Archivo de la categoría: Edición técnica

Lineamientos para la corrección de estilo

La corrección de estilo es una labor técnica de paciencia, precisión y fundamentación continua de la toma de decisiones. No es una ciencia, sino un arte científicamente fundamentado: dentro de un marco normativo y unas ciertas reglas de expresión, hay muchas soluciones posibles –todas gramaticalmente correctas– cuyas variantes estarán determinadas por las circunstancias, las posibilidades y hasta la creatividad de las personas involucradas durante el proceso. Quien se atreve a convertirse en corrector deberá aprender su oficio, demarcar su campo de acción y comunicar sus reglas de trabajo para mantener una sana relación con las personas a quienes les brinda sus servicios profesionales.

Una de las carencias del medio de los correctores de estilo, al menos en mi país, es la falta de unidad con respecto a lo que la corrección abarca, cuáles son sus límites y hasta dónde puede llegar el corrector. Ante la ausencia de documentación y bibliografía, algunos de nosotros terminamos por escribir nuestros propios lineamientos para hacerlos circular entre colaboradores y clientes.

Con la esperanza de que en el futuro dispongamos de una comunidad de correctores más organizada y unida, comparto un documento surgido de la experiencia diaria. Tal vez sea de utilidad para otros y pueda ser objeto de refinamiento gracias a los comentarios y aportes de los lectores de este blog.

Este documento se elaboró específicamente para el contexto de la producción de libros impresos en el área educativa. He realizado ajustes, para no limitarlo a su entorno original y que, eventualmente, pueda ser adaptado a la corrección en otros ámbitos o áreas.

Lineamientos para la corrección de estilo

1. Corrección de estilo, no corrección filológica
En este documento se emplea la expresión corrección de estilo, y a las personas que realizan este trabajo les denomina correctores (bajo el entendido de que este vocablo abarca por igual a correctoras y correctores). [Es común, en Costa Rica, escuchar las expresiones corrección o revisión filológica junto con las de corrección o revisión de estilo. A menudo, se cree que existe una diferencia entre ambas y su uso diferenciado suele llevar a la confusión. El término “revisión” no lleva implícita la acción de corregir. En cuanto al calificativo “filológica”, parece ser un fenómeno localizado, exclusivo de Costa Rica, derivado del hecho de que, en este país, las correcciones de estilo son realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología].

2. Qué es la corrección de estilo
La corrección de estilo consiste en el proceso de revisión, limpieza y perfeccionamiento del texto para que sea lecturable (claridad y comprensión), exacto (expresión correcta de las ideas), coherente (desarrollo del discurso) y uniforme (decisiones editoriales sistemáticamente aplicadas en toda la obra).

Para lograr esto, el corrector deberá eliminar los errores gramaticales, ortográficos y ortotipográficos, así como lograr unidad y consistencia en los aspectos relacionados con un adecuado y correcto uso de la lengua, como sintaxis, ortografía, semántica, reiteraciones léxicas o eidéticas, redundancias innecesarias, ambigüedades, contradicciones, uso de mayúsculas, signos, puntuación y acentuación, topónimos incorrectos y erratas.

Procurará que el estilo del texto se adapte a la expresión general de la norma del español, pero tomando en cuenta los giros estilísticos propios del habla del público meta de la obra, así como el área, disciplina o género de la obra. Así mismo, velará por su adecuación a los requisitos de comunicación del entorno en donde se empleará el texto, sin incurrir en la sobrecorrección o en la pérdida de los giros estilísticos propios del autor que puedan ser gramaticalmente válidos, comprensibles distintivos de un sello personal.

3. Quién lleva a cabo la corrección de estilo
En Costa Rica, muchas instituciones solicitan que las correcciones de estilo sean realizadas siempre por profesionales graduados de la carrera de Filología o su equivalente (según la nomenclatura propia de cada universidad). Lo deseable es que la persona tenga formación académica y experiencia demostrable en el área de la corrección.

4. Nivel de intervención
El corrector de estilo señalará los problemas propios de su área de especialización, es decir, la clara y correcta expresión de las ideas, respetando y manteniendo la intención del autor del material. Se espera, por lo tanto, una revisión que contribuya a ajustar y perfeccionar el texto, pero que no implique su reescritura completa o una alteración de los contenidos expuestos. Si el corrector de estilo detecta problemas tan graves que requieran tal intervención profunda del material, deberá comunicarlo de inmediato al editor a cargo para que sean este y el autor, siguiendo las observaciones del corrector de estilo, quienes realicen ese proceso de reescritura.

Según las leyes de derechos de autor, se protege la forma, no las ideas; por lo tanto, el corrector debe aprender a identificar cuándo su labor traspasa esa delicada línea, para no incurrir en una violación al derecho moral del autor sobre su obra. Esto no debe ser excusa, por parte del autor, para rechazar correcciones legítimas y necesarias desde el punto de vista de la lengua o de las normas editoriales a las que deba acogerse.

5. Limpiar/normalizar/unificar
El corrector de estilo velará por el uso coherente del estilo comunicativo y los signos ortotipográficos, de manera que la obra mantenga unidad editorial. Seguirá para esto los lineamientos que la editorial o el cliente le proporcionen. Para este fin, el autor y el editor entregarán una lista de decisiones críticas tomadas durante el proceso de escritura y edición. El corrector deberá identificar aquellos aspectos adicionales que requieran ser limpiados, normalizados o unificados, realizará una recomendación al editor o autor y, conjuntamente, definirán los criterios de corrección, para su posterior aplicación sistemática.

6. Evitar la sobrecorrección
Se denomina sobrecorrección al acto de modificar expresiones, párrafos o frases que ya son gramatical y estilísticamente correctos. Si bien el corrector, debido a su experiencia y especialización profesionales, puede tener una mayor facilidad para proponer alternativas, a veces más elegantes o mejor resueltas, se le sugiere evitar recargar el documento de correcciones innecesarias con el fin de procurar un proceso editorial más ágil y de respetar la labor realizada tanto por el autor como por el editor de la obra.

