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Clic: ¿se “da” o se “hace”?

Una de las acciones más comunes de nuestra cotidianidad en los medios digitales es el clic: ese pequeño “sonido seco y breve, generalmente metálico” (DPD, 2005: “clic”) que emiten los ratones (mouse). El sonido se convierte en acto y, con ese acto, viene su obligada enunciación. En este artículo se expondrá la manera correcta de enunciar el vocablo clic en construcciones gramaticales y cuál es su ortografía.

Qué es un clic
El clic es, en primer lugar, la representación de un sonido y, en segundo, la pulsación que da origen a ese sonido. El artefacto que se emplea para hacer el clic en tanto acto es el ratón o mouse, según lo recoge ya el DRAE, aunque existen dispositivos que permiten hacer pulsaciones mudas: desde las superficies táctiles de las computadores portátiles (trackpad) hasta los dispositivos móviles. La idea de un clic mudo no le importa a nadie: la pulsación en una interfaz informática seguirá denominándose así, aun cuando la memoria olvide el origen del vocablo.

La etimología
El vocablo proviene del inglés click, lengua en la que aparece alrededor de 1580. Otros vocablos semejantes son klikken, en holandés y frisio oriental, y clique en francés, con el significado de ‘sonido de un reloj’.

Desde luego, con su significado de pulsación, ingresa al español con la popularización de las computadoras.

Los primeros prototipos de ratón (mouse, en Latinoamérica) estuvieron listos en 1968, en la Universidad de Stanford, y el concepto fue perfeccionado durante la década siguiente, en los laboratorios de Xerox. La primera computadora de venta al público en incluir un ratón salió a la luz en 1981. Fue una curiosidad tecnológica de poco uso hasta 1984, con la Macintosh: la primera en tener un sistema operativo capaz de sacar amplia ventaja de este dispositivo.

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Cinco ratones distintos, marca Apple. Foto: Wikipedia.

Desde ahí, el ratón o mouse forma parte indispensable de la experiencia informática hasta fecha muy reciente, en que comparte su hegemonía con los dispositivos táctiles. Como curiosidad, Apple es la única en ofrecer una alternativa al ratón para las computadoras de escritorio: el trackpad o una superficie táctil independiente, inspirada en su éxito con este dispositivo en las computadoras portátiles.

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Trackpad, marca Apple. Foto: Wikipedia.

La enunciación

Uno de los temas que más llama la atención sobre el sustantivo clic es la dificultad de integrar esta palabra de origen inglés dentro de las expresiones en español. Quizás esto se deriva de su intangible condición de acto. De alguna manera, los hablantes se preguntan: ¿qué es un clic?, ¿un clic se hace o se da?, ¿cómo se verbaliza el clic?, ¿a qué se parece?

Como resultado de esta incertidumbre, conviven varias formas gramaticales de integrar el clic a la enunciación: solo una es avalada por la RAE y las otras son consideradas erróneas.

La RAE recomienda hacer clic y la prefiere sobre los verbos clicar y cliquear. Ambas formas son sintéticas pero malsonantes y extrañas. No me hace falta la recomendación de las Academias para no emplearla, lo admito.

Sin embargo, se ha popularizado la expresión dar click (nótese la ortografía). Puesto que el clic es un sonido o una acción, su combinación con el verbo “dar” también resulta extraña. No es del todo avalada por la RAE y con razón. Eso no ha hecho que se extienda menos, por el contrario, en algunos medios casi se convierte en la norma. Mi hipótesis personal es que los hablantes establecen un paralelismo con expresiones válidas, como “dar un toque” o “dar un golpe”. Al fin y al cabo, el clic es el resultado de una pulsación y, en la práctica, la presión necesaria para obtener el clic se obtiene con un pequeño golpe. Incluso es frecuente escuchar a una persona diciéndole a otra: “dele ahí, dele ahí”, para indicar el lugar en donde se debe pulsar.

Hasta que la expresión “dar clic” no sea recogida y avalada, es preferible emplear “hacer clic”. Y aún cuando lo sea, en lo personal, prefiero la última.

Ortotipografía

Esta palabra ha sido aceptada en español con la adaptación clic, sin k al final. Es una adaptación válida y, por lo tanto, cuando se escriba así, se utiliza en letra redonda, como cualquier otra palabra en español. La grafía click corresponde a la onomatopeya en inglés y siempre deberá escribirse con letra cursiva.

