Archivo mensual: mayo 2010

Derecho de cita

¿Cuánto se puede citar en una publicación sin necesidad de solicitar permiso? ¿Hay alguna diferencia entre incluir una cita en una publicación académica y hacerlo en una obra de ficción? ¿Existe un límite, dictado por la ley, sobre la cantidad de palabras citables de un mismo artículo? ¿Hay limitaciones para la reproducción de cuadros, diagramas o gráficos?
Estas son preguntas comunes en el mundo editorial y, a menudo, no sabemos cómo responderlas. De cualquier manera, siempre será esencial consultar la ley de cada país, las convenciones que cubren la zona geográfica en donde se hará la publicación y a un especialista en el tema. Como no soy experta en el campo de los derechos de autor, me limito a hacer una recopilación de lo que, al respecto, expresan algunos manuales de publicación.

Cita con fines didácticos o académicos
Algunas leyes circunscriben el derecho a citar fragmentos de otros textos a un determinado uso. Esta excepción a los derechos de autor tiene la finalidad de favorecer el intercambio de ideas y contribuir a la evolución del conocimiento. Una ley demasiado estricta tendría consecuencias catastróficas: ¿qué pasaría si para la elaboración y la reelaboración del conocimiento necesitáramos los permisos por escrito (y las tarifas asociadas) de todos los derecho-habientes de cuanto ha intervenido en nuestra formación? La respuesta sería digna de una obra de ciencia ficción.
La ley de propiedad intelectual española dice: “Tal utilización solo podrá realizarse con fines docentes o de investigación, en la medida justificada por el fin de esa incorporación e indicando la fuente y el nombre del autor de la obra utilizada” (art. 32, citado por Martínez, 2007: 80).
La ley norteamericana es semejante en cuanto a lo que denomina fair use. El Chicago Manual of Style (Manual de Estilo Chicago) y el MLA Manual of Style and Guide to Scholarly Publishing (Manual de estilo y guía para la edición académica de MLA) reproducen los criterios empleados para evaluar si el uso de un texto citado o la reproducción de material gráfico es justo: a) el propósito de la publicación, b) la naturaleza del trabajo cubierto por derechos de autor, c) la extensión del fragmento citado en relación con la totalidad de esa publicación y d) el impacto de la publicación en el mercado (Chicago, 2003: 135; MLA, 2008: 50).

Cita de “embellecimiento”
Mientras es correcto citar un amplio fragmento de un texto con fines argumentativos, no lo es citar, ni siquiera algo breve, únicamente con el propósito de embellecer la propia escritura o adornar el texto (Chicago, 2003: 156).

Paráfrasis
El no citar textualmente las palabras de un autor no exime de dar crédito por las ideas ahí tomadas o, más todavía, si son simplemente parafraseadas. De esta forma lo aclara la sexta edición del manual de publicaciones de la APA (2009: 170). El manual de Chicago añade que la doctrina de los derechos de autor considera el parafraseo excesivo como un plagio disimulado (Chicago, 2003: 156).
Así, un editor deberá cuidarse de aquellos textos en donde una única fuente es citada o referida una y otra vez a través de decenas de páginas. ¿Hasta dónde el autor no está más que reescribiendo, para pasar como propias, las ideas de otro?

Extensión
La ley norteamericana habla de proporción. Cuanto más corta sea la extensión de la obra citada, más pequeño el fragmento que puede citarse sin perjuicio de la obra en términos de las ventas que podría dejar de percibir su autor por el hecho de que fragmentos de su obra circulen en otras publicaciones.
El manual de la MLA indica que, en la corte, a menudo se estudia la pertinencia de la cita: ¿ese fragmento era realmente necesario para la argumentación o no?
Dice Martínez de Sousa que algunas leyes trazan el límite en las mil palabras (2007: 80). Por su parte, APA, en su política de permisos publicada en línea, fija ese límite en 400 palabras para una única cita y 800 para varias citas sucesivas.
Estos límites arbitrarios, desde luego, no tienen consecuencias en los marcos jurídicos en donde no sean explícitos. Si bien las editoriales usualmente establecen sus propios lineamientos “a dedo” sobre la extensión de las citas, aclara el manual de Chicago, estos no tienen validez alguna en la corte, en caso de un litigio (Chicago, 2003: 135).

