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Normas de cortesía para hacer comentarios y edición

En lo personal, creo que nada puede prepararnos para recibir comentarios sobre nuestro escrito. Confieso aquí que, a pesar de trabajar en corrección, de conocer todos los beneficios de los aportes de lectores externos, de participar de lleno en procesos de edición y de estar al tanto de la inevitabilidad del error, todavía rujo durante horas cuando alguien trata de cambiarle siquiera una coma a mis textos. Yo esperaría tener la madurez para aceptar la crítica sin remordimientos, pero no puedo evitarlo: mi ego se siente agredido y amenazado, con razón o sin razón, eso le importa poco. La reacción es inconsciente, es vehemente y, sobre todo, es visceral e incontrolable.

Visto así, como escritora, es que aprecio, valoro y recomiendo el uso de la diplomacia en el proceso de edición y corrección de textos. Nuestro trabajo es ser implacables, pero eso no significa que debamos hacerlo con grosería y falta de tacto.

Por eso, con base en mi experiencia, comparto estas diez recomendaciones —a modo de lineamientos— para comentar un texto:

  1. Se respeta y reconoce la labor ajena. Un texto es el resultado de un acto de investigación, creatividad y expresión. Quien escribe ha dejado de hacer algo abandonado en su vida por escribir ese texto. Reconozcamos y agradezcamos la puntualidad, dedicación y responsabilidad de quienes colaboran en nuestro equipo.
  2. El texto es de otra persona, no es nuestro. Se le revisa con su permiso y siempre desde lo que está tratando de expresar, ya sea que lo logre o no. Lo que el editor o corrector habría escrito es irrelevante. Lo que interesa es lo que ya escribió la otra persona y cómo puede mejorarse.
  3. Se corrige el texto, no se juzga a la persona. Al hacer las recomendaciones puntuales, siempre hay que redactar haciendo énfasis en el texto, en su relación con el público al que va dirigido, en los contenidos y su enfoque, en la gramática o la forma de expresión. No estamos juzgando a la persona ni la estamos calificando: el objetivo es pulir y perfeccionar el texto como el mejor producto que ese texto —con sus características e idiosincrasia— pueda ofrecer.
  4. Se corrige lo que se ha solicitado. Cada quien ha de atenerse a su función editorial y saber hasta dónde pueden llegar sus observaciones. No se vale ser especialista de contenidos y dedicarse a hacer corrección de estilo; o bien, señalar errores estructurales cuando la obra ya está en corrección de pruebas. No solo se invade el campo de otros profesionales —y a veces, con errores— sino que se desatiende aquello para lo que se le pidió criterio.
  5. Al fin de cuentas, la nuestra es una opinión. La edición no es una ciencia exacta. Tiene mucho de opinión, enfoque, subjetividad. Se arraiga en la experiencia personal, en la formación académica, en los intereses y hasta en las ideologías y discursos que nos atraviesan. Reconocerlo y hacerlo explícito al hacer nuestros comentarios es beneficioso, porque hacer observaciones es iniciar un diálogo, no crear un pulso de poder. Esta técnica contribuye a que las observaciones no se perciban como un ataque y permite que el autor las analice con una actitud más receptiva.
  6. Pero es una opinión fundamentada. Toda observación deberá estar respaldada por argumentos válidos y, cuando sea necesario, documentación o bibliografía especializada. No se trata de ejercer el gusto o la preferencia personal, sino de recomendar lo que resulte mejor para el texto y la publicación, siempre tomando en cuenta la norma lingüística, la línea editorial y las características del público lector.
  7. Se señala el problema y se ofrece la solución. La crítica por la crítica es un acto de arrogancia y exhibicionismo. El protagonista aquí es el texto que se corrige, en función de la editorial y del lector; a nadie le interesa la erudición del editor o del especialista en contenidos. Por lo tanto, siempre que se señale un error ha de ser porque existe y se conoce la manera de mejorarlo a través de una alternativa viable, respetuosa y compatible con el estilo de la obra.
  8. Hay que saber cuándo parar. Corregir puede ser un vicio y, si nos ponemos a hilar fino, todo se puede corregir. Es un texto ajeno y que no se puede reescribir indefinidamente. Por eso, se eligen las batallas, se corrige lo esencial y se deja lo demás legible, pero bajo la responsabilidad del autor, no la nuestra.
  9. Se destacan las virtudes del texto. Si algo durante la lectura nos impacta de manera positiva, no está de más decirlo. Será un pequeño bálsamo para el ego del autor en medio de tantos tachones y comentarios adversos.
  10. Se elabora una síntesis. Antes de devolverle el texto al autor, tan lleno de observaciones que se le pueda hacer irreconocible, vale la pena hacer un breve resumen de los aspectos generales y, de manera diplomática, indicar las razones para las sugerencias puntuales. Esta síntesis debe comenzar por destacar los aciertos y méritos del texto. De esta manera, el autor sabrá que no se le ha juzgado y que su obra no es una basura lista para descartar. Comprenderá el mensaje correcto: es un texto perfectible, dentro de una cadena de producción y requiere de ajustes que le ayudarán a aumentar su calidad.

