Archivo diario: 03/03/2010

Desde la experiencia: ¿cuándo es bueno un audiolibro?

¿Cuáles son las características de un «buen» audiolibro? La respuesta, inevitablemente, ingresa en el reino de lo subjetivo: es una valoración que solo el lector puede hacer con base en su personal, única e irrepetible experiencia. Las siguientes reflexiones no son la excepción: provienen del contacto vital de esta lectora con el reino del audiolibro.

Las mejores versiones leídas de un libro, para mí (como lectora-oyente), son aquellas en donde se suman ciertos factores clave: adecuada dicción, entonación correcta (ni muy neutral, ni muy enfática), voz agradable (en su timbre y tono), ritmo y velocidad de lectura adecuados… Cuando se hace el compromiso de escuchar un audiolibro, se le está abriendo la puerta a un desconocido sin rostro para entrar en nuestra esfera personal durante una gran cantidad de horas.

Ese alguien se convierte en un acompañante cercano, un amigo íntimo, un otro a quien le permitimos leer para nosotros. No es a cualquiera a quien le abrimos las puertas de nuestra casa y nuestra vida. Esos mismos filtros se le aplican a quien nos va leer un libro: es alguien a quien le estamos abriendo la puerta; y si hay algo en su voz que nos produzca disgusto o rechazo, estaremos condenados a calificar los contenidos del texto debido a la forma sonora que adquieren. En otras palabras, nos tiene que gustar la interpretación para que la experiencia de lectura sea placentera y podamos concentrarnos en la re-creación de los significados de las palabras, en lugar de distraernos por la voz o la actitud que creemos sentir en la voz del otro.

En mi caso, la presencia de música o sonidos es un estorbo, un distractor. Por eso prefiero las lecturas íntegras, silenciosas de elementos extratextuales, en las que una sola voz se encarga de ejecutar la partitura textual con una entonación suficiente para que yo, lectora, pueda acceder al texto, sin matar mi propia y activa imaginación.

Las otras, las versiones dramatizadas, molestan por sus propias características, precisamente por el alto grado de personificación al que se ve obligado el actor de voz y por la exagerada cantidad de imágenes visuales que proporcionan. Esos no son audiolibros, son radionovelas inspiradas en un libro; por lo tanto, deberíamos considerarlas de la misma manera que valoramos una adaptación cinematográfica de una obra escrita.

Hay excepciones, siempre hay excepciones. El principito, por ejemplo, dadas sus características textuales (el diálogo es el principal recurso verbal), es una obra cuya versión dramatizada (en francés) es hermosa (la voz del niño frente a la voz del adulto conserva y respeta la dulzura del texto original). Sin embargo, las versiones dramatizadas de El hobbit (en inglés) me resultaron intolerables. Yo quería leer/oír el libro; no escuchar una radionovela porque, para eso, prefiero esperar la versión adaptada al cine por Peter Jackson.

Esto es subjetividad pura: acaso usted comparte las experiencias de ambos tipos de lecturas y prefiere las dramatizadas porque se adaptan mejor a su manera de imaginar. Mi teoría personal es que el lector enfocado en el texto prefiere las lecturas «limpias»; mientras que el lector enfocado en la forma seguramente disfrutará más las versiones más elaboradas, de producción más compleja y con mayores elementos sonoros, las dramatizaciones. En esto, como en todo, el lector elige.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Audiolibro, Tecnologías de la palabra

El audiolibro: la recuperación de la lectura en alta voz

Tal vez por el hecho de pertenecer desde hace tantos siglos a una cultura de la lectura silenciosa a través de los ojos, hemos olvidado que en un mundo en donde la alfabetización no es universal, la lectura estaba pensada y diseñada para ser, por antonomasia, en alta voz. Así lo demuestra con un estilo impecable y una documentación incuestionable Alberto Manguel en Una historia de la lectura.

