Archivo mensual: octubre 2014

Feliz Día de la Corrección

Hoy se celebra en Día de Internacional la Corrección*, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, quizás uno de los primeros hombres dedicados al oficio. Yo, en mi calidad de correctora —una de mis facetas en mi relación con las palabras— me apropio de esta fiesta y la convierto en un evento internacional.

Al recordar a Erasmo, recuperamos las razones básicas por las cuales nuestra profesión es necesaria en un mundo cada vez más dependiente de la palabra escrita (aunque proliferen otros medios, el escrito sigue más vivo que nunca). Erasmo era humanista, escritor y filósofo. Fue una de las figuras centrales del Renacimiento y su humor franco y despiadado nos acompaña hasta la fecha en su Elogio a la estulticia, también traducido como Elogio a la locura.

Erasmo nos recuerda que para señalar errores hay que tener varias actitudes y habilidades, además de una vasta cultura, un gusto nato por la lectura y un gran conocimiento de nuestras herramientas de la palabra. Estas son algunas de las actitudes, habilidades, capacidades, cualidades e ideales que, en lo personal, he encontrado de utilidad en mi quehacer profesional en la corrección, ya sea de conceptos, de estructura, de estilo o de pruebas.

Se las comparto, con el interés de advertencia y bienvenida para las personas que en el futuro abracen nuestra profesión. Corregir no es tan solo tachar errores de gramática y ortografía.

  1. Amor loco, apasionado y desesperado por la palabra en todas sus formas (ojalá la palabra bella, pero al menos la palabra eficaz, transparente, digna).
  2. Una cierta obsesión compulsiva en la búsqueda de la perfección (aunque la perfección sea inalcanzable y lo sepamos).
  3. Deseo de mejorar (lo propio y lo ajeno que se nos ha confiado; esto es una actitud que nos atraviesa: también tratamos de mejorar nuestra persona, nuestra vida, nuestro entorno, nuestro mundo).
  4. Meticulosidad (que nada se escape de nuestra atenta búsqueda).
  5. Altos niveles de concentración y atención (aunque a nuestro alrededor el mundo sea un caos).
  6. Cuestionar hasta los propios paradigmas (quien no reconoce su ignorancia, no puede corregir la ajena).
  7. Expresar la duda de manera comprensible (saberse explicar ahí en donde la otra persona no desea escuchar que hay algo mal)
  8. No dar nada por sentado (dudar hasta de nuestra sombra).
  9. Verificarlo todo (hasta lo que creíamos saber).
  10. Verificar si la recepción del texto se acerca a su intención (si lo que entendimos era lo que la otra persona quería decir o provocar).
  11. Comprensión de la lengua como un sistema (verla en su esqueleto, con visión de rayos x; la gramática en su estado más puro, etéreo, abstracto y mágico).
  12. Aceptar que hasta las letras mayúsculas tienen un valor en la comunicación escrita (y que pasamos todos esos años estudiando Latín, Griego, Lingüística y Literatura para que se nos vaya la vida y se nos juegue el prestigio en una mayúscula).
  13. Leer de manera activa, necia, majadera, interlocutora, cuestionadora, respondona… (es otra forma de entretenimiento, después de todo).
  14. Leer en varios niveles: del código escrito a lo que realmente se dice desde el texto como mediador (y reconocer que algo puede estar “gramaticalmente correcto”, pero alcanzar proporciones épicas de error por otras razones más sutiles, que necesitarán incluso el apoyo de especialistas en el tema).
  15. Mente abierta y capacidad de adaptación (lo que es correcto en un contexto no lo es en otro).
  16. Información y amplia bibliografía (no seamos ilusos: lo que nosotros queremos saber, alguien más ya lo investigó, lo escribió y lo publicó; conozcamos nuestros autores, leamos, aprendamos y tomemos decisiones informadas y con criterio).
  17. Buscar el punto medio entre la firmeza y la flexibilidad (entre la norma extrema y su ruptura antojadiza hay un amplio margen de acción para lograr textos claros y correctos y, aún así, respetar la intención de quien escribe).
  18. Saber escuchar (entre nuestro criterio y el del autor se entretejen textos más completos gracias al trabajo en equipo)
  19. Saber ceder (la nuestra no es una lucha de poder sino un intento por ayudarle al autor a quedar bien; es su nombre, después de todo, en la cubierta del libro).
  20. Proponer, proponer, proponer (estamos aquí para dar soluciones, no para dejar árboles caídos a nuestro paso).

