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La fecha en referencias bibliográficas (II): cómo se interpreta

Si bien esta pregunta podría parecer obvia, hay que decirlo: el dato de la fecha ubica el texto en el tiempo. ¿Y esto qué significa para alguien que investiga, escribe y publica? La fecha da una idea de las circunstancias socioculturales a su alrededor. El dato del autor sitúa la referencia en el espacio, pero la fecha dice cuándo fue emitido el texto, cuáles tendencias ideológicas existían y estaban vigentes, cuáles prejuicios será necesario perdonarle o cobrarle al texto, desde cuáles paradigmas se formula, cuáles eventos históricos todavía no habían ocurrido, cuáles vacíos del texto pueden achacarse al momento temporal de su enunciación.

En una lista de referencias íntegra, también es un indicador de cuán actualizado está un material. Es uno de los aspectos que se evalúan en trabajos finales de graduación y publicaciones sometidas para valoración. En algunas disciplinas, una obra cuyas fuentes, en su mayoría, tengan más de cinco años de antigüedad podría considerarse desactualizada y desinformada con respecto a las tendencias más recientes. En cinco años ocurren muchas innovaciones y una investigación realizada con responsabilidad debería dar cuenta de ellas.

Por otro lado, existe pensamiento clásico dentro de las disciplinas; es decir, autores cuyas ideas tienen carácter fundacional o siguen vigentes décadas después. De ahí la necesidad de conocer esta información y distinguir entre un planteamiento con más de treinta o cuarenta años y otro de menos de una década. Ambos podrían ser imprescindibles, uno por ser fundacional y otro por novedoso; el dato de la fecha es el que permite hacer la distinción, aún si se trata de un autor desconocido para quien lee.

Hay quienes pueden argüir que el dato de la fecha no interesaría en textos antiguos, como las obras de Platón o Aristóteles. En estos casos, si bien es una buena costumbre tratar de recordar en cuál siglo se sitúa el pensamiento (hay un gran salto entre el siglo I y el siglo V, por ejemplo), también hay que recopilar el año de la traducción. No es lo mismo trabajar con una traducción de 1895 que con una de 1998, hasta por el hecho de que algún manuscrito nuevo podría haber aparecido en fechas posteriores. De nuevo, para quienes se especializan en el campo, esto puede clarificar dudas e interrogantes sobre el texto citado.

Para documentación en línea sujeta a cambios sustanciales, puede tener valor incluir datos como la última fecha de modificación o la fecha de consulta, cuando ningún otro dato está disponible. Esto quedará a criterio de quien valore la información de la página web, artículo o entrada.

¿Por qué hablamos de la utilidad del dato de la fecha antes de pasar a los pormenores? Si sabemos por qué se necesita, es más fácil comprender la rigurosidad y meticulosidad que exige obtener y consignar de forma correcta esta información. Cada fuente es única y deberá ser valorada y comprendida para poder crear la referencia bibliográfica. Y la primera persona responsable de esta valoración es usted: quien la consulta y escribe.

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Consejos prácticos para identificar buenos libros

Encontrar los libros más adecuados para alimentar una tesis, obra, novela o proyecto de escritura de cualquier índole es uno de los desafíos más frecuentes de quienes se inician en las artes místicas de la investigación y todavía no alcanzan, por mucho, el grado de especialistas. Se confía demasiado en las recomendaciones personales o se limita la búsqueda a las desactualizadas y saqueadas bibliotecas universitarias y las escuetas librerías locales. ¿Cómo se sabe cuáles son los mejores libros? ¿Cómo distribuyo mis pocos recursos disponibles? ¿Dónde los encuentro? ¿Cómo los atraigo hasta mi biblioteca?

El olfato para la compra de libros se entrena y desarrolla, similar al paladar de un buen catador: con una muestra, ya se sabe si vale la pena o no, si será la obra clave de la investigación o un desperdicio de dinero.

Estas son algunas recomendaciones surgidas de mi experiencia personal para adquirir libros, ya por la vía del préstamo bibliotecario o la compra en librerías físicas o en línea.

