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Leer antes de corregir: la hoja de estilo

Una vez leído el texto con fines diagnósticos y elaborada una lista de acciones pendientes, dudas, inquietudes y temas por resolver, es el momento de hacer una pausa de la lectura y tomar las decisiones de estilo que aplicarán a esta obra en particular.

Todas las editoriales —al menos en teoría— disponen de un manual de estilo. Aun cuando no esté escrito, hay un conjunto de reglas que enmarcan sus estándares de publicación.

Cuando la corrección se hace de manera independiente, sin un manual que sirva como guía, la hoja de estilos es más difícil, porque requerirá más investigación en fuentes de diversas y hasta contradictorias. Cuando el manual existe, este será la guía y referencia obligatoria para la elaboración de la hoja de estilos que deberá respetarlo hasta donde los casos particulares lo permitan.

¿Qué es la hoja de estilo?

Es el conjunto breve, puntual y conciso de las decisiones editoriales que se aplicarán durante la revisión. Si la revisión es de contenidos, estas decisiones serán el sumario de los aspectos débiles de la obra y con qué tono y estrategias se atenderán. Si la revisión es de estilo y comunicación, estas decisiones implicarán correcciones de redacción, sintaxis y discurso. Si la revisión ya es ortotipográfica, estas decisiones también suponen la unificación tipográfica de la obra en todos sus detalles.

¿Por qué se necesitaría una hoja de estilo si existe un manual?

Los manuales son amplios y atienden una gran cantidad de temas porque deben prever todas las situaciones posibles. Varían en extensión de unas 125 hasta más de mil páginas. Son un instrumento de consulta diseñado para todos los productos de la casa editora.

La hoja de estilos, en cambio, está diseñada a la medida del texto. Recopila los aspectos normativos y de unificación que atañen a un solo libro o documento. Puede variar en extensión de dos a diez páginas, según la complejidad y extensión del material. Estas cifras no son inviolables, una hoja de estilo puede tener solo una página o sobrepasar la decena, pero siempre será tan breve como se pueda y es, ante todo, una guía mnemotécnica de trabajo para recordar, en esta publicación en particular, cómo se decidió atender esto o aquello.

¿Por qué conviene elaborar la hoja de estilo antes de revisar?

La elaboración de la hoja de estilos da la oportunidad de reflexionar sobre las decisiones de corrección en su conjunto y no de manera aislada o atomizada. En lugar de ir párrafo a párrafo decidiendo si este o aquel concepto deberá escribirse con letra cursiva o entre comillas, un diagnóstico global previo que se concrete en lineamientos globales será el mejor apoyo durante el proceso fino de corrección. Así, cuando se revisa, no se toma la decisión cien veces: más bien se toma la decisión una vez y se aplica cien veces.

Otra ventaja de la hoja de estilos es la comunicación entre las personas involucradas en la realización y edición del material. Cuando los criterios se comparten y someten a aprobación, se evitan reclamos y discusiones innecesarias en etapas más avanzadas.

También le proporcionan a quien revisa un instrumento de respaldo en disputas, disensiones o dudas cuando el final de la revisión está cerca. Una hoja de estilos previa impide, por ejemplo, que luego de unificar algo a través de trescientas páginas, aparezca alguien preguntando por qué mejor no se hace “asá” en lugar de “así”.

Por respeto a la labor profesional que se está realizando, esas preguntas no deben plantearse cuando la labor está casi terminada sino antes, cuando nadie ha desperdiciado horas valiosas del calendario de producción y de su propia vida en una decisión que después sería imputada, muchas veces por una cuestión de gustos. En otros casos, puede ayudar a detener, antes de cometer una equivocación masiva, errores de criterio que, en efecto, debían aplicarse de manera distinta a la elegida por quien está corrigiendo.

La función mnemotécnica de la hoja de estilo

En un medio de edición profesional, se manejan varias obras simultáneamente y el periodo de revisión de muchas obras puede alargarse y superponerse al de otras. Cuando se retoma un material tras dos o tres meses desde el primer contacto, se corre el riesgo de olvidar qué se había decidido en ese momento para esa obra en particular y por qué.

