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La fecha en referencias bibliográficas (I)

La fecha es uno de los principales componentes de toda referencia bibliográfica. Saber interpretarla tiene grandes beneficios para quien está investigando, leyendo o tan solo informándose de un tema; de ahí la necesidad de consignarla de manera correcta, tanto en las referencias parentéticas (dentro del cuerpo de texto) como en las listas de referencias o bibliografías íntegras.

Cuando llegan las obras académicas a la mesa de corrección, profusas en referencias bibliográficas y obras citadas, este es uno de los datos más difíciles de revisar con precisión y responsabilidad, puesto que la información ya debería estar ahí. No le corresponde a quien corrige buscarla, completarla, actualizarla o añadirla: ya debe haber sido recopilada por quien ha escrito el libro, tesis, artículo o investigación.

¿Por qué? Muy simple: solo esta persona ha tenido acceso directo a las fuentes, ha manipulado los libros con sus manos o ha descargado personalmente los documentos de la red y, si conoce su oficio, los ha guardado de manera responsable en una base de datos adecuada. Los demás solo podemos adivinar, buscar en Google para ver si tenemos la suerte de encontrar una ficha bibliográfica bien hecha o hasta buscar la fuente de nuevo para encontrar la información correcta. ¿Cuántas horas perdidas para una persona cuya responsabilidad es editar o corregir cuando esto debía venir listo desde el inicio?

Veamos esto con honestidad: a quien corrige no se le paga para investigar. Su función es verificar que todo esté bien escrito; eliminar erratas; verificar el uso adecuado de mayúsculas, comillas y cursivas; asegurarse de que el estilo bibliográfico elegido haya sido bien aplicado y corregir minucias. No es su función crear bibliografías desde cero, hacerle el trabajo de quien ha escrito o llenar sus carencias e ignorancias. Cuando las labores de corrección se miden y se pagan en horas, ¿cuánto encarece la edición de un material una bibliografía mal hecha?

Por eso, el día de hoy iniciaremos una serie de artículos para aprender a consignar la fecha correctamente. En los próximos días veremos por qué no solo es necesario guardar el dato del año de publicación, cuándo hay que consignar dos años (el de la edición utilizada y el de la publicación original), cómo identificar la fecha de documentos en línea, qué hacer cuando ninguna fecha aparece del todo (ya sea en línea o material impreso) y algunos consejos para almacenar las referencias bibliográficas durante el proceso de investigación y evitar dolores de cabeza cuando se construyen las bibliografías (meses o años después de haber accedido a la fuente original).

Elaborar referencias bibliográficas casi parece un arte. Aprender a hacerlo bien diferencia al novato del experto, al colaborador más valioso del prescindible y, sobre todo, a quien sí se interesa por su publicación de quien no aprecia el esfuerzo ni la calidad. A mí la calidad sí me importa. ¿Y a usted?

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Usabilidad y textualidad

Leer para aprender difiere de leer por placer. Un libro de texto se inserta en una sesión de estudio, responde a un programa académico y debe ser cubierto en cierto periodo de tiempo con fines muy claros: un examen, un trabajo, una asignatura.

Esta forma distinta de leer impone una textualidad capaz de ser utilizada sin interferencias dentro de estos actos estudio. Por esa razón, un libro de texto ha de ser diseñado para propiciar y facilitar las horas de comprensión, diálogo, apropiación, regurgitación, repaso y, muchas veces, hasta memorización de un texto.

Cuando hablo aquí de diseño no me refiero al diseño gráfico, la tipografía, los titulares, la disposición de las columnas y el texto principal. Sí, eso también deberá hacerse con mucho cuidado, pero el libro se diseña desde mucho antes: desde el momento de elegir una estrategia para presentar los contenidos desde la metodología fijada por el diseño curricular. La selección de cuáles contenidos se tratarán desde el texto y cuáles desde otros medios alternativos o complementarios forma parte de este diseño.

Un mal diseño del libro puede echar a perder una sesión de estudio íntegra. Si se provoca, desde el texto, una interrupción innecesaria —como obligar a buscar contenidos en cualquier otro medio sin una estrategia adecuada de acceso—, los resultados pueden ser desastrosos. Si una persona dispone de dos horas al día, tal vez al final de la jornada, con gran cansancio sobre sus hombros, cada minuto es una joya. ¿Por qué va desperdiciar treinta o cuarenta de esos minutos invaluables en buscar algo complementario o accesorio? El estado de concentración es muy frágil y una interrupción, aun si es provocada desde el texto, rompe la atención y obliga a un cambio de actividad cognitiva. Regresar al estado anterior de atención —quizás logrado con mucho esfuerzo— podría ser imposible.