Visto de esta manera, el audiolibro es la recuperación de un aspecto de la lectura perdido hace mucho tiempo y que nos regresa al mundo de la interpretación a través de la voz. La lectura de un texto es equiparable a la intepretación de una partitura musical: las notas pueden ser las mismas, pero cada ejecución es distinta por múltiples factores, como la calidad del instrumento, la sonoridad del entorno (no es lo mismo tocar en el interior de una iglesia gótica que en un parque al aire libre), el timbre de la voz (para las obras cantadas), el grado de maestría del ejecutante y hasta sus estados de ánimo.

La escritura para «ser escuchada» también tiene otros retos y requisitos: debe sonar bien, tener armonía, mantener la cadencia y el ritmo; debe, en una idea, acercarse más a la poesía. La propia calidad del texto, por lo tanto, ya es un factor intrínseco de cualquier versión auditiva de una obra escrita y este, lamentablemente, es un factor fuera del control del lector-ejecutante: ni la voz más bella, ni la mejor lectura son capaces de remediar un texto mal escrito.

Por el contrario, esas obras que al llevarlas a la voz se vuelven música (pienso en cualquier párrafo garabateado por Octavio Paz) merecen ser escuchadas mucho más que silenciosamente leídas. Ahí el audiolibro recupera la vitalidad del texto y se convierte en el formato que, ¿por qué no?, es el más adecuado para la entrega de una obra. Desde luego, la creación de la versión de audio del texto será un reto en sí misma. No será jamás lo mismo escuchar El laberinto de la soledad «leído» por una voz digital, computadorizada, que por una voz humana. La computadora tiene exactamente el mismo tono y énfasis en todas las repeticiones que haga de la misma palabra. La voz humana, en cambio, puede discurrir con el texto, moverse entre los renglones y darle vida propia a cada vocablo, así se trate del mismo e idéntico conjunto de signos. Así, ninguna palabra se pronuncia de idéntica manera dos veces; y ahí está su riqueza.

Deja un comentario

Archivado bajo Audiolibro, Tecnologías de la palabra

¿Qué es un audiolibro?

La palabra audiolibro (‘libro para ser escuchado’) pareciera lo suficientemente explícita como para adivinar, sin ambigüedades, su significado. Y, sin embargo, dada la múltiple oferta de productos similares bajo la misma etiqueta, la pregunta es válida: ¿qué es un audiolibro, estrictamente hablando?

Encontramos en el mercado editorial y en la internet al menos cuatro tipos de obras creadas, diseñadas y vendidas o distribuidas bajo la categoría de «audiolibro»: a) los textos íntegros leídos por uno o varios lectores humanos, con pocos o ningún efecto sonoro; b) los textos abreviadas leídos por un lector humano; c) las dramatizaciones de una obra, realizadas por un grupo de actores de voz, con sus respectivos efectos sonoros; d) Conferencias o lo que en inglés se llama lectures dictadas por el autor. Se puede añadir una quinta categoría: las lecturas íntegras o abreviadas de una obra por parte de una voz digitalizada y generada por computadora. Estas últimas no suelen encontrarse en las tiendas, sino en las redes P2P y en algunos sitios para compartir archivos. De mi parte, no incluyo en la categoría de audiolibros los podcast o las clases grabadas, especialmente debido a que tiendas como la Apple Store tienen secciones especiales, como la Apple University en donde no se tiene la expectativa de acceder «audiolibros» sino clases magistrales.

Los que sí son «audiolibros»

Tal vez me adelanto e impongo mi criterio; pero, para mí, las lecturas íntegras de una obra, sin dramatizaciones ni abreviaciones, son los únicos de los diversos tipos de obras realizadas para ser escuchadas que sí pueden denominarse, por derecho propio, audiolibros. Los demás son productos derivados, obras conexas, adaptaciones, pero no son el libro mismo en otro formato o medio.

Lo que vemos en este tipo de adaptación es el traspaso de un medio a otro: los signos alfabéticos se convierten en signos sonoros verbales, pero la obra conserva su integridad textual. Sería absurdo no admitir que existe una interpretación: la realización vocal de los signos gráficos es, en sí misma, una transformación del texto (exactamente igual que ocurre con una partitura musical). Sin embargo, mientras el texto se siga y la interpretación reúna ciertas características, la voz se percibe como realizadora y no como invasora o traidora del texto.