Un gran abrazo, desde Costa Rica, para quienes siguen cambiando el mundo, todos los días, un texto a la vez.

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* Instaurado por primera ocasión en el año 2006 por la Fundación Litterae de Argentina, el Día Internacional de la Corrección o Día del Corrector de Textos se celebra el 27 de octubre en México, España y Argentina. Aporte de Amelia, lectora del blog Nisaba. ¡Muchas gracias!

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Escribir para quien lee: cómo lograr textos comprensibles

Soy su lector meta (o, para el caso, lectora). Estoy cansada. He trabajado todo el día. Al volver a casa, he lidiado con la cocina, la limpieza y la ropa sucia. He atendido a mi hijo (o hijos, no sabe usted cuántos tengo ni se lo diré). He conversado con mi pareja y he debido responder llamadas y visitas de mi familia. Mi vida está llena de actividades. Y aún así quiero estudiar (o leer, sin más). Son las diez de la noche (o las once o ya se inicia la madrugada). Por fin la casa duerme. Por fin el teléfono calla. Por fin el televisor se silencia. Me queda una hora de lucidez, quizás un poco más. Llegó el momento de abrir el libro y leer su texto.

Sí, su texto. Ese que dice usted haber escrito para mí. Ese que a usted le da tanto orgullo y al que le dedicó las mejores horas de su vida. Ese en el que ha vertido sus frases más excelsas, su investigación más profunda, sus reflexiones más certeras. Ese texto cargado de buenas intenciones y muchas palabras.

Los próximos quince minutos serán decisivos. ¿Qué cree usted que sucederá? ¿Me engancharé en la lectura, con frenesí y obsesión? ¿Pasaré del sopor y cansancio a un eufórico estado de alerta y voracidad lectora? ¿Desearé que la noche tenga mil y una horas más para leer otro párrafo, otra página, otro capítulo?

O…

Por el contrario, ¿caeré rendida sobre a la página, sin poder contener el sueño?

Quizás mi voluntad sea muy fuerte y no me duerma a la primera. Quizás interrumpa la lectura para prepararme un café o un chocolate. Quizás mueva las piernas de acá para allá. Quizás mire hacia la ventana o me distraiga con el sonido de un vehículo distante. Quizás sueñe con la cama caliente y quiera acompañar a quienes ya descansan, sin tener que soportar la tortura de este texto.

Sí. Tortura. De su texto.

Su texto es un medio. Para el caso, es el medio que me permitirá conectarme con su obra. Las ideas, imágenes, mundos, personajes, contenidos y conocimientos se entretejen en la obra, no en el texto. El texto es su evocación, su representación, su codificación, su paso de abstracción a sustancia: la palabra hecha carne (sonido, tinta y papel, para ser más exactos). La palabra y el texto son los instrumentos para que yo pueda recrear mi versión de la obra creada, visualizada, imaginada por usted.

Si ese medio tuvo éxito en su forma, ningún cansancio me detendrá: seré capaz de llegar hasta su obra (su mundo, su imagen, su historia), con mis virtudes y limitaciones, pero llegaré. Me puede faltar vocabulario, me puede no llamar la atención lo mismo que a usted, me puede sobrar alguna que otra reflexión, pero me sentiré inmersa en la obra que usted creó para mí. La crearé de nuevo junto a usted. En el acto de leer, reenunciaré su obra y será, durante ese acto, nuestra realidad compartida.

Pero digamos que usted, al escribir, sucumbió a la vieja trampa de la palabra no oral. Se preocupó por “escribir bonito” y confundió “bonito” y “elegante” con “entreverado y complejo”. Se dedicó a elegir palabras rimbombantes —y no se molestó en verificar su significado—. No se cuidó de las repeticiones innecesarias. Escribió oraciones larguísimas, complejas, macarrónicas y, peor aún, sintió un gran orgullo al escribirlas. Rellenó los párrafos de adverbios, muletillas y “por tantos” vacíos, así conectaran un argumento con el siguiente o tan solo un párrafo sin sentido con otro. Se sintió escritor (o escritora) gracias a esa abundancia florida de estructuras complejas que cree dominar. Alabó su ingenio y se imaginó que ni Cervantes ni Góngora podrían igualarle en su magistral técnica.