Este es un llamado a la prudencia, con el fin de evitar un exceso de intervención por parte del corrector. Cuando el corrector tenga la firme convicción de que algo que ya está correcto puede ser corregido, identificará mediante el uso de otro color de tinta o lápiz su sugerencia, y dejará muy en claro que esta no es obligatoria y, por lo tanto, su aplicación está sujeta a la aprobación del autor y del editor. Se le sugiere reducir al mínimo indispensable estas sugerencias.

7. Criterios de aplicación de normas y uso
En la corrección léxica, morfológica, sintáctica y ortotipográfica, se dará preferencia a la aplicación de las normas aceptadas del español, según lo dictamina la Real Academia Española (RAE) en sus publicaciones más actualizadas.

Esta aplicación debe ser flexible y tomar en cuenta aspectos como el uso, las variantes regionales, las características del público al que está dirigido el material y las particularidades del área académica o científica a la que pertenece el material. De esta manera, entre dos formas correctas y aceptadas, se preferirá la que es más utilizada en Costa Rica, como periodo sin tilde (uso costarricense) frente a período con tilde (propio de otras regiones lingüísticas). [Usted, lector, reemplace esta última oración con su país o zona de acción].

Con el fin de mantener un lenguaje más comprensible, cuando el uso esté muy extendido y haya sido registrado por diccionarios de uso reconocidos (María Moliner, Vox, Clave), se preferirá la forma más extendida en lugar de la académica (o estrictamente correcta), tomando en cuenta que la tendencia actual de la RAE es la de aceptar las variantes de uso en países no peninsulares. Tal es el caso de concientizar, palabra que durante muchos años fue considerada incorrecta por no estar registrada en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), pero que la última edición de este diccionario (2001) y el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) ya aceptan para el entorno geográfico latinoamericano.

Para neologismos todavía no registrados en ninguna fuente lexicográfica normativa, se procurará una investigación en corpus de la lengua (CREA, CORDE, Corpusdelespañol.org) y una verificación en buscadores en línea, para confirmar que tal forma está ya estandarizada en el uso. Este será un recurso únicamente para casos excepcionales.

Se aplicarán también las normas editoriales definidas por la editorial o el cliente, ya sea a través de su manual de estilo, un documento de lineamientos o de las instrucciones específicas por parte del editor a cargo.

8. Signos y llamadas
El corrector le entregará a su cliente el código de signos o llamadas empleado durante la corrección. Se puede consultar, para referencia, los signos recomendados por José Martínez de Sousa en el Manual de estilo de la lengua española (2007).

9. Informe de corrección
El corrector emitirá un informe breve, con un sumario de los principales cambios que aplicó sistemáticamente en el texto, según sus particularidades. Indicará el nivel de corrección, los criterios de unificación y los cambios implementados de manera transversal en toda la obra (muletillas frecuentes, vicios lingüísticos, etc.). Si lo desea, también puede adjuntar otros documentos, como tablas de decisiones u otros recursos que haya generado durante la corrección. Esto servirá de guía para dejar constancia sobre su intervención en la obra.

10. Corrección en papel o digital
La corrección se llevará a cabo en papel, con marcador rojo para las modificaciones obligatorias y lápiz para las sugerencias o explicaciones. Si hubiere necesidad de utilizar otro color, el corrector lo advertirá en su informe.

11. Bibliografía y herramientas de corrección
El corrector utilizará la bibliografía sugerida en sus versiones más actualizadas. En el caso del DRAE, específicamente se le recomienda el uso de la edición en línea, puesto que esta se actualiza diariamente con modificaciones y adelantos de la próxima edición.

12. Particularidades del estilo didáctico
El estilo académico didáctico se caracteriza por la claridad y la precisión comunicativa de contenidos académicos, científicamente fundamentados y, en la medida de lo posible, demostrables. Por su propia naturaleza, fuera de casos especiales, debe evitar la ambigüedad, la oscuridad expresiva y la subjetividad injustificada.

Por motivos didácticos, la redacción debe ser fácil de comprender, para que el estudiante, además de lidiar con la complejidad inherente a los contenidos de una asignatura, no deba también realizar un esfuerzo extra para entresacar la información a partir de una redacción confusa, errática, macarrónica, llena de recovecos y con problemas de coherencia. La expresión lingüística, vista así como medio expresivo, debe facilitar la comprensión de los contenidos en lugar de añadirle una complejidad innecesaria e injustificada.

El estilo también estará determinado por las estrategias de comunicación con orientación didáctica, previamente elegidas por el autor y el equipo de producción. Esto puede variar desde el uso de un estilo impersonal, muy distante y objetivo, hasta la aplicación de un tono directo, que interpele al lector. Cualquiera que sea el caso, el corrector deberá velar por una aplicación coherente del estilo elegido, en todos sus aspectos formales.

El nivel de complejidad de la escritura también estará condicionado por el nivel del curso y las características del público destinatario. El corrector deberá consultar el nivel de la carrera o programa al que pertenece la asignatura, para identificar potenciales problemas expresivos que requieran de algún ajuste en la redacción.

Anuncios

19 comentarios

Archivado bajo Copyediting, Corrección, Corrección de estilo, Corrector, Derechos de autor, Escritura académica, Escritura técnica, Estilo, Filología, Gramática, Labor editorial, Lengua, Manual de estilo, Materiales didácticos, Servicio

Los "libros mejorados": nuevos modelos de edición electrónica

Los libros mejorados –traducción de su nombre en inglés, enhanced books– son la mayor preocupación de los editores en este momento de la historia. En términos generales, un libro mejorado es un libro electrónico con adiciones multimediales: además de texto y fotografías, incluye cualquier recurso audiovisual que se pueda crear con la tecnología vigente. Esta definición es muy amplia; los editores y los autores de la industria editorial se están haciendo preguntas esenciales: ¿qué es realmente un libro mejorado? ¿Hasta dónde debe llegar? ¿Basta añadir un video o una pista de audio para “mejorar” un libro? ¿Cómo puede sacar provecho un autor del concepto de libro mejorado?
Este año 2010 está viendo las primeras propuestas de modelos del libro mejorado, alguna de ellas, o acaso todas, se ganará el corazón de los lectores y, con ello, vencerá en las estanterías virtuales.