Alternativas

Se podría emplear el verbo pulsar para indicar la acción de hacer clic. Eso sí, no es necesario hacer combinaciones. Sería incorrecta la expresión “pulse clic”, no solo por disonante, sino también por redundante y sin sentido.

En síntesis

Como breve resumen, se puede emplear esta breve guía:

Correcto
Incorrecto o no deseable
Hacer clic Dar click
Clicar
Cliquear
Pulsar Pulsar clic

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Feliz Año Nuevo: historia y ortotipografía

Ha llegado otro año. A pesar de las predicciones mayas y de los pensamientos apocalípticos, el 2013 se inicia con nuevas oportunidades y buenos propósitos.

Durante estas últimas semanas, sin duda hemos escrito y deseado un buen y próspero 2012 decenas de veces, ya sea en los muros en Facebook, en mensajes en Twitter o en persona, con fuertes abrazos y besos.

Para iniciar este nuevo ciclo en Nisaba, en honor a los temas que nos apasionan, traemos algunas reflexiones sobre la historia y la ortotipografía de la palabra año.

Historia y etimología

La palabra año deriva del latín annus ‘año’, y, según Corominas (1980: t. 1, 289), ya aparece documentada hacia la segunda mitad del siglo X, en las Glosas de Silos. Esta palabra y esta idea de un ciclo solar de 365 días nos ha acompañado en nuestra lengua desde sus orígenes y a esta llegó desde tiempos y culturas distantes. Se reconoce una raíz indoeuropea at- que, combinada con el sufijo -no- daría origen a annus y, de aquí, a año. Esta raíz se define como ‘ir’, más específicamente, ‘periodo que se va, año’ (Roberts y Pastor: 1996, 14).

De otra raíz de significado similar, ei- ‘ir’, provendrían las palabras latinas ianua ‘entrada’ y janus ‘arco’ o ‘puerta en forma de arco’ que, a su vez, nombra a la divinidad bifronte del mismo nombre, Jano (o Janus, en latín), quien preside el inicio del año solar (de Miguel, 1897/2000: 499; Chambers, 1988/2000: 550; Roberts y Pastor, 1996: 50). De ahí la palabra januarius, el mes latino que en nuestro calendario llamamos enero. El mes de enero es, por lo tanto, la puerta o el ingreso al nuevo periodo, al nuevo ciclo; una despedida al año que se va (la cabeza de Jano que mira hacia atrás), y el recibimiento del que viene (la cabeza de Jano que mira hacia el futuro).

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Jano bifronte (The Pepin Press, 2006: 082 A).

Otra raíz indoeuropea muy productiva fue *yero-/yoro- que dio origen a palabras como el avéstico yare ‘año’, el antiguo eslavo jaru ‘primavera’ y las palabras griegas horos ‘año’ y hora ‘estación’. A su vez, de la raíz indoeuropea proviene el protogermánico *jæran que da origen a una gran cantidad de palabras, como el gótico jer, el antiguo islandés ar, el alto alemán antiguo jar y el inglés antiguo gear, todas con el significado de ‘año’. Así se originan las palabras year y Jahr, en inglés y alemán modernos, respectivamente (Chambers, 1988/2000: 1252).

El protogermánico *jæran es también el nombre de una de las runas, los signos de escritura de los pueblos germánicos antiguos, cuyo significado simbólico es el de ‘cosecha abundante, año y ciclo’. Hace referencia directa a la cosecha, la época más vital y dinámica del año para las comunidades agrarias (Elliot, 1959: 51).

Ortotipografía

En español, tanto el año como los meses suelen escribirse con letra minúscula. Decimos “este año terminaré mis estudios” o “nos vemos en enero”.

No obstante, los nombres de las fiestas civiles, militares o religiosas se escriben con letra inicial mayúscula: Año Nuevo (DPD: “mayúsculas”, § 4.19; OLE: 502 y s., § 4.2.4.10.2). Desde luego, si invertimos el nombre de los elementos, dejamos de utilizar el nombre oficial y estandarizado de la fiesta y deberemos regresar a la letra minúscula. Ejemplos:

¿Me acompañarás a la fiesta de Año Nuevo?
Te deseo muchos éxitos en este nuevo año.