Lo que usted tal vez no sabe es que ese, su texto, es para mí algo similar a una enredadera devora-lectores. Lo sigo sin seguirlo. Leo varios párrafos solo para darme cuenta de que mi imaginación divagaba lejos, en los encuentros de la mañana o en el almuerzo de ayer. ¿Qué dijo? No sé. Me devuelvo. Ahora pienso en el fin de semana y si podré ir al cine, o a la piscina o a la playa. ¡Ah, la playa! No. Debo seguir leyendo. Tengo que intentarlo. ¿Qué dijo? Es que no entiendo. A ver, otra vez… Releo. Es inútil. No entiendo. O creo entender, pero, en mi cansancio, no me doy cuenta de cuán diferente es lo entendido de lo dicho. Debo ser yo el problema, ¿verdad? Usted, al fin y al cabo, sabe escribir y tiene una obra publicada. Yo no. Ha de ser que soy tonta, o ignorante, o estoy cansada. Sí, muy cansada. Muy cansada… Exhausta caigo y me despierto una hora después, aún en la mesa, con dolor de cuello. Me iré a dormir. No me queda más.

Ya veremos mañana si puedo leer. Si es que logro encontrar en mí la voluntad suficiente (porque ya vimos que el deseo no será) para retomar la lectura y terminar con heroico estoicismo.

Si estoy obligada a leer, terminaré a como pueda. Si no, tal vez me rehúse por unos días a deshacerme del libro, pero terminaré acomodándolo en la biblioteca o dejándolo por ahí, donde pueda perderse sin remedio.

Fin de la historia.

El texto —la palabra escrita— es en sí mismo un medio. El principal objetivo de quienes lo editan es impedir que este medio sea un estorbo entre quien lee y los contenidos a los cuales intenta llegar a través del texto.

La lecturabilidad de un texto es prioritaria en algunos tipos de publicaciones; entre ellas, en las obras escritas para enseñar o divulgar conocimiento. Cuanto más amplio sea el público que se desea alcanzar, mayores deben ser los cuidados para lograr textos claros, sencillos y comprensibles; es decir, lecturables.

Estas son algunas de las acciones clave que usted puede aplicar para mejorar la lecturabilidad de su texto, siempre con miras a su mejor comprensión por parte de quien lo lee.

  1. Prefiera los párrafos cortos, con unidad de sentido; de manera que las ideas se puedan separar bien entre ellas y ser analizadas de forma independiente durante la lectura.
  2. Escriba títulos y subtítulos adecuados para romper largos bloques de texto. Esto proporcionará anclajes mnemotécnicos para recuperar la información con mayor facilidad.
  3. Separe las las ideas por grupos manejables: agrúpelas por cercanía, pero sepárelas lo suficiente para poderlas procesar, enumerar y relacionar sin confundirlas. Ordénelas de una manera lógica y en una secuencia comprensible y natural.
  4. Construya sus párrafos con una puntuación clara y rítmica (sin incurrir en la comunicación telegráfica). Huya del exceso de oraciones subordinadas y de esos párrafos que se extienden por renglones y renglones sin encontrar un solo punto en su camino.
  5. Considere la memoria de trabajo del lector: para reconstruir el sentido de una oración, la mente debe retener los diversos fragmentos del enunciado durante un cierto tiempo, hasta poder completar la imagen o idea. La llamada “memoria de trabajo” (una memoria inmediata, para manejar información del momento) se encarga de este proceso. Puede retener unos siete bloques a la vez. Si su oración es muy compleja, tiene idea tras idea, subordinación tras subordinación y, de paso, anida ideas entre ellas, la memoria de trabajo se ve obligada a soltar fragmentos (los más viejos se sueltan antes). Reconstruir el sentido completo de la oración-párrafo-texto puede resultar imposible o se hace con un esfuerzo monumental.
  6. Si es una obra didáctica o de divulgación, desglose la información de manera visual para mejorar su memorización (listas, viñetas, cuadros, etc.).
  7. Emplee vocablos contemporáneos, conocidos y cercanos a la experiencia vital de quien leerá. Y si elige tecnicismos o palabras complejas, desconocidas y muy elegantes, asegúrese de proporcionar su significado o que este pueda deducirse del contexto, empléelas bien (verifique su significado) y úselas varias veces (mínimo cinco) para favorecer su adquisición.
  8. Elimine repeticiones, redundancias, vocablos de uso frecuente, muletillas, latiguillos, exceso de adverbios y calificativos bonitos, pero vacíos de sentido.
  9. Absténgase de reflexiones vacías que no hacen aportes reales a la argumentación ni producen pensamiento nuevo.

