Archivo diario: 02/10/2009

El mejor diseñador de libros: el lector

Algunos libros que discuten el diseño de libros (¿acaso podríamos denominarlos metalibros?), se focalizan en el libro estéticamente bello o novedoso, las joyitas hechas por diseñadores para otros diseñadores, el libro-arte o el libro de lujo, deliberadamente inundado de blancos en sus páginas de gran formato, a todo color y en papel cuché.

Pocos manuales tienen la simpleza de centrarse en lo básico: el diseño cuya finalidad no son la fanfarria y el ruido visual, sino la lectura, simple y llana como es. Si el lector ha sido capaz de leer a gusto, centrándose en el texto, sin encontrar escollo alguno entre el signo gráfico y el signo que recrea en su mente, el diseño ha tenido el mayor de los éxitos. Se ha vuelto invisible por ser eficaz, por no hacerse notar, por haberse logrado la fusión alquímica indisoluble entre forma y contenido.

Con esa premisa, afirma Richard Hendel en su obra On Book Design:

El diseño de libros es diferente de todos los otros tipos de diseño gráfico. El verdadero trabajo de un diseñador de libros no es hacer que las cosas se vean agradables, diferentes o bonitas. Es encontrar cómo poner una letra junto a la otra de tal manera que las palabras del autor parezcan levantar la página. El diseño de libros no deleita por su propia astucia; se hace al servicio de las palabras. El buen diseño de libros solo pueden hacerlo las personas que leen: aquellos quienes se toman el tiempo para ver qué ocurre cuando las palabras se vierten en caracteres (1998: 3).

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La difícil/placentera labor de escribir

William Zinsser (1922) es un escritor, editor y profesor de la Universidad de Yale y la Universidad de Columbia. Ha publicado casi una veintena de libros y gran cantidad de artículos en las revistas de mayor circulación. Su obra On Writing Well (Acerca de escribir bien) destaca entre múltiples manuales sobre cómo escribir por ser un excelente ejemplo de aquellos principios que promueve: simplicidad, economía, claridad y humanidad.

On Writing Well es una lectura indispensable para editores y escritores, particularmente si se especializan en textos no ficcionales, como el periodismo, el ensayo, la crónica y la autobiografía.

Sin duda, en este blog regresaremos más adelante sobre algunos de los consejos de Zinsser. Para leerle en sus propias palabras, a continuación incluimos la traducción de un extracto del capítulo 1 de su obra On Writing Well, titulado “The Transaction”.

Hace algunos años fui invitado a una escuela en Connecticut, para hablar sobre la escritura como vocación. Cuando llegué, descubrí que otro conferencista, a quien llamaré el doctor Brock, también iba a participar. Era un cirujano que recientemente había comenzado a escribir y había vendido algunas historias a revistas. Iba a hablar sobre la escritura como diversión. Así, la conferencia se convirtió en un panel, y ambos nos sentamos frente a una multitud de estudiantes, docentes y padres, todos deseosos de conocer los secretos de nuestro glamoroso trabajo.

El doctor Brock iba vestido con una chaqueta rojo brillante, tenía una apariencia ligeramente bohemia, como se supone que se ven los autores, y la primera pregunta se la hicieron a él. ¿Cómo era ser un escritor?

Respondió que era increíblemente divertido. Al llegar a casa, después de un arduo día en el hospital, iba directamente hasta su cuaderno amarillo y se relajaba escribiendo. Las palabras simplemente fluían. Era muy fácil. Luego, yo dije que la escritura no era fácil ni era divertida. Era difícil y solitaria, y que las palabras rara vez salían solas.

Después, al doctor Brock le preguntaron si era importante reescribir. Absolutamente no, respondió. “Deje que todo salga”, nos dijo, y cualquiera que sea la forma que tomaran las oraciones reflejará al escritor con la mayor naturalidad. Luego, yo dije que la reescritura es la esencia de la escritura. Señalé que los escritores profesionales reescriben sus oraciones una y otra vez, y luego reescriben lo que han reescrito.

“¿Qué hace en los días en que la escritura no fluye tan bien?”, le preguntaron al doctor Brock. Dijo que simplemente dejaba de escribir, hacía el trabajo a un lado y lo dejaba para otro día en que se sintiera mejor. Luego, yo dije que el escritor profesional debe establecer un programa diario de trabajo y apegarse a él. Dije que escribir es un oficio, no un arte, y que la persona que huye de su oficio porque le falta la inspiración se está engañando a sí misma. Además, quedará en quiebra.

“¿Qué pasa si se siente deprimido o triste?”, preguntó un estudiante. “¿No afectará eso su escritura?”

Probablemente sí, respondió el doctor Brock. Salga a pescar, dé una vuelta. Probablemente no, dije yo. Si el trabajo de uno es escribir todos los días, se aprende a hacerlo como cualquier otro trabajo.

[…]

Así prosiguió la mañana, y fue una revelación para todos nosotros. Al final, el doctor Brock me dijo que mis respuestas le habían llamado muchísimo la atención; jamás se le había ocurrido que escribir pudiera ser difícil. Le dije que yo estaba igualmente interesado en sus respuestas; jamás se me había ocurrido que escribir fuera fácil. A lo mejor necesitaba hacerme cirujano de medio tiempo.

En cuanto a los estudiantes, cualquiera habría pensado que los dejamos confundidos. Pero, de hecho, les dimos una visión más amplia sobre el proceso de escritura que si solo uno de nosotros hubiese hablado; puesto que no existe ninguna manera “correcta” de realizar un trabajo tan personal. Hay muchas clases de escritores y toda clase de métodos, y cualquier método que le sirva a uno a decir lo que quiere decir, es el mejor método para uno. Algunas personas escriben de día, otras de noche. Hay quienes necesitan silencio, otros encienden la radio. Algunos escriben a mano, otros utilizan un procesador de texto, y otros le hablan en voz alta a una grabadora. Hay quienes escriben su primer borrador de una sola vez y luego revisan; otros no pueden escribir el segundo párrafo hasta que hayan trabajado interminablemente el primero.

[…]

En última instancia, el producto que cualquier escritor debe vender no es el tema del que escribe, sino quien es él o ella. A menudo me encuentro a mí mismo leyendo con interés sobre un tema que jamás me habría interesado, alguna investigación científica, por ejemplo. Lo que me atrapa es el entusiasmo del escritor por su campo. ¿Cómo le atrajo el tema? ¿Qué carga emocional le ha impreso? ¿Cómo cambió su vida? No es necesario querer pasar un año en soledad en el desierto para dejarse capturar por la obra de un autor que lo hizo.

Este es el valor personal que es la esencia de la buena escritura no ficcional. De ahí se derivan dos de las cualidades más importantes que este libro procura buscar: humanidad y calidez. La buena escritura tiene una vitalidad que mantiene al lector leyendo de un párrafo al siguiente, y no es cuestión de usar trucos para “personalizar” al autor. Es cuestión de usar la lengua de una manera tal que logre la mayor claridad y fuerza.

¿Pueden enseñarse tales principios? Probablemente no, pero en su mayor parte, pueden ser aprendidos.

Fuente: Traducido y adaptado de Zinsser, William. (2001). On Writing Well. 6.ª ed. New York, NY: Harper Collins, pp. 3-4. [Trad. de Jacqueline Murillo, revisada por Javier André Orlich, para este blog].

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