En síntesis

Cada vez que deseamos un feliz Año Nuevo, estamos continuando una tradición ya inmemorial, remontada a los orígenes de nuestra lengua y distribuida entre muchos pueblos diversos, todos atentos al ritmo de las estaciones según el movimiento del Sol. Cruzamos una antigua puerta, en términos romanos, o entramos al ciclo de la nueva cosecha, en términos germanos, pero siempre sentimos el peso del devenir: un final que se convierte en inicio; un inicio que emerge, como el fénix, de un final. Damos abrazos, enviamos y recibimos bendiciones, diseñamos propósitos nuevos y nos llenamos de esperanza.

Que este nuevo ciclo le traiga a usted, que hoy lee este blog, muchas palabras, versos, susurros y cantos llenos de sabiduría, bondad, luz, armonía, belleza y pureza a través de la magia de la enunciación. ¡Feliz Año Nuevo!

Lista de referencias

Barnhart, Robert K. (2000). Chambers dictionary of etymology [Barnhart Dictionary of Etymology] New York: Chambers. (Obra original publicada en 1988).
Corominas, Joan y Pascual, José A. (1980). Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (6 vols). Madrid: Gredos.
DPD: ver Real Academia Española (2005).
Elliott, R. W. V. (1959). Runes. Manchester: Manchester University Press.
Miguel, Raimundo de (2000). Nuevo diccionario latino-español etimológico. Madrid: Visor Libros. (Obra original publicada en 1897).
OLE: ver Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2010).
Real Academia Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2010). Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa Libros.
Pastor, Barbara, y Roberts, Edward (1996). Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española. Madrid: Alianza Editorial.
The Pepin Press (2006). Mythology pictures [Imágenes mitológicas]. Amsterdam: Autor.

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La nueva ortografía de la Academia ya está en Costa Rica

Envuelta en su retráctil (ese plástico que se adhiere alrededor de todo el libro), la Ortografía de la lengua española llega en pasta dura, dentro de un estuche que la protegerá del polvo y los golpes. [No de la humedad, no. En Costa Rica la humedad es tal que los libros comienzan a sentirla muy pronto, vengan de donde vengan].

La abro y del plástico sale ese olor a libro nuevo, a tinta casi fresca, a papel recién cortado… Sí, es una edición mucho más cuidada que su predecesora, de 1999, incluso en su propuesta gráfica: una cubierta con un diseño moderno y juguetón: una gran letra O de color amarillo encierra el título blanco sobre fondo azul oscuro.

Vamos mejorando: buen síntoma.

La primera prueba: la lista de contenidos. Me sorprende favorablemente la primera parte de la introducción: “La representación gráfica del lenguaje”. Ya era hora de reflexionar sobre el paso de la oralidad a la escritura y las particularidades históricas de la escritura alfabética, antes de entrar a discutir sobre ortografía. Sí, porque la ortografía solo tiene sentido en un mundo en donde se hace un salto de la oralidad a la representación gráfica de esa oralidad mediante signos.

La segunda parte de la introducción reflexiona sobre la ortografía como una disciplina lingüística (¡aleluya!), las reglas de la ortografía, su lugar en el ecosistema social… gran cantidad de temas de reflexión hasta ahora ausente de los escuetos manuales anteriores.

[Me pongo a pensar en las quejas de los docentes universitarios de mi país sobre la mala ortografía de los estudiantes que llegan a sus aulas. “Es culpa de la primera enseñanza”, dicen unos. “Hagamos exámenes de aptitud; evaluemos la ortografía continuamente”, dicen otros. Pero ninguno (o no ha llegado el chisme hasta mis oídos todavía), ni siquiera en las facultades de Letras, se atreve a proponer: “Hagamos un curso universitario dedicado a la ortografía, incluyámoslo en el currículo del filólogo, impartámoslo junto a la morfosintaxis y la gramática generativa…”].

El resto de la obra ya entra en materia. Los capítulos son largos y detallados y argumentan más que antes. Por ejemplo, en el capítulo 1 ya no solo se habla de “letras”: se reflexiona sobre los fonemas, sonidos y grafemas, se define el grafema y se estudia su equivalencia con letra, se menciona la sinonimia entre alfabeto y abecedario… y solo después de todo eso, se habla de los polémicos dígrafos ch y ll. [Antes nos los tiraban en frío, no se justificaban los conceptos, de la idea de letra no pasaba la Academia… Mmm… También aquí vamos mejorando].