Por ahora, podemos mencionar dos tipos: el texto con adiciones y el libro cuyo diseño es inseparable de su propuesta de “mejora”.

El texto con adiciones multimediales
Un buen ejemplo es la novela de Nick Cave The Death of Bunny Munro (La muerte de Bunny Munro), publicada por Canongate en 2009. La versión e-book fue especialmente adaptada para ser vista en el iPhone y iPod Touch. Además del texto íntegro de la obra, incluye una banda sonora original, el audiolibro sincronizado con el texto y extractos del texto leídos por el autor.

Esta propuesta sigue siendo tradicional: el texto se entiende como un producto en sí mismo acompañado por otros medios que son accesorios a la historia narrada de manera verbal.

El libro cuyo texto y adiciones son interdependientes
Sin duda la historia reconocerá como pionera la obra The Elements (Los elementos), de Theodore Gray, el primer e-book que saca partido de manera inteligente y elegante de la tecnología introducida por el iPad a la industria del libro.

Mis palabras se quedan cortas ante la demostración del autor en el video promocional. Baste decir que la propuesta de Gray abre posibilidades en el diseño de libros de texto de todas clases. Puedo imaginar un e-book como The Elements pero de aves, o una guía de plantas, o incluso una obra lingüística. [Ya habría querido yo estudiar el alfabeto fonético internacional con los sonidos exactos expresados por hablantes de diferentes zonas, más animaciones tridimensionales de los puntos de articulación en el aparato fonador].

Y para quienes digan que producir este tipo de obras toma tiempo y es costoso, que sí lo es, las cifras de ventas le convencerán de reconsiderar su posición: 75 000 copias vendidas hasta la fecha a través de la tienda de programas de Apple, a un precio de $13.99.

¿Cómo se diseñó The Elements?
Theodore Gray, el autor de esta obra revolucionaria, lleva años coleccionando elementos químicos: metales, rocas, esculturas, partes de aeronaves… cualquier instrumento u objeto que pueda funcionar para comunicar y enseñar mejor lo que es un elemento químico.
Lo que se inició como una sencilla colección se convirtió en una potencial herramienta didáctica. La gran pregunta que se hacía Gray era muy simple: “¿De qué manera comunico esto?”. Esta pregunta lo llevó a experimentar con diversos medios –sitio web, afiche (normal y 3D), libro…– y solamente hasta este año 2010, con la llegada del anticipado iPad, encontró la que le parece la mejor manera, hasta la fecha, de hacerlo. [Después de ver la versión e-book the esta obra, solo nos faltaría estudiar los elementos químicos a través del holodeck de StarTrek].

No digo más. Observe el video y saque sus propias conclusiones.

http://www.youtube.com/v/nHiEqf5wb3g&hl=es_ES&fs=1

Deja un comentario

Archivado bajo Audiolibro, Comunicación, Edición, Libro electrónico, Libros híbridos, Materiales didácticos, Medios, Nuevas tecnologías, Obras didácticas

El libro de texto del futuro

En enero del 2010, todavía no se veía con claridad cuándo se iba a realizar un cambio masivo de las tecnologías del libro impreso al libro digital. En ese momento los e-readers dominantes del mercado eran gadgets monofuncionales, casi todos en blanco y negro, con tinta electrónica y en una babel de formatos. Samir Katar, en su artículo “iPad Revisited: 5 Topics for Publishers to Consider”, llama la atención sobre el hecho notable de que dos meses tras el anuncio al mundo del iPad, y dos millones de unidades vendidas después, ningún editor puede pasar por alto los cambios que se avecinan en la edición digital.

Katar indica que ya algunos analistas han comenzado a ver en el iPad el libro de texto del futuro. ¿Y por qué no? Más cómodo y práctico de tener dentro del aula que incluso una computadora de 8 pulgadas, con pantalla a todo color, muy pronto con multitasking, con visor para todo tipo de recursos audiovisuales y textuales (el maestro puede tener un repositorio en “la nube” con presentaciones de diapositivas, fotografías, videos… ¡lo que quiera!, todo accesible desde los iPad con su conexión inalámbrica), con posibilidades para escribir a mano (con un sencillo lápiz adicional que se adquiere por $15) y hacer dibujos y con un teclado táctil para la toma de notas más complejas y hasta para hacer trabajos en clase que se enviarían directamente al correo del docente, antes de que suene el timbre. Algunos usuarios del iPad han reportado que luego del shock inicial del teclado táctil, de hecho les gusta más que los teclados físicos tradicionales (escriben más rápido, según dicen).

Muchas instituciones, dice Katar, como el Instituto de Tecnología de Illinois, la Universidad Seton Hall, la Universidad George Fox y la Universidad Cristiana Abilene, ya han comprado iPads para miembros de su equipo docente y sus estudiantes. Estas instituciones se destacan por haber hecho experimentos con la integración de iPhone y iPod Touch en sus clases.

Cita Katar un estudio realizado en Princeton, en el cual se valoraba el uso del Kindle DX. El resultado resaltaba algo que el sentido común también nos dice: el subrayado, las anotaciones, los post-it y hasta doblar las páginas forman parte de la apropiación cognitiva que el estudiante realiza del texto. Ninguna “nueva tecnología” tendrá éxito hasta que sea capaz de reproducir esta experiencia básica y consubstancial a la lectura en papel.

Desde luego, el iPad tiene potencial y todavía no ha alcanzado su máximo desarrollo, ni es capaz de reproducir esas sencillas experiencias que acompañan la lectura del estudiante. Afortunadamente, con dos millones de usuarios activos y aumentando, también hay una gran presión para mejorarlo y rápidamente, por la vía de actualización y diseño del software, de manera que aun cuando el iPad está apenas en su primera generación, dentro de unos meses los usuarios tendrán muchas más alternativas sin necesidad de cambiar su hardware.

¿Es acaso el iPad el prototipo del libro de texto del futuro? Habrá que esperar, pero ciertamente, es quizás el primer aparato con las características mínimas para avanzar en esa dirección.

