, es una de las prácticas que diferencian a quienes están comenzando de quienes ya llevan camino recorrido: se gana mucho cuando se “pierde” tiempo en estos procesos preliminares.

Si usted todavía no ha hecho nunca una hoja de estilo, inténtelo la próxima vez. Si ya tiene esta práctica, cuéntenos sus experiencias.

Con este artículo se cierra la serie de “Leer antes de corregir”. He compartido lo que muchos manuales recomiendan y la experiencia me ha confirmado. La edición queda ahora en sus manos.

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Leer antes de corregir: anotaciones y listas de dudas

En los artículos anteriores, hablábamos de la necesidad de llevar un proceso previo de lectura antes de meter las manos de lleno en los documentos que nos corresponde editar o corregir.

Si la primera lectura debe ser de reconocimiento nada más, conforme se va avanzando y alcanzando una visión más o menos integral de los errores frecuentes, de las características textuales y de las necesidades comunicativas, el impulso de esgrimir el lapicero rojo se va haciendo imperioso, casi irresistible. Es una especie de comezón, una necesidad de decirle a alguien lo que ya comienza a pasar por la cabeza de uno.

Cuando se ha alcanzado ese momento durante la primera o segunda lectura del material, no corrija todavía: ha llegado la hora de anotar.

Las notas no deben ser todavía intervenciones; son interrogantes, dudas, recordatorios, marcas para no obviar algo cuando se comience la revisión. Que algo visto ahora no se pierda después bajo el cansancio, la familiaridad con el texto o la simple mala suerte.

Aquí se puede hacer uso de tres herramientas, ya sea que se trabaje en un procesador de texto, sobre un archivo PDF o en papel:

  1. Comentarios al margen.
  2. Anotaciones directas a mano alzada.
  3. Subrayado con marcadores de colores o su equivalente.

Estas tres formas de anotación, combinadas, le ayudarán a desahogar sus impulsos de corrección, mientras comienza a marcar en el documento, cual si fuera un mapa, la ruta por seguir más adelante.

Estas marcas —no correcciones, insisto— van ayudando a hacer el diagnóstico visible. Si se detecta que, por ejemplo, en el texto se emplean las comillas de manera inconsistente, el señalamiento de cada una de las comillas dudosas con un color distintivo ayudará a cuantificar la magnitud de la futura corrección e incluso los casos en donde es viable emplear herramientas de corrección automática.

Sucede a menudo, durante estas primeras etapas, que un problema recurrente se detecta hasta bien avanzada la lectura, en la página 15, en la página 50, en la página 100… No importa cuándo, ese es el momento de hacer nota. Luego habrá que releer las páginas precedentes con nuevos ojos: ya sabiendo qué buscar.

De ahí que haya una cuarta herramienta imprescindible, quizás la más valiosa: la lista de interrogantes.

Ya sea de forma simultánea al proceso de anotación, o en un momento posterior, conviene crear una lista de cada una de las dudas surgidas durante la corrección. Esta lista crecerá de manera orgánica, desordenada, caótica, quizás con repeticiones y siempre con más preguntas que respuestas. Así debe ser al inicio: una simple colección de situaciones textuales dudosas, de irregularidades que requieren de una norma, de sitios en donde el texto no alcanza todavía los estándares de la casa editora, de zonas mejorables.

Estas marcas no tiene por qué verlas nadie más todavía, hasta que sean definitivas, hasta que usted haya despejado sus dudas y haya tomado sus decisiones. Pero esa es la próxima etapa.

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Leer antes de corregir: cuántas lecturas deben hacerse

En el artículo anterior, hablamos de la lectura diagnóstica como una etapa esencial del proceso de edición.

Sin embargo, sobre todo cuando uno está comenzando en el oficio o está publicando el primer libro, existe la tendencia a leer indefinidamente, a corregir una y otra vez, a sentir que el proceso no se termina nunca.

Surge, inevitable, la pregunta: ¿cuántas lecturas deben hacerse antes de corregir o reescribir? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Cincuenta?

La respuesta no puede ser absoluta. Cada publicación es distinta y habrá quien tenga el tiempo y los recursos para leer indefinidamente. Pero si se tiene el interés de alcanzar un proceso fluido, metódico y con una secuencia de pasos que puedan ir garantizando una edición más eficiente, la lectura diagnóstica puede reducirse a tres etapas hasta alcanzar la primera corrección de estilo.