El título
Sin duda el punto de acceso es el título, muy a menudo antes del autor. ¿Por qué? Se tiene un tema en la cabeza, pero no se conoce a “las vacas sagradas” del área elegida. Muchos títulos especializados contienen palabras vinculadas con el tema de estudio. Los catálogos de bibliotecas (ahora casi todos en línea) y de librerías virtuales –así como las redes sociales de libros, recomendaciones y marcadores– son excelentes puntos de partida para localizar los futuros libros de nuestra biblioteca.

No importa si se está en Costa Rica y se consulta una base de datos española. Si el libro existe, el primer paso es averiguar que existe. Localizarlo, comprarlo y traerlo ya es mucho más fácil cuando se tienen los datos básicos de título, autor, edición y editorial; una ficha bibliográfica proporciona esa información.

El autor
Desde luego, este punto y el anterior son intercambiables y hasta indisociables. Si ya se le conoce a un autor un buen libro sobre el tema, quizás tenga otros.

Vale la pena leerse las fichas biográficas: a veces mencionan universidades, círculos de pensamiento, escuelas, obras relacionadas, nombres de colaboradores y detractores, afiliación política y otros datos de interés, ya sea para usar sus obras o descartarlas sin mayor desperdicio de recursos.

Lista de contenidos

La lista de contenidos, de un vistazo, proporciona una idea bastante amplia de los temas tratados en la obra. Entre otros aspectos, se puede valorar la terminología usada (ya se ve clara en la forma de nombrar los apartados), la estructura del tema, la profundidad en su desarrollo, hacia dónde se orienta ese título que parecía tan sugerente. Puede saberse si se trata de una obra especializada o de divulgación, una visión panorámica e introductoria, una investigación puntual y profunda, una recopilación de artículos, el resultado de años de trabajo o una ocurrencia…

Muchos libros en Amazon incluyen la lista de contenidos (mediante la herramienta “Look Inside”) o pueden consultarse parcialmente en Google Libros.

Lectura de un capítulo y páginas internas al azar

El primer capítulo es la entrada de la obra y dice mucho más que las introducciones: da pistas de cómo se abordarán los temas y de cuánto tiempo pierde el texto en nimiedades o si va directo al grano.

Para el resto de la obra, lo mejor es practicar la bibliomancia: se abre en cualquier parte y se comienza a leer ahí, sin previo aviso. Se puede ver cómo escribe el autor, cuán elaborado es su texto, cuán acertadas o descabelladas son sus afirmaciones, hasta dónde llega con cada apartado.

También vale la pena revisar cómo maneja las fuentes y referencias dentro del texto: ¿proporciona información completa o no usa citas del todo?, ¿indica en qué se fundamentan sus afirmaciones o está plagado de generalizaciones y juicios de valor?, ¿menciona pocos autores o se ve dominio de la producción científica en su campo?

Desde luego, se vale irse de cabeza a un apartado sugerente de la lista de contenidos. Así, desde antes de comprar el libro, uno sabe si llenará o no las expectativas ya generadas.

Además del ya citado Google Libros, que proporciona páginas al azar de las obras, si el libro tiene versión digital para Kindle (Amazon) se puede acceder al capítulo 1 de manera gratuita.

Las bibliografías como lista de compras

Uno de mis trucos favoritos para elegir libros son las recomendaciones de los propios libros. Un especialista cuya obra es el resultado de treinta años de investigación está muy bien informado, tanto de los precursores y autoridades de su área como de los más recientes avances. Sus bibliografías nos mostrarán una comunidad científica llena de mentes que han pasado años reflexionando sobre preguntas que nos hacemos por primera vez.

Si además comenzamos a encontrar autores repetidos en las bibliografías de varias obras, casi de seguro estaremos ante un texto indispensable (o ante una comunidad científica endogámica; también hay que tener cuidado). Las bibliografías son indicadores de las tendencias epistemológicas, del uso de fuentes primarias o secundarias y, en general, de la seriedad de la investigación.

Por lo tanto, cuando tenemos la suerte de que una obra atinada caiga en nuestras manos, uno de esos libros que leemos con entusiasmo, en ese momento debemos caer directo sobre la lista de referencias y explorarla sin remordimientos. Al final de la jornada tendremos una buena lista de obras por valorar o incluso comprar.

