Archivo diario: 30/11/2009

¿Cómo se enseña a escribir?

Durante muchos siglos se comprendió la escritura como un arte inspirada por las divinidades. Las invocaciones a las Musas que precedían cualquier poema anterior al siglo XVII eran más literales de lo que puede aceptar nuestra mente positivista. El siglo XVIII y el romanticismo nos trajeron como legado al autor como demiurgo y dueño de su obra. Para poder crear al autor también era necesario pasar a un nuevo paradigma: de la inspiración al genio. Los autores no se formaban ni eran el resultado de su entorno, sino figuras sobresalientes cuya capacidad innata los elevaba sobre el común de los mortales. Hasta entonces, lo más cercano a la formación de autores eran los círculos literarios informales, entre amigos y colegas, y centrados en la escritura literaria.

Fue hasta el siglo XX que la formación de escritores se abrió camino hasta las aulas universitarias en países como Estados Unidos, Canadá y, más recientemente, México. El periodismo es una forma de escritura técnica, pero no es la única.

La aparición de la escritura técnica hacia finales del siglo XIX, como resultado de la explosión comercial y la necesidad de promover y estimular el consumo, trajo consigo una gran pregunta: ¿cómo se enseña a escribir?

Reporta Karen A. Schriver (1997: 56 y ss.) que todavía, hasta la fecha, conviven tres diferentes aproximaciones de la enseñanza de la escritura: a) la tradición artesanal, b) la tradición romántica y c) la tradición retórica. De esta forma clasifica Schriver las maneras de enseñanza de las escrituras creativa y técnica en su medio, los Estados Unidos.

La tradición artesanal (craft tradition) se centra en la enseñanza de reglas de la lengua, en la corrección gramatical y en la perfecta ortografía. Se enseñan los géneros de la escritura, los estilos, las modalidades de escritura (argumentativa, descriptiva) y una serie de técnicas expositivas (comparación, contraste, resumen).

La tradición romántica (romantic tradition) considera que es imposible enseñar y transmitir la buena escritura; especialmente la de carácter creativo o artístico. La enseñanza de la escritura consiste, para esta escuela, en proporcionar el entorno adecuado para que el aspirante a escritor pueda expresar libremente su creatividad. La escritura es considerada un viaje de autodescubrimiento y muchos de los ejercicios están orientados a llevar diarios y explorar temas muy personales. Los docentes guían ejercicios de comentario de lo escrito y dan consejos sobre aspectos como el lenguaje, la profundidad, el punto de vista o el uso de imágenes y metáforas.

La tradición retórica (rhetorical tradition) recupera el concepto griego de la retórica como arte de la persuasión (Aristóteles, Cicerón, Quintiliano). Aquí, la gramática y el genio quedan en segundo plano. En cambio, se parte de un cuerpo teórico para reflexionar sobre las relaciones entre el comunicador, la audiencia, las palabras, las imágenes y el contexto.

Esta sencilla clasificación contribuye a hacer nuevas preguntas: ¿Cómo queremos formar autores? ¿A cuál tipo de tradición deberíamos darle énfasis? ¿Cuál(es) de estas tres nos puede(n) dar el tipo de autores que necesitamos?

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¿Por qué no tenemos escuelas de escritores?

En los países con un alto nivel de alfabetización, las personas «aprenden a escribir» desde la infancia, ¿no es así? ¿Aprenden a escribir realmente?

Sabemos con certeza que se les enseña el código alfabético y su adecuado uso para la comunicación escrita. Y, sin embargo, hemos visto un incremento espeluznante en la cantidad de estudiantes que llegan por primera vez a las aulas universitarias y que ya no alcanzan las competencias mínimas para comunicar sus ideas por escrito; ya no digamos con claridad y precisión, sino, en muchas ocasiones, ni siquiera con una ortografía medianamente aceptable.

Se ha creído, erróneamente, que leer mucho produce, de manera automática, escritores de calidad y con buena ortografía. Esta es una idea generalizada, sin ningún sustento real. De hecho, una vez conocí a un lector ávido que se confesaba deficiente en ortografía.

Un lector que aprende a escribir de sus lecturas no lo hace de manera espontánea. Media su esfuerzo consciente por leer con atención, por practicar el vocabulario novedoso y los giros lingüísticos exóticos y, en fin, por expresarse con la misma fluidez y calidad de los escritos que tanto lo apasionan.

De ahí que podamos hacer esta otra afirmación: no podemos dejar la escritura «a la venia de Dios», «a la inspiración del momento» o a que sea aprendida «por arte de magia». Como cualquier otro oficio, debe aprenderse y desarrollarse sistemáticamente. Tenemos facultades de Bellas Artes, enseñamos Arquitectura, tenemos licenciaturas en Danza. ¿Acaso no pesan sobre estas disciplinas las mismas dudas que sobre la escritura? Que si puede o no enseñarse; que si es un arte, una ciencia o un oficio; que si el talento se puede o no formar o, cuando menos, encauzar… La escritura, ya sea creativa o técnica, no difiere en nada, en lo sustancial, de cualquier otra de las artes. ¿Por qué no tenemos una escuela de Escritura? Ese, sin duda, es uno de nuestros retos más inmediatos.

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