Deja un comentario

Archivado bajo Era digital, Herramientas informáticas, Libro electrónico, Materiales didácticos, Nuevas tecnologías, Obras didácticas

Antes de escribir una obra académica o una tesis

A menudo pensamos que las decisiones de forma son marginales, secundarias y, en todo caso, posteriores. Las dejamos para el final. «Ya habrá tiempo para arreglarlas», nos mentimos; o, peor aún, «le tocan al corrector» y, en este último caso, desperdiciamos el talento de un corrector entrenado en arreglar miles de cosas que podrían haberse escrito bien desde el inicio.

Tras varios años de estar investigando y escribiendo, cuando ya estamos en la recta final, a muy pocas semanas, días o hasta horas de la entrega última, recordamos que todavía teníamos decisiones pendientes. Ahora, 100, 200 o hasta 500 páginas después, tenemos que comenzar a leer todo nuevamente y revisar, página por página, la aplicación coherente de todas las normas «marginales» o «secundarias». O le dejamos la labor a alguien más, quien primero deberá sumergirse en el caos, encontrar una propuesta de orden y luego, con paciencia, aplicarla.

Es entonces cuando alguien (un dueño de editorial, un estudiante, un profesor) dice: «no hay tiempo, que se vaya así, al fin y al cabo a nadie le importa». Y esa es la historia de tantas y tantas publicaciones valiosas en su contenido, pero mediocres en su edición; o de incontables tesis de grado, a veces fallidas, otras tantas exitosas, pero plagadas de erratas y sin criterios mínimos en aspectos medulares de su semiótica interna.

He aquí una lista básica de decisiones mínimas por tomar y de conocimientos imprescindibles antes de comenzar a escribir, editar y corregir, todo con el fin de ahorrar tiempo de producción y disminuir los costos en las etapas avanzadas de edición o entrega de tesis y publicaciones:

  1. Normativas de presentación de originales.
    • Publicaciones. Todas las casas editoras y revistas de renombre cuentan (o deberían contar) con un manual de estilo editorial o, cuando menos, una breve normativa en donde se detallan las particularidades de edición en gran número de aspectos, como márgenes, ortotipografía, uso de signos gráficos y hasta aspectos de redacción. Si tal manual existe, se debe leer a fondo, comprender y aplicar desde antes de comenzar a escribir y durante todo el proceso de escritura o preparación del manuscrito.
    • Tesis y trabajos de graduación. Las universidades usualmente tienen normas básicas sobre aspectos formales mínimos que deben cumplir todas las tesis: tamaño y tipo de letra, impresión por una o dos caras, espaciado, márgenes, componentes informativos de la portada, orden de los elementos (portada, dedicatoria, agradecimientos, tabla de contenidos, lista de figuras, etc.). Adicionalmente, es necesario conocer las partes de la investigación que debe cumplir la investigación, según su naturaleza, y en qué orden: justificación, objetivos, preguntas de investigación, hipótesis, estado de la cuestión, antecedentes, marco teórico, anexos. Usualmente aparecen detallados en algún reglamento que deberá conseguirse en la facultad, escuela o dependencia de posgrado respectiva.
  2. Sistema bibliográfico. Esta decisión debe tomarse, si se puede, antes de comenzar a investigar, porque incluso determinará cuáles datos deberán consignarse en la ficha de cada publicación o documento consultado (o en la base de datos bibliográfica, si se elabora). Una vez elegido el sistema (a veces dictado por el área de especialización o la facultad ante la que se defiende el documento), es conveniente adquirir el manual oficial de la casa emisora. Por ejemplo, si se usa APA, se deben evitar los resúmenes que circulan en la Red, a menudo incompletos o adaptados según criterios que se alejan de la norma básica. Si se va a emplear algún programa de gestión bibliográfica, también debe implementarse desde la etapa de investigación y, sin duda, ayudará mucho durante la escritura.
  3. Normas para los títulos, encabezados, cuadros y figuras. Además de las normas obvias, que toda persona ya debería conocer (ningún título lleva puntuación final), conviene decidir cuál va a ser el criterio para titulares, su jerarquía y hasta su forma gráfica de salida; así como la manera en que vamos a numerar los cuadros o tablas, las figuras y las fotografías. De esta manera, conforme vayamos escribiendo, la estructura del texto ya irá encajando dentro de la jerarquía definida desde el inicio. Esto se vuelve particularmente necesario en tesis en donde se han acogido formatos como el 1.1, 1.2, etcétera.
  4. Uso de cursivas, comillas y negritas. Cuanto más pronto conozcamos las normas al respecto y cómo las aplicaremos, más fácil se hará implementar el código durante nuestro proceso de escritura y nos ahorraremos largas horas de duda en etapas posteriores.
  5. Uso de versales (mayúsculas) y versalitas. Puesto que la aplicación de las versalitas implica escribir las palabras en minúscula para luego aplicarles la función de versalita, esta es una decisión que debe tomarse antes de comenzar a digitar; particularmente en obras en donde será recurrente la aparición de siglas y siglos (obras históricas).
  6. Normas de redacción y conocimientos generales. No está de más, si vamos a escribir, repasar algún manual de redacción, tomar algún curso o reflexionar sobre nuestra propia escritura. Incluso podría ser de utilidad mostrarle un documento nuestro, en donde se vea nuestra forma típica de escribir, y dárselo a revisar a un corrector de estilo. Esta persona, con criterio, podrá darnos recomendaciones puntuales sobre cómo mejorar la escritura, a partir del examen de nuestros vicios y virtudes personales. Sin duda, la corrección preventiva ahorra muchas horas de reescritura durante las horas finales.
  7. Formato de las citas textuales. Muchas personas no se preocupan por conocer las reglas básicas de las citas textuales antes de comenzar a escribir. Las reglas pueden variar de un sistema bibliográfico a otro, pero deben conocerse desde el inicio, para ahorrarse luego trabajo en correcciones miserables. Por ejemplo, pasarse varios años poniendo comillas en todas las citas textuales, cortas y largas, para darse cuenta, al final, de que hay que devolverse y eliminar, una por una, todas las comillas de las citas con más de 40 palabras.
  8. Elisión de contenidos dentro de una cita textual. Conocer estas reglas es fundamental, y debe aplicarse desde la toma de notas y acopio de la información. Esto garantizará productos de mayor calidad al final y evitará adefesios como textos ficticios creados a partir de la yuxtaposición irresponsable de fragmentos.
  9. Palabras o expresiones dudosas. Las palabras de grafía dudosa o problemas de algún tipo deben resolverse desde la primera aparición, especialmente si son de uso frecuente en el documento. ¿Se escribe socio cultural, socio-cultural o sociocultural? Una breve y rápida visita al DRAE en línea nos puede sacar de la duda (socicultural) y, de paso, evitar el costo de corregir algo que pudimos haber escrito bien desde el inicio.
  10. Símbolos, siglas, sistema internacional de medidas u otras convenciones que apliquen directamente en nuestro campo de escritura.