La hoja de estilos debe ser tan sucinta que su consulta sea fácil, pero tan explícita como se necesite para recordar el sustento de la decisión tomada.

El valor de la hoja de estilo en las distintas etapas de corrección y revisión

Una hoja de estilo puede irse enriqueciendo al ir pasando de manos: de editor de contenidos a editor de estilo, de ahí a la mesa de corrección de pruebas… Su valor aumenta si las personas encargadas de estos procesos son distintas. Nadie debería asumir una corrección de pruebas sin tener a la vista la hoja de estilos de la obra, no vaya a ser que quiera aplicar —por ignorancia y hasta buena fe— decisiones distintas a las tomadas por el equipo, con amplio sustento y discusión. Algo puede ser muy correcto desde el punto de vista de la Real Academia Española, pero si entre dos alternativas distintas, igualmente correctas, el equipo de edición eligió una y la aplicó de forma consistente, nadie debería tener la potestad de llegar a una etapa de revisión de pruebas y así, sin más, dictaminar: “esto está malo, esto no sirve, cámbienlo todo”.

Incluso un pequeño cambio en etapas avanzadas puede convertirse en un gazapo de dimensiones monstruosas, cuando alguien, erróneamente, cambia algo en una página sin tomar en cuenta todo lo demás. El riesgo de error también aumenta cuando se decide hacer tal unificación en un momento tan avanzado de la obra. No es lo mismo unificar de forma apresurada, con el libro ya casi en prensa, que hacerlo cuando hay meses o semanas de tiempo.

Cada publicación es un mundo y quienes la han acompañado merecen respeto. La hoja de estilo forma parte de la documentación necesaria para dejar registro del proceso y hacer valer ese respeto cuando la ocasión lo amerita.

En síntesis
La hoja de estilo es una herramienta mnemotécnica, facilita la comunicación del equipo, ayuda a mantener decisiones uniformes y sistemáticas, es un apoyo profesional para hacer valer nuestra labor y, al final, incluso puede ayudar a enriquecer los manuales de la casa editora cuando se ha utilizado para resolver temas polémicos no contemplados en el manual de estilo de la casa.

Esta, sin duda, es una de las prácticas que diferencian a quienes están comenzando de quienes ya llevan camino recorrido: se gana mucho cuando se “pierde” tiempo en estos procesos preliminares.

Si usted todavía no ha hecho nunca una hoja de estilo, inténtelo la próxima vez. Si ya tiene esta práctica, cuéntenos sus experiencias.

Con este artículo se cierra la serie de “Leer antes de corregir”. He compartido lo que muchos manuales recomiendan y la experiencia me ha confirmado. La edición queda ahora en sus manos.

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Leer antes de corregir: anotaciones y listas de dudas

En los artículos anteriores, hablábamos de la necesidad de llevar un proceso previo de lectura antes de meter las manos de lleno en los documentos que nos corresponde editar o corregir.

Si la primera lectura debe ser de reconocimiento nada más, conforme se va avanzando y alcanzando una visión más o menos integral de los errores frecuentes, de las características textuales y de las necesidades comunicativas, el impulso de esgrimir el lapicero rojo se va haciendo imperioso, casi irresistible. Es una especie de comezón, una necesidad de decirle a alguien lo que ya comienza a pasar por la cabeza de uno.

Cuando se ha alcanzado ese momento durante la primera o segunda lectura del material, no corrija todavía: ha llegado la hora de anotar.

Las notas no deben ser todavía intervenciones; son interrogantes, dudas, recordatorios, marcas para no obviar algo cuando se comience la revisión. Que algo visto ahora no se pierda después bajo el cansancio, la familiaridad con el texto o la simple mala suerte.

Aquí se puede hacer uso de tres herramientas, ya sea que se trabaje en un procesador de texto, sobre un archivo PDF o en papel:

  1. Comentarios al margen.
  2. Anotaciones directas a mano alzada.
  3. Subrayado con marcadores de colores o su equivalente.

Estas tres formas de anotación, combinadas, le ayudarán a desahogar sus impulsos de corrección, mientras comienza a marcar en el documento, cual si fuera un mapa, la ruta por seguir más adelante.

