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La fecha en referencias bibliográficas (II): cómo se interpreta

Si bien esta pregunta podría parecer obvia, hay que decirlo: el dato de la fecha ubica el texto en el tiempo. ¿Y esto qué significa para alguien que investiga, escribe y publica? La fecha da una idea de las circunstancias socioculturales a su alrededor. El dato del autor sitúa la referencia en el espacio, pero la fecha dice cuándo fue emitido el texto, cuáles tendencias ideológicas existían y estaban vigentes, cuáles prejuicios será necesario perdonarle o cobrarle al texto, desde cuáles paradigmas se formula, cuáles eventos históricos todavía no habían ocurrido, cuáles vacíos del texto pueden achacarse al momento temporal de su enunciación.

En una lista de referencias íntegra, también es un indicador de cuán actualizado está un material. Es uno de los aspectos que se evalúan en trabajos finales de graduación y publicaciones sometidas para valoración. En algunas disciplinas, una obra cuyas fuentes, en su mayoría, tengan más de cinco años de antigüedad podría considerarse desactualizada y desinformada con respecto a las tendencias más recientes. En cinco años ocurren muchas innovaciones y una investigación realizada con responsabilidad debería dar cuenta de ellas.

Por otro lado, existe pensamiento clásico dentro de las disciplinas; es decir, autores cuyas ideas tienen carácter fundacional o siguen vigentes décadas después. De ahí la necesidad de conocer esta información y distinguir entre un planteamiento con más de treinta o cuarenta años y otro de menos de una década. Ambos podrían ser imprescindibles, uno por ser fundacional y otro por novedoso; el dato de la fecha es el que permite hacer la distinción, aún si se trata de un autor desconocido para quien lee.

Hay quienes pueden argüir que el dato de la fecha no interesaría en textos antiguos, como las obras de Platón o Aristóteles. En estos casos, si bien es una buena costumbre tratar de recordar en cuál siglo se sitúa el pensamiento (hay un gran salto entre el siglo I y el siglo V, por ejemplo), también hay que recopilar el año de la traducción. No es lo mismo trabajar con una traducción de 1895 que con una de 1998, hasta por el hecho de que algún manuscrito nuevo podría haber aparecido en fechas posteriores. De nuevo, para quienes se especializan en el campo, esto puede clarificar dudas e interrogantes sobre el texto citado.

Para documentación en línea sujeta a cambios sustanciales, puede tener valor incluir datos como la última fecha de modificación o la fecha de consulta, cuando ningún otro dato está disponible. Esto quedará a criterio de quien valore la información de la página web, artículo o entrada.

¿Por qué hablamos de la utilidad del dato de la fecha antes de pasar a los pormenores? Si sabemos por qué se necesita, es más fácil comprender la rigurosidad y meticulosidad que exige obtener y consignar de forma correcta esta información. Cada fuente es única y deberá ser valorada y comprendida para poder crear la referencia bibliográfica. Y la primera persona responsable de esta valoración es usted: quien la consulta y escribe.

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La fecha en referencias bibliográficas (I)

La fecha es uno de los principales componentes de toda referencia bibliográfica. Saber interpretarla tiene grandes beneficios para quien está investigando, leyendo o tan solo informándose de un tema; de ahí la necesidad de consignarla de manera correcta, tanto en las referencias parentéticas (dentro del cuerpo de texto) como en las listas de referencias o bibliografías íntegras.

Cuando llegan las obras académicas a la mesa de corrección, profusas en referencias bibliográficas y obras citadas, este es uno de los datos más difíciles de revisar con precisión y responsabilidad, puesto que la información ya debería estar ahí. No le corresponde a quien corrige buscarla, completarla, actualizarla o añadirla: ya debe haber sido recopilada por quien ha escrito el libro, tesis, artículo o investigación.

¿Por qué? Muy simple: solo esta persona ha tenido acceso directo a las fuentes, ha manipulado los libros con sus manos o ha descargado personalmente los documentos de la red y, si conoce su oficio, los ha guardado de manera responsable en una base de datos adecuada. Los demás solo podemos adivinar, buscar en Google para ver si tenemos la suerte de encontrar una ficha bibliográfica bien hecha o hasta buscar la fuente de nuevo para encontrar la información correcta. ¿Cuántas horas perdidas para una persona cuya responsabilidad es editar o corregir cuando esto debía venir listo desde el inicio?

Veamos esto con honestidad: a quien corrige no se le paga para investigar. Su función es verificar que todo esté bien escrito; eliminar erratas; verificar el uso adecuado de mayúsculas, comillas y cursivas; asegurarse de que el estilo bibliográfico elegido haya sido bien aplicado y corregir minucias. No es su función crear bibliografías desde cero, hacerle el trabajo de quien ha escrito o llenar sus carencias e ignorancias. Cuando las labores de corrección se miden y se pagan en horas, ¿cuánto encarece la edición de un material una bibliografía mal hecha?

Por eso, el día de hoy iniciaremos una serie de artículos para aprender a consignar la fecha correctamente. En los próximos días veremos por qué no solo es necesario guardar el dato del año de publicación, cuándo hay que consignar dos años (el de la edición utilizada y el de la publicación original), cómo identificar la fecha de documentos en línea, qué hacer cuando ninguna fecha aparece del todo (ya sea en línea o material impreso) y algunos consejos para almacenar las referencias bibliográficas durante el proceso de investigación y evitar dolores de cabeza cuando se construyen las bibliografías (meses o años después de haber accedido a la fuente original).

Elaborar referencias bibliográficas casi parece un arte. Aprender a hacerlo bien diferencia al novato del experto, al colaborador más valioso del prescindible y, sobre todo, a quien sí se interesa por su publicación de quien no aprecia el esfuerzo ni la calidad. A mí la calidad sí me importa. ¿Y a usted?

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