Archivo mensual: febrero 2010

Tildar o no tildar… he ahí el dilema (la tilde en los demostrativos)

Cuando tenía nueve años encontré en la biblioteca del aula en la que estudiaba un libro de gramática. Memoricé, en particular, la regla de la tilde en los monosílabos. Finalmente comprendía por qué muchos de mis libros (los más viejitos) escribían fué: era una regla desconocida para mis maestros; asumí como mi deber recuperarla y «escribir correctamente».

Grande fue mi sorpresa cuando mi maestra de tercer grado me devolvió una tarea corregida llena de marcas rojas por haber tildado fue. Así aprendí que la norma cambia: lo que ayer era regla, hoy no lo es.

Pasaron muchos años antes de que volviera a asombrarme con un cambio en la norma de los acentos. Ni siquiera por mérito propio, sino porque alguien más me lo hizo saber, descubrí en el Diccionario panhispánico de dudas (2005) la muerte del acento de los pronombres demostrativos (este, esto, ese, esa…) y del adverbio solo. Se reserva el acento gráfico para los casos de anfibología (ambigüedad) inminente y estos, se advierte, son raros en español.

Para mí, la norma era nueva, apenas este año cumplía su primer lustro. Así, con la misma candidez de mi infancia, pregunté en el foro de la Fundéu, Apuntes, si consideraban lícito aplicar, en un entorno editorial, esta norma tan «novedosa». Mi sorpresa fue grande cuando se me informó, educada y gentilmente, que la eliminación de los acentos en los demostrativos fue introducida en la norma académica en 1959.

El uso de la tilde es potestativo en los dos casos (éste, ése, etc., y sólo). Es lícito prescindir de ella cuando no existe riesgo de anfibología (reglas 16.ª y 18.ª de las Nuevas normas de Prosodia y Ortografía, que entraron en vigor el 1.º de enero de 1959.

Así lo establece nada menos que una discreta nota al pie del Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, en su apartado 1.8.3, inciso F, párrafo 3. La edición del Diccionario de la Real Academia (DRAE) de 1992, en la definición de los demostrativos, ya invierte la norma, y la tilde pasa de ser facultativa a ser obligatoria únicamente en los casos de ambigüedad.

Por eso, la norma del 2005 simplemente es el refuerzo de un cambio de enfoque ya previamente confirmado. La nota al pie se convierte en texto primario, y lo que antes era algo nada más «lícito» pasa a ser la norma: «solo cuando en una oración exista riesgo de ambigüedad porque el demostrativo pueda interpretarse en una u otra de las funciones antes señaladas, el demostrativo llevará obligatoriamente tilde en su uso pronominal» (DPD, 2005, «tilde», 3.2.1). Y no sabemos cuándo incluso esta obligatoriedad restringida podría también desaparecer, porque como dice M. Barbero, los casos de anfibología son tan raros «que, por infrecuentes, son anecdóticos (además de perfectamente evitables en la redacción)».

Cinco (que son en realidad cincuenta) años después de esta no tan «nueva» norma, algunos editores todavía se resisten a aplicarla; sin mencionar muchas personas que se han acostumbrado a seguir la regla aprendida en la escuela. «¡Hace cincuenta años! Y, sin embargo, una grandísima parte del mundo hispanohablante no se ha dado por enterada», exclama con asombro el «apuntero» Mariano Vitetta.

Renunciar a lo aprendido en los años de la infancia es difícil. Renunciar a las tildes que siempre hemos defendido, buscado y corregido también lo es. Habrá nuevas generaciones (como la mía) sin tantos miramientos para decir, sin la menor duda, que da menos trabajo identificar los poquísimos casos de anfibología (y hasta proponer una redacción alternativa) que estar continuamente decidiendo si este es un demostrativo o un adjetivo. Y para muchas personas fuera del mundo editorial también será, sin duda, un alivio.

Nota: agradezco aquí a los «apunteros» por haber proporcionado los datos básicos y las referencias para este artículo. En particular, a Mariano Vitetta y M. Barbero.

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El hilo del texto: ¿picotear o rodar?

