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Leer antes de corregir: la hoja de estilo

Una vez leído el texto con fines diagnósticos y elaborada una lista de acciones pendientes, dudas, inquietudes y temas por resolver, es el momento de hacer una pausa de la lectura y tomar las decisiones de estilo que aplicarán a esta obra en particular.

Todas las editoriales —al menos en teoría— disponen de un manual de estilo. Aun cuando no esté escrito, hay un conjunto de reglas que enmarcan sus estándares de publicación.

Cuando la corrección se hace de manera independiente, sin un manual que sirva como guía, la hoja de estilos es más difícil, porque requerirá más investigación en fuentes de diversas y hasta contradictorias. Cuando el manual existe, este será la guía y referencia obligatoria para la elaboración de la hoja de estilos que deberá respetarlo hasta donde los casos particulares lo permitan.

¿Qué es la hoja de estilo?

Es el conjunto breve, puntual y conciso de las decisiones editoriales que se aplicarán durante la revisión. Si la revisión es de contenidos, estas decisiones serán el sumario de los aspectos débiles de la obra y con qué tono y estrategias se atenderán. Si la revisión es de estilo y comunicación, estas decisiones implicarán correcciones de redacción, sintaxis y discurso. Si la revisión ya es ortotipográfica, estas decisiones también suponen la unificación tipográfica de la obra en todos sus detalles.

¿Por qué se necesitaría una hoja de estilo si existe un manual?

Los manuales son amplios y atienden una gran cantidad de temas porque deben prever todas las situaciones posibles. Varían en extensión de unas 125 hasta más de mil páginas. Son un instrumento de consulta diseñado para todos los productos de la casa editora.

La hoja de estilos, en cambio, está diseñada a la medida del texto. Recopila los aspectos normativos y de unificación que atañen a un solo libro o documento. Puede variar en extensión de dos a diez páginas, según la complejidad y extensión del material. Estas cifras no son inviolables, una hoja de estilo puede tener solo una página o sobrepasar la decena, pero siempre será tan breve como se pueda y es, ante todo, una guía mnemotécnica de trabajo para recordar, en esta publicación en particular, cómo se decidió atender esto o aquello.

¿Por qué conviene elaborar la hoja de estilo antes de revisar?

La elaboración de la hoja de estilos da la oportunidad de reflexionar sobre las decisiones de corrección en su conjunto y no de manera aislada o atomizada. En lugar de ir párrafo a párrafo decidiendo si este o aquel concepto deberá escribirse con letra cursiva o entre comillas, un diagnóstico global previo que se concrete en lineamientos globales será el mejor apoyo durante el proceso fino de corrección. Así, cuando se revisa, no se toma la decisión cien veces: más bien se toma la decisión una vez y se aplica cien veces.

Otra ventaja de la hoja de estilos es la comunicación entre las personas involucradas en la realización y edición del material. Cuando los criterios se comparten y someten a aprobación, se evitan reclamos y discusiones innecesarias en etapas más avanzadas.

También le proporcionan a quien revisa un instrumento de respaldo en disputas, disensiones o dudas cuando el final de la revisión está cerca. Una hoja de estilos previa impide, por ejemplo, que luego de unificar algo a través de trescientas páginas, aparezca alguien preguntando por qué mejor no se hace “asá” en lugar de “así”.

Por respeto a la labor profesional que se está realizando, esas preguntas no deben plantearse cuando la labor está casi terminada sino antes, cuando nadie ha desperdiciado horas valiosas del calendario de producción y de su propia vida en una decisión que después sería imputada, muchas veces por una cuestión de gustos. En otros casos, puede ayudar a detener, antes de cometer una equivocación masiva, errores de criterio que, en efecto, debían aplicarse de manera distinta a la elegida por quien está corrigiendo.

La función mnemotécnica de la hoja de estilo

En un medio de edición profesional, se manejan varias obras simultáneamente y el periodo de revisión de muchas obras puede alargarse y superponerse al de otras. Cuando se retoma un material tras dos o tres meses desde el primer contacto, se corre el riesgo de olvidar qué se había decidido en ese momento para esa obra en particular y por qué.

La hoja de estilos debe ser tan sucinta que su consulta sea fácil, pero tan explícita como se necesite para recordar el sustento de la decisión tomada.

El valor de la hoja de estilo en las distintas etapas de corrección y revisión

Una hoja de estilo puede irse enriqueciendo al ir pasando de manos: de editor de contenidos a editor de estilo, de ahí a la mesa de corrección de pruebas… Su valor aumenta si las personas encargadas de estos procesos son distintas. Nadie debería asumir una corrección de pruebas sin tener a la vista la hoja de estilos de la obra, no vaya a ser que quiera aplicar —por ignorancia y hasta buena fe— decisiones distintas a las tomadas por el equipo, con amplio sustento y discusión. Algo puede ser muy correcto desde el punto de vista de la Real Academia Española, pero si entre dos alternativas distintas, igualmente correctas, el equipo de edición eligió una y la aplicó de forma consistente, nadie debería tener la potestad de llegar a una etapa de revisión de pruebas y así, sin más, dictaminar: “esto está malo, esto no sirve, cámbienlo todo”.

Incluso un pequeño cambio en etapas avanzadas puede convertirse en un gazapo de dimensiones monstruosas, cuando alguien, erróneamente, cambia algo en una página sin tomar en cuenta todo lo demás. El riesgo de error también aumenta cuando se decide hacer tal unificación en un momento tan avanzado de la obra. No es lo mismo unificar de forma apresurada, con el libro ya casi en prensa, que hacerlo cuando hay meses o semanas de tiempo.