Debo insistir en el tema de hacer explícitas las virtudes y logros del texto. Como norma general, nos centramos en marcar error tras error y, al final, olvidamos decirle al autor que, después de todo, su texto vale la pena y, quizás, hasta tenga el potencial para ser un nuevo hito editorial.

El silencio no es un elogio. Siempre habrá algo que podamos rescatar del material leído. Tal vez está lleno de entusiasmo; quizás ofrece una visión fresca pero desordenada; a lo mejor es ameno y entretenido, pero le falta profundidad y fundamento. No importa cuál sea su virtud, conviene encontrarla, porque esta persona ya entregó muchas horas de su vida a escribir y, con nuestras observaciones, le estamos pidiendo que dedique otras tantas a reescribir. Lo menos que podemos hacer es enfatizar por qué vale la pena el esfuerzo.

Por último, hay una máxima inevitable: el autor puede estar en desacuerdo con nuestras observaciones. Hemos de prepararnos para escuchar sus contrargumentos, aceptar sus razones y llegar, por la vía de la negociación, a un punto medio que satisfaga a ambas partes. El texto es del autor, pero el respaldo de calidad es el de la editorial; de ahí que lograr un equilibrio entre las intenciones de ambos sea crucial en el proceso de publicación.

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Herramientas informáticas: el control de cambios

Hay muchas buenas razones para hacer revisiones en formato digital: ahorro de papel y menos contaminación ambiental, rapidez en los procesos editoriales (se ahorra el paso de implementación de cambios) y más libertad para intervenir en el texto.

Hay solamente dos inconvenientes:

  1. La necesidad imperiosa de distinguir, de alguna manera, los cambios realizados en cada lectura.
  2. Saber emplear la tecnología con la que esto es posible.

Ahí es en donde entran las herramientas de revisión de texto.

Control de cambios
La principal herramienta de los procesadores de texto es el control de cambios (track changes). Con esta función se activa la corrección activa del texto. El documento guarda una memoria de las alteraciones que se van realizando: eliminación y cambio de texto, cambio de formato, inserción de cuadros…

El Word 2007 y sus versiones anteriores tienen un avanzado juego de herramientas para el control de cambios. Se puede configurar prácticamente todo: cuáles cambios mostrar, cuáles ocultar… El autor y el editor deberán descubrir aquella configuración más adecuada según sus necesidades.

¿Cómo se activa el control de cambios?
Activar la herramienta es muy sencillo: Revisar > Control de cambios. Cuando se activa, el documento guardará memoria de todas las modificaciones realizadas en el documento. En las versiones finales del documento, es necesario aceptar o rechazar los cambios y desactivar esta función, de modo que el resultado sea un documento solo con el texto principal y no todos los datos que están “por debajo”, por así decirlo. Con esto se evitarán problemas cuando el texto pase a su siguiente fase de producción editorial.

El Word está configurado para mostrar todos los cambios: cualquier inserción se ve de color rojo, el texto eliminado se ve de color rojo con tachado, el cambio de formato (pasar a negrita o itálica, por ejemplo) se muestra con un globo en el margen derecho del documento.