Los comentarios de otros lectores

Las reseñas y comentarios son información de primera mano. Ahí se encuentran recomendaciones de otros libros, advertencias, explicaciones, impresiones, juicios de valor a veces devastadores y hasta ignorancias indecibles. Muchos ahorran dinero, otros instan a gastarlo. En todos los casos, siempre es una ganancia leer las experiencias previas de personas en países distantes, incluso si uno desea buscar la obra en una librería local.

El papel de la intuición

Finalmente, en la compra de libros tiene un papel la intuición. A veces se experimenta un “no sé qué” del libro, algo en su cubierta, en lo no dicho por los comentarios, en el resumen de la contracubierta, en la foto de su responsable… Algo que hace la diferencia entre comprar o no comprar, leer y no leer…

En síntesis

Estos consejos también son válidos para artículos de revistas y tesis en formato electrónico, cada vez más fáciles de localizar gracias a las bases de datos como JSTOR y EBSCO.

Hay muchas maneras de irse armando de una biblioteca especializada, filtrada, de buena calidad, actualizada, completa y de utilidad para una investigación o proyecto. Tómese su tiempo, valore los libros con todas las herramientas posibles y no se limite: usted puede acceder a la mejor información en cualquier campo, solo tiene que encontrarla.

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¿Cuáles son las funciones de una referencia?

El propósito básico de una referencia es referir. ¿Por qué violo todas las reglas de escritura diciendo lo obvio? Porque he visto personas usar la palabra –y más grave aún, hacer referencias– sin plena consciencia de su significado o propósito último. La palabra misma se ha desnaturalizado: describe un producto académico, un formato determinado y hasta una fórmula de escritura sujeta a reglas de composición textual y ortotipográfica. Pero ¿cuáles son sus funciones y cómo debo hilarla dentro del texto?

Primera función: el mapa del lector itinerante

En el medio académico, la esencia de referir es conectar dos textos: por un lado tenemos las exposiciones, argumentaciones y conclusiones de un autor y, por el otro, los muchos documentos, influencias y bases de donde este autor ha formado sus propias opiniones; es decir, sus fuentes. Un texto envía a otro y nos ayuda a reconstruir el itinerario de su autor, el origen de sus ideas y los antecedentes de sus afirmaciones. El texto se convierte en un mapa de viaje para el lector con interés de profundizar en un tema, dato o argumento en particular.

[Pongo esta función en primer lugar porque es la más lúdica, interesante y fascinante para mí (gustos personales, no verdades académicas). Me encanta tomar un libro y saber que tengo la libertad para llegar hasta cualquiera de las fuentes mencionadas].

Revisar la fuente original tiene valores académicos añadidos: la posibilidad de verificación y el análisis de la tradición académica del texto.

La verificación es esencial, todavía más si uno es lector-editor o pretende especializarse en algún tema de estudio. No solo sirve para ver si lo que dice este autor es verdadero, sino para comprobar cuán acertada puede ser su interpretación del pensamiento referido.

La tradición académica también me da muchas pistas sobre las elecciones y exclusiones del texto por leer. No todos los paradigmas son compatibles entre sí. Hay corrientes teóricas que se repelen y excluyen mutuamente. Una mirada a la lista de referencias puede ser suficiente para conocer el pedigree del texto: quiénes son sus padres, hijos y parientes, de dónde viene y, por lo tanto, qué puedo esperar.

Segunda función: crédito a quien crédito merece

La referencia, bien entendida, es la honestidad puesta en práctica. Le doy crédito a quien se lo ha ganado, con su trabajo y esfuerzo intelectual, y confieso el origen de unas ideas que no fueron mías inicialmente aun cuando ya me pertenecen.

El crédito también es una necesidad legal: no puedo explotar la propiedad intelectual ajena para mi propio beneficio egoísta, sin encarar las leyes y penas de cada país y los acuerdos internacionales. Gracias a la referencia, puedo emplear una cierta porción del trabajo ajeno sin acudir a interminables trámites o permisos.