Si un dato, artículo, ley o información complementaria es tan esencial para la formación académica, su entrega debería ser transparente, inmediata y fácil de localizar.

En otra palabras, un libro de texto ha de ser diseñado para ser utilizable, no solo legible o lecturable. Y si ha de combinarse con otros medios y soportes, habrá de cuidarse ese pequeño detalle: que todo esté al alcance de la mano, sin pérdidas inútiles de tiempo o energía; sin interrumpir ese valioso acto de lectura orientado al aprendizaje. Que la sesión de estudio no se desperdicie en banalidades y pueda aprovecharse en lo más difícil: comprender, asimilar, recrear, apropiar, aprehender…

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El poder del planeamiento

La escritura sin plazos, sujeta al susurro de las musas, dependiente del estado de ánimo y del talento crudo solamente existe en las obras inacabadas de los escritores novatos y en los románticos estereotipos sobre la poesía. Quienes ejercen la escritura como una labor remunerada tienen una fecha de entrega y no pueden desperdiciar sus recursos en una inspiración a la deriva que cambie con el viento. Tampoco sus editores. Se necesita un plan. Un plan que no solo incluya los contenidos del texto, sino que sirva como guía durante el proceso de redacción, revisión, seguimiento, aprobación y publicación.

El plan de la obra, ya sea para una novela, una obra de divulgación científica o una tesis, es muy similar a jugar con un lego antes de poner los cimientos de una construcción: da la oportunidad de imaginar con lujo de detalles cómo será el resultado final, aun cuando en el camino se hagan modificaciones y surjan nuevas e irresistibles ideas.

El planeamiento es un tiempo de mariposeo, búsqueda, acumulación. Se juega con las posibilidades porque todavía no se han tomado las decisiones. Los personajes son libres de hacer casi cualquier cosa; no tienen carácter, historia personal, penurias, retos ni metas. Los mundos apenas están tomando forma. No hay mapas, no hay obligaciones, no hay reglas… Se están creando las reglas. Son las aguas del Génesis: el huevo cósmico apenas comienza a dividirse y el Verbo divino susurra los primeros sonidos de su palabra creadora.

Diseñar un plan de obra no es una tarea fácil. Requiere capacidad de proyección, práctica y dominio del oficio. Cuanto más tangible y detallado sea el plan, más se facilitará el proceso siguiente. Esas propuestas de obra de media página, con escuetos títulos sin descripción alguna, distan mucho de ser un verdadero plan de trabajo. Siguen siendo una idea abierta, tentativa, informe que puede tomar cualquier dirección durante su realización.

El verdadero plan de obra es una preescritura esquemática. Hay que proyectar la obra completa. Si es narrativa ficcional, se imaginan con lujo de detalle todos los acontecimientos, los personajes, quién hace qué y cuándo, dónde están los puntos de giro, cuáles serán las decisiones trascendentales, el momento del clímax… Si en el capítulo 15 del plan tuvo una mejor idea que obliga a cambiar todo desde el capítulo 1, nada pasa: devuélvase, modifíquela y siga adelante. ¿Se imagina hacer eso cuando ya lleva 40 000 palabras escritas de la obra, casi llegando al final?

Si se trata de una obra académica, el plan puede ser todavía más detallado: apartados, subapartados, ejemplos, citas de autoridades, exposición de las pruebas, plan para la recolección de datos y su exposición, recursos adicionales, fotografías o esquemas por dibujar, las micropartes del texto… En la obra académica intervienen muchos lectores: directores de tesis, especialistas de contenido, evaluadores, coautores, colaboradores; todos deben poderse imaginar la obra desde el esqueleto para hacer recomendaciones útiles.

