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Día Internacional de la Corrección

El día de ayer, 27 de octubre, se celebró el Día Internacional de la Corrección. Esta fiesta es una manera de celebrar nuestra profesión diaria de revisar, corregir, perfeccionar, amar… Toda corrección es una forma de amor: es nuestro intento genuino por lograr que un producto bueno salga mejor. O, en su defecto, que un producto malo no salga como está… por amor a quien lo leerá.

Esta fecha se ha fijado por el natalicio de Erasmo de Rotterdam, filósofo renacentista cuya profesión diurna fue, durante mucho tiempo, la corrección.

En honor al maestro, comparto una caricatura robada del Facebook de Trama Editorial (compartido el 9 de octubre). Desconozco la fuente original.

Siempre me he imaginado a Erasmo gestar su Elogio a la estulticia en la mesa de corrección. ¿Quién no se ha sentido así alguna vez mientras edita o corrige? Dejo este nuevo juego de signos para ayudarnos a sacar la frustración y reírnos un rato del maravilloso —pero a menudo penoso— acto de rectificar el error de la página escrita.

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Lenguaje inclusivo: nuestra responsabilidad como especialistas de lengua

El tema del lenguaje inclusivo de género, también llamado lenguaje no sexista, estimula pasiones con más facilidad de lo que despierta razonamientos, argumentos y soluciones. Pero uno de los principales problemas es que despierta la resistencia al cambio, poderosa fuerza humana capaz de bloquear —casi siempre sin éxito— las más justas revoluciones.

La Real Academia Española tiene una posición todavía conservadora sobre el tema. Su pronunciamiento más vehemente lo ha hecho al suscribir el informe de Ignacio Bosque, Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer. Este fue el resultado del estudio de nueve manuales o guías de lenguaje no sexista y sus recomendaciones.

No haré el sumario completo del artículo; interesa aquí tan solo su espíritu general, más allá de la razón que tiene en muchas de sus aseveraciones gramaticales. De las nueve guías, solo una es considerada parcialmente recomendable o, para decirlo en otros términos, menos “ofensiva” para los académicos de la RAE. Con las demás, se limita a censurar las recomendaciones y descalificar los informes por una razón sustancial: ninguno de ellos tuvo la participación de una persona profesional en lengua. Sus resultados, por lo tanto, llevan a propuestas a menudo incorrectas o poco deseables.

Y en esto último, debo admitirlo, Bosque tiene toda la razón.

La postura de las academias de lengua (la española no es la excepción) ha sido la de condenar de forma abierta el lenguaje inclusivo de género, con la ridiculización de sus técnicas y un énfasis en aquellas recomendaciones polémicas y, en muchos casos, agramaticales.

No se ve una conciliación cercana en el horizonte, en parte por dos razones: la falta de diálogo entre profesionales en lengua y los grupos promotores del lenguaje inclusivo y el exagerado conservadurismo de las academias.

Hay un tercer factor, aunque muchos hombres se dedican a descalificarlo por razones que también pueden considerarse válidas: los expertos que se pronuncian sobre el tema, cuando lo hacen, y con pleno desdén del lenguaje inclusivo, son todos hombres. Ignacio Bosque es el de mayor reputación, pero también se ven otros ejemplos.

El mismo fenómeno se ve con las guías de lenguaje no sexista: abundan las autoras, si bien hay algunos equipos con participantes de ambos sexos.

¿Cuál ha sido el resultado de esta polarización entre académicos y feministas, entre hombres y mujeres?

Por un lado, tenemos a las academias haciendo eco de la indignación popular en el uso desacertado de estrategias de inclusión de género, como el constante desdoblamiento, el uso de la arroba y la necesidad de expulsar del discurso el masculino genérico.

Por otro lado, tenemos la necesidad social legítima de incluir a la mujer en el discurso, de hacerla presente en la enunciación y de hacerla visible en el imaginario lector de cualquier texto. Esto ha llevado a directrices institucionales de emplear el lenguaje inclusivo en muy diversos contextos, como las dependencias del Estado y las instituciones educativas.

Así, mientras los expertos en lengua siguen apegándose a las reglas morfosintácticas tradicionales y diciendo que no existe del todo necesidad de incluir a la mujer; por otro lado, tenemos una realidad desbordante: se nos manda escribir de cierta manera; y no solo desde fuera, de pronto se toma conciencia del problema y se desea hablar, escribir y expresar diferente…

¿Cuál es nuestra responsabilidad como profesionales en lengua? En lugar de enfocar nuestra atención en fundamentar, con muy buenas y científicas razones, por qué el genérico masculino es la forma por excelencia de expresión del español, sería conveniente integrarnos al debate sobre el lenguaje inclusivo de género y contribuir a alcanzar directrices comunes, con criterio y al servicio de una conciencia de género inclusiva.

Nos corresponde dar un paso hacia adelante, si bien esto conlleva exponerse a toda clase de insultos. Como dije al inicio, el tema despierta más pasiones que razones. Así, yo, como mujer profesional en lengua, he recibido insultos por igual de hombres que me tachan de feminista resentida con la sociedad machista (insulto supremo, al parecer), como de mujeres que me acusan de patriarcal (por no defender con vehemencia las prácticas discursivas con las que estoy en desacuerdo).