El objetivo fundamental de informarse bien antes de comenzar a escribir es, en última instancia, ahorrar tiempo y obtener mejores resultados con menor gasto de energía y esfuerzo. ¿Cuántas horas (y si es una editorial, cada hora vale dinero) nos ahorramos con solo manejar bien la regla desde el inicio?
Si usted tiene su propia lista de decisiones previas, le invitamos a compartirla con nosotros, para ampliar esta sencilla lista de recomendaciones que podría ahorrar muchos dolores de cabeza para escritores y tesiarios primerizos a quienes pocas veces alguien se toma la molestia de advertirles sobre lo que les espera si dejan para el final estos detalles «marginales».

4 comentarios

Archivado bajo Edición, Edición técnica, Escribir, Escritura académica, Escritura técnica, Labor editorial, Materiales didácticos, Obras didácticas, Redacción

Doce reglas de la edición técnica

Sin duda cada editor llega, al cabo de unos años, a su propio decálogo, según sus experiencias y su campo de acción. Reproduzco aquí las doce reglas de la edición técnica, según las propone Judith A. Tarutz, en su libro Technical Editing. The Practical Guide for Editors and Writers [Edición técnica. La guía práctica para editores y escritores], publicada en 1992, pero aún vigente en sus reflexiones sobre el oficio de la edición técnica.

Tarutz divide las reglas en varios grupos. Las transcribo tal y como las propone.

Reglas sobre su contrato con los lectores
1. Los compradores no deberían verse afectados por los errores que usted debió atrapar.

    La precisión no basta
    2. Satisfaga las necesidades informativas de sus compradores.
    3. El libro se escribe para los compradores lo utilicen, no para que lo admiren.
    4. La información debe ser fácil de encontrar.
    5. La información debe ser clara.

      No obstruya el sentido
      6. La buena edición pasa inadvertida por el lector.

        Reglas sobre sus obligaciones hacia su empleador
        7. Asegúrese de que la documentación no lesiona a la compañía.
        8. No cometa errores costosos.

          Un error costoso
          9. Cumpla todas las fechas de entrega y haga sus envíos a tiempo.

            Reglas sobre su relación con sus autores
            10. Sea capaz de justificar cada marca que haga en el manuscrito.
            11. Si no está roto, no lo arregle.
            12. Es el libro del autor.

              Deja un comentario

              Archivado bajo Corrección de estilo, Edición, Edición técnica, Editor, Labor editorial

              El arte de la escritura: mostrar, no contar

              Uno de los vicios más antiguos de la narración de historias es caer en la tentación de enumerarlo todo, decirlo de manera explícita, darlo como información plana, como una foto de pasaporte, como un dato en el currículo de alguien. Este tipo de escritura no es la mejor en ninguna época, pero era más tolerada por los lectores anteriores a la revolución de los medios de comunicación porque era la técnica predominante y se encontraba en todas partes.

              Hoy, en cambio, estamos rodeados de muchos medios para contar historias, muy variados en sus formas y en sus estrategias de entrega de la información. Los lectores de hoy son más exigentes, se aburren con mayor facilidad y no están dispuestos a tolerar, en ningún medio, ni siquiera el escrito, la narración lineal, ultradescriptiva y omnisciente a la que estaban acostumbrados los lectores del siglo XIX. Y esto se extiende no solo a la narrativa ficcional: abarca también la escritura técnica, científica y didáctica.

              Además, en los tiempos modernos, con tanta información disponible, el lector no tiene tiempo para perderlo miserablemente y sin consecuencias en textos banales. Si no se captura su atención, se moverá tan pronto como sea posible al siguiente.

              Una de las muchas estrategias para lograr textos más dinámicos es recordar la vieja regla –hoy tan necesaria en tiempos de cine y medios de narración audiovisuales– de mostrar en lugar de decir. Todo cuanto hayamos elegido incluir en el texto estará ahí si, y solo si, tiene un propósito, sirve para algo, si estamos dispuestos a entretejerlo en la trama global de la escritura. [Y recordemos algo: texto significa ‘tejido’; trama es la manera en que los hilos de la tela están entretejidos. No estoy hablando aquí solamente de ficción, sino de cualquier forma de escritura, incluidas la científica y académica, cuyas palabras también forman un texto y se organizan entramadamente, es decir, también tienen una trama].

              Tomemos un ejemplo: un personaje se presenta en la página 1 y dice “Hola, soy Roberto, estudio en la secundaria y vivo cerca de la casa de mi tía” y luego sigue hablando de cualquier otra cosa y en el resto de la narración, la tía no pasa de ser una curiosidad dicha en la presentación del personaje y no vuelve a tener papel relevante alguno en su vida. Habría dado lo mismo eliminar esa oración del libro y, con eso, hacerle la vida menos cansada al lector, quitarle basura y estorbos, reducir lo innecesario.