Lo que no se vale es copiar textualmente (sin el uso de la cita directa), parafrasear incorrectamente (cambiar dos o tres palabras y ya decir que yo lo redacté de nuevo) o reproducir páginas y páginas –sin mayor elaboración por parte de uno– mediante un supuesto parafraseo interminable. Cualquiera de estos casos es plagio descarado y tiene consecuencias penales.

Tercera función: la colaboración académica

No se puede monopolizar el conocimiento. Es más, cuanto más se difunde y comparte, más se reproduce (es la razón fundamental por la que mantengo este blog). La humanidad ha llegado hasta donde está gracias al saber acumulado, entendido cada fragmento como patrimonio de la humanidad y no de sus individuos. No se puede llegar a Marte sin dominar el arte del fuego. Así, el primer astronauta le debe todo a la primera fogata de la humanidad.

La referencia es la evidencia del trabajo colaborativo: escribí este artículo (en un momento desvanecido ya), usted lo lee en este instante y miles de ideas nuevas, suyas, arraigadas en sus vivencias y experiencias, se mezclan con mis opiniones. Mi texto queda atrás, usted crea un texto nuevo y toma de aquí alguna frase, palabra o párrafo y, con justicia, lo “refiere” (menciona, indica, señala, da cuentas de su fuente). Usted y yo estamos trabajando juntos (o juntas, tal vez, no lo sé), porque en el producto final –ya patrimonio de la humanidad– quedaron nuestras dos huellas. Pero no nos conocemos ni nos veremos las caras.

Y, sin embargo, quien lea el texto nuevo –el suyo, el que usted escribirá– sabrá que al menos dos personas, usted y yo, tuvimos alguna parte en ese producto de nuestra colaboración distante.

Cuarta función: el peso de la autoridad

He dejado adrede esta función para el final. En la academia (¿o debería escribir Academia, con mayúscula?), a menudo se considera esta como la función esencial de la referencia y se escribe conforme. El resultado son unos textos execrables (pero eso sería tema para otro artículo).

La necesidad de sustentar y enmarcar las propias afirmaciones en una tradición académica reconocida puede llevar a extremos como imponer o forzar la referencia a alguna fuente, cualquier fuente. Es la falsa creencia de que porque lo dijo otro –cualquier Perico de los Palotes, por lo general– ya le confiere autoridad al texto. Falso. Falacia de autoridad.

Cuando se está remitiendo a un texto creado por Perico de los Palotes, a menudo se pregunta uno si vale la pena o no hacer la referencia. Es decir, hay que hacerlo por derechos de autor, pero admitámoslo: ¿quién es el fulano de tal para que yo le dé un lugar prominente en mi párrafo? ¿Es acaso un líder en su campo de estudio? ¿Es quien cambió para siempre la forma de hacer ciencia en su especialidad? ¿Nos ha revelado por fin el significado de la vida? ¿Por lo menos está emitiendo ideas originales, suyas, de su propia cosecha? ¿O es otro desconocido más que ha copiado su texto de otro Perico de los Palotes y lo ha colgado en algún lugar de la Red fácil de acceder a través Google?

Hay autores, en cambio, que cuando abren la boca realmente se nota que tienen la palabra. De hecho, podemos realmente llamarlos autores porque son autoridades. Por lo tanto, si el Perico de los Palotes soy yo (como nos pasa a casi todos los escritores académicos sin renombre), tener la voz de una Vaca Sagrada de nuestro campo será una garantía para nuestro texto.

¿Vicios de esta función de la referencia? Citar por citar a alguien cuyo pensamiento se desconoce, no se entiende o no tiene pertinencia alguna. Citar para hacer un despliegue de erudición, lucirse ante los pares académicos y demostrar cuánto he leído. Citar, en fin, por pura vanidad o, peor aún, ignorancia.