Hojeo las primeras páginas. [Las hojeo y las ojeo…]. Me saltan a la vista detalles gráficos menos placenteros y no tan acordes con los valiosos lineamientos de otras fuentes que hasta ahora he seguido. Es inevitable que la Ortografía (la obra) predique con el ejemplo. [Ese es un detalle que los diseñadores gráficos y los editores de las obras de la Real Academia deberían tomar siempre en cuenta: hasta el diseño gráfico del libro debería ser congruente con la normativa propuesta en sus páginas. Ya tendré tiempo de verificar si así lo hicieron esta vez].

Y así sigue…, no tiene sentido detallar la lista de contenidos en este breve artículo y, si por la víspera se saca el día, dudo mucho que yo misma vaya a estar de acuerdo con todas las propuestas de esta nueva normativa ortográfica, ya bastante polémica en lo que va del año. Pero aun así, y considerando las diferencias de opinión, gustos estéticos, usos editoriales y realidades geográfico-lingüísticas, al menos esta ortografía me va a resultar de mayor utilidad que su predecesora.

Para quienes habitamos en Costa Rica, la obra está disponible desde esta semana en la Nueva Década. A la fecha, cuesta ¢25 000 (un precio justo, si se considera que en España cuesta 40 euros). Lo mejor será comprarla ahora, antes de que los nuevos precios del petróleo la hagan inaccesible. Y yo, por mi parte, me regreso a este ejemplar que todavía huele a nuevo.

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Cómo referir correctamente: la referencia parentética

La referencia parentética es aquella información bibliográfica entre paréntesis que, literalmente, “refiere a”; es decir, nos indica de dónde proviene la información, dato u opinión parafraseados dentro de un texto académico o publicación. Es una coordenada cuya función jamás es ornamental. Está ahí para decir, con la menor cantidad de signos, quién dijo qué y cuándo.

Un lector acucioso sabe interpretar las referencias como si fueran las coordenadas de un mapa: el año indica una época en donde se arraigan los textos; el apellido señala un autor y, con él, una ideología, una cultura y una postura ante la vida, y, finalmente, el número de página dice dónde exactamente, en el laberinto de la obra citada, puedo encontrar ese preciso párrafo o página de donde el texto que tengo entre manos asegura haber sacado tal o cual afirmación.

Si tengo dudas, quiero aprender más o, simplemente, siento curiosidad, la referencia parentética será mi brújula en la fuente original. En otras palabras, esta referencia deberá ser lo suficientemente precisa para que yo, lector majadero e inconforme, pueda acudir a la fuente original y encontrar, sin mayor esfuerzo, las palabras o ideas citadas o parafraseadas.

¿Cómo se ve la referencia parentética?

En un sistema de referencias de tipo autor-fecha, como APA, una referencia parentética se ve así:

(Martínez, 2007, p. 63)

Ahora bien, si la obra ha sido traducida al español desde otra lengua, debería verse así:

(Armour, 1986/2004, p. 80)

El primer año corresponde al año original de publicación de la obra y el segundo año a la fecha de la traducción. Un lector entrenado puede saber, por lo tanto, cuánto tiempo media entre la emisión original de las ideas de este autor y su llegada al mundo de habla hispana.

Este detalle puede parecer irrelevante, hasta que los años, las décadas y los siglos comienzan a interponerse entre el texto consultado y la obra original. Un ejemplo que me gusta citar es el de una obra que puede todavía estar vigente en muchas de sus propuestas de fondo, pero que ya tiene más de un siglo de circular, como es La rama dorada de James Frazer.

A menudo ve uno que se cita la edición consultada, con fechas tan cercanas como 1996, pero la obra fue originalmente publicada en 1890; y la edición al español se elabora a partir de la edición abreviada de 1922. Lo que estos años nos dicen del contexto cultural e ideológico es mucho y debe tomarse en cuenta cuando se valora algún dato indicado por Frazer. Por ejemplo, hace afirmaciones como “En un pueblecito cercano a Salwedel yerguen un árbol ‘mayo’ en Pentecostés y…” (164). Aquí lo único certero es que en 1890 todavía en ese pueblecito tenían la costumbre de erguir un árbol “mayo”; pero ¿la tienen todavía, en la actualidad, más de un siglo después?