La redacción es la técnica de creación del hilo conductor de la escritura. La palabra proviene del verbo latino redigo, ‘volver a llevar’, el cual, a su vez, se forma a partir del verbo ago, ‘conducir’. La buena redacción es invisible: no se siente porque nos permite deslizarnos sobre el texto sin interrupciones, sin saltos, sin zancadillas…

Hace unos días, una colega y amiga editora me convirtió los conceptos abstractos de «buena» y la «mala» redacción en imágenes imposibles de callar (¡gracias, Stella!). Las comparto porque contribuyen, sin duda a comprender, metafóricamente, a qué le llamamos «redactar bien».

Según el éxito o el fracaso en la hilación de las ideas, encontramos dos tipos de texto. Unos que se leen como si fueran una gallina picoteando y otros, como si fueran una canica (en Costa Rica, «bolincha») rodando sobre una superficie lisa y sin interrupciones.

La gallina picotea sin un patrón definido, en cualquier dirección. Nunca la misma gallina seguirá dos veces el mismo, exacto y preciso patrón de picoteo. En el texto-gallina no se sabe qué vendrá después, no hay una dirección definida y fácil de identificar, sino un recorrido caótico y casi azaroso. El lector siente que lee «a trompicones», experimenta interrupciones continuamente, debido a los saltos impredecibles de las ideas, que se superponen unas a otras en una yuxtaposición incoherente, sin orden o precisión, sin saber de dónde viene con exactitud o hacia dónde se dirige.

La canica, en cambio, cuando está sobre una tabla o un piso perfectamente liso, sin abultamientos o irregularidades, rueda y rueda sin parar, a un ritmo constante, en una misma dirección y llegará tan lejos como el impulso del golpe se lo permita. En el texto-canica, el hilo del discurso es fluido, coherente, va llevando de la mano al lector, le va indicando por dónde ir y uno lo toma y se va hasta el final.

En la escritura literaria, quizás haya escritores capaces de hacer una obra maestra de la técnica de la gallina (¿tal vez Rayuela o hasta el mismo Quijote sean un ejemplo?); pero en la escritura técnica, el picoteo es un pecado mortal. Es una traición del discurso, un autosabotaje a la comunicación y una pérdida de tiempo y esfuerzo para el lector quien se verá obligado a invertir muchas horas en tratar de poner orden en el caos, so pena de poner en riesgo su comprensión del texto.

En la escritura académica, por ejemplo, las consecuencias del texto-gallina son graves: se juega, ni más ni menos, el éxito o el fracaso del estudiante-lector. La responsabilidad de la comunicación académica no yace en la autocomplacencia de querer comunicar bien por razones de ego o reputación; cuando el objetivo del texto es educar, comunicar bien es un deber porque ahí yace toda la diferencia entre aprobar o reprobar, entre aprender y quedarse en la ignorancia.

En general, ningún texto-gallina debería pasar los filtros editoriales. Una lectura sin hilación es un desperdicio de recursos que, en la cultura impresa, son muy costosos. Aún así, cuál de los dos favorecer es una decisión personal (si usted es alguien tratando de escribir) o editorial.

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Ortotipografía: ponencias, conferencias, foros y videoconferencias

Hace unos días hablamos sobre las mayúsculas de nombres de congresos. Para quienes están en un entorno universitario, la diversidad de actividades que se cuelan en los textos de revisión puede ser abrumadora. Además de congresos y simposios, existen ponencias, conferencias, seminarios y, en los entornos educativos a distancia, videconferencias. ¿Cómo citamos los nombres de cualquiera de estas actividades?

El Manual de estilo de lengua española sigue siendo una de las obras de referencia más completas. José Martínez de Sousa incluye las entradas de conferencias y ponencias en donde proporciona la información básica para tomar estas decisiones editoriales.

Debemos distinguir entre dos tipos de actividades: las exposiciones individuales o colectivas en donde una persona o un pequeño grupo de personas emite un discurso, imparte una conferencia, da a conocer resultados de sus investigaciones e intercambia con sus pares puntos de vista diversos sobre el mismo tópico. Entran, bajo esta categoría, las conferencias y videoconferencias universitarias, las ponencias o comunicaciones en congresos y atividades afines, y las actividades también llamadas foros o conversatorios, en donde varios académicos conversan sobre un tema, bajo la guía de un moderador.