  1. Una lectura general, de familiarización con el texto. En esta los comentarios deben ser mínimos. Ninguna corrección debe señalarse. Se puede iniciar una lista desordenada de los aspectos por corregir, según se van identificando. Esta servirá de guía para la elaboración de la hoja de estilos y para orientar los comentarios de la segunda lectura.
  2. Una lectura de marcado y comentarios. No debe ser todavía una corrección fina, pero durante esta etapa se elabora la hoja de estilos del documento y la lista de decisiones editoriales: ¿qué se unificará y por qué?, ¿qué se modificará, corregirá y por qué?, ¿cuáles son los problemas o dudas en donde será necesario pedir aclaración o criterio de especialistas?, ¿dónde se le solicita al autor reescribir o aclarar? Las marcas deben reducirse a subrayados para resaltar en dónde hay algo por corregir o intervenir, no son todavía marcas de corrección. Se elabora una lista de acciones de corrección que luego se convertirá en lista de cotejo y guía de la lectura de marcado de corrección. En esta etapa, conviene enviar el documento de vuelta a su autor o autora con el fin de solicitar su intervención en algunas zonas del texto, advertirle sobre las correcciones por realizar y obtener su aprobación para las decisiones que puedan ser críticas o polémicas.
  3. El marcado de corrección propiamente dicho. Puede hacerse de dos maneras: a) quien corrige marca para que alguien más implemente los cambios; b) se corrige el documento directamente (preferiblemente con el uso de la herramienta de seguimiento de cambios o con el uso de un código de color para mostrar la intervención del documento). Esto depende del flujo editorial de cada empresa editora.

Estas tres lecturas sugeridas dan por un hecho que estamos ante un texto final; es decir, un libro al que no se le debe escribir ni reescribir nada. Si todavía no se ha alcanzado ese punto, las dos primeras lecturas servirán para determinar que no es recomendable iniciar la corrección de estilo todavía, ante el riesgo inevitable de que secciones enteras del manuscrito queden excluidas o requieran reescritura.

La tercera lectura ya no es diagnóstica en un sentido estricto: ya es labor directa de corrección. Sin embargo, se encuentra en el límite. Es la etapa final de diagnóstico y puede ser crítica incluso para rechazar un manuscrito que, por alguna razón, haya sobrevivido las dos etapas previas.

En tal caso, la tercera lectura no entrará en corrección de estilo, sino en sugerencias de orden estructural y de contenidos. El material debe regresar a su autor para que este implemente las sugerencias de edición. En este punto, el manuscrito podría ir y venir de vuelta indefinidamente. De ahí que los editores sean célebres en el mundo por rechazar manuscritos inacabados.

Luego de la primera corrección de estilo y corrección ortotipográfica —es decir, luego de la tercera lectura—, ya vendrán otras lecturas de cotejo (verificación de la implementación de los cambios) y expurgación de los errores rezagados. Para entonces ya no estaremos haciendo lecturas diagnósticas: estaremos de lleno en los procesos de corrección y más cerca del final de la publicación, hasta alcanzar la corrección de pruebas. Eso, por supuesto, sería tema de otro artículo.

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Leer antes de corregir: las ventajas de la lectura diagnóstica

Uno de mis errores de novata era mi incapacidad para leer sin contener el impulso de intervenir el texto. El resultado fue desastroso: cada lectura-corrección del documento tomaba horas incontables y, al llegar al final del material, quedaban a la luz mis malas decisiones en el camino. El proceso editorial se alargaba sin necesidad y el producto no siempre era el más deseable.

Ahora comprendo que leer varias veces antes de corregir no es una pérdida de tiempo. Por el contrario: se gana al final del proceso y se logran cumplir los plazos de entrega tan estrictos en la producción editorial.

Las lecturas diagnósticas tienen muchas ventajas:

  1. Se forma una visión panorámica del texto.
  2. Se identifican los problemas estructurales potenciales.
  3. Quien edita monitorea sus reacciones iniciales, las más genuinas, hacia la propuesta textual (ya sea ficcional o no) y las puede utilizar en las etapas posteriores.
  4. Se valora la propuesta textual tal y como está (ya sea que funcione o no).
  5. Para obras de ficción, se estudian la historia y las relaciones entre sus componentes (trama, personajes, locaciones, desarrollo de los eventos, crisis y soluciones…) antes de entrar al ajuste de cada una.
  6. Para las obras sujetas a un plan de producción o un diseño curricular, se verifica la pertinencia de todos los temas, el apego a los requisitos de contenido y metodología, los vacíos posibles o áreas con necesidad de reforzamiento.
  7. Se identifican las necesidades estilísticas principales: redacción, estilo, errores frecuentes, necesidades normativas ortotipográficas (mayúsculas, siglas, cursivas, comillas, decisiones léxicas).
  8. Se valida el diagnóstico con todas las personas involucradas en la realización del material y se refinan los criterios para las decisiones de corrección antes de señalarlas e implementarlas. Esto evita disgustos innecesarios y reparte la responsabilidad de las decisiones entre todos los miembros del equipo de edición.

La lectura diagnóstica, en sus diversas etapas, es una herramienta esencial para garantizar la mejor toma de decisiones, según nuestra visión y experiencia. Cuando renunciamos a diagnosticar, bajo la excusa de la prisa y la urgencia, corremos el riesgo de no ver el bosque por estar perdidos entre los árboles y, sobre todo, nos retrasamos en elegir el camino más directo hasta nuestro destino.

Si usted todavía no lo ha hecho, ya sea que se enfrente a su propia obra en un proceso de reescritura o a la de alguien más, la próxima vez que revise, edite o reescriba un texto refrene sus impulsos: no corrija, lea. Y solo después de mucho leer, cuando ya sienta despejadas todas sus dudas, tome de nuevo el lapicero rojo y corrija. Luego de pasar por la experiencia, cuéntenos cómo le fue y si esto le ayudó a llegar más pronto a su meta.

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