Figuras, fotografías, obra plástica, gráficos
La misma ley cubre estos casos. Se considera lícita la publicación de fragmentos de una obra siempre y cuando se haga con fines didácticos y limitaciones. El manual de Chicago emplea el ejemplo de la Guernica de Picasso: es lícito publicar un fragmento e incluso la obra completa, pequeña, en blanco y negro. Pero una impresión a todo color, en gran formato, equivale a una reproducción a gran escala de la obra. Para esa sí se necesitaría solicitar permiso.
Los gráficos, esquemas y cuadros pueden reproducirse, siempre con el debido crédito, y si no exceden una cantidad razonable. APA fija esa cantidad en no más de tres cuadros de la misma publicación.

¿Cuándo se necesita pedir permiso?
Cuenta el manual de Chicago que muchos editores prefieren pedir permiso siempre, aun cuando no lo necesiten; de esta manera quedan cubiertos ante cualquier eventualidad.
APA proporciona ejemplos de casos en los que se requiere solicitar permiso; si bien se aclara que no es una lista exhaustiva, sino ilustrativa:

  • Escalas e instrumentos de medición
  • Videos
  • Artículos completos
  • Capítulos completos de libros
  • Extractos aislados de texto de más de 400 palabras
  • Series de extractos de texto que, en total, superen las 800 palabras
  • Más de tres figuras o cuadros de un mismo artículo de revista o libro
  • Resumen de un artículo de revista para su distribución a través de una base de datos
  • Contenidos esenciales de una obra publicada previamente (cuando su reproducción ponga en riesgo las ventas de la publicación original)

Cita o epígrafe en obras de ficción o con fines comerciales
En el caso de un epígrafe que se incluya en una novela (ojalá un best-seller de gran impacto en el mercado), se necesita solicitar permiso por escrito, ya sea por parte de la editorial o del autor.
Cabe recordar que traductores, fotógrafos y museos también ejercen derechos sobre las obras. Por lo tanto, incluso una obra de dominio público puede requerir la solicitud de derechos, si se emplea una traducción contemporánea o una fotografía tomada por alguien más.

¿Qué se debe especificar en el permiso de publicación?
El permiso debería incluir todos los datos necesarios para garantizar la claridad y el buen entendimiento, por ejemplo:

  • La extensión total de la parte de la obra que será reproducida
  • El tipo de publicación
  • El ámbito geográfico de distribución
  • El nombre del editor
  • La fecha de publicación
  • El precio de venta proyectado (MLA, 2008: 54)

Hoy día, desde luego, conviene incluso especificar si solamente se solicitan derechos de distribución para formato impreso o si se incluyen también página web, multimedia y otros formatos.

¿Quién solicita los derechos?
Puesto que la labor de obtener permisos de publicación recae en los autores, las editoriales a menudo disponen de fórmulas o cartas modelo para facilitarles el trabajo, o al menos, así lo acota el manual de MLA (2008: 54).
Una nota de sentido común más que válida, tomada del manual de MLA: ningún autor o editor puede alegar falta de tiempo para solicitar un permiso. Debe contemplar, en su proceso de producción, la solicitud de los permisos respectivos. Si llega la fecha límite para entra en prensa, será mejor eliminar el texto dudoso hasta nuevo aviso.

Lista de referencias
American Psychological Association (2009). Publication Manual of the American Psychological Association (6.a ed.). Washington, D.C.: Author.
American Psychological Association (2010). APA Copyright and Permissions Information. [Página web]. Washington, D.C.: Autor. Recuperado el 31 de mayo de 2010, de <http://www.apa.org/about/contact/copyright/index.aspx>.
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.
Modern Language Association of America (2008). MLA Style Manual and Guide to Scholarly Publishing (3.a ed.). New York: Author.
University Of Chicago Press (2003). The Chicago Manual of style (15.a ed.). Autor.

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Lexicografía popular: indecencia

De cuando en cuando ocurren entre los pueblos fenómenos que motivan a la gente a reaccionar a través de la palabra. En la forma de chismes, chistes, chotas y toda clase de paráfrasis burlonas, se expresa el descontento popular. En tiempos así, circulan documentos anónimos, implacables en sus observaciones, pero que dan cuenta de la versatilidad de la palabra como medio expresivo.