Este tipo de ponencia o conferencia se escribe con letra redonda, entre comillas y con todos sus adjetivos y sustantivos en minúscula. En otras palabras, se le da un tratamiento muy similar al de los artículos de revista. Un ejemplo, tomado del MELE 3, es el siguiente:

“Los diccionarios del siglo XX”, ponencia en el Institut Universitari de Lingüística Aplicada de la Unversidad Pompeu Fabra, de Barcelona.

A veces los mismos nombres de conferencia y foro se aplican a actividades de mayor envergadura, en donde personalidades o figuras destacadas se reúnen durante una cierta cantidad de días a tratar asuntos de su competencia. Este tipo de actividades recibe el mismo tratamiento que los congresos: sus nombres se escriben con letra redonda y mayúscula inicial para todos sus adjetivos y sustantivos. Es el caso del Foro de las Américas o la Conferencia de Ginebra.

Nota para usuarios de APA

Si estamos construyendo una lista de referencias según la normativa de APA (American Psychological Association), y la estamos siguiendo de manera ortodoxa y rigurosa, es necesario tomar nota de un detalle: el manual de la quinta edición en español recomienda utilizar las comillas para ponencias, conferencias y artículos de revistas cuando se citan dentro del texto, pero las elimina en la lista final de referencias. ¿Por qué esta arbitrariedad? No conozco la respuesta. Como editora, me parecería más coherente mantener la convención de comillas dentro de texto y dentro de la lista de referencias.

El APA contempla dos escenarios bibliográficos para una conferencia o ponencia, ya que esta podría haber sido publicada en una memoria o bien podría haber quedado inédita. Copio textualmente los ejemplos proporcionados, en inglés.

Caso 1: ponencia que forma parte de las actas publicadas del congreso o simposio

Deci, E. L. & Ryan, R. M. (1991). A motivational approach to self: Integration in personality. En R. Dienstbier (Ed.), Nebraska Symposium on Motivation: Vol. 38. Perspectives on motivation (pp. 327-288). Lincoln, EE. UU.: University of Nebraska Press.

El nombre del simposio o congreso, siguiendo las normas de correcto español, irá con mayúscula inicial en todos sus adjetivos y sustantivos. La cursiva que vemos en este ejemplo se aplica porque corresponde al título de una obra publicada, no al simposio o congreso propiamente dicho.

Con respecto a la anotación del país, en otra parte del mismo manual se dice que es opcional (aunque aparezca continuamente en los ejemplos), según si la ciudad es lo suficientemente conocida y no hay riesgo de ambigüedad. Si la región, estado, provincia o país de publicación forma parte del nombre de la universidad que aparece como sede o como editora, tampoco debe repetirse en la localidad del editor, cuando se trata del mismo lugar.

Caso 2: Contribución no publicada para un simposio

Lichtestein, K. L., Johnson, R. S., Womack, T. D., Dean, J. E. & Childers, C. K. (1990, junio). Relaxation therapy for polypharmacy use in elderly insomniacs and non insomniacs. En T. L. Rosenthal (Presidente), Reducing medication in geriatric populations. Simposio efectuado en la reunión del First International Congress of Behavioral Medicine, Uppsala, Suecia.

La normativa APA recomienda que se incluya el mes de realización del evento, además del año.

Cabe observar en este ejemplo tomado del manual de APA en español que en el proceso de traducción ha faltado seguir las reglas para obras en lengua distinta de la publicación; por eso vemos el nombre del simposio y de la ponencia en inglés, pero traducen al español la frase «simposio efectuado en la reunión del…». Esto, en mi opinión, es una errata de la edición de ese manual que resulta de complejo proceso de adaptar ejemplos pensados en una lengua para un manual que se publica en otra. Al respecto, conviene seguir los lineamientos de los que ya hablamos en un artículo anterior.

Bibliografía consultada

American Psychological Association (2001). Manual de estilo de publicaciones de la american psychological association [Publication Manual of the American Psychological Association, Fifth Edition] (2.a. ed.). México: Manual Moderno. (Obra original publicada en 2001).
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea.