              Ahora bien, una manera no autodescriptiva y banal de poner esto habría sido darle algo que hacer a la tía y a la casa. Entonces, Roberto no nos cuenta, estático, que tiene una tía. En lugar de eso, durante el recreo de una de sus clases, recibe una llamada de su madre que le pide, por favor, pasar por la casa de su tía cuando regrese del colegio, para recoger un pastel o una carta. En este momento no sabemos en dónde está la casa de la tía. Roberto, en efecto, se desvía ligeramente de su ruta habitual (con lo que ya nos da una idea de cuán lejos o cerca vive la tía), abre tranquilamente el portón de la casa y entra, solo para descubrir que nadie le contesta a la puerta. Se asoma por una ventana lateral entreabierta y ve a su tía tendida en el suelo. Ni Roberto ni nosotros sabemos, en este punto, si sufrió un ataque al corazón, si alguien la asaltó y la golpeó o asesinó o si la tía ha tomado la decisión de tirarse sobre la alfombra de la sala por alguna razón perfectamente racional y nada fantasiosa. Las decisiones que sigan harán que la historia tome un giro: detectivesca y de acción, si se trataba de un ladrón o de un homicidio; dramática, si tiene un ataque al corazón; y, ¿por qué no?, de fantasía si la tía ha descubierto un inmenso hoyo interdimensional flotando encima en el techo de su sala y no logra salir de su asombro.

              Y ahora nuestro personaje debe reaccionar ante lo ocurrido: ¿saldrá corriendo a casa de su madre para contarle lo sucedido?, ¿llamará desesperadamente al 911?, ¿tratará de entrar a la casa para verificar lo que ocurre?, ¿se congelará por el pánico?, ¿se irá indiferente y dejará a su tía en el suelo, sin piedad ni consecuencia?

              Y así, como resultado, el lector podrá sacar sus propias conclusiones sobre los acontecimientos, preguntarse por qué están ocurriendo y crear la biografía del personaje sin que el autor deba dársela: la puede reconstruir a partir de la narración. Esto coloca al lector en la posición de contribuir activamente a la interpretación, le da algo que hacer y lo compele a mantener una actitud alerta y despierta porque la única manera de averiguar más detalles sobre el personaje es seguirlo a lo largo de la historia para ver qué hace, de la misma manera que nos ocurre en la vida real, con las personas a nuestro alrededor: no podemos meternos en su cabeza y en su psique, ni siquiera podemos confiar plenamente en sus palabras; sin embargo, sus acciones sí las podemos ver (aunque filtradas por nuestra propia psique y percepción de los acontecimientos): son nuestro «objeto tangible», nuestra única prueba de quién puede ser el otro.

              ¿Y en la escritura académica?

              ¿Cómo traducimos esta regla a la escritura académica, científica o autobiográfica, si no tenemos personajes ni estamos escribiendo una novela? Es erróneo pensar que no tenemos personajes: la voz narrativa es, en sí misma un personaje. Hay muchas maneras para hacer que esta voz narrativa guíe al lector en un texto fluido y visual: introducir anécdotas, contar ejemplos, mostrar los acontecimientos de la manera más gráfica posible (como experimentos, ya sean exitosos o fallidos). Todo, absolutamente todo, se recuerda mejor si nos dan una imagen para asociarla con esos contenidos. Y con esto no me refiero a acompañar el texto con fotografías, sino a darle al lector la materia prima necesaria para que sea capaz de recrear (con un papel activo) la imagen de lo que estoy tratando de mostrarle, de transmitirle, de enseñarle. Y recordemos que enseñar tiene el doble sentido de «mostrar» y de «educar».

              Así, en ese libro tan académico sobre la biodiversidad, sabremos que quien nos habla «tiene una tía», si introduce la anécdota de cómo descubrió por primera vez, a los siete años, los poderes de la sábila cuando luego de que el niño se quemara accidentalmente por una travesura, la tía corriera desesperada a su jardín, cortara las hojas de una planta y, sin pensarlo dos veces, le pusiera su pulpa refrescante en el lugar de la quemadura.

              Luego, el autor de este libro nos dirá que esta planta se llama Aloe vera, también conocida como sábila, una planta medicinal que abunda en los jardines de las tías amantes de las plantas y expertas en los viejos remedios de la tradición ancestral de los pueblos.

              Y de paso, no solo sabremos que el autor (o la voz narrativa, en realidad) tiene una tía (un rasgo de humanidad que nos ayuda, como lectores, a identificarlos), sino que además nos muestra aspectos culturales del país del autor (la existencia de jardines cuidadas por señoras de cierta edad como práctica cultural distintiva), aspectos científicos (es una planta común, de cierto tipo de territorios y que crece fácilmente en los jardines) y aspectos de uso (la planta sirve para aliviar las quemaduras).

              Y, pues claro, la imagen de la tía y del evento que nosotros, sin ninguna descripción adicional, hayamos creado, nos servirá como herramienta mnemotécnica para evocar luego la planta. «¿Cómo se llamaba la planta y para qué servía?», preguntará el estudiante durante el examen, y entonces verá a la tía que se imaginó: ya sea gordita o esbelta, de 50 años o de 80, con su bata de dormir o con ropa de jardinera, con una regadera en la mano o con una manguera, corriendo para traerle la salvación a ese niño travieso que llora porque se ha quemado… Eso dependerá de los recuerdos a los que acuda el estudiante para recrear (reconstruir) el texto en su imaginación: ¿tiene una tía que ama los jardines?, ¿o es acaso su madre?, ¿o una vecina?, ¿o la madre de su mejor amigo?, ¿le sucedió alguna vez algo similar a lo narrado?

              Así, también en la escritura académica, sobre todo si es didáctica y tenemos al lector-estudiante como prioridad, es necesario aprender a mostrar.

              Bibliografía recomendada
              Estoy a la caza de obras sobre escritura en español (no sobre gramática ni crítica literaria) y debo decir con vergüenza que todavía no ha llegado a mis manos ninguna que merezca mención; aunque deben estar escondidas en los catálogos de editoriales cuyos libros no llegan nunca a mi país.

              Sobre el tema específico de la construcción de personajes, por lo tanto, solamente puedo recomendar una obra escrita en inglés por el escritor norteamericano Orson Scott Card: Characters & Viewpoint. How to invent, construct, and animate vivid, credible characters and choose the best eyes through which to view the events of your short story or novel. (Hay más obras sobre el tema, escritas por otros autores, también en inglés).

