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Lenguaje inclusivo: alternativas a “los y las”

Hace algunos días publicamos un artículo con algunas razones para no abusar del recurso de “los y las” en los textos cuando se desea emplear un lenguaje que incluya hombres y mujeres de manera explcita.

La Guía breve para el uso no sexista del lenguaje publicada por el Centro de Investigación en Estudios de la Mujer (CIEM) de la Universidad de Costa Rica propone algunos ejemplos prácticos. Los acopio y reproduzco aquí para emplearlos como una referencia de consulta al escribir, editar o corregir textos.

En lugar de
Usemos
Los ancianos y las ancianas Las personas ancianas
Las personas mayores
Los niños y las niñas Criaturas
Infancia
Niñez
Las mujeres y los hombres jóvenes Las personas jóvenes
Los hombres y las mujeres La población
Personas
Las mujeres y los hombres participantes Las personas participantes
La participación de las vecinas y los vecinos La participación de la ciudadanía
Los médicos y las médicas Las personas especialistas en medicina
La defensa de los ciudadanos La defensa de la ciudadanía
Las y los miembros de la organización La membrecía de la organización
Llevar los servicios a los vecinos Llevar los servicios a toda la población
Los expertos y las expertas Las personas expertas
Las trabajadoras y los trabajadores Las personas trabajadoras
Los estudiantes y las estudiantes La población infantil
Los abogados y las abogadas Quienes son profesionales en Derecho
Las mujeres adolescentes y los hombres adolescentes Las personas adolescentes
Los profesores y las profesoras de esta unidad La planta docente

Referencia bibliográfica

Centro de Investigación en Estudios de la Mujer (CIEM) (s.f.). Guía breve para el uso no sexista del lenguaje. Textos y dirección de Laura Guzmán. San José: Universidad de Costa Rica. Adaptado de la Guía para el uso no sexista del lenguaje del CIPAF, Santo Domingo, 1992.

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Lenguaje inclusivo: más allá de “los y las…”

Una creencia generalizada en lo que respecta al tema del género es que la principal pauta que marca un lenguaje inclusivo es el uso reiterado, en todas las partes del texto, de “los y las”. Así, se habla de “las niñas y los niños” o, peor todavía, de “las y los estudiantes”.

A menudo escuchamos afirmaciones encarnizadas como “no me dejan usar lenguaje inclusivo en mi texto” cuando en realidad deberían decir “no me dejan usar ‘los y las’ en todos los párrafos”. En este artículo exploraremos algunas reflexiones por las que este recurso debe emplearse con mucha medida, en la menor cantidad posible de lugares en el texto y, siempre que la creatividad lo permita, de una manera elegante y hasta ingeniosa.

El lenguaje inclusivo no se reduce a fórmulas expresivas

Es una falacia pensar que un texto deja de ser discriminatorio únicamente porque incluye en todos los párrafos “los y las”. Surge de la creencia errónea de que basta retocar oraciones y frases hechas para lograr que un texto incorpore una visión de género.

Nada más alejado de la verdad.

La consciencia de género es una visión de mundo, una manera de construir la realidad desde un paradigma y, solo como resultado de estas dos, una manera de enunciar la realidad.

“Muchas veces hay un cuento que puede tener ‘los y las’, ‘hombres y mujeres’, pero reproduce patrones de razonamiento y roles de mujeres y de hombres a partir de estereotipos de género”, decía Ángel Pichardo Almonte en uno de sus talleres.

Por lo tanto, corregir un texto para reflejar una visión inclusiva de género va más allá de retocar las oraciones, añadir unos cuantos artículos y cambiar unos cuantos “hombre” por “ser humano”.

“Los y las” es agramatical

Otro problema de esta fórmula es la manera en la que contraviene las reglas básicas de la gramática. Si se va a emplear la forma duplicada de mencionar “niños y niñas”, “mujeres y hombres”, “profesoras y profesores”, no podemos tomar atajos: todos los artículos deberán ir siempre acompañados por un sustantivo.

Así, no podemos decir “los y las estudiantes”; deberíamos decir “los estudiantes y las estudiantes”. No podemos decir “los y las niñas”; deberíamos decir: “los niños y las niñas” o, mejor aún, “las niñas y los niños” (si atendemos un orden alfabético y una preferencia de género en el orden de los elementos).

No es la única técnica para transversalizar

El uso de “los y las” es tan solo uno de los muchos recursos y técnicas de la transversalización. ¿Por qué deberíamos reducir nuestra escritura a esta única técnica?

