Archivo mensual: febrero 2011

Las paráfrasis también llevan número de página

A menudo se encuentran textos académicos –incluso artículos publicados y libros– en donde los autores creen, erróneamente, que el empleo del recurso de la paráfrasis los exime de proporcionar referencias bibliográficas precisas y exactas.

Por referencias “precisas” me refiero a hacer explícito el número de página, párrafo o sección (según corresponda) de la obra parafraseada.

¿Por qué se necesita el número de página?

El mundo académico presiona mucho a sus escritores (estudiantes, docentes, investigadores) para fundamentar sus publicaciones a partir de otras obras académicas. Esta presión puede alcanzar niveles ridículos, como juzgar un texto por la extensión de su lista de referencias (sin importar su calidad y coherencia), o forzar a citar constantemente las “vacas sagradas” de algún campo del saber con el único fin de teñir de autoridad las propias publicaciones.

El resultado de estas poco saludables actitudes es que la paráfrasis puede emplearse como un recurso para encubrir las carencias académicas del propio texto a través de la tergiversación, distorsión y hasta falsificación del pensamiento ajeno. En consecuencia, se ponen en boca de otros afirmaciones, definiciones y hasta conceptos que esos autores jamás soñaron con enunciar de esa manera.

Por lo tanto, la única forma de comprobar la veracidad, exactitud y pertinencia de la paráfrasis es confrontando el texto con su fuente. Cuando llegamos a este punto, nos damos cuenta de que se necesita algo más que el año y el autor para poder situar la fuente de una paráfrasis.

Así, aunque nos estemos apropiando del texto ajeno, si estamos parafraseando una afirmación puntual, una conclusión, un concepto o simplemente resumiendo una parte de la obra, siempre debemos indicar de dónde, en el maremágnum que puede ser un libro, se encuentran las palabras en donde yo afirmo que el otro dice tal cosa.

Ejemplo:

El acadio tuppu origina el latín tabula ‘tabla, tablón’, ‘tablón de anuncios’, ‘lista, registro’, ‘tableta para escribir’, que produce el castellano tabla. En sumerio se tiene dub ‘tabla’ y dubsar ‘escritor de tabletas’. El tuppu mesopotámico era generalmente una pequeña plancha de arcilla, plana o ligeramente abombada, secada al sol u horneada, usualmente en forma rectangular, aunque se han encontrado algunas redondas y oblongas; además se fabricaban figuras tridimensionales con forma de conos, cilindros y prismas huecos de entre seis y diez caras (cada cara equivaldría a una página) (Escolar, 1986: 49-50).

¿Cuándo no se necesita incluir el número de página?

Existe un tipo de paráfrasis que está eximida de toda culpa. Veamos, por ejemplo, la construcción de un estado de la cuestión. El propósito del estado de la cuestión es hacer un sumario, preferiblemente sucinto y al grano, de las principales investigaciones en un campo. Es muy frecuente que solo se proporcione un resumen brevísimo sobre el tema tratado por uno o varios autores en alguna de sus obras.

Ejemplo:

De forma paralela y completamente independiente de los estudios sobre historia del libro, se desarrolló en el siglo XX toda una tradición de estudios sobre las transformaciones culturales suscitadas por el paso de la oralidad a la escritura como estrategias sociales de comunicación, transmisión de información y formación de consciencia.
En este campo hubo importantes pioneros, como Milman Parry que publica sus estudios sobre el hexámetro homérico en 1930. Sin embargo las figuras más destacadas son Erick A. Havelock (1986), Jacques Derrida (1967), Jack Goody e Ian Watt (1968) y Walter Ong (1982), quienes fueron pioneros del estudio del impacto de la escritura sobre las sociedades, las culturas y la consciencia de las personas. Los estudios más recientes de David R. Olson (1994) y Roy Harris (1995) hacen una revisión de las investigaciones previas y llevan el análisis un poco más lejos, cuestionando algunas de las premisas originales y ampliando otras con hipótesis novedosas. En este campo, Adolfo Colombres (1997) merece una mención por tratarse de un latinoamericano interesado en el tema del paso de la oralidad a la escritura.

¿Qué dicen los manuales de estilo bibliográfico?