Como una prueba del ingenio de la “lexicografía popular”, por darle algún nombre, reproduzco esta mordaz colección anónima (o al menos así me ha llegado) de definiciones para la palabra indecente. De cuando en cuando, vale la pena recordar que hay muchas maneras de definir una palabra, fuera de las estrictamente académicas.

Para contextualizar a nuestros lectores no costarricenses, conviene mencionar que este mensaje es una reacción a un acto de nuestro cuerpo legislativo que pretende aumentar sus ingresos salariales de manera descomunal, mientras promueve, simultáneamente, una ley que despojaría a miles de empleados públicos de muchos de sus derechos laborales adquiridos desde hace décadas. El resultado es un pueblo que redefine el concepto de indecencia. Lo transcribo casi tal cual me llegó, con algunas correcciones ortotipográficas.

EL CONCEPTO INDECENTE

INDECENTE es que el salario mínimo de un trabajador sea de ¢54 00 al día (¢1,620 al mes) y el de un diputado de ¢2 500 000,00 pudiendo llegar con dietas y otras prebendas a ¢3 500 000.

INDECENTE es que un catedrático de universidad o un cirujano de la sanidad pública ganen menos que el concejal de festejos de un ayuntamiento de tercera.

INDECENTE es que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que les apetezca (siempre por unanimidad, por supuesto, y al inicio de la legislatura).

INDECENTE es comparar la jubilación de un diputado con la de una viuda.

INDECENTE es que un ciudadano tenga que cotizar 35 años para percibir una jubilación y a los diputados les baste solo con tres o con seis según el caso; y que los miembros del Gobierno, para cobrar la pensión máxima, solo necesiten jurar el cargo.

INDECENTE es que los diputados sean los únicos trabajadores (¿?) de este país que están exentos de tributar un tercio de su sueldo del ISR.

INDECENTE es colocar en la administración a miles de asesores (léase amigotes con sueldo) que ya desearían los técnicos más calificados.

INDECENTE es el ingente dinero destinado a sostener a los partidos aprobados por los mismos políticos que viven de ellos.

INDECENTE es que a un político no se le exija superar una mínima prueba de capacidad para ejercer su cargo (y no digamos intelectual o cultural).

INDECENTE es el costo que representa para los ciudadanos sus comidas, coches oficiales, choferes, viajes (siempre en gran clase) y tarjetas de crédito por doquier.

INDECENTE es que sus señorías tengan más de dos meses de vacaciones al año (28 días en Navidad-enero, unos 17 en Semana Santa –a pesar de que muchos de ellos se declaran laicos– y unos 15 días en verano).

INDECENTE es que sus señorías, cuando cesan en el cargo, tengan un colchón del 80% del sueldo durante 18 meses.

INDECENTE es que ex ministros, ex secretarios de Estado y altos cargos de la política cuando cesan son los únicos ciudadanos de este país que pueden legalmente percibir dos salarios del erario público.

INDECENTE es que se utilice a los medios de comunicación para transmitir a la sociedad que los funcionarios solo representan un costo para el bolsillo de los ciudadanos…

INDECENTE es que nos oculten sus privilegios mientras vuelven a la sociedad contra quienes de verdad les sirven.

¿Y mientras hablan de política social y derechos sociales?

¡¡QUÉ INDECENTE!!

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¿Qué es un manual de estilo editorial?

Aunque no lo parezca a simple vista, la delimitación del concepto de manual de estilo tiene consecuencias decisivas porque determinará qué temas cubrirá el manual y cuál será su tratamiento.

¿Qué es un manual?

La primera zona de confusión proviene del enunciado en sí: tanto el vocablo manual como el vocablo estilo son capaces de acoger variados significados y productos relativamente distintos entre sí. Cuando pienso en manual, como sustantivo, siempre evoco un documento que sirve como guía paso a paso para hacer algo. Pero según el DRAE, también designa un ‘libro en que se compendia lo más sustancial de una materia’. Más curiosa es esta otra acepción: ‘libro que contiene los ritos con que deben administrarse los sacramentos’; en otras palabras, un compendio de lineamientos para garantizar la eficacia del producto final (misa) al lograr que siempre se celebren, de la misma manera y en el mismo orden, una cierta secuencia de acciones (ritos).