Así como en la mesa de corrección sugerimos el uso de sinónimos, la variación de estructuras gramaticales, la eliminación de latiguillos y muletillas… de la misma manera, en lo que atañe al lenguaje inclusivo, es nuestro deber acudir a un amplio repertorio de técnicas expresivas y alternar su aplicación para lograr un texto balanceado, atractivo, transparente y fluido en su lectura.

El principal objetivo es comunicar

La aplicación de un lenguaje inclusivo debe ir de la mano del principal objetivo del texto. Si su propósito es la comunicación, la forma del texto debe afinarse cuidadosamente para que se cumpla este propósito, sin por ello abandonar su visión de género.

El uso reiterado y exhaustivo de “los y las” en todos los párrafos y todas las páginas puede alcanzar el punto del absurdo y el cansancio. (Sigue siendo útil el ejemplo de la parodia de La Media Docena para saber hasta dónde no debemos llegar).

En síntesis

Si bien hacer evidentes en el texto la presencia de hombres y mujeres es un recurso válido y hasta necesario, su aplicación debe realizarse siempre con medida, alternando con otras estrategias textuales de transversalización y, sobre todo, dentro de las normas expresivas de nuestra lengua.

De esta manera, al final del día tendremos un texto atractivo de leer, eficaz en su comunicación y, sin embargo, inclusivo.

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Lenguaje inclusivo

Durante mucho tiempo me he rehusado a escribir sobre lenguaje inclusivo en Nisaba, fuera de algunas ideas todavía incipientes y el estupendo corto de humor de La Media Docena. Mi evasión no es injustificada: el tema es polémico. He presenciado discusiones sobre lenguaje inclusivo que se parecen mucho a las apasionadas guerras por motivo de fútbol, religión o política.

En otras palabras, el tema de género, sexo y lengua toca fibras emocionales profundas y constitutivas; cuestiona nuestro marco de referencia e incluso los cimientos de lo que durante muchos años hemos reconocido como nuestra identidad. Nos obliga a repensar quiénes somos para ser capaces de repensar el mundo y, desde el nuevo marco de referencia, enunciarlo de un modo distinto.

La escritura es, toda ella, una forma de enunciación. Es imposible separarla de las estructuras mentales, psicológicas, sociales y culturales en donde esa enunciación se arraiga. Nuestra labor editorial, de corrección y de escritura es, precisamente, enunciar continuamente el mundo. Y nuestro reto con el lenguaje inclusivo es hacerlo de manera tal que usted, ya sea hombre o mujer, pueda encontrar su propio reflejo en el texto que está leyendo, sentir el llamado de las palabras y responder a ellas sin importar si se siente femenina o masculino.

Recientemente tuve la oportunidad de participar en un taller dirigido por el dominicano Ángel Pichardo Almonte –médico, sociólogo, maestro, animador cultural y poeta– sobre transversalización de género. Ángel tiene la rara habilidad de obligar a su audiencia a romper sus esquemas anquilosados y la noción de masculino/femenino.

Así, tras resquebrajar mis concepciones previas sobre el tema de género, he pasado ya algún tiempo reconstruyendo mi visión de mundo sobre la relación entre género, lenguaje y escritura. Los próximos artículos de Nisaba son el resultado de ese proceso de ruptura y reestructuración que, por fin, puedo compartir en este espacio público de reflexión sobre la comunicación, la lengua y la escritura.

Le invito a leer y formarse su propio criterio sobre el concepto de género y la manera de incorporar esta visión de mundo en su escritura, cualquiera que esta sea: literaria, académica, divulgativa o despiadadamente personal.

Tras bambalinas

Y para hacer un aporte práctico sobre “trucos” de escritura para lograr un lenguaje inclusivo, he aquí algunas correcciones que tuvo este artículo para pasar de una expresión masculinizante a una expresión neutra o abiertamente inclusiva.

