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El plan de obra y la escritura de obras didácticas

Escribir una obra didáctica no es el ejercicio de creatividad, autonomía y libertad por lo general asociado con el acto de escritura. Aquí es inútil la idea de un genio encerrado con su pluma o máquina de escribir (hoy, computadora o iPad) invocando a las musas y dejándose llevar por su inspiración para escribir la obra de su vida. Quien se compromete a escribir un texto de utilidad dentro de una asignatura o plan de estudios debe renunciar, desde el inicio, a su ego y escuchar las necesidades de quienes solicitan, revisan y aprueban la obra final.

Con estas declaraciones tan contundentes no quiero decir que la creatividad, la autonomía y la libertad no tengan un papel dentro de la escritura de una obra didáctica; sin duda las tienen, pero dentro de un marco mayor en donde las necesidades expresivas de la persona a cargo de la escritura son menos relevantes que las necesidades de objetivos, contenidos y actividades establecidas para la asignatura a la que acompañará el material escrito.

En el medio académico, toda asignatura forma parte de un plan de estudios general y responde a una etapa formativa dentro de este plan. Su propósito es lograr que cada estudiante alcance un determinado nivel por medio del cumplimiento de objetivos específicos, la cobertura de contenidos de acuerdo con su avance y el desarrollo de ciertas habilidades o competencias para su profesión o su nivel de estudios. Estas observaciones son válidas tanto para materiales de nivel escolar como de nivel universitario.

Por esa razón, cuando un libro debe escribirse para formar parte de un plan de estudios, el documento básico o punto de partida es el plan de esa materia. Puede tener cualquier nombre según la institución: diseño curricular, descripción curricular, plan… No interesa. Es ese documento en donde se establece, de forma esquemática, cuáles son los objetivos, contenidos, habilidades y actividades puntuales que serán el punto de partida para la enseñanza-aprendizaje.

La futura obra deberá entretejerse a partir de ese documento de lineamientos. Sin embargo, no debe creerse erróneamente que ese plan inicial es ya, en sí mismo, un plan de obra. Debe hacerse una labor de “traducción”, por así decirlo, entre el diseño curricular y el índice tentativo de una publicación.

Debe considerarse, por ejemplo, que un tema del diseño curricular puede obligar a proponer una serie de subapartados —dentro de los límites establecidos por los objetivos de la asignatura— no necesariamente descritos en el diseño. O bien, el tema es tan extenso, que deberá cubrirse en dos capítulos en lugar de uno. Al desglosar el tema, imaginar la exposición y adelantar qué tipo de ejemplos y recursos se utilizarán, será posible ir viendo la complejidad de la tarea por delante e incluso la extensión de los capítulos, apartados y subapartados. Ya con algo así de tangible, el equipo editorial puede proponer arreglos antes de enfrentar los problemas. Es mejor decirle a quien escribe, desde el plan, que divida un capítulo en dos o tres, que hacerlo cuando ya hay cien páginas escritas, en donde hay fallos estructurales graves.

Por otro lado, los objetivos del diseño son orientadores sobre la profundidad y calidad de la información y, por lo tanto, de los requisitos de su escritura. No es lo mismo “conocer” un tema que “distinguir”, “diferenciar” o hasta “identificar”. Desde ahí se podrá saber si se recurrirá a un estilo expositivo de hechos generales o será necesario incluir análisis más detallados y ejemplos múltiples y específicos para reafirmar la capacidad crítica en quien lee. Esto, que se deriva del diseño curricular, no ocurre con solo trasvasar el diseño a un supuesto “índice”, tal cual, sin modificaciones. Requiere de meditación y trabajo, tanto en el planeamiento cuidadoso como en el proceso mismo de escritura.

Cuando tomamos un libro en una biblioteca o librería, al leer el índice nos hacemos una idea bastante precisa de la promesa del libro, el enfoque de sus contenidos, hasta dónde llega en sus alcances. Lo mismo debe ocurrir con un plan de obra bien realizado: aun con el libro por escribir, nos debe ayudar a imaginarlo y a detectar, por cierto, si hay temas tratados con mayor profundidad de la necesaria, según las necesidades de la asignatura, o si existen carencias o desviaciones con respecto al diseño curricular. El diseño curricular no funciona como índice de la obra, sino como lineamientos de la asignatura. La obra, en cambio, ha de ser la asignatura misma, desarrollada, desplegada: es aula y es maestro, es pizarrón y es cuaderno.