¿Qué es estilo?

El caso de estilo es, a mi juicio, más delicado. En su significado más remoto, es el ‘punzón con el cual escribían los antiguos en tablas enceradas’. Pero el vocablo ha ido ampliando su sombrilla para acoger desde aspectos de expresión propios de un escritor o artista, hasta las tendencias artísticas de una época o las preferencias por la moda.

Así, cuando pensamos en un manual de estilo, ¿qué nos imaginamos que va ahí? ¿Acaso normas para la expresión y la comunicación escrita? ¿O estamos hablando acaso de la expresión formal de la escritura, como lo son la ortotipografía y la composición tipográfica?

Fronteras conceptuales difusas

Tal es la confusión epistemológica que puede derivarse de un enunciado tan vago como “manual de estilo” que lleva a José Martínez de Sousa a complejos argumentos taxonómicos en un intento por delimitar las distintas clases de manuales que ha conocido. Como resultado, define tres tipos de “manuales”: a) códigos tipográficos (normas de composición tipográfica), b) libros de estilo se emplean en medios de comunicación (periódicos, agencias de prensa, emisoras de radio y televisión) y c) manuales de estilo (normativa utilizada por editoriales propiamente dichas, así como sociedades y asociaciones científicas y técnicas (2007: 46 y ss.).

Tal vez sobra decir que una delimitación epistemológica basada en la diferencia entre “código”, “libro” y “manual” es poco menos que difusa, puesto que se está empleando el criterio de la forma externa o modo de entrega que adopta la publicación, sin atención de los contenidos del producto final. Pero ¿hoy día, con tantas posibilidades para la entrega del “manual”, como son las bases de datos, los sitios web y wikis, no valdría la pena buscar una denominación más atinente?

Propuesta de conciliación

Ante estas confusiones terminológica, para mí fue un hallazgo encontrar la obra de Judith A. Tarutz (1992), quien señala que los manuales de estilo también se denominan guías de estilo o estándares de publicación de la casa editorial (nombre que me parece, por demás, adecuado). No incluyen aspectos propios de la redacción; estos los cubren otro tipo de manuales, tales como el célebre The Elements of Style de William Strunk, Jr. y E. B. White. En otras palabras, no están diseñados para enseñar a escribir (estilo del autor), sino para normar las preferencias de la casa editorial, con el fin de unificar su producción.

Propósito de los estándares de publicación

Según la visión de Tarutz, muy sintética, pragmática y al grano, los estándares de publicación cumplen tres funciones primordiales:

  1. Señalar cuál es el estilo preferido cuando hay más de un criterio correcto, tal como la normativa bibliográfica o la alfabetización de un índice.
  2. Normar estilos y dictar lineamientos para tópicos muy técnicos, tales como la manera de desplegar fórmulas, compuestos químicos o comandos de computadora.
  3. Excepciones a las reglas generales con el fin de adaptar el manual a las necesidades particulares de la casa editorial.

El resultado de estos lineamientos será un grado de normalización que garantice la salida de productos con una imagen o marca bien definida. Los lectores, ya familiarizados con la bondades de la marca, sabrán siempre qué esperar, comprarán (o no) otros libros basados en su experiencia previa con las obras de esa editorial. Como valor añadido, ya conocidas las características de los libros de tal colección o casa, podrán imbuirse en su lectura sin complicaciones. Este último factor resulta de especial utilidad en obras de edición técnica (como todos los manuales de una gran compañía) y en edición académica, como pueden ser las líneas de obras didácticas. El estudiante, ya familiarizado con la manera en que una editorial dispone los elementos del texto, sabrá siempre utilizar su libro, además de simplemente leerlo, con una curva de aprendizaje sustancialmente menor que si cada vez que abre un libro de la misma colección tuviera que aprender las nuevas reglas de disposición del texto y entrega de la información.

Alcances y extensión

En síntesis, manual de estilo editorial es el nombre común y generalizado que se le da a los estándares de publicación de la casa editora. Se caracteriza por evadir todo tipo de argumentación (a pesar de que todas las decisiones están deben estar fundamentadas en investigación previa por parte del encargado o encargados de su redacción) y por centrarse en dar la norma. No debe ir más allá.