En síntesis

A partir de las cuatro funciones que propongo para las referencias, podemos deducir cuatro sencillas reglas de escritura:

  1. La referencia siempre debe ser completa, precisa y fiel a la fuente.
  2. La referencia debe realizarse conforme a los usos aceptados y válidos en el marco de las leyes y convenciones sobre propiedad intelectual y derechos de autor.
  3. La referencia debe usarse para dar cuenta de quienes han colaborado en nuestro pensamiento, así sea a través de sus palabras e investigaciones.
  4. Los textos referidos deben hacer un aporte real y sustancial a nuestro texto, preferiblemente de autores reconocidos o novedosos dentro de su campo y, de ser posible, con autores y fuentes de primera mano.

A partir de estas reglas generales, podemos hablar de otras particulares, ya propiamente en lo que se refiere a la redacción e integración de las referencias dentro del texto y a su ortotipografía. Pero esas quedan para otros artículos.

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APA: cómo citar el diccionario de la Real Academia en línea

Un lector de este blog hace una pregunta de esas que no se puede responder con facilidad: ¿cómo se hace la referencia bibliográfica del diccionario de la Real Academia Española (DRAE) en línea?

En este artículo exploraremos los distintos modelos de APA para las obras de referencia en línea, su propuesta de modelo bibliográfico para el diccionario de la Real Academia Española y algunos detalles por tomar en cuenta al citar su versión en línea.

¿Cuál es el estilo de las obras de referencia en línea según APA?

Para esto, se pueden consultar los ejemplos 29 y 30 del manual de APA. El ejemplo 29 es una obra de referencia en línea. Lo reproduzco aquí tal cual:

Graham, G. (2005). Behaviorism. In E. N. Zalta (Ed.), The Stanford encyclopedia of philosophy (Fall 2007 ed.). Retrieved from http://plato.stanford.edu/entries/behaviorism/

El ejemplo 30 también es una obra de referencia en línea, pero sin autor o editor:

Heuristic (n.d.). In Merriam-Webster’s online dictionary (11th ed.). Retrieved from http://www.m-w.com/dictionary/heuristic

Conviene añadir que el manual del APA es explícito en un aspecto: si la versión en línea hace referencia o se corresponde a una edición impresa, hay que incluir esa edición detrás del título, tal y como se ve en el ejemplo 30 aquí citado. En español, “retrieved from” se traduce “recuperado de”.

¿Cómo se cita el DRAE en APA?

No podemos pasar a hacer el modelo del DRAE sin ver el ejemplo que aporta el mismo manual del APA en donde se emplea precisamente esta obra en el ejemplo 28, una obra en lengua distinta del inglés cuyo título ha sido traducido. Lo reproduzco tal cual, solo por fidelidad a la fuente:

Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española [Dictionary of the Spanish Language] (22nd ed.). Madrid, Spain: Author.

Desde luego, si traducimos esto al español y le aplicamos nuestras propias reglas ortográficas, tendríamos esto:

Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española (22.a ed.). Madrid, España: Autor.

El país solamente se necesita si la obra fue editada en un país distinto de la obra en la que estamos incluyendo la referencia. Si este diccionario se incluye en la lista de referencias publicada en España, el país es innecesario.

¿Cómo se cita el DRAE en línea?

Una vez vistos los modelos de APA, la respuesta es en realidad muy sencilla. La referencia bibliográfica del diccionario en línea de la RAE se vería así:

Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española (22.a ed.). Consultado en http://www.rae.es/rae.html

Y una entrada del mismo diccionario, se vería así:

Real Academia Española. (2001). Disquisición. En Diccionario de la lengua española (22.a ed.). Recuperado de http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=disquisici%F3n

Nótese que en el primer caso ponemos “consultado en” porque no se puede recuperar el diccionario completo. En cambio, en el segundo ejemplo sí estamos hablando de una entrada que fue “recuperada”.

¿Y los artículos del DRAE que no son del 2001?

Si el DRAE en línea fuera una obra estática, como su equivalente impreso, aquí terminaría este artículo; pero es necesario tomar en cuenta dos casos adicionales que encontramos en la edición en línea: los artículos enmendados y las entradas nuevas.

Los artículos enmendados son correcciones que se le han hecho a una entrada para la próxima edición de la obra. Las entradas nuevas del todo no las encontramos en la edición del 2001. Las enmiendas del DRAE en línea se acceden desde un botón rojo en la esquina superior derecha del artículo viejo. Los artículos nuevos aparecerán con el encabezado “artículo nuevo” y un inconfundible sello que manchará toda la página con la leyenda: “redacción propuesta”.

