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Lenguaje inclusivo: integrar en lugar de dividir

El principal interés del lenguaje inclusivo de género es la incorporación de la figura femenina dentro de la enunciación. Que sea mencionada, vista, traída a la consciencia cuando se lee. Que esté ahí y no escondida detrás del velo del masculino genérico, de la tradicional morfología de la palabra.

Pero ¿qué ocurre cuando comenzamos a decir “todos y todas pensamos”, “todos y todas hacemos”, “todos y todas somos”? No importa el verbo. Intercámbielo con cualquiera a su disposición.

El problema es que esta forma de visibilización conlleva otro riesgo: la división. En lugar de sintetizar, crea la figura separada de dos grupos antagonistas: uno de hombres y otro de mujeres. O uno de mujeres y otro de hombres, según sea su preferencia en cuanto al orden.

En el esfuerzo de tratar de hacer visible a la mujer, se desintegra la unidad de la humanidad como conjunto de personas de ambos sexos, mezcladas, reunidas y entrelazadas en la cotidiana acción de la vida.

La duplicación constante, sin análisis, aplicada de manera automática, en cualquier contexto y sin un legítimo propósito enunciativo preciso y bien estudiado detrás, anula la generalización pero crea una dialéctica de conflicto. Hombres versus mujeres en lugar de hombres y mujeres.

Por esa razón, si solo fuera por esa razón solamente, conviene limitar al máximo la duplicación en los textos y reemplazar “todos y todas” por “todas las personas”. La cantidad de palabras es la misma, pero el efecto resultante es un grupo, una unidad integrada y no la división entre dos frentes opuestos.

Los niños y las niñas no están sentados unos a la mitad de la clase y las otras al otro extremo. Se reúnen, juegan, cantan y ríen incluso al margen de sus diferencias sexuales (hasta que la sociedad se encarga de marcárselas).

Así, cuando usted sienta la necesidad de hacer visibles a las niñas en el texto, no acuda sin pensarlo a la duplicación. Medítela, recree en su mente la imagen evocada por sus palabras y reformule su texto. La mejor manera de traer las niñas a la luz es convertirlas en personajes activos de su escritura, integradoras y conscientes, capaces de tomar decisiones y llevar la antorcha ante cualquier situación. No son meros apéndices de la expresión gramatical, no son una aclaración textual, no son —y jamás deberían serlo— un simple añadido artificial en la mesa de corrección.

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