Con esta obra en especial, hay que tener otro cuidado: la edición es distinta de la reimpresión. Mi ejemplar fue reimpreso en 1996, pero corresponde a la segunda edición de 1951.

En el caso de las obras clásicas, cuya fecha exacta de publicación es incierta, se cita la fecha de traducción y se explicita el dato de que se trata de una traducción. Este es el modelo APA para este tipo de obras:

(Aristóteles, trad. 1985, p. 147)

Desde luego, si hablamos de una publicación especializada en un tema que cita continuamente obras clásicas, el autor quizás prefiera emplear otras referencias además de la página, como pueden ser las secciones, párrafos o líneas. Gracias a estos sistemas más precisos, es posible navegar en la fuente sin importar la versión del texto empleada por el autor. Por lo tanto, uno puede estar leyendo una obra escrita en inglés en la que se hace una referencia al texto de Plutarco y consultar a Plutarco en una cómoda traducción al español.

Ortotipografía de la referencia parentética

La ortotipografía de la referencia depende directamente del estilo bibliográfico que se esté aplicando. Estos son algunos ejemplos del mismo libro referido con varios estilos bibliográficos:

APA: (Martínez, 2007, p. 63)
Chicago (16.a edición), estilo autor-fecha: (Martínez 2007, 63)
MHRA: (Martínez 2007: 63)
MLA: (Martínez 63)

Los estilos bibliográficos pueden ser más complejos. El CSE, por ejemplo, uno de los más extendidos en áreas como biología, química y ciencias médicas, numera todas sus fuentes bibliográficas y las cita en el texto con un número voladito. La lista de referencias también está numerada, de tal manera que corresponda con el anotado en el texto. El estilo de Vancouver es semejante, pero el número no aparece voladito sino entre paréntesis.

Como puede verse, las diferencias son sustanciales y con más de un millar de estilos bibliográficos circulando en el mundo, entre los estilos más conocidos y sus cientos de variaciones o adaptaciones, siempre será necesario consultar la publicación a la que se enviará el material o el estilo solicitado por la universidad (en el caso de trabajos finales de graduación).

Una observación de todos los estilos aquí puestos como ejemplo es que fueron diseñados para adaptarse a las reglas ortotipográficas del inglés. En castellano, mi variación favorita es la siguiente:

(Martínez, 2007: 63)

Esta ortotipografía, más adecuada para las reglas de la lengua española, coincide con la que aplica José Martínez de Sousa en su Manual de estilo de la lengua española, cuando se refiere al sistema autor-fecha, ahí denominado autor-año o Harvard (2007: 78).

En síntesis

La referencia parentética siempre debe ser tan completa como sea posible y dirigir al lector con toda precisión a la obra citada o parafraseada. De esta manera, no solamente estaremos haciendo un acto de ostentación sobre cuántos autores decimos conocer o haber utilizado; también estaremos actuando de manera transparente y honesta al proporcionar toda la información precisa para que cualquier persona pueda comprobar nuestras afirmaciones y verificar la exactitud de nuestra comprensión o transcripción de las ideas referidas.

Fuentes consultadas

Hacker, D. & Fister, B. (2010). Research and publication online, 5th edition [Página web]. Hacker Handbooks.

Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.

Martínez de Sousa, J. (2008). Ortografía y ortotipografía del español actual (2.a ed.). Gijón: Trea.

Modern Human Research Association (2008). MHRA style guide: A handbook for authors, editors, and writers of theses (2.a ed.). [PDF]. Londres: Modern Humanities Research Association. Recuperado de <http://www.mhra.org.uk/Publications/Books/StyleGuide/download.shtml&gt;.

Modern Language Association of America (2008). MLA Style Manual and Guide to Scholarly Publishing (3.a ed.). Nueva York: Autor.

University of Chicago Press (2010). The Chicago Manual of Style (16.a ed.). Chicago: Autor.

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¡Feliz Navidad!

Faltan todavía algunas horas para la fecha exacta en que Occidente moderno el triunfo de la luz sobre la oscuridad y la esperanza de vida tras los días más oscuros del solsticio. La fiesta cristiana de la Navidad conmemora el nacimiento del Cristo, símbolo de la esperanza y luz del mundo.

