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CILE VI: los problemas de organización

Soy una participante más del VI Congreso Internacional de la Lengua Española. Vengo desde Costa Rica —es decir, soy extranjera—, me inscribí como cualquier otro participante en línea, pagué mi cuota y me vine a la aventura, por mi cuenta (bueno, bien acompañada, en realidad, pero no como represenante de una organización), sin mayor guía que los consejos de Tripadvisor y Booking.com.

Eso ya, en sí mismo, es triste, y no es el resultado de mi negligencia, sino de una organización deficiente con visos de indiferencia.

Durante meses, como muchas otras personas, busqué información sobre inscripción, paquetes, tarifas, convenios… cualquier detalle que pudiera facilitar mi viaje y mi participación en el congreso. El Instituto Cervantes respondía que la información no estaba lista, que no era su responsabilidad, que el problema estaba en Panamá y, por ello, pedían disculpas. Fue de forma bastante tardía, allá por el mes de agosto, a menos de dos meses del evento, que el sitio web http://www.cile.org.pa estuvo listo, en línea, con la programación y el detalle de las ponencias y conferencias.

La página web es escueta en sus datos de inscripción. Se indicaba la nacionalidad, se seleccionaban los paneles y se pagaba. El sistema devolvía un número de inscripción y un correo de confirmación. No había instrucciones, como la hora o el día a partir para hacer el registro en el congreso, los requisitos (si era o no necesario imprimir la página de inscripción) o, incluso, qué incluía el costo de $50 dólares.

Quise indagar si, aparte de ese precio, existían convenios con hoteles, descuentos en líneas aéreas, información de restaurantes y hasta paquetes turísticos. En una actividad como esta, con varios cientos de participantes (mi número de inscripción ya iba por el seiscientos y tanto), uno habría esperado excelentes ofertas al negociar por volumen. También habrían sido oportunidades para socializar con otras personas del mundo hispanohablante, colegas con el mismo interés en la lengua. No. Lo único que se me dio fue el contacto de la agencia de viajes El Corte Inglés de Panamá la que, dicho sea de paso, nunca me envió una cotización formal, a pesar de haberla solicitado.

Así, con la inscripción en la mano, solo se veía un camino: reservar en un hotel elegido por mi cuenta, para llegar al centro de convenciones Atlapa antes de las 11:00 a.m. del primer día de congreso, según indicaba el cronograma del sitio web. Si hubo o no alguna actividad el día antes, no me enteré ni recibí invitación. Tampoco recibí información sobre si habría almuerzo incluido o que se pudiera adquirir por mi cuenta, área de comidas, restaurantes cercanos…

La víspera hacía su anuncio sin equívocos y, en efecto, el primer día del congreso fue un desastre. Este desastre lo vivimos las personas comunes, como yo, extranjeras, solitarias, simples mortales con interés e ilusión de participar en el congreso. Estoy segura de que los ponentes, con todos los gastos pagos y hospedados en lujosos hoteles, que almorzaron el primer día en el hotel Sheraton, no experimentaron esta misma zozobra y quizás tengan solo palabras de agradecimiento para los organizadores del congreso.

Pero yo, que perdí más de una hora tan solo tratando de averiguar dónde podía almorzar el primer día, bajo el ardiente sol panameño, yendo de una persona a la otra sin que nadie pudiera darme información fidedigna… yo puedo decir que experimenté los problemas de la desorganización. Alguien me enviaba de aquí para allá, y averigüe al otro lado, y mire que tal vez aquel sepa, que este no es mi departamento… Nada. Nadie sabía nada. Ni dónde se almorzaba, ni la clave para acceder internet, ni siquiera por qué no me habían dado mi carpeta con el logo del congreso, papel y demás implementos mínimos.

No todo fue desastroso: hubo personas en el camino que hicieron todo a su alcance. Su trato humano, su deseo de ayudar, su congoja ante los problemas generales lograron compensar en algo y dejar el tema atrás. Pero queda ese recuerdo de la incertidumbre agravada por la falta de información, por la carencia de interés y por la ausencia de nociones básicas de servicio al cliente.

¿Conclusiones? Quizás a las academias les interesan muy poco las personas que asisten al congreso. Quizás su prioridad son sus invitados, sus cocteles, sus egos, su espectáculo. Quizás todo esto no sea más que un escenario de apariencias e ilusionismos.