Estas marcas —no correcciones, insisto— van ayudando a hacer el diagnóstico visible. Si se detecta que, por ejemplo, en el texto se emplean las comillas de manera inconsistente, el señalamiento de cada una de las comillas dudosas con un color distintivo ayudará a cuantificar la magnitud de la futura corrección e incluso los casos en donde es viable emplear herramientas de corrección automática.

Sucede a menudo, durante estas primeras etapas, que un problema recurrente se detecta hasta bien avanzada la lectura, en la página 15, en la página 50, en la página 100… No importa cuándo, ese es el momento de hacer nota. Luego habrá que releer las páginas precedentes con nuevos ojos: ya sabiendo qué buscar.

De ahí que haya una cuarta herramienta imprescindible, quizás la más valiosa: la lista de interrogantes.

Ya sea de forma simultánea al proceso de anotación, o en un momento posterior, conviene crear una lista de cada una de las dudas surgidas durante la corrección. Esta lista crecerá de manera orgánica, desordenada, caótica, quizás con repeticiones y siempre con más preguntas que respuestas. Así debe ser al inicio: una simple colección de situaciones textuales dudosas, de irregularidades que requieren de una norma, de sitios en donde el texto no alcanza todavía los estándares de la casa editora, de zonas mejorables.

Estas marcas no tiene por qué verlas nadie más todavía, hasta que sean definitivas, hasta que usted haya despejado sus dudas y haya tomado sus decisiones. Pero esa es la próxima etapa.

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Recomendaciones bibliográficas: José Martínez de Sousa

En este blog las obras de José Martínez de Sousa han sido continuamente citadas o referidas. Hoy hacemos un alto para comentarlas, debido a su valioso aporte y por tratarse de herramientas indispensables para el quehacer editorial.

La biografía y obras de este autodidacta incansable pueden consultarse en su página web: http://martinezdesousa.net/. Se describe a sí mismo según las profesiones de la palabra que ha ejercido: lexicógrafo, bibliólogo, ortógrafo, ortotipógrafo y técnico editorial. Pero le falta mencionar escritor, aunque ninguna de sus obras es de ficción. Algunos de sus libros, declara, surgieron para cubrir sus propias necesidades de conocimiento. Lejos de guardárselos para sí, los compartió con el mundo y hoy ninguna biblioteca de corrección está completa sin sus publicaciones.

La bibliografía de Sousa es extensa: en su página web, detalla veinticuatro libros publicados desde su primera versión del Diccionario de tipografía y el libro, en 1974. Pero muchas obras han ido experimentando reediciones, fusiones, reestructuraciones y renovaciones. Otras ya no se consiguen, excepto en el mercado de libros usados y hay que mandarlas a traer a recónditas librerías especializadas.

Los títulos más relevantes se distribuyen gracias a los esfuerzos de Ediciones Trea, una editorial comprometida con la publicación de obras fundamentales en el campo profesional de la edición y la corrección de textos. Dos de sus títulos también están vivos en el catálogo de Ediciones Pirámide.

Por lo tanto, si uno está apenas iniciando su biblioteca de corrección y edición, por razones prácticas, no podrá aspirar a comprar todas sus obras de una sola vez; una tarea no solo difícil por los problemas de distribución de obras españolas en América Latina, sino por el elevado costo de cada ejemplar. Habrá que elegir y priorizar. Para ayudar en esa tarea, a continuación detallo algunos de los libros que conozco y tengo acceso para que usted pueda organizar su presupuesto e iniciar la cacería. Los pongo en mi orden de preferencia. Mi criterio no es científico sino de uso: son los libros que día a día utilizo, como las herramientas básicas de mi oficio.

Manual de estilo de la lengua española (MELE)

Esta es quizás la obra esencial, la obra, si uno está directamente involucrado en el tema de la edición como tal. La tercera edición (2007) tiene 752 páginas, pero ya Trea tiene a la venta la cuarta edición (2012), con 775 páginas, revisada y aumentada. El MELE toca muchos temas que otros manuales evaden, siempre desde la perspectiva de Sousa, bien fundamentada en una visión crítica y una experiencia inigualable.