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Ortotipografía: nombres de leyes, decretos, normas y códigos

¿Cómo se escribe el nombre de las leyes? ¿Acaso con el mismo criterio que los títulos de obras completas, como libros? ¿O acaso entre comillas? Ninguna de las dos.

Las leyes, disposiciones y decretos, según el Libro de estilo de ABC, constituyen una de las excepciones de la grafía con cursiva aplicada a obras completas. José Martínez de Sousa, en el MELE 3, añade que las leyes se escriben siempre en letra redonda y con los sustantivos en mayúscula; no así los adjetivos, salvo que formen parte de un nombre propio (como Poder Judicial). Así, nos dice Martínez que debemos escribir:

ley de Prensa e Imprenta
ley de Propiedad intelectual (nótese la minúscula en intelectual)

La regla se vuelve compleja: ¿se escribe con mayúscula la palabra ley? Según, Martínez de Sousa, no. La palabra ley se escribe siempre con minúscula.

Contrasta la recomendación del MELE 3 en relación con el nombre de códigos, que sí se escribe con inicial mayúscula. Al igual que en el caso de las leyes, solo los sustantivos se escriben con mayúscula, según la propuesta de Martínez de Sousa. Esta constante diferenciación entre mayúsculas de sustantivos y minúsculas de adjetivos me parece confusa para el lector y ciertamente compleja para la revisión.

Por eso destacan la propuestas del Libro de estilo de ABC y el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) en donde se recomienda el uso de la mayúscula para todos los adjetivos y sustantivos, incluyendo la palabra ley cuando se está citando el nombre completo. Tanto la Fundéu como el DPD coinciden en indicar que si se está utilizando un nombre abreviado de la ley o una denominación no oficial (que no corresponde a su nombre íntegro, literal), se debe escribir en minúscula. El DPD proporciona el siguiente ejemplo:

Ley para la Ordenación General del Sistema Educativo (pero la ley de educación, la ley sálica, etc.)

Referencias bibliográficas
Fundación del Español Urgente. «“Leyes”, grafía de los nombres no oficiales», recomendación del 5 de febrero de 2010. En www.fundeu.es.
Vigara, A. M. & Consejo de Redacción de ABC (2001). Libro de estilo de ABC (2.a ed.). Barcelona: Ariel, p. 80.

Real Academia Española (2005). “Mayúsculas”, 4.18. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.

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Ortotipografía: nombres de congresos

Una pregunta constante y frecuente es la correcta grafía (u ortotipografía) de los nombres de congresos en los escritos. Al respecto, encontramos lineamientos en el Manual de estilo de la lengua española, de José Martínez de Sousa, y en El libro y sus orillas, de Roberto Zavala.

La correcta grafía del nombre de un congreso es escribirlo en letra redonda y con mayúscula para todos los sustantivos y adjetivos que forman parte del nombre. En otras palabras, no se aplica del todo el uso de cursivas, comillas o negritas para destacar el nombre del congreso; tampoco es necesario ponerles mayúscula a los pronombres y conjunciones. Así, lo correcto sería escribir: Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas.

Si, además, se trata de una actividad periódica de la que se han realizado varias ediciones, también indica Martínez que lo más práctico, frecuente y recomendable es utilizar números romanos: I Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas. Pero si es usted una de esas personas a quienes no les gusta la numeración romana por considerarla arcaizante, puede optar por utilizar el nombre completo de la numeración arábiga o una abreviatura: Primer Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas; 1.er Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas (recuerde que el «er» debe ir en voladito o superíndice).

Referencias:
Real Academia Española (2005). «Mayúsculas», 4.24. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea, p. 314.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 313.

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¿Es posible editar para todos los hispanohablantes?

Una de las ventajas de la lengua, en tanto código internacional de comunicación e intercambio, es su capacidad para darnos acceso a cualquier texto, publicado en cualquier país. No obstante, aun cuando quisiéramos una sola lengua universal, idéntica y comprensible por todos sus hablantes, los giros y particularidades de una región la pueden volver críptica para los hablantes de otra.