En tal caso, el modelo que acabamos de ver se adaptaría perfectamente a una entrada que permanezca invariable. Por lo tanto, y hasta que se publique en papel la vigésimo tercera edición del diccionario, una propuesta para referir estos dos tipos de artículo con el modelo APA es la siguiente:

Real Academia Española. (s. f.). Internet [artículo nuevo]. En Diccionario de la lengua española (avance de la 23.a ed.). Recuperado de http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=internet

Real Academia Española. (s. f.). Cosmético, ca [artículo enmendado]. En Diccionario de la lengua española (avance de la 23.a ed.). Recuperado de http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=internet

Aquí propongo que no se ponga la fecha porque evidentemente el artículo no fue escrito en el año 2001 y tampoco se indica en qué año se formularon la enmienda o la adición. En este caso, se puede aplicar el ejemplo 30 del manual de APA. Solo si quien escribe lo considera muy necesario, podría pensar en incluir también la fecha de recuperación.

Detalles del estilo APA

Conviene recordar que en un estrictísimo estilo APA, estos ejemplos siguen ciertas reglas:

  • Los nombres de las entradas o artículos no llevan comillas en la lista de referencias bibliográficas; pero sí lo llevarían en la referencia parentética dentro del texto.
  • Los nombres de las obras se escriben siempre en cursiva.
  • No se escribe punto después de la dirección electrónica.
  • Para las obras de referencia en línea no se da ninguna información sobre editorial o ciudad de publicación.
  • No se le pondría la fecha de recuperación puesto que ya se indica la edición del diccionario se incluirá tentativamente el artículo. De no existir del todo una fecha o una edición, sí sería necesario incluir al menos ese dato.
  • Tras la preposición “en” no se escriben dos puntos.

Cualquier modificación que se haga de alguna de estas reglas, como la adición de antilambdas (<>) para contener la dirección electrónica, el uso de comillas en la entrada o incluso la fecha de recuperación del artículo serían ya modificaciones al estilo APA. Antes de hacerlas, usted deberá justificar muy bien sus razones, verificar que todo su equipo de lectura o edición esté de acuerdo y ser consistente en su aplicación. Pero mientras mantenga la atención al detalle, ya tiene al menos un ejemplo para salir a flote en la aplicación del estilo bibliográfico de la APA.

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Las paráfrasis también llevan número de página

A menudo se encuentran textos académicos –incluso artículos publicados y libros– en donde los autores creen, erróneamente, que el empleo del recurso de la paráfrasis los exime de proporcionar referencias bibliográficas precisas y exactas.

Por referencias “precisas” me refiero a hacer explícito el número de página, párrafo o sección (según corresponda) de la obra parafraseada.

¿Por qué se necesita el número de página?

El mundo académico presiona mucho a sus escritores (estudiantes, docentes, investigadores) para fundamentar sus publicaciones a partir de otras obras académicas. Esta presión puede alcanzar niveles ridículos, como juzgar un texto por la extensión de su lista de referencias (sin importar su calidad y coherencia), o forzar a citar constantemente las “vacas sagradas” de algún campo del saber con el único fin de teñir de autoridad las propias publicaciones.

El resultado de estas poco saludables actitudes es que la paráfrasis puede emplearse como un recurso para encubrir las carencias académicas del propio texto a través de la tergiversación, distorsión y hasta falsificación del pensamiento ajeno. En consecuencia, se ponen en boca de otros afirmaciones, definiciones y hasta conceptos que esos autores jamás soñaron con enunciar de esa manera.

Por lo tanto, la única forma de comprobar la veracidad, exactitud y pertinencia de la paráfrasis es confrontando el texto con su fuente. Cuando llegamos a este punto, nos damos cuenta de que se necesita algo más que el año y el autor para poder situar la fuente de una paráfrasis.