Hoy Nisaba no se entretiene en palabras y sintaxis, en reglas y divagaciones sobre la escritura. Hoy nos unimos a la celebración del retorno del sol en su camino hacia la luz y al nacimiento de la buena voluntad en los corazones de la humanidad.

¡Feliz Navidad!

P.d.: y si tenía alguna duda, la Real Academia dictamina que Navidad se escribe con mayúscula, por tratarse del nombre de una festividad religiosa.

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Algunas normas de la nueva ortografía

Este artículo no tiene nada de novedoso. Es tan solo un sumario de los cambios de la nueva ortografía ya aprobada por las academias de la lengua, tanto la española como las americanas, según la información proporcionada por la prensa. Los recopilo aquí como un avance, mientras la obra sale de los talleres de impresión, cruza el Atlántico, llega a mis manos y puedo comenzar a jugar con sus 800 páginas.

Nombres de letras
Una de las novedades de la nueva ortografía es la revisión de los nombres de las letras del alfabeto, en una búsqueda de la unificación y la coherencia. El tema ha levantado polémica porque, aunque pareciera un tema minúsculo, las tradiciones culturales han demostrado su peso.

  1. La letra y dejará de llamarse oficialmente y griega y se denominará, en lo sucesivo, ye.
  2. La letra i deja de llamarse i latina y se denominará i.
  3. Las letras b y v se denominarán oficialmente be y uve. (En la mayoría de los artículos periodísticos, se aduce que “en América” a estas letras se las llama “be alta” y “be baja” respectivamente. Dejo constancia de que eso no cuenta para Costa Rica. Aquí, por lo visto, hemos estado siempre a la moda española, porque desde que tengo memoria alfabética, me las enseñaron como “be” y “uve”).
  4. Los dígrafos ch y ll son consideradas dígrafos y no letras. Este cambio de criterio no implica eliminarlas del abecedario; por el contrario, permanecen ahí, pero ahora correctamente clasificadas como signos compuestos por dos letras y no por una (dígrafos).
  5. Se acepta la letra k como plenamente española.

Desde luego, la nueva política de no obligatoriedad de la ortografía deja abierta la puerta para que en cada país se le siga llamando a la letra de la manera que mejor les parezca a sus hablantes, según sus hábitos y costumbres.

Ex, anti, pro
Hasta ahora, estas tres partículas han producido dudas en su grafía debido a que se situaban en un umbral difuso, a medio camino entre una preposición proveniente del latín, un adjetivo (como es el caso de ex) y un prefijo, es decir, una partícula empleada para crear palabras nuevas.

Finalmente se ha dado un paso más allá en el debate y las tres son clasificadas como prefijos. Por lo tanto, ya no se escribirá ex presidente, anti social y pro americano; sino expresidente, antisocial y proamericano. Sin embargo, esta regla solamente se aplica si se afecta una sola palabra. Por lo tanto, en ejemplos como ex capitán general y pro derechos humanos se debe escribir separado y sin guion.

Tildes en solo y este
Se ha removido por completo la tilde del adverbio solo y los demostrativos (este, ese, aquel, aquellos); ya ni siquiera se mantiene en casos de ambigüedad. ¿Cómo sabría un lector si solo significa ‘en soledad’ o ‘solamente’? El contexto se lo dirá. A menudo el problema con estos casos de anfibología es observar los ejemplos fuera de su contexto. Y, en todo caso, para quienes escribimos y editamos siempre está la otra solución: arreglar la oración y el contexto y decir las cosas de otra manera, quizás más elegante.

Este era un cambio que se veía venir, aunque ha sido polémico. La regla sigue siendo opcional, en particular en aquellos países en donde hay un gran apego a esta tilde. En otros, por el contrario, será un alivio.

Tilde en monosílabos
Ya desde la edición anterior de la Ortografía (1999) se había suprimido la tilde en monosílabos que la habían mantenido tradicionalmente, como guion, fie, hui, Sion, riais que antes de 1999 se escribían guión, fié, huí, Sión y riáis. El dictamen era sencillo: “se considera que no existe hiato –aunque la pronunciación así parezca indicarlo–, sino diptongo o triptongo” (p. 46). Sin embargo, todavía se admitía el uso de la tilde puesto que las reglas ortográficas anteriores la recomendaban. Según parece, ahora ya la tilde se ha perdido definitivamente.