A este respecto, el manual de la APA es muy claro en su apartado 6.04, de la sexta edición: “Al parafrasear o referirse a una idea contenida en otro trabajo, se aconseja indicar un número de página o párrafo, en especial cuando esto ayude a un lector interesado a ubicar el fragmento relevante en un texto largo y complejo” (2010: 171).

La decimosexta edición del manual de Chicago, uno de mis favoritos, indica que la ética, las leyes de derechos de autor y la cortesía con los lectores son las principales razones para que las citas directas, las paráfrasis y cualquier hecho u opinión difícil de confirmar incluyan información suficiente para dirigir a los lectores hasta la fuente consultada, sin importar si se encuentran en forma física o electrónica (2010: §14.1). Y esto, agregan, debe ser un lineamiento para cualquier estilo bibliográfico que se esté siguiendo, ya sea autor-año o notas al pie.

En síntesis

El número de página en la mayoría de las paráfrasis es tan necesario e indispensable como en las citas textuales. Incluso si se está en el campo de la edición académica, este dato les sirve a los editores y especialistas de contenido para confirmar las afirmaciones del texto supuestamente fundamentadas en autoridades académicas.

Por lo tanto, aunque los manuales de estilo lo indiquen como una “recomendación”, este carácter no obligatorio no exime al escritor académico de cumplir su deber con los lectores en la precisión de las referencias bibliográficas que sustentan su texto. Por eso, de ahora en adelante, usted también, cuando haga paráfrasis, cuídese de anotar el número de página y hacerle la vida más placentera y veraz a sus lectores.

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La nueva ortografía de la Academia ya está en Costa Rica

Envuelta en su retráctil (ese plástico que se adhiere alrededor de todo el libro), la Ortografía de la lengua española llega en pasta dura, dentro de un estuche que la protegerá del polvo y los golpes. [No de la humedad, no. En Costa Rica la humedad es tal que los libros comienzan a sentirla muy pronto, vengan de donde vengan].

La abro y del plástico sale ese olor a libro nuevo, a tinta casi fresca, a papel recién cortado… Sí, es una edición mucho más cuidada que su predecesora, de 1999, incluso en su propuesta gráfica: una cubierta con un diseño moderno y juguetón: una gran letra O de color amarillo encierra el título blanco sobre fondo azul oscuro.

Vamos mejorando: buen síntoma.

La primera prueba: la lista de contenidos. Me sorprende favorablemente la primera parte de la introducción: “La representación gráfica del lenguaje”. Ya era hora de reflexionar sobre el paso de la oralidad a la escritura y las particularidades históricas de la escritura alfabética, antes de entrar a discutir sobre ortografía. Sí, porque la ortografía solo tiene sentido en un mundo en donde se hace un salto de la oralidad a la representación gráfica de esa oralidad mediante signos.

La segunda parte de la introducción reflexiona sobre la ortografía como una disciplina lingüística (¡aleluya!), las reglas de la ortografía, su lugar en el ecosistema social… gran cantidad de temas de reflexión hasta ahora ausente de los escuetos manuales anteriores.

[Me pongo a pensar en las quejas de los docentes universitarios de mi país sobre la mala ortografía de los estudiantes que llegan a sus aulas. “Es culpa de la primera enseñanza”, dicen unos. “Hagamos exámenes de aptitud; evaluemos la ortografía continuamente”, dicen otros. Pero ninguno (o no ha llegado el chisme hasta mis oídos todavía), ni siquiera en las facultades de Letras, se atreve a proponer: “Hagamos un curso universitario dedicado a la ortografía, incluyámoslo en el currículo del filólogo, impartámoslo junto a la morfosintaxis y la gramática generativa…”].

El resto de la obra ya entra en materia. Los capítulos son largos y detallados y argumentan más que antes. Por ejemplo, en el capítulo 1 ya no solo se habla de “letras”: se reflexiona sobre los fonemas, sonidos y grafemas, se define el grafema y se estudia su equivalencia con letra, se menciona la sinonimia entre alfabeto y abecedario… y solo después de todo eso, se habla de los polémicos dígrafos ch y ll. [Antes nos los tiraban en frío, no se justificaban los conceptos, de la idea de letra no pasaba la Academia… Mmm… También aquí vamos mejorando].