La extensión del plan varía, pero puede llegar a tener una extensión de unas diez mil palabras (25 a 30 páginas). Eso dependerá de usted, su capacidad de previsión, cuán madura tenga la idea y, desde luego, el tamaño de obra que proyecta escribir. El plan de un ensayo de 15 páginas es distinto al de una novela que deba tener unas 50 000 palabras o una tesis que, según el grado, varía entre las 150 y las 250 páginas (si es de 500, ya es una tesis doctoral). Y no se engañe: el plan no le va a tomar una tarde. Los estudiantes de tesis que siguen dando tumbos, sin definir su idea difusa de proyecto, a veces no tienen idea de que están todavía en esa fase de planeamiento… aunque hayan pasado años. Y escribir una novela, si se hace bien, puede requerir tanta o más investigación que una tesis.

Cuando el acto de escritura propiamente dicho ha comenzado, no hay más tiempo para perderlo en Google, viajes o bibliotecas. La escritura debe ocurrir sin dilaciones: se acabó el tiempo de soñar. Todo lo que necesite para escribir deberá estar a mano en su mesa de trabajo para ese momento glorioso en que la obra deja de ser idea y se convierte en frenesí de palabras que brotan sin cesar.¿Que hoy no sabe sobre qué escribir? Lea su plan, elija el tema con el que mejor vibre hoy, revise sus notas, relea sus archivos y ¡mándese! ¡Escriba! Malas o buenas, es mejor apegarse a las decisiones previas. Ya vendrá después la reescritura. Para reescribir primero hay que escribir.

Si usted quiere abandonarse a la deriva de la inspiración del momento, por mera satisfacción, sin ansias de publicar, sin una fecha de entrega, sin un producto en la mira… quizás planificar no sea para usted o para esa obra en particular. En cambio, si tiene un proyecto tangible, y quiere –o debe– terminarlo en un plazo definido, no hay excusas para saltarse este paso. Pero no me crea a mí: experiméntelo. Hágalo cuando menos como ejercicio para refinar el oficio y luego cuéntenos sus resultados.

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Consejos prácticos para identificar buenos libros

Encontrar los libros más adecuados para alimentar una tesis, obra, novela o proyecto de escritura de cualquier índole es uno de los desafíos más frecuentes de quienes se inician en las artes místicas de la investigación y todavía no alcanzan, por mucho, el grado de especialistas. Se confía demasiado en las recomendaciones personales o se limita la búsqueda a las desactualizadas y saqueadas bibliotecas universitarias y las escuetas librerías locales. ¿Cómo se sabe cuáles son los mejores libros? ¿Cómo distribuyo mis pocos recursos disponibles? ¿Dónde los encuentro? ¿Cómo los atraigo hasta mi biblioteca?

El olfato para la compra de libros se entrena y desarrolla, similar al paladar de un buen catador: con una muestra, ya se sabe si vale la pena o no, si será la obra clave de la investigación o un desperdicio de dinero.

Estas son algunas recomendaciones surgidas de mi experiencia personal para adquirir libros, ya por la vía del préstamo bibliotecario o la compra en librerías físicas o en línea.

El título
Sin duda el punto de acceso es el título, muy a menudo antes del autor. ¿Por qué? Se tiene un tema en la cabeza, pero no se conoce a “las vacas sagradas” del área elegida. Muchos títulos especializados contienen palabras vinculadas con el tema de estudio. Los catálogos de bibliotecas (ahora casi todos en línea) y de librerías virtuales –así como las redes sociales de libros, recomendaciones y marcadores– son excelentes puntos de partida para localizar los futuros libros de nuestra biblioteca.

No importa si se está en Costa Rica y se consulta una base de datos española. Si el libro existe, el primer paso es averiguar que existe. Localizarlo, comprarlo y traerlo ya es mucho más fácil cuando se tienen los datos básicos de título, autor, edición y editorial; una ficha bibliográfica proporciona esa información.

El autor
Desde luego, este punto y el anterior son intercambiables y hasta indisociables. Si ya se le conoce a un autor un buen libro sobre el tema, quizás tenga otros.

Vale la pena leerse las fichas biográficas: a veces mencionan universidades, círculos de pensamiento, escuelas, obras relacionadas, nombres de colaboradores y detractores, afiliación política y otros datos de interés, ya sea para usar sus obras o descartarlas sin mayor desperdicio de recursos.

Lista de contenidos

La lista de contenidos, de un vistazo, proporciona una idea bastante amplia de los temas tratados en la obra. Entre otros aspectos, se puede valorar la terminología usada (ya se ve clara en la forma de nombrar los apartados), la estructura del tema, la profundidad en su desarrollo, hacia dónde se orienta ese título que parecía tan sugerente. Puede saberse si se trata de una obra especializada o de divulgación, una visión panorámica e introductoria, una investigación puntual y profunda, una recopilación de artículos, el resultado de años de trabajo o una ocurrencia…

Muchos libros en Amazon incluyen la lista de contenidos (mediante la herramienta “Look Inside”) o pueden consultarse parcialmente en Google Libros.