Esta regla no afecta los acentos diacríticos; es decir, los acentos cuya función es diferenciar significados distintos. Algunos de estos casos son: el/él, tu/tú, mi/mí, te/té, mas/más, si/sí, de/dé, se/sé.

La única tilde diacrítica que se ha perdido es la o entre dos cifras (números). Se considera que esta es una regla ya no aplica, puesto que los modernos sistemas informáticos permiten distinguir claramente entre una letra o y un cero. Por lo tanto, ya no es admisible escribir “5 ó 6”, sino que se escribe “5 o 6”.

Mayúsculas de términos genéricos antepuestos a nombres propios
Las mayúsculas de términos como golfo de México y calle Felipe IV siempre han dado problema. La nueva ortografía asume una posición clara: la mayúscula se elimina definitivamente. Habrá que leer la nueva edición para ver los alcances de esta norma. Hasta ahora se admitía que canal de Panamá se escribía con minúscula fuera de Panamá, pero con mayúscula en ese país, debido a que al papel central del canal en la historia y vida económica de la nación. Lo mismo ocurría con la península ibérica, (Península Ibérica para los españoles). Habrá que ver la nueva regla y comenzarla a aplicar a los accidentes geográficos locales, como golfo de Nicoya.

Catar, Irak y cuórum
Sí, leyó bien: cuórum. Confieso que Catar me resulta un país exótico, lejano de mi geografía cotidiana, e Irak ya estaba acostumbrada a verlo escrito de esta manera. Pero quorum (que a partir de ahora, si uno quiere emplearlo, deberá escribirlo en cursiva y sin tilde) sí me resulta extraño en su nueva versión castellanizada: cuórum. Esta decisión se ha tomado para dar congruencia a la nueva decisión de aceptar la letra k como plenamente española y para evitar que la letra q, cuando no esté en combinación con la u (como en queso) también represente el fonema /k/. Por lo tanto, solamente las letras c en posición inicial y k tendrán esta función.

Palabras extranjeras
Toda palabra de procedencia extranjera sin adaptación al español se escribirá en cursiva y sin acentos. Esto se aplica a palabras y expresiones latinas no castellanizadas, como ex cathedra, casus belli y deux ex machina. Suponemos que las ya castellanizadas mantendrán su forma adaptada, como ibíd y et álii.

En síntesis
La nueva ortografía ratifica más cambios de los que propone, a juzgar por estos avances. Habrá que esperar la publicación definitiva para conocer los detalles, las minucias y los análisis. La esperanza es que haya ganado en coherencia y haya avanzado, para bien, en la desambiguación de muchas de sus antiguas contradicciones.

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Bienvenida a la nueva ortografía del español

Ya está circulando una lista de los cambios más significativos de la nueva ortografía de la Real Academia Española, desde el pasado 29 de noviembre también avalada por las academias del continente americano.

La nueva ortografía ha sido descrita por sus responsables de la siguiente manera: razonada, amplia y exhaustiva, coherente, simple, moderna, panhispánica e innovadora. Si en verdad logra esta ambiciosa descripción, solo se podrán comprobar cuando la obra esté publicada.

Ochocientas páginas de justificación
Actualmente rige una ortografía de 161 páginas. La publicación que en este momento está en prensa supera, según dicen, las 800 páginas. Sin embargo, no aumenta su tamaño por la cantidad de innovaciones, sino por ofrecer un desglose de los criterios y razones sobre los que se fundamentan las decisiones y por atender áreas grises en donde ninguna publicación anterior había emitido criterio. En este sentido, esperamos con avidez los nuevos capítulos dedicados a las mayúsculas y minúsculas, los nombres propios, las expresiones originarias de otras lenguas y la ortotipografía.

La principal novedad, por lo tanto, no es cuánto modifique el sistema ortográfico español, sino cuánto contribuya a clarificar las escuetas reglas que, hasta la fecha, han dejado vacíos de interpretación y han obligado a gastar horas innumerables (e irrecuperables) en determinar cómo se escribe en nuestra lengua el nombre de tal o cual país o, lo que es peor, si tal palabra lleva o no mayúscula.