Sus alcances, los temas que cubra y la profundidad con que los trate dependerán de varios factores nada epistemológicos, sino muy prácticos: necesidades editoriales, tema de especialización de la editorial, características de su mercado y colaboradores y, desde luego, presupuesto.

No todas las casas editoras necesitan (por el tipo de libros que publican) o tienen los recursos suficientes para escribir manuales como el Chicago Manual of Style (956 pp.) o el Manual de estilo de la lengua española de José Martínez de Sousa (752 pp.). De hecho, la mayoría de manuales de las casas editoras se reducen a un compendio de lineamientos que pueden abarcar desde 30 hasta 150 páginas, o cualquier cifra intermedia (aunque los hay de tamaño superior, según las necesidades de la propia casa).

Además, los manuales se desarrollan, repiensan y crecen con el paso de los años. De ahí que no sea extraño que el manual de Chicago, originalmente un puñado de lineamientos para la imprenta, haya alcanzado casi las mil páginas en su décimoquinta edición, tras más de un siglo de publicación.

Por lo tanto, antes de lanzarse a elaborar sus propios estándares de publicación, siempre caben las preguntas: ¿qué se necesita estandarizar, para uso de quién y en qué plazo?

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¿Por qué se necesita un manual de estilo?

Quienes laboramos en el campo de la edición y la corrección hemos vivido el proceso de donde surgen nuestros propios y personales manuales de estilo: cuando somos novatos, iniciamos, cándidamente, una revisión. La primera vez que un problema gramatical, tipográfico o de redacción nos aparece, tomamos una decisión y creemos que nuestra memoria de elefante podrá recordarla por siempre (y al principio, cuando las decisiones y las páginas leídas son pocas, así es). Páginas más adelante, el mismo problema anterior regresa, como un fantasma del pasado inmediato, reclamando nuevamente nuestra atención. “¿Qué había decidido?”. Nos devolvemos frenéticamente hasta localizar la decisión previa. Esta vez, si tenemos algo de sentido común, nos hacemos de una hoja de papel, un cuaderno o un documento de Word y tomamos nota del criterio utilizado. Y más adelante, si nuestra memoria no nos falla, de manera sistemática procuraremos aplicar siempre el mismo criterio, a veces con dudas, preguntándonos si la primera decisión era la adecuada o no.

[Al menos esa ha sido mi experiencia. Correctores más prudentes y experimentados que yo no tienen estos problemas. Hacen una lectura general, toman nota de todos los aspectos que requieren unificación, elaboran su guía de aplicación y después, solo después, inician la corrección. Algún día, tal vez, ya pueda yo cumplir ese ideal].

La colección de notas para cada revisión se va quedando por ahí. A veces va a dar al basurero o al archivo. Otras, cuando el corrector es más prudente o se da cuenta de lo inmanejables que son las notas desordenadas, se apilan en una colección más o menos sistematizada de documentos y carpetas, pero cuyo crecimiento orgánico y casi azaroso se convierte en una zona de caos, si se carece de habilidades organizativas (casi compulsivas) desde el inicio del acopio de la información o de herramientas adecuadas para su posterior recuperación.

Bajo toda esa investigación desarticulada, se van formando nuestros propios manuales personales en la forma de fragmentos, retazos de memoria y muchos años de callo tipográfico.

Como agravante, los años pasan y nuestras viejas opiniones también, las necesidades de una publicación son distintas de las de otra, cambian las reglas de la Academia y se acuñan neologismos, se dan por válidas las viejas incorrecciones o se eliminan acentos, todo esto de una edición de la gramática y el diccionario a la siguiente… Ese “manual” personal es, en realidad, muchos manuales, muchos criterios, muchas “camisas a la medida” que llegan a confundirse, mezclarse, retroalimentarse en su espacio vital común.

