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La revisión fría tras el furor de la primera escritura

No sé cómo lo experimentan otros escritores, pero para mí, el acto de escritura es un viaje de adrenalina. Me emociono, me salgo de mí, puedo entrar en un frenesí y subirme hasta una nube de emoción y asombro ante las palabras que se suceden en la página en blanco. El instante mismo de finalizar el primer bosquejo de cualquier escrito es un momento de furor, un instante en donde el texto es un hijo bello y milagroso por la sola razón de existir.

Pero al igual que todos los recién nacidos, el padre o la madre del texto es incapaz de verle la piel morada y arrugada, los ojos cerrados, los movimientos torpes… “No hay novia fea ni muerto malo”, reza el dicho popular; tampoco hay texto malo, añadiría yo, cuando hablamos de una primera versión ante los ojos de su progenitor.

Por eso deben transcurrir las horas, los días, las semanas, los meses… Cuando el furor desaparezca y baje la adrenalina, solo entonces podrá el autor distanciarse de aquel hijo que se le antoja perfecto, sin errores, sin necesidad de pulimento.

Ya no lo verá como un recién nacido, frágil e intocable. Lo reconocerá como un adolescente en vías de desarrollo, lleno de palabrotas e impertinencias, con actitudes inmaduras y osadías surgidas de la ignorancia, con granos en la cara y dientes torcidos… Sí. Será necesario cortar, corregir, añadir, eliminar, cambiar de lugar, reformular, reestructurar, llenar vacíos, resolver problemas…

Durante las horas, días, semanas o meses transcurridos entre la primera escritura (también léase traducción, corrección, edición) la mente de uno ha tenido tiempo para seguir trabajando con las palabras, para encontrar soluciones nuevas, para captar una mejor manera de expresar con toda perfección aquella idea precisa que no se había podido enunciar así de bien la primera vez.

Sirve leer en voz alta; hablar con otros; contar lo que se ha escrito; dárselo a leer a amigos sinceros, lectores expertos y editores. Todo es válido en este proceso intermedio. Pero, sobre todo, el escritor ha de tener un profundo deseo de mejorar y la humilde aceptación de la necesidad de esa mejora.

Cuando el furor haya pasado, cuando la emoción se haya disipado, cuando solo quede la fría luz de la consciencia despierta y lista para reconocer al producto de su acción creativa tal y como es, solo entonces podrá iniciar la etapa de reescritura y perfeccionamiento de donde saldrá, tras mucha paciencia, el verdadero texto.

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