Tomemos, como ejemplo, el español. Nací en Costa Rica, un país al que llegan, de alguna manera, influencias de muy diversas procedencias. Así, he leído libros editados en casi cualquier país de habla hispana: México, El Salvador, Colombia, Argentina, España… nunca me he sentido incapaz de leerlos, aunque ciertamente me daba algo de risa encontrarme un «Oye, tío» en alguna traducción española de una obra de Isaac Asimov. Aclaro: en Costa Rica, tío es y siempre será el hermano de mi madre, nadie más; el otro sería «mae», pero no es nada elegante para incluirlo en una traducción literaria, mucho menos de Asimov.

Así, la edición que traspasa fronteras se ve obligada a hacerse preguntas y tomar decisiones. El editor de obras técnicas tiene la responsabilidad de procurar textos que cumplan con ciertos requisitos básicos: comunicabilidad, ¿se tiene éxito en la comunicación texto-lector?; lecturabilidad, ¿se puede leer fluidamente, sin tropiezos en el camino?; naturalidad, ¿se siente cómodo el lector con el texto?; claridad, ¿el texto se entiende tal cual, sin equívocos? Aclaro que estos son requisitos propios de la edición técnica porque ahí donde un manual de uso o un texto didáctico requieren de una comunicación eficaz, transparente, clara, sencilla, directa y unívoca, la comunicación literaria puede aspirar a producir ambigüedad, pluralidad, multidireccionalidad, deliberada oscuridad y, sobre todo, múltiples posibilidades interpretativas.

Así, en teoría, todo parece muy sencillo y abstracto. El problema es cuando un texto invadido por vocablos y giros de la vida cotidiana quiere traspasar las fronteras de una latitud a otra. Tomo, como ejemplo, una obra enfocada en la incorporación de recursos tecnológicos en los procesos de enseñanza-aprendizaje. ¿Qué clase de dificultades léxicas podríamos encontrar ahí?, se puede preguntar el editor. Estas son solo algunas: España, ordenador / América, computadora (no computador, como tienden a pensar algunos); España, pizarrón / América, pizarra; España, plumón / América, marcador (Costa Rica, pilot); España, ordenador de sobremesa / América, computadora de escritorio… (profundizo en eso… a mí me dicen «ordenador de sobremesa» y me imagino «¿una computadora para usarla después de tomar café, en la mesa…?»).

De repente, una obra perfectamente escrita en español, o eso creemos, se vuelve Babel… y eso sin mencionar términos no tecnológicos, como enojo/enfado, que son exactamente lo mismo salvo que en América preferimos enojo y en España, aunque se entiendan las dos y el DRAE recomiende la primera, los españoles hablan siempre, en su vida cotidiana, de enfado (aclaro que no sé si esa es una afirmación universal, para toda la Península o solo para algunas regiones); o las diferencias que tenemos en el uso de ser y estar.

Así, la revisión de una obra escrita en una latitud para ser publicada en otra puede incluir un trabajo complejo de adaptación/traducción. La decisión de cuánto elijamos traducir dependerá, ciertamente, de los editores y el grado de compromiso que tengan con sus lectores. Un vocablo perfectamente normal en una región puede producir extrañeza, rechazo o hasta risa cuando aparece en un texto pensado para ser leído en otro lugar. Se puede convertir en una piedra de tropiezo, un estorbo en la lectura, un factor distractor que desconcentra y desconcierta al lector. Es ese factor clave el que subyace en las decisiones del editor, y no una simple gana de adaptar por adaptar, o de corregir por corregir.

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Devonthink: una herramienta para la investigación

En lo personal, me encantan las fases iniciales de una investigación: la búsqueda de pequeñas pistas, el hallazgo de libros dentro de las bibliografías de otros libros, las citas útiles que saltan de las páginas leídas, las interrogantes a cada párrafo del camino, la colección de entrevistas y opiniones, las ideas sueltas, los fragmentos de respuestas que van apareciendo sin orden, ni aviso previo… De esta forma, a veces caótica y desarticulada, tras muchas semanas, meses o hasta años, van tomando forma muchas de las grandes investigaciones. Es una etapa hermosa, divertida, llena de sorpresas y, sobre todo, de mucho asombro.