Así, aunque nos estemos apropiando del texto ajeno, si estamos parafraseando una afirmación puntual, una conclusión, un concepto o simplemente resumiendo una parte de la obra, siempre debemos indicar de dónde, en el maremágnum que puede ser un libro, se encuentran las palabras en donde yo afirmo que el otro dice tal cosa.

Ejemplo:

El acadio tuppu origina el latín tabula ‘tabla, tablón’, ‘tablón de anuncios’, ‘lista, registro’, ‘tableta para escribir’, que produce el castellano tabla. En sumerio se tiene dub ‘tabla’ y dubsar ‘escritor de tabletas’. El tuppu mesopotámico era generalmente una pequeña plancha de arcilla, plana o ligeramente abombada, secada al sol u horneada, usualmente en forma rectangular, aunque se han encontrado algunas redondas y oblongas; además se fabricaban figuras tridimensionales con forma de conos, cilindros y prismas huecos de entre seis y diez caras (cada cara equivaldría a una página) (Escolar, 1986: 49-50).

¿Cuándo no se necesita incluir el número de página?

Existe un tipo de paráfrasis que está eximida de toda culpa. Veamos, por ejemplo, la construcción de un estado de la cuestión. El propósito del estado de la cuestión es hacer un sumario, preferiblemente sucinto y al grano, de las principales investigaciones en un campo. Es muy frecuente que solo se proporcione un resumen brevísimo sobre el tema tratado por uno o varios autores en alguna de sus obras.

Ejemplo:

De forma paralela y completamente independiente de los estudios sobre historia del libro, se desarrolló en el siglo XX toda una tradición de estudios sobre las transformaciones culturales suscitadas por el paso de la oralidad a la escritura como estrategias sociales de comunicación, transmisión de información y formación de consciencia.
En este campo hubo importantes pioneros, como Milman Parry que publica sus estudios sobre el hexámetro homérico en 1930. Sin embargo las figuras más destacadas son Erick A. Havelock (1986), Jacques Derrida (1967), Jack Goody e Ian Watt (1968) y Walter Ong (1982), quienes fueron pioneros del estudio del impacto de la escritura sobre las sociedades, las culturas y la consciencia de las personas. Los estudios más recientes de David R. Olson (1994) y Roy Harris (1995) hacen una revisión de las investigaciones previas y llevan el análisis un poco más lejos, cuestionando algunas de las premisas originales y ampliando otras con hipótesis novedosas. En este campo, Adolfo Colombres (1997) merece una mención por tratarse de un latinoamericano interesado en el tema del paso de la oralidad a la escritura.

¿Qué dicen los manuales de estilo bibliográfico?

A este respecto, el manual de la APA es muy claro en su apartado 6.04, de la sexta edición: “Al parafrasear o referirse a una idea contenida en otro trabajo, se aconseja indicar un número de página o párrafo, en especial cuando esto ayude a un lector interesado a ubicar el fragmento relevante en un texto largo y complejo” (2010: 171).

La decimosexta edición del manual de Chicago, uno de mis favoritos, indica que la ética, las leyes de derechos de autor y la cortesía con los lectores son las principales razones para que las citas directas, las paráfrasis y cualquier hecho u opinión difícil de confirmar incluyan información suficiente para dirigir a los lectores hasta la fuente consultada, sin importar si se encuentran en forma física o electrónica (2010: §14.1). Y esto, agregan, debe ser un lineamiento para cualquier estilo bibliográfico que se esté siguiendo, ya sea autor-año o notas al pie.

En síntesis

El número de página en la mayoría de las paráfrasis es tan necesario e indispensable como en las citas textuales. Incluso si se está en el campo de la edición académica, este dato les sirve a los editores y especialistas de contenido para confirmar las afirmaciones del texto supuestamente fundamentadas en autoridades académicas.

Por lo tanto, aunque los manuales de estilo lo indiquen como una “recomendación”, este carácter no obligatorio no exime al escritor académico de cumplir su deber con los lectores en la precisión de las referencias bibliográficas que sustentan su texto. Por eso, de ahora en adelante, usted también, cuando haga paráfrasis, cuídese de anotar el número de página y hacerle la vida más placentera y veraz a sus lectores.

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