El problema de mantener esta configuración por defecto del programa es la aglomeración de información. Pronto se descubre que hasta el documento más sencillo se llena de globos innecesarios por todas partes, tachaduras que hacen casi ilegible al texto o comentarios molestos sobre cada letra o palabra eliminada.

Los globos
Durante este tipo de revisión, se pueden distinguir tres tipos de globos: comentarios insertados por el editor o lector del documento, modificaciones de texto (eliminaciones, inserciones, cambios de lugar) y formato (cambios de cursiva, negrita, etc.).

En mi caso personal, prefiero un texto en donde solamente aparezcan los comentarios propiamente dichos; es decir, las anotaciones hechas por el editor o lector del texto. Los demás globos estorban y añaden demasiada basura visual al documento; por lo tanto, pueden ser un distractor y añadir un factor de complejidad durante el proceso de revisión.

Para ocultar todos los globos innecesarios, se deben configurar dos herramientas distintas:

  1. Globos
  2. Mostrar marcas

En el menú de Globos hay tres alternativas.

La tercera de ellas dejará los comentarios del editor en el margen del documento, pero también mostrará los globos de cambio de formato. Para evitar que estos globos también aparezcan en el texto, es necesario configurar la herramienta de Mostrar marcas.

En este menú se puede elegir no mostrar los cambios de formato, tal y como se muestra en la figura. Basta con quitarle la palomita (check mark) a la opción Formato y, en consecuencia, veremos en el documento nuestros comentarios, pero no veremos un globo por cada minúsculo cambio de mayúscula, cursiva o negrita que hagamos en el documento.

¿Verlo todo o esconder las tachaduras?
Esto se configura en el menú Control de cambios > Opciones. Ahí se despliega una ventana de diálogo en donde se puede elegir entre diversas alternativas, como solo color, tachado u oculto. Si uno no se siente cómodo con la opción de tachado, porque le introduce mucha “basura” visual, puede elegir solo color u oculto. Ambas opciones serán más limpias en pantalla.

Si el editor considera muy necesario mostrar en pantalla la información de los cambios realizados, siempre puede activar los globos.

El programa tiene otras alternativas para visualizar un texto tachado, eliminado o insertado, en el menú Marcas mostradas finales.

Ahí se puede elegir muy rápidamente si uno quiere ver las marcas del documento o solamente su versión final, sin distinción de color.

Aceptar o rechazar los cambios: la función del autor
El uso de la herramienta de control de cambios en cierta forma está sujeto a que ambos, editor y autor, sepan utilizarla. De nada sirve tener editores muy bien entrenados en cómo utilizar la herramienta, si sus autores son incapaces de comprender la posibilidad que tienen de aceptar o rechazar un cambio.

Los cambios se aceptan o rechazan uno a uno, o todos en conjunto.

Además de los botones en el panel, un clic en el botón derecho del mouse o ratón puede desplegar el submenú de aceptar y rechazar cambios directamente sobre la palabra en el documento.

Para que la revisión funcione, el autor deberá encontrar su manera de implementar los cambios sugeridos por el editor, eliminar comentarios conforme los va resolviendo y añadir comentarios nuevos u otras correcciones, si así lo considera pertinente.

Cuando el documento venga de regreso, habrá que comparar versiones, con tal de no dejar nada por fuera.

Si el autor y el editor no se ponen de acuerdo, el uso de la herramienta de control de cambios puede ser un estorbo en lugar de una ayuda. El editor se encontrará frente a documentos que el autor parece no haber tocado, en donde ha dejado todos los comentarios, con la apariencia de no haber resuelto nada o, peor aún, con un tácito “estoy de acuerdo con todo”, pero todavía alguien deberá cumplir la labor de ir renglón por renglón arreglando el texto para lograr una versión final limpia, lista para enviar al departamento de diseño…

En síntesis
La herramienta de control de cambios es muy útil, pero es necesario hacerla trabajar para nosotros. Búsquela, comience a usarla, familiarícese con ella, juegue con ella… esa es la mejor manera de aprender a emplearla.

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