              Sobre la escritura no ficcional, recomiendo nuevamente la obra de William Zinsser, On writing well, que ya apareció en uno de los primerísimos artículos de este blog: La difícil/placentera labor de escribir.

              Deja un comentario

              Archivado bajo Comunicación, Escritura, Escritura académica, Escritura técnica, Literatura, Materiales didácticos, No ficción, Obras didácticas, Redacción, Redactar

              La edición académica con fines didácticos

              La edición de obras académicas con fines didácticos, o como la vamos a llamar aquí, la edición académica didáctica, pertenece al campo de lo que en la terminología editorial norteamericana (ya adoptada por la industria editorial argentina) se conoce como edición técnica. A grandes rasgos, la edición técnica es todo proceso editorial cuya finalidad sea la publicación de una obra no literaria (Schriver, 1997; Piccolini, 2002: 119). En la edición técnica se incluye una gran variedad de productos escritos, tales como manuales de uso, formularios y documentación oficial, recetarios de cocina y, lo que es de nuestro interés aquí, los libros de texto u obras de carácter didáctico.

              De acuerdo con esta definición, la edición académica a secas también entra en el campo de la edición técnica. También aquí conviene hacer una delimitación conceptual. La escritura académica propiamente dicha es aquella inscrita en el campo de un entorno académico. Carolina Figueras y Marisa Santiago, en su ejemplificación de distintas modalidades de escritura académica, distinguen al menos cuatro: libro de texto, artículo especializado, examen y artículo de investigación (2000: 23). Le podemos añadir, aunque estén en el límite entre la escritura académica y la estrictamente científica, los informes de investigación y las tesis de grado y posgrado. Todas estas modalidades de escritura son muy distintas entre sí y, de ellas, incluso algunas no alcanzan nunca la mesa de un editor, como son los exámenes y, en cierta forma, las tesis (excepto cuando se ha determinado su publicación).

              Ahora bien, los procesos editoriales que se siguen para una obra científica, divulgativa o académica no realizada con fines didácticos son muy distintos a los de una obra didáctica. En el ámbito costarricense, muy a menudo, la función del editor, en estos casos, se reduce a coordinar el proceso de publicación, que incluye la contratación de un corrector de estilo, los artistas gráficos (diseñadores, ilustradores, fotógrafos) y los procesos de impresión.
              En casos como estos, una industria del libro todavía incipiente como la nuestra no distingue entre el publisher y el editor (léase en inglés); ambos parecen una y la misma figura: un mediador entre el autor y la puesta en circulación de su texto (Pérez, 2002: 69).
              La edición de libros de texto, en cambio, se realiza mediante un complejo proceso editorial que implica acciones sucesivas con varios niveles de complejidad y profundidad.

              Para comprender las diferencias, conviene mencionar algunas características de la obra didáctica:

              • Debe estar concebida, diseñada y escrita para cumplir un plan de estudios definido, estructurado y previamente diseñado en sus contenidos curriculares. Responde a objetivos, lineamientos, metodologías y contenidos cuya aprobación se produce en instancias ajenas al aparato editorial propiamente dicho. Por lo tanto, responden a un plan de contenidos previo, no elegido libremente por el autor.
              • Debe considerar las características del público al que se dirige, el nivel formativo en el que se encuentra y las políticas institucionales o de línea editorial a las que responderá la obra.
              • Debe incluir herramientas para facilitar los procesos autorregulados de enseñanza-aprendizaje, a partir de ejemplos, palabras clave, recursos y ayudas didácticas, una redacción clara y de carácter expositivo, ejercicios y actividades sugeridas, figuras e ilustraciones, vocabularios y glosarios y cualesquiera recursos que puedan considerarse pertinentes y necesarios para la adecuada exposición y aprehensión de los contenidos de la obra (para un cumplimiento eficaz del diseño curricular).
              • Debe darle prioridad a la claridad expositiva y la comprensión de los temas, aunque para esto deba sacrificar algunos recursos retóricos propios del discurso científico. Así, enfoques o aproximaciones de la exposición que se considerarían imperdonables en una obra estrictamente científica, son licencias necesarias en las obras didácticas (como ejemplos y digresiones); mientras que el discurso científico normal (argumentativo y demostrativo) puede resultar pesado y hasta contraproducente en la escritura con fines didácticos (Figueras y Santiago, 2000: 23).
              • Aun cuando el discurso mediado tiene prioridad sobre el científico, los contenidos deben ser veraces, comprobables y científicamente sustentados; por lo tanto, requieren de la participación de especialistas en contenido para revisar la exactitud de la información y la pertinencia de la metodología de enseñanza-aprendizaje elegida (mediación).

              Dados los requisitos de las obras académicas con fines didácticos, se requiere de un equipo multidisciplinario y multifuncional que pueda cumplir las fases de la edición académica. Es aquí en donde la figura del editor académico aparece como un actor clave del proceso.
              La terminología en nuestra lengua española en el campo de la edición todavía está en proceso de delimitación, puesto que tradicionalmente, la palabra editor se ha empleado para referirse a eso que en la industria del libro norteamericana se conoce como publisher; mientras que las figuras del editor y del copyeditor ni siquiera tienen un equivalente en español que haya salido de un ámbito muy especializado.

