Archivo diario: 14/02/2010

Ortotipografía: nombres de leyes, decretos, normas y códigos

¿Cómo se escribe el nombre de las leyes? ¿Acaso con el mismo criterio que los títulos de obras completas, como libros? ¿O acaso entre comillas? Ninguna de las dos.

Las leyes, disposiciones y decretos, según el Libro de estilo de ABC, constituyen una de las excepciones de la grafía con cursiva aplicada a obras completas. José Martínez de Sousa, en el MELE 3, añade que las leyes se escriben siempre en letra redonda y con los sustantivos en mayúscula; no así los adjetivos, salvo que formen parte de un nombre propio (como Poder Judicial). Así, nos dice Martínez que debemos escribir:

ley de Prensa e Imprenta
ley de Propiedad intelectual (nótese la minúscula en intelectual)

La regla se vuelve compleja: ¿se escribe con mayúscula la palabra ley? Según, Martínez de Sousa, no. La palabra ley se escribe siempre con minúscula.

Contrasta la recomendación del MELE 3 en relación con el nombre de códigos, que sí se escribe con inicial mayúscula. Al igual que en el caso de las leyes, solo los sustantivos se escriben con mayúscula, según la propuesta de Martínez de Sousa. Esta constante diferenciación entre mayúsculas de sustantivos y minúsculas de adjetivos me parece confusa para el lector y ciertamente compleja para la revisión.

Por eso destacan la propuestas del Libro de estilo de ABC y el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) en donde se recomienda el uso de la mayúscula para todos los adjetivos y sustantivos, incluyendo la palabra ley cuando se está citando el nombre completo. Tanto la Fundéu como el DPD coinciden en indicar que si se está utilizando un nombre abreviado de la ley o una denominación no oficial (que no corresponde a su nombre íntegro, literal), se debe escribir en minúscula. El DPD proporciona el siguiente ejemplo:

Ley para la Ordenación General del Sistema Educativo (pero la ley de educación, la ley sálica, etc.)

Referencias bibliográficas
Fundación del Español Urgente. «“Leyes”, grafía de los nombres no oficiales», recomendación del 5 de febrero de 2010. En www.fundeu.es.
Vigara, A. M. & Consejo de Redacción de ABC (2001). Libro de estilo de ABC (2.a ed.). Barcelona: Ariel, p. 80.

Real Academia Española (2005). “Mayúsculas”, 4.18. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.

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Ortotipografía: nombres de congresos

Una pregunta constante y frecuente es la correcta grafía (u ortotipografía) de los nombres de congresos en los escritos. Al respecto, encontramos lineamientos en el Manual de estilo de la lengua española, de José Martínez de Sousa, y en El libro y sus orillas, de Roberto Zavala.

La correcta grafía del nombre de un congreso es escribirlo en letra redonda y con mayúscula para todos los sustantivos y adjetivos que forman parte del nombre. En otras palabras, no se aplica del todo el uso de cursivas, comillas o negritas para destacar el nombre del congreso; tampoco es necesario ponerles mayúscula a los pronombres y conjunciones. Así, lo correcto sería escribir: Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas.

Si, además, se trata de una actividad periódica de la que se han realizado varias ediciones, también indica Martínez que lo más práctico, frecuente y recomendable es utilizar números romanos: I Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas. Pero si es usted una de esas personas a quienes no les gusta la numeración romana por considerarla arcaizante, puede optar por utilizar el nombre completo de la numeración arábiga o una abreviatura: Primer Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas; 1.er Congreso de Escritores, Narradores y Cuentistas (recuerde que el «er» debe ir en voladito o superíndice).

Referencias:
Real Academia Española (2005). «Mayúsculas», 4.24. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Espasa-Calpe.
Martínez de Sousa, J. (2007). Manual de estilo de la lengua española (3.a ed.). Gijón: Ediciones Trea, p. 314.
Zavala Ruiz, R. (2008). El libro y sus orillas (3.a ed.). México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 313.

