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La corrección también forma parte del mundo del libro

La corrección de textos, en todas sus variantes (contenidos, estilo, pruebas…), es un paso esencial en toda publicación de obras, sin importar su género literario, color político o formato de salida. Cuando el presupuesto elimina la corrección de los pasos de publicación, los resultados son nefastos. No ha existido época exenta del proceso de la corrección. Se hacía en tablillas de arcilla, en papiros, en códices, en vitela, en los grandes volúmenes copiados en los monasterios… Una de las primeras preocupaciones con el advenimiento de la imprenta era cómo se iba a realizar la corrección en lo sucesivo. Un corrector, se decía, podía comparar varios manuscritos del mismo texto para identificar dónde y cuándo se generó la errata; pero con la imprenta, un error se difundía no menos de cien veces (en esos primeros tirajes), sin posibilidades de comparar un manuscrito con otro. Incluso hoy, ante el panorama de la edición digital, se puede eliminar hasta el diseño gráfico de la publicación pero jamás se puede prescindir de la corrección de textos.

Por esas razones, parece inverosímil que las academias de la lengua reúnan a intelectuales de todo el mundo en un congreso sobre el libro y omitan la corrección como uno de sus temas medulares.

Tal invisibilización no pasa inadvertida. Las asociaciones de correctores de Perú, Ecuador, Uruguay y España se han unido para hacer un comunicado oficial a los organizadores del congreso en el cual expresan su descontento.

La RAE y las academias de la lengua no se dan todavía por enteradas y no han querido dar por recibido el material. El blog Nisaba, por su parte, apoya esta iniciativa. Por lo tanto, y para contribuir con su difusión, copiamos aquí el texto íntegro.


Los correctores de textos de América Latina y España ante el VI Congreso Internacional de la Lengua Española

En una entrevista publicada en el sitio web del VI Congreso Internacional de la Lengua Española, el director del Instituto Cervantes declara que los congresos internacionales de la lengua convocan a personas «de distintas profesiones, del mundo de la ciencia, del mundo de los estudiosos de la historia, del mundo del periodismo, de la comunicación en general…». Tenemos la impresión, sin embargo, de que los correctores de textos, profesionales cuyo trabajo se halla estrechamente vinculado con la labor y la misión de las academias de la lengua, no forman parte de esa amplia convocatoria.

Dos cartas enviadas por nosotros a los organizadores del VI Congreso Internacional de la Lengua Española no han merecido siquiera el acuse de recibo. El silencio —cómplice de la indiferencia— ha sido la única respuesta. Y para colocarle la cereza a tan amargo pastel, en el formulario de inscripción virtual que aparece en el sitio web del congreso, en el menú para registrar profesión u ocupación, no figura la de corrector.

Se supone que las ocupaciones escogidas son aquellas relacionadas de manera particular con la lengua española como objeto de trabajo. Así, pues, se ha consignado estudiante,maestro de primaria, profesor de secundaria, profesor de universidad, traductor, editor,bibliotecario, pero no aparece corrector. ¿Cuál fue el criterio de selección? Los correctores de textos que deseaban participar tuvieron que acomodarse en ese cajón de sastre que es la categoría otros, donde se amontonarán todas aquellas profesiones que forman parte de la «amplia convocatoria» mencionada.

Tremendo error de los organizadores. El libro, que tanto les preocupa, no puede ser lo que es sin los correctores de textos; sin aquellos profesionales que se encargan del control de calidad en materia lingüística, un libro —y cualquier otra publicación—, por más elevado, erudito y esforzado que pueda ser su contenido, deviene en un proyecto fallido si su voz impresa termina inevitablemente asfixiada por un texto cargado de errores que ahoga cualquier posibilidad de comunicación.

No hemos pretendido mediante nuestro reclamo que se nos invite con todos los gastos pagados. Tan solo planteábamos que el tema de la corrección de textos ocupe un lugar importante y destacado en el programa académico del congreso; que no quede relegado como una etapa más dentro de la cadena del libro. Este congreso era una invalorable oportunidad para que las academias de la lengua le mostraran al mundo que ellas desempeñan un papel central en la producción de libros, pues es precisamente en la corrección de los textos cuando el trabajo de las academias —más que centenario en varios casos, y ya tricentenario en el caso de la Real Academia Española— se hace presente con fuerza, y de manera decisiva, incluso. Ello porque somos los correctores de textos quienes consultamos a diario las obras académicas: la Ortografía de la lengua española, la Nueva gramática de la Lengua Española, el Diccionario de la lengua española o el Diccionario panhispánico de dudas.