Y, sobretodo, deje su ego atrás y desapéguese de su texto, de su estilo y de su supuesta genialidad.

Es fácil caer en la tentación de no querer “tocar” el texto para “respetarlo” y dejarlo tal cual. “Me costó tanto escribirlo, ¿cómo voy a borrarlo?”; “Es mi estilo, si me corrige, ya no soy yo”; “Usted no entiende, yo sí entiendo; no necesita corrección”.

Su ego me sale caro a mí, como lectora. Me obliga a perder mi valioso tiempo en muchas oraciones, palabras y frases que pudieron haberse eliminado sin pena ni gloria. “Su estilo”, ese que usted tal vez defendió con vehemencia cuando alguien se lo intentó corregir, se convierte en mi cruz y me obliga a desear no haber gastado un centavo en su libro.

Respéteme como lectora y hágase un favor: no tenga miedo de tachar, reordenar, dividir, unir, sintetizar, resumir, ampliar, explicar, reexplicar… En una palabra: reescribir.

Su primera versión del texto puede haber sido el resultado de un gran esfuerzo, pero salvo que sea usted Cervantes (y que tenga el editor que este tuvo), su texto necesita mucho trabajo antes de que pueda llegar a mis manos con la transparencia suficiente para poder recrear su obra sin inconvenientes.

En síntesis, no le permita a su texto interponerse entre su obra y yo.

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Foto: Pixabay.com

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Cinco años de Nisaba

Ha pasado mucho tiempo desde que escribí la primera entrada de este blog. Tanto, que ya me olvido de celebrar aniversarios. La fecha me evade, en especial si me asedian la cotidianidad y los trabajos urgentes.

Hace una semana, el 30 de setiembre, Nisaba llegó a su quinto aniversario. Si alguien me hubiese preguntado en el 2009 si tenía planeado sostener esto durante un quinquenio completo, sin duda le habría respondido que no.

El objetivo inicial del blog era crear recursos de consulta para las personas con quienes colaboro todos los días. Aquí podía atender los problemas más frecuentes y hacerlo una sola vez, para compartirlos con cuantas personas fuera necesario. Supuse que las visitas no superarían la decena mensual, si es que del todo llegaba alguien, y no sabía si me aburriría pronto y lo dejaría todo tirado para irme a escribir textos más interesantes, según yo.

La realidad ha sido la prueba de algo que decía desde hace muchos años: no son los escritores quienes eligen sus textos. Sus textos los eligen a ellos.

¿Quién iba a decir que había tantas personas ávidas de conocer más sobre edición, corrección, escritura, investigación y hasta estilos bibliográficos? Mis dudas son también las de ustedes, quienes diariamente se acercan a este rincón de la Web y nos regalan un rato de lectura y hasta un comentario ocasional.

Son ya más de setecientas mil visitas las que acumula este blog en WordPress y en su primera versión de Blogger. Sé que habrá quien considere estas estadísticas una miseria, pero para mí es alucinante saber que las palabras de este blog quizás significaron alguna diferencia para tantas personas por ahí.

Gracias.

Gracias por leer. Gracias por comentar. Gracias por preguntar. Gracias por pedirme que siguiera escribiendo cuando mis obligaciones cotidianas me lo han impedido.

En honor a ustedes, Nisaba seguirá siendo un blog activo. Seguimos escribiendo, tal vez por otro quinquenio. Pero hoy, sin pensar en el pasado ni el futuro, tan solo celebremos: ¡feliz quinto aniversario, Nisaba!

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Imagen: Pixabay.com

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Pasos para elaborar un plan de obra

Los siguientes pasos son algunos consejos para elaborar un plan de obra a partir de un diseño curricular y por encargo, con base en parámetros específicos y claros establecidos por la casa editorial.

Identifique su población meta

¿Se dirige a un público general o especializado? ¿Son estudiantes de una carrera o de un curso de servicio? ¿Son estudiantes de niveles iniciales o avanzados? ¿Cuáles conocimientos previos deben tener para comprender este material? ¿Cuáles habilidades y conocimientos habrá adquirido al finalizar la lectura del texto? ¿Cuál es el perfil de salida de la carrera a la que pertenece la asignatura? ¿Cuál es la edad promedio? ¿Hay mayoría de hombres o mujeres? ¿Es una población de bajos recursos o muy educada?