Sin embargo, desde el punto de vista práctico, también es una etapa llena de hojas sueltas, cuadernos caóticos, fichas acumuladas unas sobre otras, archivos inmanejables, fotocopias indistinguibles, libros en todos los estantes y, ahora en la era digital, carpetas y subcarpetas (directorios y subdirectorios) que se pierden en la selva de nuestro disco duro. A los libros y notas de antaño, agregamos páginas web (más de las que nuestra libreta de direcciones puede manejar sanamente) y gran variedad de artículos digitales.

¿No sería acaso un sueño tener toda esa información organizada y organizable, buscable, hipervinculada, fácil de recuperar y lista para utilizar en nuestros proyectos de escritura?

Hace unas semanas trajimos a este blog la propuesta de flujo de trabajo de Kerry Magruder, en un artículo sobre la escritura de textos académicos. En ese momento, no había puesto a prueba, personalmente, el DevonThink, que él recomendaba, pero comencé a encontrarlo como una herramienta preferida por otros escritores, muchos de ellos usuarios de Scrivener. Ahora sé por qué a tantas personas les gusta tanto: es precisamente el tipo de programa para quienes amamos esa etapa previa de la investigación y necesitamos un método para conservar, de un modo accesible y práctico, hasta las más pequeñas piezas de nuestro rompecabezas.

Agostino, uno de nuestros lectores, ha dejado un comentario muy completo sobre las capacidades de búsqueda de este programa. Me tomo la libertad de citarlo: «Devonthink es un aplicación muy potente, cuya particularidad es un motor de búsqueda semántica exclusivo, que resulta muy efectivo para encontrar información entre material heterogéneo y moderadamente desordenado. Digo “moderadamente” porque su mecanismo de Inteligencia Artificial tiene en cuenta también la ubicación de las cadenas de búsqueda, con lo cual la ordenación del material documental es altamente recomendable».

Otra ventaja del DevonThink es que puede importar prácticamente toda clase de archivos: textos, pdf, audio y video… y puede crear documentos de texto plano, rtf y notas. Se pueden crear réplicas de los archivos, de modo que aparezcan en varias carpetas al mismo tiempo, e hipervínculos entre ellos, para que todo esté cruzado y accesible desde cualquier lugar.

Algo que me encanta de cualquier programa dirigido a escritores es el modo de pantalla completa; DevonThink también incluye esta herramienta para quienes amamos la escritura sin distracciones, aun si solo estamos tomando notas personales e ideas preliminares (desde luego, para escribir propiamente, Scrivener sigue siendo el mejor).

Otra función especialmente útil, además de la capacidad de importar páginas web con todos sus contenidos, es la opción de importar un sitio web completo. Si bien se advierte no intentar descargar toda la Wikipedia a la base de datos, muchas veces nos topamos con sitios web que, página a página, son necesarios para nuestra investigación; pero tomar notas de todas ellas o incluso importarlas una a una es una tarea lenta que, algunos impacientes como yo, terminamos por declinar. DevonThink ofrece una alternativa: traérselo completo para una lectura reposada, tomar notas a gusto y tener las referencias completas cuando se necesiten, directamente en nuestro ordenador, ya fuera de la caótica nube de la red.

Otra ventaja de las bases de datos de DevonThink es que, una vez creadas, estarán disponibles para todos los proyectos de escritura que vayamos a emprender en el futuro. ¿Cuántas veces nos ha ocurrido encontrar un tema de investigación para un artículo y, con los años, darnos cuenta de que se nos convirtió en una tesis, tres artículos y varios proyectos de libros, todo con el mismo tema como base? DevonThink es ideal para mantener toda esa gran base de datos, de la que solo pasaremos a nuestros proyectos de escritura puntuales aquella información (notas, referencias, artículos) estrictamente pertinentes para cada uno de ellos.

DevonThink tiene varias opciones (personal, profesional y oficina), según el presupuesto y necesidades del usuario, y dispone de descuento académico para estudiantes y docentes de instituciones educativas. Sin duda, esta es una gran alternativa para quienes necesitamos de algo más que una colección de papeles y fichas en nuestro archivo de investigación.

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