La nueva ortografía inclina pero no obliga
Otra novedad que los periodistas difunden de manera absolutista y parcial es la aceptación de que la norma se sugiere pero no se impone. Sin esta condición, difícilmente la Academia Mexicana de la Lengua habría aprobado la pérdida de la tilde en los demostrativos (éste, ése, ésos, aquél, aquéllos…) y en el adverbio solo (antes sólo). Esa academia ha sido, durante el largo debate que precede esta ortografía, la más resistente a este cambio. (Me consta la vehemencia con que los mexicanos defienden estas dos tildes; no me consta el debate académico porque no estuve ahí). El asunto se ha resuelto de una forma salomónica, o dicho en palabras de Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua, “si alguien cree que se va a morir si no le pone el acento a ‘solo’, pues antes de que se muera pues póngale el acento”.

La norma se acepta o se rechaza, pero dentro un rango de acción. Por ejemplo, no puedo, por puro gusto, escribir “zohlo” simplemente porque “la nueva ortografía no es obligatoria”. Si así lo hiciera (que podría estar en todo mi derecho individual), surge la otra pregunta: ¿quién me entendería? La norma cumple una función homogenizadora y contribuye a garantizar la comunicación entre zonas lingüísticas diferentes. En el mundo editorial es imprescindible. Ahora bien, la norma puede ser vertical, elegida y hasta impuesta por una institución; u horizontal, surgida de la selección popular, el gusto de las mayorías y la imposición del uso… Pero en ambos casos, sigue siendo norma.

La nueva ortografía respeta el uso. Por lo tanto, propone una norma y ahora deja en manos de las masas su aceptación en el uso. Habrá que dejar pasar el tiempo para ver cuáles sugerencias de homogenización triunfaron.

El “nuevo” alfabeto castellano
Otra novedad polémica es la supuesta desaparición de dos letras, ahora consideradas dígrafos: la Ch y la Ll. Este es un asunto de coherencia. En la ortografía de 1999 la Ch era denominada dígrafo (sonido representado por dos signos o grafos) y la Ll era denominada letra. Absurdo o errata, no lo sé; pero incoherencia, sin duda.

La ortografía, por definición, es la correcta norma (orto) de los signos escritos (grafía). Por lo tanto, rige la escritura, no el habla. Entronca con aquella por necesidad, en tanto se entienda la escritura como una representación del habla. Pero desde el punto de vista de sistemas de signos, una cosa son los signos orales y otra muy distinta los escritos.

Por lo tanto, lo que indica la nueva ortografía es la lista oficial de signos escritos del alfabeto castellano, no sus combinaciones. Si el alfabeto representase fielmente todos los sonidos de nuestra lengua, no tendríamos 27 signos alfabéticos, tendríamos 50 o 60. No lo sé. Pero siempre recuerdo una conferencia en la que una estudiante de posgrado de la Universidad de Costa Rica distinguía cerca de 17 variantes del fonema /r/ en un zona muy focalizada del Valle Central (mi memoria falla y no recuerdo la cifra exacta, pero eran muchas). No tenemos un signo para cada R distinta. Puesto que el nuestro no es un alfabeto fonético, un solo signo basta para efectos de escritura y de nomenclatura.

Así, la Ch y la Ll no desaparecen del sistema fonológico, solo de la lista oficial de signos alfabéticos únicos. Siguen existiendo pero considerados dígrafos, es decir, signos compuestos por dos letras. Por eso, un amigo mío cuyo apellido comienza con Ch, antes de tener una crisis de identidad, seguirá abreviándolo con la Ch y no con la C y tiene toda la razón en hacerlo. Que una sea letra y la otra sea dígrafo no las hace menos necesarias a las dos, ni menos eficientes en su condición de signo (ya sea simple o compuesto).

En síntesis
La nueva ortografía ayudará a aunar criterios en toda la región hispanohablante; sin embargo, apenas se está iniciando un largo camino de abierta lectura, discusión y reforma. Sin duda dentro de 10 o 15 años aparecerá una nueva ortografía en donde ya se recojan muchos de los criterios que están por emitirse.

Mientras tanto, para quienes batallamos diariamente con la norma de la escritura (no de la oralidad), esta nueva ortografía, con todo y su polémica, será un bálsamo y una gran ayuda. De mi parte, le digo: ¡bienvenida!

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