              Para tratar de clarificar los subprocesos editoriales que entran en juego en la edición de obras académicas, propongo que sigamos la siguiente nomenclatura:

              • Casa editorial (publisher): la empresa editorial o institución que asume los costos de publicación, comercialización y mercadeo de la obra.
              • Director editorial: la persona o encargado que define la línea editorial y las obras por publicar (cuando hay un consejo editorial, es quien ejecuta sus decisiones), mantiene una relación cercana con los departamentos de mercadeo y comercialización (o bien, toma él mismo estas decisiones), se encarga de la búsqueda y contratación de autores. Las funciones exactas de un director editorial varían según el tamaño y características de la casa editorial.
              • Editor: es el encargado de acompañar todo el proceso de edición, desde el momento en que el autor ha sido asignado hasta su salida de los talleres de imprenta. Por lo tanto, asume dos tipos de tareas: coordinación y edición. En tanto coordinador, vigila los plazos de entrega, está en contacto con los miembros del equipo y vela por que se cumplan todas las fases del proceso. En tanto editor propiamente dicho, se encarga de la lectura y revisión del material y, en general, de todos los pasos necesarios de la preparación del texto. El nivel de profundidad con que intervenga depende del tipo de obra que edite.
              • Corrector de estilo: sigo aquí la propuesta de traducción de Carmen Barvo para el término inglés copyeditor. A este tipo de corrección también se la denomina preparación del original o preparación tipográfica. Esta fase se concentra en la revisión tipográfica y ortotipográfica, la corrección gramatical, la claridad en la comunicación (precisión terminológica y sintaxis), la mejora de la expresión escrita y de la organización sin alterar sustancialmente la estructura ni reescribir. En el medio costarricense, la mayor parte de estas correcciones las asume el filólogo.
              • Corrector de pruebas: realiza lo que en inglés se llama proofreading. Realiza la corrección tipográfica; detecta errores mecánicos y erratas; verifica la corrección gramatical; revisa que todos los elementos gráficos estén bien utilizados según el diseño seleccionado; señala ríos, calles, huérfanas, viudas y otros errores de la maquetación final. El corrector de pruebas se encuentra en una de las fases finales del proceso de edición.

              En una obra literaria o académica normal, la intervención del editor llega hasta donde el autor se lo permita (Pérez, 2002: 71). En una obra académica didáctica, pocas veces se tiene el privilegio de encontrar especialistas en contenido (criterio principal para su selección) que además tengan entrenamiento o experiencia como escritores (Piccolini, 2002: 122). Por esa razón, la labor del editor académico es extensa e implica varios subprocesos de edición.

              Maeve O’Connor propone dos niveles de edición: la edición creativa y la que aquí llamaremos edición profunda (substantive editing). La primera implica señalar cómo y dónde es pertinente reorganizar, expandir o condensar el texto, para lograr una exposición más clara de las ideas. “La edición profunda significa asegurarse de que los autores han dicho lo que querían decir tan clara y correctamente como sea posible. Esto usualmente se hace al mismo tiempo que la edición técnica e incluye correcciones de gramática y ortografía, hacer sugerencias menores acerca de la reorganización, expansión o condensación del texto y sugerir cómo los títulos, palabras clave, resúmenes, estadísticas, tablas e ilustraciones pueden presentarse mejor y cómo el estilo puede ser revisado para proporcionar la mayor claridad y precisión” (1979: 41). En síntesis, “Un editor es mucho más que un corrector de estilo cuando se hace cargo de un proyecto en particular. Es quien ayuda a encontrar la mejor estructura y el mejor tono; compila, redacta, corrige, sugiere, corta, equilibra un texto” (Pérez, 2002: 70).

              El editor académico, además, proporciona sugerencias sobre las imágenes, figuras y tablas que acompañan al texto, la mejor manera de reforzar los conceptos y los recursos didácticos que puedan ser necesarios.

              En la práctica de la edición académica didáctica, el editor académico tiene la responsabilidad de acompañar la obra en todas las fases de la edición. Así, inicia desde la asesoría en la creación del plan de la obra a partir del diseño curricular; realiza la edición creativa y la profunda y, finalmente, debe asumir también la corrección de pruebas. Únicamente el proceso de corrección de estilo (copyediting) suele compartirse con un profesional en filología para que realice una asesoría lingüística calificada (en aquellos casos en que el editor académico no tenga la formación o la experiencia para realizar esta función por sí mismo).

              La edición académica con fines didácticos es, como puede verse, una de las formas más complejas de edición. Su recompensa, sin embargo, lo merece: la realización de obras didácticas diseñadas para ser leídas y releídas, estudiadas, comprendidas y aplicadas. Una obra didáctica se escribe para ser utilizada, exprimida, aprovechada hasta su último párrafo, con el menor esfuerzo posible por parte del lector en cuanto a decodificación y usabilidad. Uno de los máximos logros de un editor académico es contribuir a la realización de textos claros, comprensibles, didácticos y, no por ello, menos profundos y bien sustentados. De esta forma, su labor es más que un trabajo remunerado: es un servicio en la formación ciudadana costarricense de uno de los proyectos más exitosos en la educación inclusiva y democrática en América Latina y, desde luego, en la historia de este país.

              Bibliografía consultada y referencias
              Barvo, Carmen. (1996). Manual de edición. Guía para autores, editores, correctores de estilo y diagramadores. Santafé de Bogotá: Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe.
              Martínez de Sousa, José. (1993). Diccionario de bibliología y ciencias afines. Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez.

              Martínez de Sousa, José. (1999). Manual de edición y autoedición. Madrid: Ediciones Pirámide.
              Figueras, Carolina y Santiago, Marina. (2000). “Capítulo 1: Planificación”. Montolío, Estrella, coord. Manual práctico de escritura académica. Vol. 2. Barcelona: Editorial Ariel.
              Sullivan, K. D. y Eggleston, Merilee. (2006). The McGraw-Hill Desk Reference for Editors, Writers, and Proofreaders. New York: McGraw-Hill.
              O’Connor, Maeve. (1979). The Scientist as Editor. Guidelines for Editors of Books and Journals. New York/Toronto: John Wiley & Sons.
              Pérez Alonso, Paula. (2002). “El otro editor”. Sagastizábal, Leandro de y Esteves Fros, Fernando, comps. El mundo de la edición de libros. Buenos Aires: Paidós.
              Piccolini, Patricia. (2002). “La edición técnica”. Sagastizábal, Leandro de y Esteves Fros, Fernando, comps. El mundo de la edición de libros. Buenos Aires: Paidós.

              2 comentarios

              Archivado bajo Comunicación, Copyediting, Corrección de estilo, Corrección de pruebas, Corrector, Edición, Editor, Labor editorial, Materiales didácticos, Obras didácticas, Publisher, Texto, Trabajo