¿Qué pasa cuando esta labor de corrección debe realizarse en el seno de una casa editorial, con muchos correctores que van y vienen con los años, algunos de planta y otros muchos contratados a través de servicios profesionales? ¿Qué pasa cuando en la elaboración de una obra intervienen muchas figuras distintas: autores, editores, especialistas de contenido, correctores de estilo y de pruebas, diseñadores gráficos, todos trabajando sobre el texto, la forma visual y la expresión material del libro? ¿Qué pasa cuando este trabajo en equipo debe ser uniforme, coherente, sistemático y universal para todos los involucrados, a pesar de los muchos “manuales de estilo” que cada individuo lleva dentro de sí?

Ya es una gran tarea lograr la unidad en un solo libro, un objeto de cultural compuesto por muchas pequeñas unidades: la letra, la palabra, el párrafo, la página, el apartado, el capítulo… Una buena edición logra unidad visual, gráfica y expresiva en todas las partes para lograr la ilusión de un todo. ¿Qué hacer cuando esa unidad debe llevarse a los planos más amplios: la colección de libros, la editorial y todas sus publicaciones?

La respuesta para unificar la labor de corrección en donde confluyen tantos agentes es sencilla: la normativa. La norma, distinta de la ley, se convierte en una medida y punto de referencia común, algunas veces elegido con cierta arbitrariedad, otras procurando encontrar el lugar de mayor encuentro entre las muchas partes involucradas en el proceso y, siempre, con la aspiración de encontrar un estándar tan universal como sea posible, pero adaptado a las necesidades especiales de nuestros propios territorios de acción.

La norma nos da un punto de convergencia, nos ayuda a mantener criterios uniformes (aun si no los aprobamos plenamente) y nos da la garantía de poseer un mismo código que garantizará la comunicación. En ausencia del autor, el lector solamente deberá acudir a los sitios en donde el código se recopila para averiguar qué se está comunicando. Es la misma razón por la que no empleamos la palabra “casa” para referirnos a ‘un animal cuadrúpedo rumiante que produce leche’. Aun cuando la persona tenga todas las razones del mundo para pedir que se le respete su “libertad de expresión”, si nadie más acepta el significado, ¿quién entenderá sus palabras?

La expresión de esta norma, en el seno de una casa editorial, es ese producto que llamamos manual de estilo (de cuya definición y pormenores hablaremos en el próximo artículo). Sin el manual de estilo, cada individuo del proceso deberá gastar muchas horas de su tiempo laboral en tomar las mismas decisiones que otros han enfrentado antes y que seguirán enfrentando mucho después; sin garantía de que todos lleguen a las mismas conclusiones. Se pierde dinero, se pierde tiempo, se pierde eficiencia y no hay manera de garantizar la calidad en el producto editorial. Por eso es que se necesita el manual: para lograr, a partir de la norma, la convergencia, la unidad y la armonía cuyos resultados se ven únicamente, en las obras bien editadas.

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El símbolo del escritor contemporáneo

Cada época tiene un símbolo cliché que representa al escritor según la herramienta que emplea: un cálamo, un stylo, una pluma, una máquina de escribir… ¿Cuál es “la pluma” del escritor de hoy?

La manzanita de Apple se filtra ya, discreta, en películas de cine cuyos personajes son escritores. Dos que recuerdo, sin mucho esfuerzo: Carrie, de Sex and the City (2008) y la escritora interpretada por Diane Keaton en Something’s Gotta Give (2003). El caso de Sex and the City es particularmente llamativo. En el sitio web de la película se puede visitar “la MacBook de Carrie”. Se crea la ilusión de entrar al escritorio de Carrie, chatear con sus amigas, ver sus notas y calendario…

Siempre que veo una marca reconocida en una película de Hollywood, no puedo evitar un pensamiento irónico: “¿cuánto pagó la compañía para estar ahí?”.

Sin embargo, incluso Hollywood tiene que ocultar sus huellas y hacer parecer la publicidad como la elección natural del personaje, a partir de los usos que ya la cultura ha ido imponiendo y de los estereotipos que la audiencia puede reconocer con facilidad. Y, en nuestros tiempos, la MacBook se ha ido convirtiendo en la elección natural de cualquier escritor.

Esto, lo aclaro, lo dice una escritora que no está recibiendo dinero alguno por promocionar la marca (¡qué desperdicio!), sino por el reconocimiento de que un escritor que se respete anda con una MacBook debajo del brazo.