Hojeo las primeras páginas. [Las hojeo y las ojeo…]. Me saltan a la vista detalles gráficos menos placenteros y no tan acordes con los valiosos lineamientos de otras fuentes que hasta ahora he seguido. Es inevitable que la Ortografía (la obra) predique con el ejemplo. [Ese es un detalle que los diseñadores gráficos y los editores de las obras de la Real Academia deberían tomar siempre en cuenta: hasta el diseño gráfico del libro debería ser congruente con la normativa propuesta en sus páginas. Ya tendré tiempo de verificar si así lo hicieron esta vez].

Y así sigue…, no tiene sentido detallar la lista de contenidos en este breve artículo y, si por la víspera se saca el día, dudo mucho que yo misma vaya a estar de acuerdo con todas las propuestas de esta nueva normativa ortográfica, ya bastante polémica en lo que va del año. Pero aun así, y considerando las diferencias de opinión, gustos estéticos, usos editoriales y realidades geográfico-lingüísticas, al menos esta ortografía me va a resultar de mayor utilidad que su predecesora.

Para quienes habitamos en Costa Rica, la obra está disponible desde esta semana en la Nueva Década. A la fecha, cuesta ¢25 000 (un precio justo, si se considera que en España cuesta 40 euros). Lo mejor será comprarla ahora, antes de que los nuevos precios del petróleo la hagan inaccesible. Y yo, por mi parte, me regreso a este ejemplar que todavía huele a nuevo.

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Cómo referir correctamente: la referencia parentética

La referencia parentética es aquella información bibliográfica entre paréntesis que, literalmente, “refiere a”; es decir, nos indica de dónde proviene la información, dato u opinión parafraseados dentro de un texto académico o publicación. Es una coordenada cuya función jamás es ornamental. Está ahí para decir, con la menor cantidad de signos, quién dijo qué y cuándo.

Un lector acucioso sabe interpretar las referencias como si fueran las coordenadas de un mapa: el año indica una época en donde se arraigan los textos; el apellido señala un autor y, con él, una ideología, una cultura y una postura ante la vida, y, finalmente, el número de página dice dónde exactamente, en el laberinto de la obra citada, puedo encontrar ese preciso párrafo o página de donde el texto que tengo entre manos asegura haber sacado tal o cual afirmación.

Si tengo dudas, quiero aprender más o, simplemente, siento curiosidad, la referencia parentética será mi brújula en la fuente original. En otras palabras, esta referencia deberá ser lo suficientemente precisa para que yo, lector majadero e inconforme, pueda acudir a la fuente original y encontrar, sin mayor esfuerzo, las palabras o ideas citadas o parafraseadas.

¿Cómo se ve la referencia parentética?

En un sistema de referencias de tipo autor-fecha, como APA, una referencia parentética se ve así:

(Martínez, 2007, p. 63)

Ahora bien, si la obra ha sido traducida al español desde otra lengua, debería verse así:

(Armour, 1986/2004, p. 80)

El primer año corresponde al año original de publicación de la obra y el segundo año a la fecha de la traducción. Un lector entrenado puede saber, por lo tanto, cuánto tiempo media entre la emisión original de las ideas de este autor y su llegada al mundo de habla hispana.

Este detalle puede parecer irrelevante, hasta que los años, las décadas y los siglos comienzan a interponerse entre el texto consultado y la obra original. Un ejemplo que me gusta citar es el de una obra que puede todavía estar vigente en muchas de sus propuestas de fondo, pero que ya tiene más de un siglo de circular, como es La rama dorada de James Frazer.

A menudo ve uno que se cita la edición consultada, con fechas tan cercanas como 1996, pero la obra fue originalmente publicada en 1890; y la edición al español se elabora a partir de la edición abreviada de 1922. Lo que estos años nos dicen del contexto cultural e ideológico es mucho y debe tomarse en cuenta cuando se valora algún dato indicado por Frazer. Por ejemplo, hace afirmaciones como “En un pueblecito cercano a Salwedel yerguen un árbol ‘mayo’ en Pentecostés y…” (164). Aquí lo único certero es que en 1890 todavía en ese pueblecito tenían la costumbre de erguir un árbol “mayo”; pero ¿la tienen todavía, en la actualidad, más de un siglo después?