Cada publicación es un mundo y quienes la han acompañado merecen respeto. La hoja de estilo forma parte de la documentación necesaria para dejar registro del proceso y hacer valer ese respeto cuando la ocasión lo amerita.

En síntesis
La hoja de estilo es una herramienta mnemotécnica, facilita la comunicación del equipo, ayuda a mantener decisiones uniformes y sistemáticas, es un apoyo profesional para hacer valer nuestra labor y, al final, incluso puede ayudar a enriquecer los manuales de la casa editora cuando se ha utilizado para resolver temas polémicos no contemplados en el manual de estilo de la casa.

Esta, sin duda, es una de las prácticas que diferencian a quienes están comenzando de quienes ya llevan camino recorrido: se gana mucho cuando se “pierde” tiempo en estos procesos preliminares.

Si usted todavía no ha hecho nunca una hoja de estilo, inténtelo la próxima vez. Si ya tiene esta práctica, cuéntenos sus experiencias.

Con este artículo se cierra la serie de “Leer antes de corregir”. He compartido lo que muchos manuales recomiendan y la experiencia me ha confirmado. La edición queda ahora en sus manos.

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Leer antes de corregir: anotaciones y listas de dudas

En los artículos anteriores, hablábamos de la necesidad de llevar un proceso previo de lectura antes de meter las manos de lleno en los documentos que nos corresponde editar o corregir.

Si la primera lectura debe ser de reconocimiento nada más, conforme se va avanzando y alcanzando una visión más o menos integral de los errores frecuentes, de las características textuales y de las necesidades comunicativas, el impulso de esgrimir el lapicero rojo se va haciendo imperioso, casi irresistible. Es una especie de comezón, una necesidad de decirle a alguien lo que ya comienza a pasar por la cabeza de uno.

Cuando se ha alcanzado ese momento durante la primera o segunda lectura del material, no corrija todavía: ha llegado la hora de anotar.

Las notas no deben ser todavía intervenciones; son interrogantes, dudas, recordatorios, marcas para no obviar algo cuando se comience la revisión. Que algo visto ahora no se pierda después bajo el cansancio, la familiaridad con el texto o la simple mala suerte.

Aquí se puede hacer uso de tres herramientas, ya sea que se trabaje en un procesador de texto, sobre un archivo PDF o en papel:

  1. Comentarios al margen.
  2. Anotaciones directas a mano alzada.
  3. Subrayado con marcadores de colores o su equivalente.

Estas tres formas de anotación, combinadas, le ayudarán a desahogar sus impulsos de corrección, mientras comienza a marcar en el documento, cual si fuera un mapa, la ruta por seguir más adelante.

Estas marcas —no correcciones, insisto— van ayudando a hacer el diagnóstico visible. Si se detecta que, por ejemplo, en el texto se emplean las comillas de manera inconsistente, el señalamiento de cada una de las comillas dudosas con un color distintivo ayudará a cuantificar la magnitud de la futura corrección e incluso los casos en donde es viable emplear herramientas de corrección automática.

Sucede a menudo, durante estas primeras etapas, que un problema recurrente se detecta hasta bien avanzada la lectura, en la página 15, en la página 50, en la página 100… No importa cuándo, ese es el momento de hacer nota. Luego habrá que releer las páginas precedentes con nuevos ojos: ya sabiendo qué buscar.

De ahí que haya una cuarta herramienta imprescindible, quizás la más valiosa: la lista de interrogantes.

Ya sea de forma simultánea al proceso de anotación, o en un momento posterior, conviene crear una lista de cada una de las dudas surgidas durante la corrección. Esta lista crecerá de manera orgánica, desordenada, caótica, quizás con repeticiones y siempre con más preguntas que respuestas. Así debe ser al inicio: una simple colección de situaciones textuales dudosas, de irregularidades que requieren de una norma, de sitios en donde el texto no alcanza todavía los estándares de la casa editora, de zonas mejorables.

Estas marcas no tiene por qué verlas nadie más todavía, hasta que sean definitivas, hasta que usted haya despejado sus dudas y haya tomado sus decisiones. Pero esa es la próxima etapa.

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Día de la Corrección

Hoy se celebra el Día de la Corrección, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, ese escritor y filósofo cuyo pan diario lo pagaban largas horas de corrección de pruebas en aquel primer siglo de imprenta.

Esta es celebración fue instituida por la Fundación Litterae, de Argentina. También la celebra la Unión de Correctores españoles, y bien nos la podemos apropiar quienes dedicamos parte de nuestras horas a la profesión, en cualquier latitud del continente.

La corrección es la tarea de identificar los errores con el único propósito de eliminarlos. Es un acto de crítica y de inmediata rectificación con miras a entregar el mejor texto que seamos capaces de dar. Por eso siempre es una crítica amorosa: su último fin es la perfección, ese ideal inalcanzable que define nuestra labor diaria.

Quizás por eso, quienes hemos dedicado algunos años a la tarea de corregir desarrollamos un ojo crítico indomable, pero siempre con esa necesidad de identificar alguna solución y plasmarla, con tinta roja, en cualquier situación de la vida.

Para quienes dedican sus horas laborales a perseguir geniecillos entre líneas, atrapar gazapos y desterrar errores de los textos, muchas felicidades en su día y muchas gracias por su esmerada labor.

Nota: esta entrada fue actualizada el 29 de octubre de 2011 para rectificar el dato sobre la institución del Día de la Corrección.

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