¿Las razones? Una computadora portátil, sin importar la marca, es la mejor amiga de un escritor: hay una intimidad al escribir en un instrumento que se puede poner en el regazo, llevar a la mesa, situar en un café, o incluso usarla en el círculo de amigos con quienes hace uno su “taller literario”. Un cuaderno hace todo eso, es verdad, pero sin las ventajas de la era digital en cuanto a capacidad para corregir sin esfuerzo, regresar sobre lo escrito y buscar cualquier palabra clave en cualquier documento creado, sin importar la fecha o el lugar en donde haya sido colocado. Y la máquina de escribir… no solo es tan rígida como el cuaderno y mucho más pesada, además es ruidosa (aunque para quienes nos iniciamos escribiendo uno de esos símbolos de otra época, eso también tiene su mística).

¿Y una MacBook? Si solo dijera Scrivener, ya tendría razones suficientes para convencer a un escritor de usar Mac. Pero si este escritor es, además, investigador, editor, tiene un blog o es periodista, seguramente la Mac tendrá un conjunto de herramientas muy elegantes y eficientes: programas de gestión de bibliografías, artículos y citas, como Sente y Bookends; de organización de la información, como DevonThink; de toma de notas, creación de esquemas y fichas, organización del trabajo y muchas funciones adicionales, como el Circus Ponies Notebook; de creación de líneas de tiempo, como BeeDocs Timeline y Aeon Timeline (un programa todavía en versión beta pero diseñado para escritores); de construcción de genealogías, como el MacFamily Tree; de gestión de blogs y diarios, como MacJournal; de procesadores de texto especializados en escritura técnica, como Mellel; de gestión de la biblioteca, como Delicious Library y otras tantas alternativas gratuitas y de pago.

Y si solo mencionáramos los programas con la función de escritura en pantalla completa, una de las maravillas de la tecnología contemporánea, ya la lista es interesante de por sí. Además de WriteRoom, diseñado exclusivamente para cumplir esa función, tenemos Ulysses (el pionero) y Scrivener, Nisus Writer Pro (único procesador de textos con esa función personalizable), MacJournal y hasta el DevonThink.

Los editores y periodistas no necesitan que alguien los convenza para saber por qué necesitan una Mac: con una industria de la edición dominada por esta plataforma, y por programas como los paquetes de diseño de Adobe, la respuesta se hace evidente.

Así, no por su forma externa sino por la variedad de aplicaciones que hoy día existen para transformar una Mac en la caja de herramientas más completa que un escritor puede soñar, la MacBook es la nueva “pluma” del escritor.

¿Cuánto tiempo durará la computadora portátil como el símbolo del escritor? ¿Acaso los teléfonos sofisticados, el mismo iPhone o el iPad tienen potencial para reemplazarla o complementarla? Esas son preguntas abiertas en un mundo de cambio frenético. Por eso, si tiene curiosidad por ver la evolución de los símbolos del escritor, la próxima vez que vaya al cine, ponga atención y observe los detalles. Si el personaje es escritor, ¿qué usa para escribir?

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Las comillas de este blog

Cuando inicié este blog, estaba, simultáneamente, estrenando mi nueva computadora. En esos primeros días de mucha ignorancia, cuando busqué en el teclado las comillas voladitas o americanas (“ ”) fallé en encontrarlas al primer intento. En su lugar, cuando empleaba las comillas, automáticamente aparecían las comillas de codo o comillas españolas (« »).

Fue a partir de esa incapacidad técnica que las comillas españolas se convirtieron en el estándar en este blog, aun cuando poco tiempo después encontré las diversas maneras de poner comillas en mi teclado.

Ahora, unos ocho meses después de haber iniciado la quijotada de Nisaba, me veo en la necesidad de admitir que estoy en un contexto editorial en donde las comillas americanas son la norma.

Por lo tanto, a partir de hoy, todas las comillas en los artículos de este blog serán comillas americanas. Aunque pareciera incoherente cambiar la norma editorial del blog sobre la marcha y, con eso, romper la vieja regla de “pinche pero parejo”, la realidad es que ninguna norma puede estar por encima de las necesidades impuestas por el devenir y las circunstancias. Rectificar no solo quiere decir corregir, sino trazar un nuevo rumbo según las necesidades del momento.

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