Lectura de un capítulo y páginas internas al azar

El primer capítulo es la entrada de la obra y dice mucho más que las introducciones: da pistas de cómo se abordarán los temas y de cuánto tiempo pierde el texto en nimiedades o si va directo al grano.

Para el resto de la obra, lo mejor es practicar la bibliomancia: se abre en cualquier parte y se comienza a leer ahí, sin previo aviso. Se puede ver cómo escribe el autor, cuán elaborado es su texto, cuán acertadas o descabelladas son sus afirmaciones, hasta dónde llega con cada apartado.

También vale la pena revisar cómo maneja las fuentes y referencias dentro del texto: ¿proporciona información completa o no usa citas del todo?, ¿indica en qué se fundamentan sus afirmaciones o está plagado de generalizaciones y juicios de valor?, ¿menciona pocos autores o se ve dominio de la producción científica en su campo?

Desde luego, se vale irse de cabeza a un apartado sugerente de la lista de contenidos. Así, desde antes de comprar el libro, uno sabe si llenará o no las expectativas ya generadas.

Además del ya citado Google Libros, que proporciona páginas al azar de las obras, si el libro tiene versión digital para Kindle (Amazon) se puede acceder al capítulo 1 de manera gratuita.

Las bibliografías como lista de compras

Uno de mis trucos favoritos para elegir libros son las recomendaciones de los propios libros. Un especialista cuya obra es el resultado de treinta años de investigación está muy bien informado, tanto de los precursores y autoridades de su área como de los más recientes avances. Sus bibliografías nos mostrarán una comunidad científica llena de mentes que han pasado años reflexionando sobre preguntas que nos hacemos por primera vez.

Si además comenzamos a encontrar autores repetidos en las bibliografías de varias obras, casi de seguro estaremos ante un texto indispensable (o ante una comunidad científica endogámica; también hay que tener cuidado). Las bibliografías son indicadores de las tendencias epistemológicas, del uso de fuentes primarias o secundarias y, en general, de la seriedad de la investigación.

Por lo tanto, cuando tenemos la suerte de que una obra atinada caiga en nuestras manos, uno de esos libros que leemos con entusiasmo, en ese momento debemos caer directo sobre la lista de referencias y explorarla sin remordimientos. Al final de la jornada tendremos una buena lista de obras por valorar o incluso comprar.

Los comentarios de otros lectores

Las reseñas y comentarios son información de primera mano. Ahí se encuentran recomendaciones de otros libros, advertencias, explicaciones, impresiones, juicios de valor a veces devastadores y hasta ignorancias indecibles. Muchos ahorran dinero, otros instan a gastarlo. En todos los casos, siempre es una ganancia leer las experiencias previas de personas en países distantes, incluso si uno desea buscar la obra en una librería local.

El papel de la intuición

Finalmente, en la compra de libros tiene un papel la intuición. A veces se experimenta un “no sé qué” del libro, algo en su cubierta, en lo no dicho por los comentarios, en el resumen de la contracubierta, en la foto de su responsable… Algo que hace la diferencia entre comprar o no comprar, leer y no leer…

En síntesis

Estos consejos también son válidos para artículos de revistas y tesis en formato electrónico, cada vez más fáciles de localizar gracias a las bases de datos como JSTOR y EBSCO.

Hay muchas maneras de irse armando de una biblioteca especializada, filtrada, de buena calidad, actualizada, completa y de utilidad para una investigación o proyecto. Tómese su tiempo, valore los libros con todas las herramientas posibles y no se limite: usted puede acceder a la mejor información en cualquier campo, solo tiene que encontrarla.

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¿Por qué la escritura de “fines de semana” no sirve?

Es muy fácil caer en la ilusión de que un año es tiempo suficiente para escribir un libro. Y quizás lo sea, si usted es un profesional de la escritura, conoce bien su oficio, sabe cómo estructurar una obra, tiene entrenamiento y dedica ocho horas diarias a escribir. ¿Cumple usted esas condiciones?

