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Leer de un tirón

Un caro recuerdo de mi infancia era la lectura compulsiva, imposible de combatir con la razón, el sentido del deber o incluso la obligación impuesta. No importaba nada excepto seguir leyendo, avanzar en la historia, llegar hasta la última página. Todo lo demás pasaba a segundo plano: las clases aburridas; los cuestionarios inútiles; los recreos de juegos sin aventura, idilios ni paisajes exóticos. Las conversaciones vacías parecían una mísera pérdida de tiempo, cuando había un grupo de personajes esperándome para seguirme contando sus historias.

La vida me parecía entonces muy corta para desperdiciarla en actividades repetitivas, efímeras y, a todas luces, inútiles, como maquillarse, hacerse las uñas o leer el periódico. Estaba segura entonces, como lo estoy ahora, de que sin duda moriría sin tener tiempo suficiente de cubrir siquiera el canon básico de grandes obras de la humanidad. Con una vida tan breve y tanto por leer, ¿no era lógico huir de las actividades vanas y miserables para dedicar mis horas tan preciadas a devorar cuanto pudiera?

Así pensaba a los nueve, a los doce, a los veinte años. Así pienso aún ahora. Tal vez por esa razón, a veces la vida laboral se vuelve a veces dolorosa. Para una lectora compulsiva como yo, editar como medio de vida es un sueño hecho realidad: literalmente, me pagan por leer. Lo lamentable es cuando el texto carece de esa capacidad para atrapar desde la primera página, de sostener la atención más de veinte minutos, de arrastrarme a seguir leyendo.

Solía pensar que este era un atributo exclusivo de la ficción, pero grandes libros no ficcionales han llegado a mis manos para quererse quedar ahí hasta acabarlos. Así que no hay excusa: todo texto puede tener la capacidad para atrapar o rechazar, para dejarse leer o provocar el cierre de sus páginas sin tregua.

Como lectora, me abandono sin reservas a los libros que me interpelan y perturban desde la primera página. Los demás, aunque pertenezcan al canon de la gran literatura o de las listas de los más vendidos, aunque críticos más informados que yo los pongan a la cabeza de las listas de mejores obras, si no vibran desde el primer renglón, el primer párrafo y la primera página, quedan condenados al olvido, a la inevitable condición de jamás llegar hasta el final. Los dejo ahí, donde el tedio pueda más que mi fuerza de voluntad. Y mi fuerza de voluntad ha ido disminuyendo con los años. Me hago más vieja y, con ello, menos tolerante a la mala escritura.

Como editora, no tengo ese privilegio. A veces el texto no me compele, no me permite leerlo, me produce reacciones emocionales adversas y me sorprendo a mí misma queriendo hacer cualquier cosa menos seguirlo leyendo. En esos casos, no puedo abandonarlo y cerrarlo, como haría con cualquier obra ajena. Mi deber es claro: debo seguir batallando con la abulia hasta encontrar dónde está el fallo, en qué punto se quiebra la atención y cómo puedo remediarla. Como editora, no puedo conformarme jamás. Estoy obligada a rectificar, corregir, reelaborar, reconstruir hasta alcanzar algún grado de lecturabilidad. Hasta hacer menos pesada la experiencia para quienes, como yo, correrán el riesgo de vivir los mismos síntomas de aburrimiento sin cura.

Por eso, cuando uno pasa muchas horas de su vida leyendo textos apenas en proceso —a veces diamantes en bruto, a veces brutalidades sin remedio—, siempre conviene hacer un alto en el camino y encontrar alguna de esas obras mágicas, apabullantes, estremecedoras. Nada más sanador que perderse en una de esas lecturas que nos hicieron enamorarnos de los libros en primer lugar y recobrar, al menos durante un rato, la fe en la buena escritura. Sí, todavía existe y está ahí afuera, esperándonos.

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Leer antes de corregir: cuántas lecturas deben hacerse

En el artículo anterior, hablamos de la lectura diagnóstica como una etapa esencial del proceso de edición.

Sin embargo, sobre todo cuando uno está comenzando en el oficio o está publicando el primer libro, existe la tendencia a leer indefinidamente, a corregir una y otra vez, a sentir que el proceso no se termina nunca.

Surge, inevitable, la pregunta: ¿cuántas lecturas deben hacerse antes de corregir o reescribir? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Cincuenta?

La respuesta no puede ser absoluta. Cada publicación es distinta y habrá quien tenga el tiempo y los recursos para leer indefinidamente. Pero si se tiene el interés de alcanzar un proceso fluido, metódico y con una secuencia de pasos que puedan ir garantizando una edición más eficiente, la lectura diagnóstica puede reducirse a tres etapas hasta alcanzar la primera corrección de estilo.