Con esta obra en especial, hay que tener otro cuidado: la edición es distinta de la reimpresión. Mi ejemplar fue reimpreso en 1996, pero corresponde a la segunda edición de 1951.

En el caso de las obras clásicas, cuya fecha exacta de publicación es incierta, se cita la fecha de traducción y se explicita el dato de que se trata de una traducción. Este es el modelo APA para este tipo de obras:

(Aristóteles, trad. 1985, p. 147)

Desde luego, si hablamos de una publicación especializada en un tema que cita continuamente obras clásicas, el autor quizás prefiera emplear otras referencias además de la página, como pueden ser las secciones, párrafos o líneas. Gracias a estos sistemas más precisos, es posible navegar en la fuente sin importar la versión del texto empleada por el autor. Por lo tanto, uno puede estar leyendo una obra escrita en inglés en la que se hace una referencia al texto de Plutarco y consultar a Plutarco en una cómoda traducción al español.

Ortotipografía de la referencia parentética

La ortotipografía de la referencia depende directamente del estilo bibliográfico que se esté aplicando. Estos son algunos ejemplos del mismo libro referido con varios estilos bibliográficos:

APA: (Martínez, 2007, p. 63)
Chicago (16.a edición), estilo autor-fecha: (Martínez 2007, 63)
MHRA: (Martínez 2007: 63)
MLA: (Martínez 63)

Los estilos bibliográficos pueden ser más complejos. El CSE, por ejemplo, uno de los más extendidos en áreas como biología, química y ciencias médicas, numera todas sus fuentes bibliográficas y las cita en el texto con un número voladito. La lista de referencias también está numerada, de tal manera que corresponda con el anotado en el texto. El estilo de Vancouver es semejante, pero el número no aparece voladito sino entre paréntesis.

Como puede verse, las diferencias son sustanciales y con más de un millar de estilos bibliográficos circulando en el mundo, entre los estilos más conocidos y sus cientos de variaciones o adaptaciones, siempre será necesario consultar la publicación a la que se enviará el material o el estilo solicitado por la universidad (en el caso de trabajos finales de graduación).

Una observación de todos los estilos aquí puestos como ejemplo es que fueron diseñados para adaptarse a las reglas ortotipográficas del inglés. En castellano, mi variación favorita es la siguiente:

(Martínez, 2007: 63)

Esta ortotipografía, más adecuada para las reglas de la lengua española, coincide con la que aplica José Martínez de Sousa en su Manual de estilo de la lengua española, cuando se refiere al sistema autor-fecha, ahí denominado autor-año o Harvard (2007: 78).

En síntesis

La referencia parentética siempre debe ser tan completa como sea posible y dirigir al lector con toda precisión a la obra citada o parafraseada. De esta manera, no solamente estaremos haciendo un acto de ostentación sobre cuántos autores decimos conocer o haber utilizado; también estaremos actuando de manera transparente y honesta al proporcionar toda la información precisa para que cualquier persona pueda comprobar nuestras afirmaciones y verificar la exactitud de nuestra comprensión o transcripción de las ideas referidas.

Fuentes consultadas

Hacker, D. & Fister, B. (2010). Research and publication online, 5th edition [Página web]. Hacker Handbooks.

Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.

Martínez de Sousa, J. (2008). Ortografía y ortotipografía del español actual (2.a ed.). Gijón: Trea.

Modern Human Research Association (2008). MHRA style guide: A handbook for authors, editors, and writers of theses (2.a ed.). [PDF]. Londres: Modern Humanities Research Association. Recuperado de <http://www.mhra.org.uk/Publications/Books/StyleGuide/download.shtml&gt;.

Modern Language Association of America (2008). MLA Style Manual and Guide to Scholarly Publishing (3.a ed.). Nueva York: Autor.

University of Chicago Press (2010). The Chicago Manual of Style (16.a ed.). Chicago: Autor.