Texto original:

Nuestra labor como editores, correctores y escritores es…

Corrección:

Nuestra labor editorial, de corrección y de escritura es…

Texto original:

Y nuestro reto con el lenguaje inclusivo es hacerlo de manera tal que los lectores…

Corrección:

Y nuestro reto con el lenguaje inclusivo es hacerlo de manera tal que usted, ya sea hombre o mujer…

Texto original:

Ángel tiene la rara habilidad de obligar a sus interlocutores…

Corrección:

Ángel tiene la rara habilidad de obligar a su audiencia…

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La paranoia del lenguaje inclusivo: un poco de humor

En el artículo anterior veíamos un caso real de paranoia de lenguaje inclusivo. Este divertido video, titulado «Los políticos» y extraído de La Media Docena, un programa humorístico de la televisión costarricense, muestra los alcances de la paranoia del lenguaje inclusivo llevado al extremo.

http://www.youtube.com/watch?v=yfBgyj_MhcQ

http://www.youtube.com/v/yfBgyj_MhcQ&hl=es_ES&fs=1&

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Lenguaje inclusivo: no todo lo que termina en «a» es mujer

«…también quedó claro que los y las JEFATURAS, no pueden obligar al trabajador…» (sic). Comunicado informativo no oficial, enviado por correo electrónico, dirigido a todos los funcionarios de una universidad estatal costarricense y escrito por un hombre.

Lenguaje inclusivo es el nombre que se le da a la directriz institucional de emplear en la comunicación diaria formas lingüísticas que enuncien de manera explícita a los diferentes sectores sociales, en tanto sujetos y objetos de la acción gramatical. Su expresión más evidente es la visibilización de la mujer en la lengua; pero si se es políticamente correcto, el lenguaje inclusivo también abarca directrices para referirse a otros grupos por razones de edad, discapacidad, estrato social o cultura.

Aunque la intención detrás del lenguaje inclusivo es loable en sus ideales, colapsa en su diaria implementación. La sensatez es reemplazada por la paranoia. Autores convertidos en inquisidores de las palabras tratan de expurgar hasta el más ínfimo vestigio de una expresión «no inclusiva».

Sin reflexionar sobre las funciones de las palabras, su relación sintáctica, su naturaleza interna, se pueden llegar a ver casos graves como el citado al inicio de este artículo en donde este hablante en particular no se preocupa de hablar de «trabajador y trabajadora» pero sí se siente en la necesidad de aclarar que pueden existir «jefaturas» masculinas.

En vocablos como este podemos ver, con toda claridad, la independencia entre el género gramatical y las referencias a la sexualidad a la que puedan remitir sus contenidos semánticos.

La palabra «jefatura» tiene «género», ciertamente. Cada vez que la situamos en una oración, si además va acompañada de un artículo o de un demostrativo, deberemos elegir aquel que concuerde, en género y número, con la palabra. Es decir, no puedo decir «el jefatura» ni «unos jefatura». Debo realizar las modificaciones necesarias para lograr la concordancia (es decir, que ambos –artículo/demostrativo y sustantivo– tengan exactamente las mismas variaciones de género y número): la jefatura y unas jefaturas.

Los pormenores semánticos de «jefatura» ya son otra historia. Su significado no atañe a una realidad marcada por la condición biológica de la sexualidad. ¿Por qué? Sencillo: una «jefatura» no es un organismo vivo, sino una realidad abstracta y socialmente construida. Es decir, si bien hombres y mujeres por igual pueden ocupar una jefatura, la jefatura en sí misma es inmaterial: es un cargo, una posición; no un individuo pensante, hablante, actuante… Por lo tanto, no tiene sexo: no es hombre ni mujer. Quienes sí tienen sexo son las personas que pueden ocupar una jefatura, pero esos ya no son jefaturas sino jefes y jefas.

Oficialmente, el vocablo jefe es de género común, según dicta aún la RAE. En otras palabras, lo ortodoxo y académico sería decir «el jefe» y «la jefe». Pero en un vocablo como este, no debemos ver en el diccionario un conjunto normativo, sino uno descriptivo. El género común de la palabra es el vestigio arqueológico de una época lingüística en donde «la jefa» simplemente no existía o era la excepción, no era una realidad cotidiana y extendida a todos los estratos sociales.

Por eso, es en puntos de inflexión como este en donde el imaginario y el lenguaje inclusivo sí deben confluir y hacer su labor. La variante jefa ya está registrada en el diccionario académico desde 1837; en otras palabras, forma parte de la realidad expresiva desde hace casi dos siglos. La realidad social también se ha desbordado: ¿quién no ha tenido jefas? Y ya no hablamos de «al menos una en su vida», sino de muchas. Las jefas nos rodean y llegaron para quedarse.

Puesto que ya el DPD recoge esta discusión, es de esperar que en alguna edición futura (ojalá no muy lejana) se tome nota del cambio que ya se ha producido en el habla.

En cuanto a «los y las jefaturas», el recordatorio siempre es válido: no todo lo que termina en «a» es mujer.

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