Las respuestas a estas preguntas le ayudarán a tomar ciertas decisiones sobre el tipo de discurso que deberá emplear para escribir el texto. Sabrá si puede emplear un lenguaje más o menos especializado o, por el contrario, debe ir aportando las definiciones de algunos conceptos básicos. Le indicará la naturaleza de los ejercicios y actividades complementarias y, en general, le dará una idea de la profundidad con que debe tratar el tema.

Determine la extensión de la obra

Antes siquiera de formular la estructura de la obra, hay que saber todos los pormenores operativos: ¿cuántas páginas tendrá?, ¿cuáles son los plazos generales de entrega?, ¿será o no una obra ilustrada? En especial, se debe conocer todo lo posible sobre la extensión del texto, tanto en cantidad de palabras como en número de páginas.

  • Cantidad de páginas/palabras de la publicación: 50-80 páginas (menos de 50 000 palabras, 150-200 páginas (50 000-70 000 palabras), 300-500 páginas (100 000 palabras en adelante)… La equivalencia palabras/páginas varía según las características de la página publicada, el tipo de obra y los productos específicos de la casa editorial.
  • Porcentaje de ilustraciones aproximado para la obra: menos del 5%, entre 15 y 30%, 50% o más.

A mayor porcentaje de ilustraciones, menor porcentaje disponible de texto. Por ejemplo, si la publicación final debe rondar alguna cifra aproximada entre las 175 y las 200 páginas de cuerpo de texto (aparte irán las páginas preliminares y otros recursos de la obra), pero es una obra con un porcentaje de figuras superior al 40%, y lleva recursos gráficos como una columna auxiliar para información flotante y móvil, la cantidad de palabras se reducirá de 50 000 a unas 30 000.

Si, por el contrario, las mismas 200 páginas son para una obra de solo texto, sin ilustraciones ni columna auxiliar, se podría pensar en unas 70 000-85 000 palabras.

Esto debe estar claro desde el inicio, así usted, cuando escriba, no perderá esfuerzos en obras inacabables que luego serán recortadas sin misericordia.

Comprenda y respete la metodología de la asignatura

Una obra puede tener un enfoque más teórico o más práctico. Conviene diseñarla para que responda a las necesidades metodológicas. Si la obra tiene un enfoque teórico, tendrá una mayor cantidad de palabras. Sin embargo, si es de corte práctico, el texto puede ser menos relevante que los ejercicios y prácticas incluidas.

Analice los objetivos y temas de la asignatura

La obra final deberá ser el reflejo del diseño de la asignatura. Cuando lea el diseño curricular, revise los siguientes puntos: ¿cuántos temas tiene?, ¿cuántos objetivos tiene cada tema?, ¿cuál es la lista de contenidos asociada a cada objetivo?, ¿cuántas horas se espera que el estudiante le dedique a cada tema?, ¿cuánta profundidad deberá tener cada tema?

Conviene elaborar una lista de todos los contenidos de la publicación, con base en esta propuesta inicial. Esta lista luego tendrá que adquirir estructura, en términos de secuencia, extensión y profundidad. Una vez reorganizada, podrá distribuirse entre la cantidad de secciones o capítulos.

Defina cuántas partes, temas o capítulos tendrá su obra

Una vez conocidos estos datos, es necesario comenzar a tomar ciertas decisiones generales. Todavía aquí no desarrollamos contenidos como tales, sino que nos basamos en el documento que se haya proporcionado como base para proponer el texto, ya sea un diseño curricular o el plan de una asignatura.

  • División general de la obra: ¿tendrá una o varias partes?, ¿cuántos capítulos tendrá?, ¿cuántos temas serán atendidos en cada capítulo?, ¿cuál será la extensión promedio de cada capítulo?
  • División específica de los capítulos: ¿cuáles serán las partes en las que se divide un capítulo fijo? Por ejemplo: objetivos, motivación, desarrollo de la teoría, práctica dirigida, práctica independiente o ejercicios de autoevaluación.
  • Recursos didácticos tentativos: ¿cuáles subsecciones adicionales incluiré, no sujetas a apartados sino a las oportunidades temáticas? Se usan estos recursos para añadir información de cultura general, transversalizar de algún tema, preguntas generadoras, recomendaciones bibliográficas para ampliar el conocimiento de la temática, gráficos, esquemas.