Ficha completa del libro: http://www.trea.es/ficha.php?idLibro=00000052

Ortografía y ortotipografía del español actual

Aquí se profundiza en temas que el MELE no puede tocar o apenas roza. Es una herramienta vital de corrección, puesto que ingresa en los tortuosos caminos de la mayúscula, minúscula, ortografía técnica, ortografía bibliológica, puntuación, acentuación, onomástica… La lista es gigantesca y se extiende por 563 páginas. Con este título, Sousa nos enseña que la ortografía no se reduce a las reglas de la tilde y a la puntuación. La ortografía y la ortotipografía son especialidades tan complejas y meritorias como cualquier otra rama de la lingüística o la gramática.

Esta obra, ya en su segunda edición (2008), incorpora y actualiza íntegramente el Diccionario de ortografía técnica (1987), publicado en su momento por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez.

Ficha completa del libro: http://www.trea.es/ficha.php?idLibro=00000268

Diccionario de uso de las mayúsculas y las minúsculas

Esta obra lúcida, hija de la necesidad, es el sueño de cualquier profesional de la corrección. Sobre todo cuando se está comenzando, se pasan horas angustiosas ante la pregunta de si tal o cual palabra se escribe con mayúscula o no. Autores, escritores de todo tipo, estudiantes de tesis, periodistas… quizás no haya una sola persona que acuda a la mayúscula como un instrumento para destacar lo que le parece de mayor relevancia por alguna razón superflua y sin justificación lingüística, semántica o comunicativa. Para cada mayúscula, se pueden perder horas preciosas, mientras se consultan diccionarios normativos y de uso, reglas genéricas, ortografías de todas clases… Sousa ha dado el salto cualitativo y ha sistematizado en un diccionario, práctico por definición, las palabras de más frecuente duda en la mesa de corrección. ¿Cuánto tiempo ahorra este diccionario? ¿Cuántas horas laborales y recursos institucionales valiosos se recuperan gracias a herramientas como estas? Por lo tanto, este diccionario, ya en su segunda edición (2010) vale cada centavo y más.

Ficha completa del libro: http://www.trea.es/ficha.php?idLibro=00000786

Diccionario de bibliología y ciencias afines

La tercera edición de este diccionario (2004) es una joya en la que su autor además aprovechó para incorporar otras publicaciones previas y afines entre sí, como el Diccionario de tipografía y artes gráficas, a su vez heredero del Diccionario de tipografía y del libro (1974). También incluye gran cantidad de terminología lexicográfica tomada del Diccionario de lexicografía práctica (1995) y terminología periodística tomada del Diccionario de información, comunicación y periodismo.

Ficha completa del libro: http://www.trea.es/ficha.php?idLibro=00000317

Diccionario de dudas y usos del español actual (DUDEA)

Con su capacidad crítica de siempre, Sousa toma en cuenta otras obras, incluido el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005), y aporta su criterio sobre un significativo corpus de palabras dudosas. A menudo, un vocablo muy técnico o especializado (con ese tipo de interrogantes bizarras, exclusivas del mundo editorial) puede eludir grandes y respetables diccionarios y, sin embargo, encontrar un lugar en esta obra singular.

Ficha completa del libro: http://www.trea.es/ficha.php?idLibro=00000268

Manual básico de lexicografía

Este manual no solo es útil para académicos del campo de la lexicografía. Es una guía actualizada y atinada en el complejo reto de diseñar la ortotipografía, estructura y formato de un lexicón, diccionario o glosario. Comprende la temática inicialmente desarrollada en el Diccionario de lexicografía práctica (Barcelona: Bibliograf, 1995).

Diccionario de redacción y estilo

Esta útil herramienta ayuda a despejar diversas dudas sobre terminología de la redacción y corrección. Se consigue en su tercera edición (2003) en Ediciones Pirámide.

Manual de edición y autoedición

En este libro se abandonan las fronteras del texto y se ingresa en la página, como un espacio vivo, dinámico, móvil, en donde el texto se convierte en bloque, columna, título, encabezado, pie, figura, tipografía… Una introducción muy completa para quien desee ingresar en el campo de la creación y producción de libros; y una obra de consulta cuando se finaliza el texto y se inicia la edición gráfica. La segunda edición (2005) está disponible en Edificiones Pirámide.