Lo más frecuente es lo opuesto: esta es su primera o segunda obra, jamás ha recibido entrenamiento de escritura (créame, las clases de español de la escuela no son suficientes), tiene un trabajo diurno o estudia tiempo completo y piensa escribir durante los fines de semana.

Si esa es su situación, permítame desengañarle de una vez: su libro jamás verá la luz a menos que usted realice cambios radicales en su rutina diaria.

El fin de semana es un tiempo para descansar. Y así debe ser. Pretender escribir un sábado, desde primera hora de la mañana, hasta caer la noche, luego de una semana agotadora es simplemente un bien montado autoengaño.

A la legítima necesidad física de reposo, hay que añadirle las muchas actividades que la sociedad nos impone en el tiempo supuestamente “libre”. ¿Cuántas horas “libres” reales quedan para escribir? ¿Cuatro? ¿Dos? ¿Una?

Ahora responda seriamente: ¿dos horas semanales son suficientes para escribir un libro en un año?

Por si acaso tenía la tentación de creer que bajo esas condiciones un año es suficiente, le diré la verdad: no.

Supongamos que usted está haciendo una obra de 100 páginas (no páginas publicadas sino cuartillas), esto es, unas 350 palabras por página. Y tiene 365 días para presentar la obra terminada y que esté lista para publicarse o defenderse (en el caso de una tesis). Por lo tanto, si escribe una página diaria, al cabo de cien días tendrá un borrador. Esto es unos tres meses y medio.

¿Cuánto tiempo toma escribir 350 palabras? A mí, esta mañana, me ha tomado ya hora y media y no he terminado (me falta revisar, borrar, descartar). Con la ventaja adicional de que este artículo no continúa un tema anterior y, por lo tanto, no tengo que hacer un esfuerzo para recordar “dónde quedé” en mi razonamiento del día previo.

Si bien cada día es distinto y cada escritor tiene su propio talento, hagamos un cálculo con esta proyección: 350 palabras, dos horas, una vez por semana (sábado o domingo), para un libro de 100 páginas. ¿Tiempo estimado para el primer borrador, sin reescritura ni edición? Unos cien fines de semana; es decir, más o menos dos años. Y esto partiendo del hecho de que esas dos horas en efecto logró usarlas para escribir. Es decir, no tuvo pereza, no le dio sueño, no se puso a jugar, no pasó las dos horas completas revisando su Facebook, no experimentó “bloqueo”, no le dedicó más horas de las necesarias a resolver un tema complejo, no tuvo que investigar nada.

Otra dosis de realidad: una obra de 100 páginas es apenas una tesis pequeña o un libro corto. Una tesis doctoral puede llegar a tener entre 200 y 400 páginas; una obra académica didáctica puede tener, como mínimo, unas 250 páginas publicadas y no faltan las obras de 800 a 1000 páginas.

En otras palabras, si usted en verdad quiere ver su obra terminada algún día, deberá cambiar la estrategia y dejar el fin de semana para lo que mejor sirve: descansar. ¿Y cuándo escribe entonces? Eso es tema para otro artículo.

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¿Cuáles son las funciones de una referencia?

El propósito básico de una referencia es referir. ¿Por qué violo todas las reglas de escritura diciendo lo obvio? Porque he visto personas usar la palabra –y más grave aún, hacer referencias– sin plena consciencia de su significado o propósito último. La palabra misma se ha desnaturalizado: describe un producto académico, un formato determinado y hasta una fórmula de escritura sujeta a reglas de composición textual y ortotipográfica. Pero ¿cuáles son sus funciones y cómo debo hilarla dentro del texto?

Primera función: el mapa del lector itinerante

En el medio académico, la esencia de referir es conectar dos textos: por un lado tenemos las exposiciones, argumentaciones y conclusiones de un autor y, por el otro, los muchos documentos, influencias y bases de donde este autor ha formado sus propias opiniones; es decir, sus fuentes. Un texto envía a otro y nos ayuda a reconstruir el itinerario de su autor, el origen de sus ideas y los antecedentes de sus afirmaciones. El texto se convierte en un mapa de viaje para el lector con interés de profundizar en un tema, dato o argumento en particular.

[Pongo esta función en primer lugar porque es la más lúdica, interesante y fascinante para mí (gustos personales, no verdades académicas). Me encanta tomar un libro y saber que tengo la libertad para llegar hasta cualquiera de las fuentes mencionadas].

