Archivo diario: 05/01/2010

Herramientas informáticas para escritores

A menudo creemos que se necesita muy poco para escribir: lápiz y papel son suficientes, por así decirlo. Y, en cierta forma lo son. Pero cada época, con sus innovaciones tecnológicas, ha marcado una diferencia en la manera de construir la escritura. Ya no es necesario crear una obra íntegra en la memoria, para dictarla luego, como hizo el anciano ciego John Milton con su monumental Paraíso perdido.
Hay muchos escritores y, con cada uno de ellos, múltiples formas de escribir. Cada proyecto tiene sus propias necesidades, ya se trate de ficción, investigación o divulgación. Algunas obras nacen completamente de la mente de sus autores, mientras que otras se arraigan en complejos datos obtenidos de múltiples y variadas fuentes.
Aun cuando una obra pueda nacer de la invención ficcional de un solo individuo, piénsese por ejemplo en la complejidad que alcanzó la obra total de J. R. R. Tolkien, con varios milenios de historia de la Tierra Media, cientos de personajes distintos en épocas separadas entre sí y diversidad de culturas y pueblos.
Lo mismo puede decirse de una novela histórica y, en este caso, lo que vale para una obra de ficción también se aplica a una investigación compleja sobre un periodo de tiempo determinado, incluso si el resultado final no es ficcional, sino una obra académica, de divulgación o didáctica.
Durante los próximos días revisaremos, una a una, diversas herramientas informáticas a las que los escritores con estas necesidades pueden echar mano para facilitar sus procesos creativos. Veremos programas especialmente diseñados para escritores de ficción, así como herramientas sofisticadas para la creación de líneas de tiempo, árboles genealógicos, mapas y esquemas mentales, bibliografías complejas y, ¡faltaba más!, el catálogo de la biblioteca física que tenemos en casa. Incluso los escritores con limitaciones de la vista de nuestros días tienen alternativas para escribir, más allá de un secretario o amigo.
Porque en nuestra época, la computadora personal es la nueva pluma del escritor y, sin duda, una de sus mejores y más íntimas amigas.

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Redactar no es escribir

Tomo en mis manos el libro de Sandro Cohen, Redacción sin dolor, y en las primerísimas páginas encuentro estas palabras: «he insistido en la frase redactar (o escribir) bien». Me detengo. ¿Cómo que redactar es lo mismo que escribir? Me levanto, voy al baño, doy unas vueltas… ¡No! No son lo mismo, pienso. Solo se me ocurre esta analogía: escribir es como diseñar un edificio. Redactar es como hacer ingeniería.
Me explico un poco más.
Para mí, escribir implica un proceso creativo muy amplio. Se alimenta de la fantasía y la imaginación (aun cuando la escritura no sea necesariamente ficcional), de la investigación, del conocimiento, del deseo. Un escritor puede pasar años «escribiendo» y, sin embargo, durante ese tiempo podría no vertir una sola oración coherente sobre el papel.
Cuando la hoja comienza a recibir la escritura, las palabras no provienen de la relación intrínseca entre stylo, pincel, pluma o bit y papel. El escriba o escritor ya tiene que tener un dominio de la palabra y esto trasciende el mero dominio de la lengua: debe saber qué decir y cómo decirlo. La escritura se encarga de los contenidos. Con la redacción vamos creando la forma.
Así, redactar bien tiene que ver con la aplicación de las reglas expresivas y las gramaticales, con el perfeccionamiento de los detalles, con la búsqueda de la adecuada comunicación en lo pequeño. Escribir, en cambio, va más lejos: debe velar por el todo, por la macroestructura, por el lector, por los componentes del escrito, por el estilo y género incursionados.
No, me temo que no coincido con don Sandro, cuando menos en esta pequeña afirmación: redactar no es escribir. Ciertamente, saber redactar bien es una habilidad (de las que pueden aprenderse) imprescindible para un buen escritor. Pero un buen escritor necesita mucho más que un conjunto de reglas gramaticales de la expresión para ser capaz de crear una obra. Es la dura realidad que aprenden los aspirantes a escritor que se matriculan en las carreras de filología, lingüística o idiomas.

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