Si un tema corresponde al 25% de los contenidos de la asignatura, no podrá abarcar la mitad de la obra (digamos, por decir algo, 100 páginas), porque estaría excediendo el espacio que le debería dedicar y esto redundará en una obra desequilibrada o que, al final, podría llegar a tener 500 páginas en lugar de 200.

El esquema (outline) o índice tentativo de la obra

Este es el paso más productivo porque, a partir de aquí, la obra comienza a “verse” y podemos imaginarla más o menos como llegará a ser. Se toma cada capítulo, tema o parte de la obra y se comienza a desglosar en sus contenidos específicos. Aquí se pueden seguir estos pasos:

  1. Distribuir todos los temas entre la cantidad de capítulos/páginas que tendrá la obra.
  2. Fijar una extensión promedio para cada uno de los capítulos y sus temas.
  3. Hacer un esquema (puede ser en un cuadro, para más comodidad) que se irá rellenando con base en el diseño curricular. Incluye las secciones “fijas” o repetidas que el capítulo tendrá, en su respectivo orden (por ejemplo, un resumen inicial siempre al principio de la obra o una síntesis siempre al final del texto).
  4. Anotar los objetivos del capítulo con base en los temas incluidos.
  5. Desglosar el capítulo en sus apartados principales.
  6. Desglosar los apartados principales en subapartados.
  7. Describir (en una oración o dos) los contenidos que desarrollará cada apartado.
  8. Incluir notas con ideas adicionales de escritura (ilustraciones, actividades, recursos de mediación).

Sobre la numeración

Si es una obra académica, al menos para efectos de preescritura, conviene emplear una numeración detallada, estilo 1, 1.1, 1.1.1, 1.1.1.1… Si se emplea este modelo, se debe recordar que está sujeto a algunas reglas básicas:

  • La primera cifra corresponde al número de capítulo (1, 2, 3…)
  • La cifra que le sigue corresponde al título nivel 1 del capítulo (1.1., 1.2, 1.3…)
  • La numeración se reinicia con cada capítulo: capítulo 1: 1.1, capítulo 2: 2.1…

Para finalizar

Una vez que se logra esquematizar el primer capítulo, el resto se vuelve más sencillo: se “rellena” el esquema básico de capítulo con la secuencia de temas del diseño curricular o plan de la asignatura y se hacen las adaptaciones del caso.

Un esquema básico de primer capítulo podría verse así:

Capítulo 1: Edición para autores

Apartado
Subapartado
Notas
Objetivos de aprendizaje
  1. Reconocer el valor de la edición de textos en el proceso creativo.
  2. Distinguir los tipos de edición.

[Los objetivos se toman textualmente del diseño curricular]

Introducción

Motivación de lectura. Se inicia con una anécdota que remita al tema principal.
1.1. Edición y escritura 1.1.1. Por qué debo dejar que alguien edite mi texto
1.1.2. Cuándo editar
1.1.3. Cómo altera la edición mi texto
Tendrá una sección para columna auxiliar con preguntas frecuentes de los autores.
1.2. Tipos de edición 1.2.1. Edición de contenidos
1.2.2. Edición sustancial
1.2.3. Corrección de estilo
– Se ilustrará con páginas corregidas a mano.
– Se incluirá un recuadro con un ejemplo célebre de edición
1.3. Técnicas para editar el propio texto 1.3.1. Eliminar lo que sobra
1.3.2. Reconocer muletillas, latiguillos y errores frecuentes
1.3.3. Comprobar las afirmaciones
– Se incluirá la definición de “latiguillo” y “muletilla” en la columna auxiliar
¡A practicar! Ejercicio de corrección textual

Desde luego, este ejemplo fue inventado para este artículo y no refleja ninguna obra real.

Se debe velar porque todos los contenidos del plan estén incluidos en la obra y que las adiciones (temas de más, nuevos apartados, discusiones extra) estén justificadas, sean pertinentes y se limiten a la información estrictamente necesaria para comprender la obra en su totalidad.

Con el plan listo y aprobado, se puede, ahora sí, comenzar a escribir; con la ventaja de que ahora no me atrapará la incertidumbre: sé más o menos cuántas páginas tendrá mi libro, cuántas páginas tendrá cada uno de los capítulos y cuáles serían los temas fáciles o difíciles. Mis sesiones de escritura serán más productivas porque no dependerán del susurro de la musa, a ver cuándo me dará la alegría de decir que esta es la última página, sino de mi itinerario de viaje, que puedo o no seguir en secuencia.

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