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Humor: hablar correctamente

Reproduzco esta anécdota que me llegó sin fuente ni autor a través de un correo electrónico. Si alguien conoce la fuente, le agradeceré el dato para actualizar el artículo. Gracias a G. Hernández por esta maravillosa historia.

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Esta anécdota la protagonizó un hombre muy diferente. El humorista, periodista, político, senador y sobre todo un gran humanista brasileño, Aparicio Torelly Aporelly, más conocido en su patria como El Barón de Itararé, fallecido hace ya varias décadas.

Cuando joven, este Barón de Itararé cometió el error de estudiar medicina, por complacer a su familia. Pero esos estudios terminaron cuando ocurrió lo siguiente, lo cual es absolutamente cierto.

Un día un profesor que lo detestaba por sus bromas, le preguntó:

—Torelly, ¿cuántos riñones tenemos?

Aparicio le respondió con una sonrisa:

—¡Cuatro!

—¿Cuatro? –dijo incrédulo el profesor.

Y para saborear su victoria le dice a su ayudante:

—Traiga pasto, porque tenemos un burro en la sala de clases.

Pero el insolente alumno tampoco se quedó callado:

—Y a mí que me traiga un café.

El catedrático, furioso, lo expulsó del aula para siempre. Aparicio Torelly, agarró sus libros sin enojarse y cuando ya iba para afuera se dio vuelta y, con su eterna sonrisa, dijo bien fuerte:

—Usted me preguntó cuántos riñones tenemos. Tenemos es la primera persona plural del verbo tener. Y nosotros tenemos cuatro riñones, dos usted y dos yo. Hasta luego, que le aproveche el zacate.

Aunque el barón de Itararé se dio cuenta a tiempo de que la medicina no era para él, se fue dejando en claro que para triunfar en la vida no basta con ser experto en un tema: también hay que saber expresarse con corrección.

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“Al editor nunca se le queda bien”

“¡Viera cómo es!”, le explicaban mis autores a un nuevo miembro del equipo editorial, “nunca se le queda bien”. La frase venía con una sonrisa y anécdotas sobre la clase de comentarios que les había hecho, las críticas inesperadas, las observaciones sobre los pequeños detalles que cualquier otro lector habría pasado inadvertidos.

La frase quedó resonando en mi memoria: “…nunca se le queda bien…”. ¿Acaso no es esa una característica deseable en todo autor, editor o corrector?

El inconformismo, la visión crítica, el deseo de perfeccionamiento y la habilidad de imaginar vívidamente la realidad propuesta por el texto para detectar sus contradicciones son apenas algunas de las actitudes necesarias cuando una persona se enfrenta a una lectura cuyo objetivo es contribuir a mejorar el texto.

Así, un editor al que “no se le queda bien”, al menos no en los primeros borradores, es un editor que nos da esperanza.

El editor es una de las primeras personas en leer una obra. Media entre el autor y su lector. Un editor responsable no dejará pasar una inconsistencia, detalles dudosos o problemas de coherencia. Su lectura es la mejor oportunidad para prevenir los errores antes de que se reproduzcan inevitablemente por cientos o miles de ejemplares.

Cuando una obra sale al mercado y los lectores comienzan a decir: “le sobran personajes”, “tenía escenas muy tediosas”, “había un error de inconsistencia”… no solo se dice: “¡qué mal autor!”; también se piensa: “¡le faltó editor!”.

Desde luego, no se puede corregir indefinidamente. Cuanto más intensa, honesta y exhaustiva sea la primera corrección, y mejor sea la relación editor-autor en el proceso de implementación de cambios, más pronto se podrá llegar a un producto de calidad en menor tiempo. Infinitas correcciones llevan al desgaste y la desmotivación.

El editor también deberá alcanzar un punto de desapego y dejar ir la obra, a pesar de todos los errores que puedan haber sobrevivido, con la esperanza de las reimpresiones (para unas pocas erratas) y las segundas ediciones (para correcciones de fondo). “Lo perfecto es enemigo de lo bueno” dice siempre don Miguel Guzmán, un conocido editor mexicano formador de editores. “Pero lo mediocre también…” le añado yo. Por eso, el buen editor es un inconforme, pero aprende a ponerle límites a su inconformismo.

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