La labor es, por demás, ardua. Pero quienes estamos en el campo de la edición y la corrección no podemos ser indiferentes al problema. Tal vez los académicos, desde sus sillas, puedan hacerlo. Tal vez para ellos todo se limite a conservar la pureza del lenguaje o a describir sus tendencias mayoritarias. Para mí es distinto: me tengo que enfrentar al lenguaje inclusivo y sus directrices desafortunadas (así como sus interpretaciones extremistas) y es mi obligación proponer soluciones tan gramaticales como inclusivas.

Y usted, ¿qué opina?

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Herramientas informáticas: el control de cambios

Hay muchas buenas razones para hacer revisiones en formato digital: ahorro de papel y menos contaminación ambiental, rapidez en los procesos editoriales (se ahorra el paso de implementación de cambios) y más libertad para intervenir en el texto.

Hay solamente dos inconvenientes:

  1. La necesidad imperiosa de distinguir, de alguna manera, los cambios realizados en cada lectura.
  2. Saber emplear la tecnología con la que esto es posible.

Ahí es en donde entran las herramientas de revisión de texto.

Control de cambios
La principal herramienta de los procesadores de texto es el control de cambios (track changes). Con esta función se activa la corrección activa del texto. El documento guarda una memoria de las alteraciones que se van realizando: eliminación y cambio de texto, cambio de formato, inserción de cuadros…

El Word 2007 y sus versiones anteriores tienen un avanzado juego de herramientas para el control de cambios. Se puede configurar prácticamente todo: cuáles cambios mostrar, cuáles ocultar… El autor y el editor deberán descubrir aquella configuración más adecuada según sus necesidades.

¿Cómo se activa el control de cambios?
Activar la herramienta es muy sencillo: Revisar > Control de cambios. Cuando se activa, el documento guardará memoria de todas las modificaciones realizadas en el documento. En las versiones finales del documento, es necesario aceptar o rechazar los cambios y desactivar esta función, de modo que el resultado sea un documento solo con el texto principal y no todos los datos que están “por debajo”, por así decirlo. Con esto se evitarán problemas cuando el texto pase a su siguiente fase de producción editorial.

El Word está configurado para mostrar todos los cambios: cualquier inserción se ve de color rojo, el texto eliminado se ve de color rojo con tachado, el cambio de formato (pasar a negrita o itálica, por ejemplo) se muestra con un globo en el margen derecho del documento.

El problema de mantener esta configuración por defecto del programa es la aglomeración de información. Pronto se descubre que hasta el documento más sencillo se llena de globos innecesarios por todas partes, tachaduras que hacen casi ilegible al texto o comentarios molestos sobre cada letra o palabra eliminada.

Los globos
Durante este tipo de revisión, se pueden distinguir tres tipos de globos: comentarios insertados por el editor o lector del documento, modificaciones de texto (eliminaciones, inserciones, cambios de lugar) y formato (cambios de cursiva, negrita, etc.).

En mi caso personal, prefiero un texto en donde solamente aparezcan los comentarios propiamente dichos; es decir, las anotaciones hechas por el editor o lector del texto. Los demás globos estorban y añaden demasiada basura visual al documento; por lo tanto, pueden ser un distractor y añadir un factor de complejidad durante el proceso de revisión.

Para ocultar todos los globos innecesarios, se deben configurar dos herramientas distintas:

  1. Globos
  2. Mostrar marcas

En el menú de Globos hay tres alternativas.

La tercera de ellas dejará los comentarios del editor en el margen del documento, pero también mostrará los globos de cambio de formato. Para evitar que estos globos también aparezcan en el texto, es necesario configurar la herramienta de Mostrar marcas.

En este menú se puede elegir no mostrar los cambios de formato, tal y como se muestra en la figura. Basta con quitarle la palomita (check mark) a la opción Formato y, en consecuencia, veremos en el documento nuestros comentarios, pero no veremos un globo por cada minúsculo cambio de mayúscula, cursiva o negrita que hagamos en el documento.

¿Verlo todo o esconder las tachaduras?
Esto se configura en el menú Control de cambios > Opciones. Ahí se despliega una ventana de diálogo en donde se puede elegir entre diversas alternativas, como solo color, tachado u oculto. Si uno no se siente cómodo con la opción de tachado, porque le introduce mucha “basura” visual, puede elegir solo color u oculto. Ambas opciones serán más limpias en pantalla.

Si el editor considera muy necesario mostrar en pantalla la información de los cambios realizados, siempre puede activar los globos.

El programa tiene otras alternativas para visualizar un texto tachado, eliminado o insertado, en el menú Marcas mostradas finales.

Ahí se puede elegir muy rápidamente si uno quiere ver las marcas del documento o solamente su versión final, sin distinción de color.

Aceptar o rechazar los cambios: la función del autor
El uso de la herramienta de control de cambios en cierta forma está sujeto a que ambos, editor y autor, sepan utilizarla. De nada sirve tener editores muy bien entrenados en cómo utilizar la herramienta, si sus autores son incapaces de comprender la posibilidad que tienen de aceptar o rechazar un cambio.