Los correctores de textos de América Latina y España hemos realizado ya dos congresos internacionales —en Buenos Aires (2011) y Guadalajara (2012)—, y se prepara el tercero en Madrid para octubre del próximo año; tenemos asociaciones legalmente constituidas en cinco países, y otros más se sumarán pronto. Además, con la finalidad de garantizar una calidad cada vez mejor de nuestro trabajo, continuamente organizamos y realizamos cursos, talleres, conversatorios y otras actividades de carácter docente y académico, orientados a actualizar los conocimientos y la técnica de los correctores en ejercicio. Nuestro trabajo ha sido siempre silencioso y hasta calificado de invisible: trabajamos de tal forma que nuestra mejor huella es, finalmente, no dejar ninguna. Lamentablemente, en el aspecto laboral, se han terminado confundiendo los planos, y de la labor invisible, se pasa a la persona invisible. Y de la invisibilidad de la persona se pasa, a su vez, a la negación de esta y de sus derechos.

En este documento, dejamos constancia, sin embargo, de que en algunos países sí hemos recibido el apoyo entusiasta y el reconocimiento de la respectiva academia de la lengua local o bien de algunos de los renombrados académicos que integran su directiva, quienes, además, han estado presentes en eventos nuestros, en los que hicieron un invalorable aporte intelectual, e incluso han desempeñado un papel decisivo en la organización de algunos de ellos. A estas personas expresamos nuevamente nuestro agradecimiento, y esperamos que su ejemplo sea seguido, en conjunto, por la Asociación de Academias de la Lengua Española.

Queremos que el mundo hispanohablante sepa que los profesionales de la corrección de textos y el asesoramiento lingüístico existen, y que siguen trabajando para que los lectores reciban mensajes claros y bien escritos. A pesar del olvido, aparente, de las instituciones que velan por las obras escritas, por la lengua y por los lectores.

Suscriben este comunicado:
▪        Asociación de Correctores de Textos del Perú
▪        Asociación de Correctores de Textos del Ecuador
▪        Asociación Uruguaya de Correctores de Estilo
▪        Unión de Correctores

17 de octubre de 2013

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Semana de la Diversidad Lingüística

La próxima semana, del día 24 al 28 de octubre, se celebrará la primera Semana de la Diversidad Lingüística en Costa Rica, en la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica.

Esta actividad servirá para difundir investigaciones sobre temas como la lengua y la identidad, la diferencia de habla entre hombres y mujeres y el “mae” como uno de los elementos característicos del habla costarricense.

Pero la diversidad no se queda ahí. A veces se olvida que Costa Rica tiene un patrimonio lingüístico amplio: en Limón se habla un inglés propio; en las zonas en donde todavía hay descendientes de los pueblos originarios se hablan lenguas como cabécar, boruca, térraba, malecu y bribri.

Habrá conferencias sobre el inglés de Limón, el español de Costa Rica, las lenguas originarias habladas en territorio costarricense y hasta el lenguaje de señas costarricense (Lesco).

Además de las conferencias, se ofrecen diversas actividades culturales como videoproyecciones, cantos y danzas.

El programa completo puede encontrarse en el sitio de Facebook de la actividad: facebook.com/diversidadlinguisticacr.

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Esa palabra no está en el diccionario…

“Esa palabra no está en el diccionario; por lo tanto, no existe”. Los especialistas en lengua escuchamos esta expresión a menudo.

El usuario común con frecuencia emplea el diccionario como la máxima fuente de autoridad para decidir cuáles vocablos “existen” o no en nuestra lengua. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo todo diccionario tiene muchos paralelos con el libro que en nuestro imaginario colectivo es la representación arquetípica de la autoridad: la Biblia. Para un usuario común, el diccionario se muestra como una obra anónima (nadie sabe quién lo hizo en verdad, bien podría haber sido Dios), circula entre nosotros desde hace siglos, es tan voluminoso como una biblia y tiene el respaldo de un órgano supremo de autoridad que es la fuente de la ley (para la Biblia, Dios; para el diccionario, la Real Academia).

Pero la realidad de la lengua es otra: cientos de palabras ven la luz diariamente entre los más de cuatrocientos millones de hablantes de español alrededor del mundo. La vida, las tecnologías, las necesidades de comunicación… todo cambia. Las palabras también necesitan adaptarse a la vida; no pueden quedarse rezagadas en describir un mundo desaparecido hace siglos mientras hay personas vivas, aquí y ahora, tratando de hacerse entender entre ellas.