  1. Una lectura general, de familiarización con el texto. En esta los comentarios deben ser mínimos. Ninguna corrección debe señalarse. Se puede iniciar una lista desordenada de los aspectos por corregir, según se van identificando. Esta servirá de guía para la elaboración de la hoja de estilos y para orientar los comentarios de la segunda lectura.
  2. Una lectura de marcado y comentarios. No debe ser todavía una corrección fina, pero durante esta etapa se elabora la hoja de estilos del documento y la lista de decisiones editoriales: ¿qué se unificará y por qué?, ¿qué se modificará, corregirá y por qué?, ¿cuáles son los problemas o dudas en donde será necesario pedir aclaración o criterio de especialistas?, ¿dónde se le solicita al autor reescribir o aclarar? Las marcas deben reducirse a subrayados para resaltar en dónde hay algo por corregir o intervenir, no son todavía marcas de corrección. Se elabora una lista de acciones de corrección que luego se convertirá en lista de cotejo y guía de la lectura de marcado de corrección. En esta etapa, conviene enviar el documento de vuelta a su autor o autora con el fin de solicitar su intervención en algunas zonas del texto, advertirle sobre las correcciones por realizar y obtener su aprobación para las decisiones que puedan ser críticas o polémicas.
  3. El marcado de corrección propiamente dicho. Puede hacerse de dos maneras: a) quien corrige marca para que alguien más implemente los cambios; b) se corrige el documento directamente (preferiblemente con el uso de la herramienta de seguimiento de cambios o con el uso de un código de color para mostrar la intervención del documento). Esto depende del flujo editorial de cada empresa editora.

Estas tres lecturas sugeridas dan por un hecho que estamos ante un texto final; es decir, un libro al que no se le debe escribir ni reescribir nada. Si todavía no se ha alcanzado ese punto, las dos primeras lecturas servirán para determinar que no es recomendable iniciar la corrección de estilo todavía, ante el riesgo inevitable de que secciones enteras del manuscrito queden excluidas o requieran reescritura.

La tercera lectura ya no es diagnóstica en un sentido estricto: ya es labor directa de corrección. Sin embargo, se encuentra en el límite. Es la etapa final de diagnóstico y puede ser crítica incluso para rechazar un manuscrito que, por alguna razón, haya sobrevivido las dos etapas previas.

En tal caso, la tercera lectura no entrará en corrección de estilo, sino en sugerencias de orden estructural y de contenidos. El material debe regresar a su autor para que este implemente las sugerencias de edición. En este punto, el manuscrito podría ir y venir de vuelta indefinidamente. De ahí que los editores sean célebres en el mundo por rechazar manuscritos inacabados.

Luego de la primera corrección de estilo y corrección ortotipográfica —es decir, luego de la tercera lectura—, ya vendrán otras lecturas de cotejo (verificación de la implementación de los cambios) y expurgación de los errores rezagados. Para entonces ya no estaremos haciendo lecturas diagnósticas: estaremos de lleno en los procesos de corrección y más cerca del final de la publicación, hasta alcanzar la corrección de pruebas. Eso, por supuesto, sería tema de otro artículo.

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Leer antes de corregir: las ventajas de la lectura diagnóstica

Uno de mis errores de novata era mi incapacidad para leer sin contener el impulso de intervenir el texto. El resultado fue desastroso: cada lectura-corrección del documento tomaba horas incontables y, al llegar al final del material, quedaban a la luz mis malas decisiones en el camino. El proceso editorial se alargaba sin necesidad y el producto no siempre era el más deseable.

Ahora comprendo que leer varias veces antes de corregir no es una pérdida de tiempo. Por el contrario: se gana al final del proceso y se logran cumplir los plazos de entrega tan estrictos en la producción editorial.

Las lecturas diagnósticas tienen muchas ventajas:

  1. Se forma una visión panorámica del texto.
  2. Se identifican los problemas estructurales potenciales.
  3. Quien edita monitorea sus reacciones iniciales, las más genuinas, hacia la propuesta textual (ya sea ficcional o no) y las puede utilizar en las etapas posteriores.
  4. Se valora la propuesta textual tal y como está (ya sea que funcione o no).
  5. Para obras de ficción, se estudian la historia y las relaciones entre sus componentes (trama, personajes, locaciones, desarrollo de los eventos, crisis y soluciones…) antes de entrar al ajuste de cada una.
  6. Para las obras sujetas a un plan de producción o un diseño curricular, se verifica la pertinencia de todos los temas, el apego a los requisitos de contenido y metodología, los vacíos posibles o áreas con necesidad de reforzamiento.
  7. Se identifican las necesidades estilísticas principales: redacción, estilo, errores frecuentes, necesidades normativas ortotipográficas (mayúsculas, siglas, cursivas, comillas, decisiones léxicas).
  8. Se valida el diagnóstico con todas las personas involucradas en la realización del material y se refinan los criterios para las decisiones de corrección antes de señalarlas e implementarlas. Esto evita disgustos innecesarios y reparte la responsabilidad de las decisiones entre todos los miembros del equipo de edición.

La lectura diagnóstica, en sus diversas etapas, es una herramienta esencial para garantizar la mejor toma de decisiones, según nuestra visión y experiencia. Cuando renunciamos a diagnosticar, bajo la excusa de la prisa y la urgencia, corremos el riesgo de no ver el bosque por estar perdidos entre los árboles y, sobre todo, nos retrasamos en elegir el camino más directo hasta nuestro destino.

Si usted todavía no lo ha hecho, ya sea que se enfrente a su propia obra en un proceso de reescritura o a la de alguien más, la próxima vez que revise, edite o reescriba un texto refrene sus impulsos: no corrija, lea. Y solo después de mucho leer, cuando ya sienta despejadas todas sus dudas, tome de nuevo el lapicero rojo y corrija. Luego de pasar por la experiencia, cuéntenos cómo le fue y si esto le ayudó a llegar más pronto a su meta.

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