Los cambios se aceptan o rechazan uno a uno, o todos en conjunto.

Además de los botones en el panel, un clic en el botón derecho del mouse o ratón puede desplegar el submenú de aceptar y rechazar cambios directamente sobre la palabra en el documento.

Para que la revisión funcione, el autor deberá encontrar su manera de implementar los cambios sugeridos por el editor, eliminar comentarios conforme los va resolviendo y añadir comentarios nuevos u otras correcciones, si así lo considera pertinente.

Cuando el documento venga de regreso, habrá que comparar versiones, con tal de no dejar nada por fuera.

Si el autor y el editor no se ponen de acuerdo, el uso de la herramienta de control de cambios puede ser un estorbo en lugar de una ayuda. El editor se encontrará frente a documentos que el autor parece no haber tocado, en donde ha dejado todos los comentarios, con la apariencia de no haber resuelto nada o, peor aún, con un tácito “estoy de acuerdo con todo”, pero todavía alguien deberá cumplir la labor de ir renglón por renglón arreglando el texto para lograr una versión final limpia, lista para enviar al departamento de diseño…

En síntesis
La herramienta de control de cambios es muy útil, pero es necesario hacerla trabajar para nosotros. Búsquela, comience a usarla, familiarícese con ella, juegue con ella… esa es la mejor manera de aprender a emplearla.

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Herramientas informáticas: comparación de documentos

Una de las clásicas labores de un editor es el trasiego de documentos. Las versiones diversas de una misma obra van y vienen: el editor hace observaciones, el autor las implementa, el editor comprueba que el autor las haya implementado… Conozco el caso, además, de autores que tienden a hacer caso omiso de las correcciones solicitadas. El editor entra en una especie de déjà vu: “¿acaso no había corregido esto antes?”; o ingresa en un continuo estado de duda: “pero esto no era lo que yo pedía, ¿qué pedía yo?”.

Por otro lado, conviene hacer un vistazo general a las partes del texto en donde el editor no sugería cambios, por si acaso el autor hizo otras modificaciones que puedan afectar el texto significativamente.

Se necesita de herramientas informáticas para facilitar la comparación de versiones distintas. La sola memoria no basta.

La comparación de documentos
Aunque sin duda habrá otras maneras, uno de los métodos más eficientes es comparar las dos versiones, para verificar, párrafo por párrafo, qué solicitaba el editor y cómo lo implementó el autor. Si se están manejando versiones digitales, la impresión se vuelve un método caro y un completo desperdicio en estas épocas de conciencia ecológica y ahorro de papel. Por eso es mejor acudir a la ayuda informática.

Comparación de documentos en Word
El Word tiene dos herramientas cuyo uso combinado facilita la comparación de documentos: ver en paralelo y desplazamiento sincrónico, ambas bajo el menú Vista.

La primera de ellas (ver en paralelo) se utiliza para acomodar en pantalla dos documentos. Se puede situar uno en la parte superior y otro en la parte inferior o en posición vertical, según lo prefiera el usuario.

La segunda herramienta (desplazamiento sincrónico) hace que ambos documentos avancen simultáneamente conforme desplazamos el mouse o ratón en cualquiera de ellos. Así, si estoy leyendo el documento de arriba, el de abajo también se mueve; de esta manera puedo ir comparando ambos documentos con la mirada, sin necesidad de perder tiempo al estar haciendo avanzar cada documento de manera independiente.

Un truco para resolver el desfase de documentos
Aun cuando el desplazamiento sincrónico facilita la revisión, ocasionalmente las dos versiones comparadas pueden ir variando significativamente con los nuevos cambios, comentarios y correcciones del editor. En ese caso, llega un momento en que aunque ambos se muevan a la vez, no vemos en la pantalla los mismos párrafos: los documentos han quedado desfasados.

Mi solución casera es desactivar momentáneamente el botón de desplazamiento sincrónico, acomodar el documento desfasado en un párrafo que coincida con el otro, y volver a activar el desplazamiento sincrónico para seguir revisando.

¿Y para comparar dos partes distintas del mismo documento?
Otro caso frecuente durante la lectura de textos es esa sensación de “esto lo acabo de leer en otra parte”; y va uno a subir y bajar eterna e indefinidamente con la barra de desplazamiento (scroll) hasta encontrar ese párrafo casi idéntico y luego a regresar hasta donde uno se encontraba.

Para no caer en estos ires y venires sin fin, se puede activar la función Dividir, también en los botones del menú Vista. Se creará una división arbitraria en la pantalla, que el usuario podrá ajustar a sus necesidades. En una de ellas el texto permanecerá estático, mientras que en la otra podrá desplazarse hasta donde quiera, con tal de encontrar ese párrafo dudoso.

 

En síntesis
Si necesita comparar dos versiones distintas de un mismo texto, ya sea porque es un editor comparando sus observaciones, un autor comparando la versión anterior de su texto o un estudiante comparando las observaciones de sus lectores de tesis, esta función puede facilitar su labor de lectura, maximizar sus esfuerzos y reducir el tiempo de revisión.

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