Lo cierto es que, desde la inscripción hasta la clausura —todavía queda la incertidumbre de si al menos habrá un certificado de participación—, me he sentido pequeña, no como quien “se codea con los grandes” sino como quien sobra en la mesa.

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La nueva ortografía de la Academia ya está en Costa Rica

Envuelta en su retráctil (ese plástico que se adhiere alrededor de todo el libro), la Ortografía de la lengua española llega en pasta dura, dentro de un estuche que la protegerá del polvo y los golpes. [No de la humedad, no. En Costa Rica la humedad es tal que los libros comienzan a sentirla muy pronto, vengan de donde vengan].

La abro y del plástico sale ese olor a libro nuevo, a tinta casi fresca, a papel recién cortado… Sí, es una edición mucho más cuidada que su predecesora, de 1999, incluso en su propuesta gráfica: una cubierta con un diseño moderno y juguetón: una gran letra O de color amarillo encierra el título blanco sobre fondo azul oscuro.

Vamos mejorando: buen síntoma.

La primera prueba: la lista de contenidos. Me sorprende favorablemente la primera parte de la introducción: “La representación gráfica del lenguaje”. Ya era hora de reflexionar sobre el paso de la oralidad a la escritura y las particularidades históricas de la escritura alfabética, antes de entrar a discutir sobre ortografía. Sí, porque la ortografía solo tiene sentido en un mundo en donde se hace un salto de la oralidad a la representación gráfica de esa oralidad mediante signos.

La segunda parte de la introducción reflexiona sobre la ortografía como una disciplina lingüística (¡aleluya!), las reglas de la ortografía, su lugar en el ecosistema social… gran cantidad de temas de reflexión hasta ahora ausente de los escuetos manuales anteriores.

[Me pongo a pensar en las quejas de los docentes universitarios de mi país sobre la mala ortografía de los estudiantes que llegan a sus aulas. “Es culpa de la primera enseñanza”, dicen unos. “Hagamos exámenes de aptitud; evaluemos la ortografía continuamente”, dicen otros. Pero ninguno (o no ha llegado el chisme hasta mis oídos todavía), ni siquiera en las facultades de Letras, se atreve a proponer: “Hagamos un curso universitario dedicado a la ortografía, incluyámoslo en el currículo del filólogo, impartámoslo junto a la morfosintaxis y la gramática generativa…”].

El resto de la obra ya entra en materia. Los capítulos son largos y detallados y argumentan más que antes. Por ejemplo, en el capítulo 1 ya no solo se habla de “letras”: se reflexiona sobre los fonemas, sonidos y grafemas, se define el grafema y se estudia su equivalencia con letra, se menciona la sinonimia entre alfabeto y abecedario… y solo después de todo eso, se habla de los polémicos dígrafos ch y ll. [Antes nos los tiraban en frío, no se justificaban los conceptos, de la idea de letra no pasaba la Academia… Mmm… También aquí vamos mejorando].

Hojeo las primeras páginas. [Las hojeo y las ojeo…]. Me saltan a la vista detalles gráficos menos placenteros y no tan acordes con los valiosos lineamientos de otras fuentes que hasta ahora he seguido. Es inevitable que la Ortografía (la obra) predique con el ejemplo. [Ese es un detalle que los diseñadores gráficos y los editores de las obras de la Real Academia deberían tomar siempre en cuenta: hasta el diseño gráfico del libro debería ser congruente con la normativa propuesta en sus páginas. Ya tendré tiempo de verificar si así lo hicieron esta vez].

Y así sigue…, no tiene sentido detallar la lista de contenidos en este breve artículo y, si por la víspera se saca el día, dudo mucho que yo misma vaya a estar de acuerdo con todas las propuestas de esta nueva normativa ortográfica, ya bastante polémica en lo que va del año. Pero aun así, y considerando las diferencias de opinión, gustos estéticos, usos editoriales y realidades geográfico-lingüísticas, al menos esta ortografía me va a resultar de mayor utilidad que su predecesora.

Para quienes habitamos en Costa Rica, la obra está disponible desde esta semana en la Nueva Década. A la fecha, cuesta ¢25 000 (un precio justo, si se considera que en España cuesta 40 euros). Lo mejor será comprarla ahora, antes de que los nuevos precios del petróleo la hagan inaccesible. Y yo, por mi parte, me regreso a este ejemplar que todavía huele a nuevo.

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