En síntesis
La bibliografía de Sousa no se acaba en las ocho obras aquí reseñadas, pero analizarlas todas es tarea de otro libro, no de un artículo de blog. Búsquelas, adquiéralas, revíselas, absórbalas, critíquelas y, desde el camino adelantado por este maestro de las artes del libro, fórmese su propio criterio. Sin duda, su labor editorial será más rica y profesional si dispone de esta biblioteca.

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¿Imperio Romano o Imperio romano?

La Real Academia Española (RAE) es clara en su dictamen: se escribe Imperio romano (2010: cap. IV, § 4.2.4.10.4); sin embargo, esta grafía, en donde una palabra aparece con letra mayúscula y la otra con letra minúscula, provoca incertidumbre. Muchas personas “sienten” la necesidad de imponerle la mayúscula también al adjetivo romano, bajo el argumento o la sensación de que están describiendo a una unidad geopolítica bien definida. Después de todo, ¿quién no conoce el “Imperio Romano”, con sus mayúsculas? Lo hemos visto así escrito alguna vez. ¿Por qué no sería correcto?

Periodo histórico, no denominación oficial

El primer problema de fondo es de precisión histórica y de nomenclatura. El pueblo romano tuvo tres periodos histórico-políticos bien definidos: la Monarquía (desde la fundación de la ciudad, en 753 a. e. c.), la República (instaurada en 509 a. e. c.) y el Imperio (establecido en el 27 e. c.).

Estrictamente hablando, la expresión Imperio romano designa el último periodo de la historia del pueblo romano, el periodo comprendido desde el año 27 e. c. hasta su caída; así como los límites territoriales alcanzados durante esa época. ¿Qué ocurre con los periodos anteriores? No quedan cubiertos por esta expresión. Pero los hablantes, con mucha frecuencia, sienten que sí. Y ahí es donde está el meollo del asunto.

Como agravante está el hecho de que sí existió una denominación romana oficial. Aparece en sus escudos y todavía hoy se encuentra dispersa por la ciudad de Roma: Senatus Populusque Romanus (el Senado y el Pueblo de Roma), cuya sigla era SPQR. No obstante, como apunta Manuel Seco, nadie diría “el S.P.Q.R. venció a Cartago” (citado por Sousa, 2008: 209).

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Nombres propios versus adjetivos

El segundo problema es ortotipográfico y tiene que ver con el juego de mayúsculas producido entre el criterio de nombre propio y adjetivo derivado de un nombre propio.

La palabra Imperio, nos dice la Academia, es equivalente a Estado, República y Monarquía. Lleva mayúscula porque representa un aparato de gobierno, una institución pública, una figura política definida y, como tal recibe tratamiento de nombre propio. No es el nombre de un país u entidad geopolítica: es el nombre de la institución que gobierna ese país. No se aplica la mayúscula al adjetivo que lo acompañe, por ejemplo, Estado costarricense. Es el mismo caso de República. Decimos la República de Costa Rica, en donde Costa Rica es un nombre propio y se escribe siempre con mayúscula. Mientras que la República costarricense es una expresión formada por un nombre propio (República) y un adjetivo derivado de un nombre propio (costarricense, derivado de Costa Rica).

De la misma manera, podríamos hablar de la República de Roma o de la República romana. De hecho, durante el periodo imperial, Roma pasó su denominación oficial a Imperium Romanum cuya traducción más aproximada a nuestro concepto actual podría ser Imperio de Roma (nombre propio + nombre propio); por lo tanto, bajo este mismo criterio, cuando se usa la denominación adjetiva se debería escribir Imperio romano (nombre propio + adjetivo).

Imperios de Oriente y Occidente

Un problema adicional lo introduce la división del Imperio de Roma en dos grandes jurisdicciones independientes: la de Oriente y la de Occidente. En tales casos, el problema del adjetivo en minúscula permanece, pero produce una expresión que sube y baja como una montaña rusa: Imperio romano de Occidente, Imperio romano de Oriente. También son válidas las expresiones Imperio de Oriente e Imperio de Occidente.