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¿Es posible editar para todos los hispanohablantes?

Una de las ventajas de la lengua, en tanto código internacional de comunicación e intercambio, es su capacidad para darnos acceso a cualquier texto, publicado en cualquier país. No obstante, aun cuando quisiéramos una sola lengua universal, idéntica y comprensible por todos sus hablantes, los giros y particularidades de una región la pueden volver críptica para los hablantes de otra.

Tomemos, como ejemplo, el español. Nací en Costa Rica, un país al que llegan, de alguna manera, influencias de muy diversas procedencias. Así, he leído libros editados en casi cualquier país de habla hispana: México, El Salvador, Colombia, Argentina, España… nunca me he sentido incapaz de leerlos, aunque ciertamente me daba algo de risa encontrarme un «Oye, tío» en alguna traducción española de una obra de Isaac Asimov. Aclaro: en Costa Rica, tío es y siempre será el hermano de mi madre, nadie más; el otro sería «mae», pero no es nada elegante para incluirlo en una traducción literaria, mucho menos de Asimov.

Así, la edición que traspasa fronteras se ve obligada a hacerse preguntas y tomar decisiones. El editor de obras técnicas tiene la responsabilidad de procurar textos que cumplan con ciertos requisitos básicos: comunicabilidad, ¿se tiene éxito en la comunicación texto-lector?; lecturabilidad, ¿se puede leer fluidamente, sin tropiezos en el camino?; naturalidad, ¿se siente cómodo el lector con el texto?; claridad, ¿el texto se entiende tal cual, sin equívocos? Aclaro que estos son requisitos propios de la edición técnica porque ahí donde un manual de uso o un texto didáctico requieren de una comunicación eficaz, transparente, clara, sencilla, directa y unívoca, la comunicación literaria puede aspirar a producir ambigüedad, pluralidad, multidireccionalidad, deliberada oscuridad y, sobre todo, múltiples posibilidades interpretativas.

Así, en teoría, todo parece muy sencillo y abstracto. El problema es cuando un texto invadido por vocablos y giros de la vida cotidiana quiere traspasar las fronteras de una latitud a otra. Tomo, como ejemplo, una obra enfocada en la incorporación de recursos tecnológicos en los procesos de enseñanza-aprendizaje. ¿Qué clase de dificultades léxicas podríamos encontrar ahí?, se puede preguntar el editor. Estas son solo algunas: España, ordenador / América, computadora (no computador, como tienden a pensar algunos); España, pizarrón / América, pizarra; España, plumón / América, marcador (Costa Rica, pilot); España, ordenador de sobremesa / América, computadora de escritorio… (profundizo en eso… a mí me dicen «ordenador de sobremesa» y me imagino «¿una computadora para usarla después de tomar café, en la mesa…?»).

De repente, una obra perfectamente escrita en español, o eso creemos, se vuelve Babel… y eso sin mencionar términos no tecnológicos, como enojo/enfado, que son exactamente lo mismo salvo que en América preferimos enojo y en España, aunque se entiendan las dos y el DRAE recomiende la primera, los españoles hablan siempre, en su vida cotidiana, de enfado (aclaro que no sé si esa es una afirmación universal, para toda la Península o solo para algunas regiones); o las diferencias que tenemos en el uso de ser y estar.

Así, la revisión de una obra escrita en una latitud para ser publicada en otra puede incluir un trabajo complejo de adaptación/traducción. La decisión de cuánto elijamos traducir dependerá, ciertamente, de los editores y el grado de compromiso que tengan con sus lectores. Un vocablo perfectamente normal en una región puede producir extrañeza, rechazo o hasta risa cuando aparece en un texto pensado para ser leído en otro lugar. Se puede convertir en una piedra de tropiezo, un estorbo en la lectura, un factor distractor que desconcentra y desconcierta al lector. Es ese factor clave el que subyace en las decisiones del editor, y no una simple gana de adaptar por adaptar, o de corregir por corregir.

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