Para que una palabra vea la luz y permanezca en la lengua, debe reunir al menos tres condiciones no obligatorias ni exclusivas:

  1. Derivar naturalmente de las reglas de formación de palabras en su lengua. Los morfemas (esas pequeñas partículas que se adhieren a los núcleos semánticos de las palabras) son modificadores versátiles y utilísimos. Así, un sustantivo se toma en préstamo de otra lengua, como blog, y pronto los usuarios se ven en la necesidad de crear un verbo para describir la acción de publicar artículos en blogs: bloguear.
  2. Ser adoptada por un número significativo de hablantes. A veces es difícil rastrear quién fue el primero en usar una palabra. Quizás no fue una sola persona, sino muchas a la vez; porque las palabras se crean según una lógica coherente. Pero cuando el uso de un vocablo se ha extendido lo suficiente, adquiere identidad y se filtra en el hablar por derecho propio. Por “número significativo” no me refiero a un grupo de académicos en los corrillos de una pequeña universidad y todos sus desafortunados estudiantes, o a los integrantes de algún grupo suburbano. Me refiero a masas de hablantes, a una palabra empleada cientos de miles de veces sin cuestionamiento, a algo que deja de “sonar mal” y pasa a ser algo que “se dice así”.
  3. Tener difusión en el espacio y en el tiempo. Si las palabras no encuentran hablantes nuevos para seguir siendo enunciadas, su vida puede ser efímera, quizás hasta desaparezcan antes de ser registradas por un diccionario. Por eso, tantos escritores tienen éxito en inventar palabras: si sus obras se difunden (ya sean best sellers o long sellers), sus neologismos se difunden con ellas. Isaac Asimov contaba entre sus méritos haber acuñado el término robótica.

Solo cuando una palabra ha sobrevivido estas tres condiciones, la última especialmente, puede ser que se abra paso hasta la pluma de algún lexicógrafo (los especialistas en el estudio del léxico; es decir, de las palabras) e ingrese en la próxima edición de algún diccionario.

Por esa razón, cuando un científico de la lengua toma el diccionario para buscar una palabra, no dice “esta palabra no existe”, sino “esa palabra no ha sido registrada en este diccionario”.

Y es que no existe tal cosa como el Diccionario (con mayúscula, un diccionario total) en donde esté registrada la Lengua (también con mayúscula, como si fuese una entidad universal y divina). Nuestros diccionarios son la obra minuciosa de hombres y mujeres que pacientemente bucean en toda clase de fuentes orales y escritas en su cacería de palabras “nuevas”, todavía no registradas. Aunque las primeras versiones de un diccionario pueden ser hijas de una sola alma dedicada, como el célebre diccionario de María Moliner, con el tiempo pasan a formar parte de la herencia cultural y quedan bajo el cuidado de equipos de personas que cambian con los años y se suceden unas a otras.

Los diccionarios académicos –es decir, los diccionarios bajo el cuidado y la autoridad de una academia de la lengua– son los más conservadores de todos: el ingreso de palabras nuevas puede tomar décadas y la salida de palabras obsoletas toma siglos. De ahí que estas obras, aun cuando ostenten la máxima “autoridad” en el mundo de los diccionarios, son también las menos confiables para afirmar si una palabra “existe” o no en una lengua.

¿Qué hacer entonces si la palabra no aparece en el diccionario de la Real Academia? En mi caso, suelo hacer lo siguiente, en este orden:

  1. Consulto diccionarios de uso: Diccionario de María Moliner (Gredos), Diccionario de uso del español de América y España (Vox) y Diccionario de uso del español actual Clave (SM).
  2. Si la palabra no aparece, consulto los corpus de la lengua: grandes bases de datos que reúnen palabras en su contexto. Tienen el inconveniente de estar limitados a las posibilidades del equipo de investigadores que los mantienen y a la actualización de las fuentes que empleen. Hay tres muy útiles y en línea: el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA), el Corpus Diacrónico del Español (CORDE), ambos de la Real Academia Española, y el Corpus del Español de Mark Davies.
  3. Si aún así no aparece, utilizo Google y empleo mi mejor criterio para interpretar la información estadística de este buscador. Hay que descartar la aparición de vocablos similares pero no idénticos, el uso del vocablo bajo acepciones distintas a la usada en el manuscrito y el uso del vocablo en contexto. No basta con decir “hay tantas apariciones” y dar esto como dato final.
  4. Y si aún así no aparece… hay que acudir a los métodos del investigador minucioso: buscar hablantes, entrevistar gente, tratar de averiguar qué significa y cómo se usa… La imaginación es el límite para el investigador insaciable.

Al final del día, el objetivo del corrector será determinar si esa palabra extraña y ajena a sus oídos –que ha emergido en el borrador de una obra con aspiraciones de publicación– realmente existe fuera del manuscrito y es, en efecto, una palabra viva, nueva, lista para darse su lugar en el mundo escrito. Solo pasadas las pruebas, se podrá afirmar con certeza cuáles palabras deberán corregirse sin misericordia: las que sí son deformaciones hijas de la ignorancia y de la pereza por averiguar cuál era la mejor manera de expresarse en la lengua de uno.

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