En tal caso, para impedir estas expresiones con mayúsculas tan caprichosas, se pueden emplear las expresiones Imperio de Bizancio o Imperio bizantino, con las mismas consideraciones ya hechas con respecto a los adjetivos en minúscula.

Esta regla ortotipográfica se aplica también a otros imperios, como el Imperio astrohúngaro y el Imperio maya.

Otras expresiones imperiales con mayúscula

La nueva ortografía advierte que las siguientes expresiones se escriben todas con mayúscula:

Sacro Imperio Romano Germánico (nombre propio de la entidad política formada por diversos Estados de Europa central)
Bajo Imperio (subdivisión del periodo imperial romano)
el Celeste Imperio (denominación de la China imperial)

En la mesa de corrección

La próxima vez que se encuentre un Imperio en un texto bajo su cuidado, recuerde verificar los siguientes puntos:

  1. ¿Se refiere en efecto a un periodo imperial propiamente dicho o se está empleando, como eufemismo, para designar a la entidad geopolítica, con toda la historia o expansión territorial de un pueblo, desde su fundación hasta su caída? En el segundo caso, puede emplear expresiones más generales; por ejemplo, Roma o en Roma, sin especificación de la figura política, durante la época romana, civilización romana.
  2. ¿Es una denominación oficial —y generalmente aceptada como tal— o es una pequeña variante del nombre?
  3. ¿Es un grupo nominal formado por dos nombres propios o por un nombre propio y un adjetivo? O dicho en cristiano: ¿dice Imperio de Roma o Imperio romano? En el segundo caso, siempre se aplicará la minúscula. También se pueden emplear expresiones más precisas, como durante la época imperial; durante los gobiernos de Calígula, Vespasiano y Adriano; durante la época de los emperadores. En un texto escrito, la precisión contribuye a elevar la calidad.

En síntesis

La corrección no siempre es un problema de aplicar reglas en apariencia rígidas. La ortografía también se arraiga en la historia, la cultura, la política… Al final, en la mesa de corrección, será necesario tener a profesionales en múltiples especialidades: lengua e historia (o economía, o medicina, o leyes, según el texto que se esté revisando), cada quien desde su óptica en un diálogo razonado, para encontrar la respuesta final a una pregunta tan sencilla como si tal o cual cosa se escribe con mayúscula o con minúscula.

Lista de referencias
Martínez de Sousa, J. (2008). Ortografía y ortotipografía del español actual (2.a ed.). Gijón: Trea.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2010). Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa.

        

Agradecimiento
Se agradece la colaboración del historiador Gustavo Naranjo, cuya férrea convicción de que se debe escribir Imperio Romano y sus numerosas aclaraciones históricas sobre la historia de Roma fueron cruciales para la investigación detrás de este artículo (y para mi propia convicción de que se escribe Imperio romano; hasta nuevo aviso).

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Día de la Corrección

Hoy se celebra el Día de la Corrección, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, ese escritor y filósofo cuyo pan diario lo pagaban largas horas de corrección de pruebas en aquel primer siglo de imprenta.

Esta es celebración fue instituida por la Fundación Litterae, de Argentina. También la celebra la Unión de Correctores españoles, y bien nos la podemos apropiar quienes dedicamos parte de nuestras horas a la profesión, en cualquier latitud del continente.

La corrección es la tarea de identificar los errores con el único propósito de eliminarlos. Es un acto de crítica y de inmediata rectificación con miras a entregar el mejor texto que seamos capaces de dar. Por eso siempre es una crítica amorosa: su último fin es la perfección, ese ideal inalcanzable que define nuestra labor diaria.

Quizás por eso, quienes hemos dedicado algunos años a la tarea de corregir desarrollamos un ojo crítico indomable, pero siempre con esa necesidad de identificar alguna solución y plasmarla, con tinta roja, en cualquier situación de la vida.

Para quienes dedican sus horas laborales a perseguir geniecillos entre líneas, atrapar gazapos y desterrar errores de los textos, muchas felicidades en su día y muchas gracias por su esmerada labor.

Nota: esta entrada fue actualizada el 29 de octubre de 2011 para rectificar el dato sobre la institución del Día de la Corrección.