Revisar la fuente original tiene valores académicos añadidos: la posibilidad de verificación y el análisis de la tradición académica del texto.

La verificación es esencial, todavía más si uno es lector-editor o pretende especializarse en algún tema de estudio. No solo sirve para ver si lo que dice este autor es verdadero, sino para comprobar cuán acertada puede ser su interpretación del pensamiento referido.

La tradición académica también me da muchas pistas sobre las elecciones y exclusiones del texto por leer. No todos los paradigmas son compatibles entre sí. Hay corrientes teóricas que se repelen y excluyen mutuamente. Una mirada a la lista de referencias puede ser suficiente para conocer el pedigree del texto: quiénes son sus padres, hijos y parientes, de dónde viene y, por lo tanto, qué puedo esperar.

Segunda función: crédito a quien crédito merece

La referencia, bien entendida, es la honestidad puesta en práctica. Le doy crédito a quien se lo ha ganado, con su trabajo y esfuerzo intelectual, y confieso el origen de unas ideas que no fueron mías inicialmente aun cuando ya me pertenecen.

El crédito también es una necesidad legal: no puedo explotar la propiedad intelectual ajena para mi propio beneficio egoísta, sin encarar las leyes y penas de cada país y los acuerdos internacionales. Gracias a la referencia, puedo emplear una cierta porción del trabajo ajeno sin acudir a interminables trámites o permisos.

Lo que no se vale es copiar textualmente (sin el uso de la cita directa), parafrasear incorrectamente (cambiar dos o tres palabras y ya decir que yo lo redacté de nuevo) o reproducir páginas y páginas –sin mayor elaboración por parte de uno– mediante un supuesto parafraseo interminable. Cualquiera de estos casos es plagio descarado y tiene consecuencias penales.

Tercera función: la colaboración académica

No se puede monopolizar el conocimiento. Es más, cuanto más se difunde y comparte, más se reproduce (es la razón fundamental por la que mantengo este blog). La humanidad ha llegado hasta donde está gracias al saber acumulado, entendido cada fragmento como patrimonio de la humanidad y no de sus individuos. No se puede llegar a Marte sin dominar el arte del fuego. Así, el primer astronauta le debe todo a la primera fogata de la humanidad.

La referencia es la evidencia del trabajo colaborativo: escribí este artículo (en un momento desvanecido ya), usted lo lee en este instante y miles de ideas nuevas, suyas, arraigadas en sus vivencias y experiencias, se mezclan con mis opiniones. Mi texto queda atrás, usted crea un texto nuevo y toma de aquí alguna frase, palabra o párrafo y, con justicia, lo “refiere” (menciona, indica, señala, da cuentas de su fuente). Usted y yo estamos trabajando juntos (o juntas, tal vez, no lo sé), porque en el producto final –ya patrimonio de la humanidad– quedaron nuestras dos huellas. Pero no nos conocemos ni nos veremos las caras.

Y, sin embargo, quien lea el texto nuevo –el suyo, el que usted escribirá– sabrá que al menos dos personas, usted y yo, tuvimos alguna parte en ese producto de nuestra colaboración distante.

Cuarta función: el peso de la autoridad

He dejado adrede esta función para el final. En la academia (¿o debería escribir Academia, con mayúscula?), a menudo se considera esta como la función esencial de la referencia y se escribe conforme. El resultado son unos textos execrables (pero eso sería tema para otro artículo).

La necesidad de sustentar y enmarcar las propias afirmaciones en una tradición académica reconocida puede llevar a extremos como imponer o forzar la referencia a alguna fuente, cualquier fuente. Es la falsa creencia de que porque lo dijo otro –cualquier Perico de los Palotes, por lo general– ya le confiere autoridad al texto. Falso. Falacia de autoridad.

Cuando se está remitiendo a un texto creado por Perico de los Palotes, a menudo se pregunta uno si vale la pena o no hacer la referencia. Es decir, hay que hacerlo por derechos de autor, pero admitámoslo: ¿quién es el fulano de tal para que yo le dé un lugar prominente en mi párrafo? ¿Es acaso un líder en su campo de estudio? ¿Es quien cambió para siempre la forma de hacer ciencia en su especialidad? ¿Nos ha revelado por fin el significado de la vida? ¿Por lo menos está emitiendo ideas originales, suyas, de su propia cosecha? ¿O es otro desconocido más que ha copiado su texto de otro Perico de los Palotes y lo ha colgado en algún lugar de la Red fácil de acceder a través Google?