[Desde luego este crierio no se aplicaría a obras que tengan contenidos visuales o gráficos complejos (fotografías, esquemas, diagramas, tablas…, como lo serían las obras didácticas), los cuales, por su propia naturaleza, serían intransmisibles al formato auditivo sin una adaptación sustancial (es decir, convertir una fotografía en una descripción, por ejemplo)].

Un lector que escuche el texto íntegro de una obra por esta vía habrá leído la obra completa, aunque en lugar del sentido de la vista haya empleado el sentido del oído.

Los que no deberían llamarse «audiolibros»

Los otros ejemplos mencionados, si bien a menudo se encuentran sin distinción bajo esta categoría, no son, desde el punto de vista de esta lectora, audiolibros por muchas razones.

Los resúmenes de obras, por ejemplo, son lecturas fragmentadas e incompletas, en cualquier medio que se distribuyan. Pienso en las versiones juveniles de las novelas clásicas de viajes o aventuras, como las obras de Julio Verne o Emilio Salgari, o de las obras para adolescentes, como las Mujercitas de Louise May Alcott. Las versiones abreviadas de estas novelas son una vergüenza. Recuerdo claramente una edición juvenil de alguna de tantas en las que fui incapaz de entender la historia porque me faltaban acontecimientos e incluso personajes. De igual manera, un audiolibro abreviado no es un sustituto del libro impreso, porque parte de la obra está quedando fuera del alcance del lector.

Las obras dramatizadas, por su misma naturaleza, deben concentrarse necesariamente en los diálogos; reducen las descripciones al mínimo y eliminan todo cuanto no pueda ser «mostrado» de una u otra manera (así sea con «imágenes» sonoras). Por lo tanto, son tampoco obras abreviadas. Estas tienen un factor adicional: el grado de interpretación y adaptación es todavía mayor que en una lectura más o menos plana. Cada personaje debe tener una voz propia, cada actor imprime su versión del texto que va más allá de leer en voz alta: personifica.

Las conferencias son curiosidades, interesantes maneras de conocer el pensamiento de los autores o autoridades en algún tema y, sin duda, entretenidos productos para pasar las horas, pero ciertamente no son audiolibros: son, como su nombre lo indica, conferencias.

En cuanto a los textos interpretados por una voz computadorizada, llamarles audiolibros sabiendo que son generados automáticamente por una aplicación es casi ofensivo para el serio trabajo de realización que requiere cualquiera de las demás alternativas. En cuanto a la comodidad del lector, todo depende de quien escuche. Yo, en lo personal, no los tolero. Pero hay muchas personas entrenadas para sentirse cómodas con estas versiones, y hasta más cómodas que con las lecturas realizadas por humanos torpes y monótonos. Así que, en este caso, es cuestión de gustos y costumbres.

¿Y de qué sirve esta distinción?

Esta reflexión, espero, es útil para usted, lector real o potencial de obras en su formato hablado o leído. Ahora ya podrá acercarse a los muchos repositorios o tiendas de audiolibros con algunos elementos adicionales de juicio para elegir la obra que realmente quiere leer, según sus necesidades y preferencias (si es que no había llegado ya, por su propia experiencia, a estas conclusiones).

También, sin duda, es una distinción válida para los realizadores de audiolibros. ¿Cuáles obras prefieren los lectores? Esa es una pregunta de proporciones mayores, porque requiere de estudios de mercado, comparación de estadísticas de venta, distinciones por edad y sexo, lectura de los comentarios de los compradores (un paseo por los comentarios en Audible es muy revelador) y, sobre todo, mucha capacidad de observación. Es a partir de estos estudios, todavía pendientes para el gran público, que se puede transformar o modificar el mercado de venta y distribución de obras en formato audiolibro.

2 comentarios

Archivado bajo Audiolibro, Tecnologías de la palabra