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El manual para nuevos medios de la Fundéu

La Fundación para el Español Urgente (Fundéu) está preparando un manual para lidiar con los retos de comunicación impuestos por las nuevas tecnologías. Continuamente aparecen palabras nuevas, de muy diversa procedencia, que llegan al español para quedarse y nos obligan a pensar cómo escribirlas.

Este nuevo manual de la Fundéu ayudará a dar respuesta a estas inquietudes ante las cuales no podemos esperar la lenta respuesta de las academias y los diccionarios.

El manual estará listo a finales de junio o inicios de julio, pero ya se pueden ir consultando artículos en el “borrador” en línea: Estilo. Manual de estilo para los nuevos medios.

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¿El wiki o la wiki?

En un libro que revisé hace poco tiempo, en un muy bien fundamentado párrafo, el autor recomendaba –como experto en la materia– decir “el wiki”. Pensé que mis problemas de corrección estaban resueltos, hasta que en las siguientes páginas, conforme avanzaba en su exposición, ese mismo autor escribía, reiteradamente, “la wiki”.

¿Qué había sucedido? Me enfrentaba a un fenómeno aislado de Jekyll y Hyde (un autor que ante sus pares académicos escribe “el wiki” y en privado habla de “la wiki”) o tenía un problema de corrección grave, generalizado y con una duda compartida por más personas. Dada la cantidad de veces que recibo la misma pregunta, más bien se trata del segundo caso.

¿Qué se designa con la palabra wiki?

En el recientemente publicado blog Manual de estilo para nuevos medios de la Fundéu, Tíscar Lara propone una definición de wiki: “En términos tecnológicos, es un software para la creación de contenido de forma colaborativa, un sistema de creación, intercambio y revisión de información en la web, de forma fácil y automática” (2011).

Según esta definición, no habría razón alguna para dudar: los wikis son programas y los programas son de género gramatical masculino.

No obstante, si analizamos la manera en que se utiliza la palabra, encontramos que los usuarios la aplican a otros productos tecnológicos:

  • Sitio wiki, en el sentido de conjunto de páginas wiki sobre un mismo tema y administradas por la misma comunidad (masculino).
  • Página wiki dentro de un sitio wiki (femenino).
  • Herramienta wiki dentro de un entorno colaborativo, como una plataforma de enseñanza en línea (femenino).
  • Enciclopedias wiki, como Wikipedia (femenino).

La divagación del hablante cuando trata de decidir si escribe la wiki o el wiki proviene del concepto que en ese momento tiene en su mente. Si está pensando en una enciclopedia wiki o en una página wiki, tenderá a escribir siempre la o una wiki en lugar de el o un wiki.

¿Qué hacer?
Lo más sencillo y coherente con la lógica de nuestra lengua sería permitir ambos géneros, sin censura, lo cual no produce consecuencias en el lenguaje cotidiano. El problema surge cuando tenemos un libro completo, ojalá de más de 400 páginas, en donde la palabra wiki va y viene, algunas veces en masculino y otras en femenino sin previo aviso para los lectores. En estos casos, autores, editores y lectores entramos todos en confusión y, luego de muchas horas de lectura, cuando ya nuestros ojos hacen bizco en sus órbitas, con una jaqueca terrible, gritamos: “¿es el o es la? ¡Decídanse por favor!”.

Mi recomendación editorial (porque es arbitraria y su única finalidad es la unificación) es manejar la palabra con mucha prudencia, de manera que o bien se unifique su uso o se emplee de tal manera que no haya lugar a confusión. Estas son algunas soluciones:

  • Cuando se emplee en el sentido de software o sitio, es mejor emplear el masculino, que poco a poco se va imponiendo.
  • Usar la palabra wiki como adjetivo y nunca eliminar el sustantivo que lo acompaña (o cuando menos dejarlo la primera vez que se menciona en un párrafo o sección). Ejemplos: “Ingrese en el sitio wiki”, “Edite la página wiki de su grupo de trabajo”.
  • Situar la palabra wiki dentro de la oración de tal manera que no requiera el uso de un artículo. Ejemplo: “El uso de wikis en la educación”.

Y siempre, sea cual sea la decisión, es necesario aplicarla coherente y sistemáticamente en toda la obra. Esa es la esencia de la labor editorial.

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