Hay autores, en cambio, que cuando abren la boca realmente se nota que tienen la palabra. De hecho, podemos realmente llamarlos autores porque son autoridades. Por lo tanto, si el Perico de los Palotes soy yo (como nos pasa a casi todos los escritores académicos sin renombre), tener la voz de una Vaca Sagrada de nuestro campo será una garantía para nuestro texto.

¿Vicios de esta función de la referencia? Citar por citar a alguien cuyo pensamiento se desconoce, no se entiende o no tiene pertinencia alguna. Citar para hacer un despliegue de erudición, lucirse ante los pares académicos y demostrar cuánto he leído. Citar, en fin, por pura vanidad o, peor aún, ignorancia.

En síntesis

A partir de las cuatro funciones que propongo para las referencias, podemos deducir cuatro sencillas reglas de escritura:

  1. La referencia siempre debe ser completa, precisa y fiel a la fuente.
  2. La referencia debe realizarse conforme a los usos aceptados y válidos en el marco de las leyes y convenciones sobre propiedad intelectual y derechos de autor.
  3. La referencia debe usarse para dar cuenta de quienes han colaborado en nuestro pensamiento, así sea a través de sus palabras e investigaciones.
  4. Los textos referidos deben hacer un aporte real y sustancial a nuestro texto, preferiblemente de autores reconocidos o novedosos dentro de su campo y, de ser posible, con autores y fuentes de primera mano.

A partir de estas reglas generales, podemos hablar de otras particulares, ya propiamente en lo que se refiere a la redacción e integración de las referencias dentro del texto y a su ortotipografía. Pero esas quedan para otros artículos.

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No se escribe en el orden como se lee

Un error frecuente de los escritores novatos es pensar que la escritura es un proceso tan lineal, fluido y directo como la lectura. Algunas de las obras más memorables son, a su vez, las lecturas más sabrosas: uno se engancha en la primera página y no desea soltar la obra. Las horas pasan y, si alguna alma caritativa en nuestro entorno inmediato no nos alimenta y recuerda nuestros deberes, podríamos perdernos en las rutas de ciudades lejanas y personajes en busca de su redención. Por eso, cuando uno comienza a escribir, puede caer en la tentación o equívoco de pensar que la escritura será igual de absorbente, ininterrumpida y fascinante que la lectura.

Como dije, este es un equívoco.

Una obra que podemos devorar en una semana pudo haber tomado años para ser escrita. Y durante esos años, no imaginemos a un autor tomando cada día el párrafo a medio terminar del día anterior y siguiendo a sus personajes en el orden estricto de los eventos o en el orden de publicación de la obra. No. Un día puede estar describiendo la pacífica villa natal del protagonista y, al día siguiente, su muerte brutal. Y en la obra final, entre ambas escenas puede haber trescientas páginas de distancia.

Peor aún: el autor puede quedarse días y días tan solo imaginando una escena (sin escribir una sola palabra), viendo a sus personajes interactuar, escuchando sus voces antes de estar en capacidad de describir sus actos. Y después de escribir habrá que revisar, reescribir y volver a revisar.

De hecho, muchas de las palabras iniciales de una obra solo pueden escribirse cuando el autor ha generado un primer borrador de su historia completa. Es una de las paradojas de la escritura: no se puede escribir sin saber qué ocurrirá; no se puede saber qué ocurrirá sin escribirlo primero. Por eso, muchas de las primeras versiones de una obra no son sino las notas del autor para sí mismo. Es hasta la segunda escritura que comienza el oficio de narrar. La primera escritura es la etapa del descubrir.

En la escritura académica, en particular en la investigación cualitativa, puede ocurrir otro fenómeno similar: la escritura puede ser un continuo proceso de avanzar y dar marcha atrás. En la investigación cualitativa, no se puede formular el problema sin tener un vocabulario teórico-metodológico coherente; para tener un vocabulario teórico es necesario leer mucho (los autores en quienes se basará ese vocabulario) pero, para leer, es necesario delimitar el problema… Parece un círculo vicioso de huevo o gallina pero, al final, siempre se logrará tener éxito si uno recuerda que ese ir y venir es parte sustancial del proceso.

Por eso, el viaje del escritor es muy distinto al viaje del lector. Pero ambos son una delicia.

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