Así, un plan de obra detallado no solo ahorra tiempo y dinero para todas las personas involucradas, también contribuye a crear un verdadero pacto entre editor/autor: ambos se ponen de acuerdo sobre lo que la obra va a ser (y excluyen lo que no será) y aceptan respetar estos parámetros durante el proceso de escritura posterior.

Una obra así diseñada desde el inicio, en donde diversas personas tienen responsabilidad en el proceso de aprobación (docentes, encargados de asignaturas, especialistas en contenidos, editores), además deberá cumplirse en un plazo definido, cuyas etapas de entrega se realizarán de acuerdo con el plan aprobado.

Una obra por encargo, por eso, no le pertenece al autor de la misma forma que una obra creativa: no tiene todo el tiempo del mundo para escribirla, no puede incluir temas arbitrariamente o por gusto personal, no puede ni siquiera elegir el grado de profundidad. Y aún así, es una gran experiencia y una maravillosa contribución.

Si usted ha recibido el privilegio y la encomienda de elaborar una obra didáctica, recuerde siempre que esta es una oportunidad para dejar una huella, tal vez no como artista, pero sí como docente. Un docente tejido con sus palabras, pero docente al fin y al cabo.

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Apple y los libros de texto

Las noticias de instituciones educativas utilizando iPads comenzaron a proliferar desde sus primeros meses en el mercado. Al principio eran solamente grupos de estudiantes o “clases”. A estos grupos piloto les siguieron instituciones educativas que optaron por entregar iPads a todos sus estudiantes. Hoy Apple anuncia más de un millón y medio de usuarios de instituciones educativas. Esta cifra es sorprendente y da cuentas de un mercado ya no tan incipiente como un año atrás. Si este mercado había logrado crecer por sí mismo, el empujón que ha recibido el día de hoy podría catapultarlo de manera definitiva. Todo esto dentro de Estados Unidos, por supuesto.

En nuestro mercado de lengua española, el panorama es menos alentador. La industria editorial hispanoamericana ha hecho todo lo posible por no incursionar en la edición digital y es con mucha reserva que las grandes editoriales van creando sus departamentos de libros electrónicos. Y si bien el iPad se ha convertido cada vez en un objeto más común, todavía tiene un precio alto para muchas personas, según nuestro medio y el ingreso per cápita de nuestros países.

Apple con su más reciente anuncio ha dado un paso más allá: ha rediseñado la applicación de iPad iBooks para un tipo de libro distinto del que es posible con el formato .epub. La única plataforma similar, hasta el momento, era Inkling, ya con un gran avance en este campo.

Pero lo que realmente me ha quitado el aliento del anuncio de Apple es el nuevo programa para Mac iBook Author (Autor de iBook). Con esta aplicación alevosamente gratuita, Apple quiere poner la autoedición en las manos de los usuarios. “Queremos poner los libros de texto en las manos de los estudiantes y de los docentes”, declaran. Pero hay quienes ya estamos haciendo otros planes.

El diseño de libros digitales, el verdadero diseño de libros digitales, todavía es algo distante del usuario común. Ciertamente es posible pasar cualquier documento en formato texto a .epub gracias a programas gratuitos y de código abierto como Calibre. Pero si se quiere incursionar en algo más profesional, hay que acudir a otras soluciones costosas y prohibitivas, como el Adobe InDesign 5.5. Con este nuevo impulso proporcionado por Apple, llega la autopublicación de otro tipo de libro: el libro interactivo, ilustrado, bello. El nuevo libro de la era digital.

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Los títulos no llevan punto

Un error frecuente en toda clase de documentos es el uso de punto final en los títulos de un escrito. Por título no solo me refiero al nombre de una publicación o artículo, también a esas oraciones o sintagmas que encabezan apartados y subapartados dentro de un capítulo u obra.

Los títulos y subtítulos a menudo se distinguen del texto principal por sus atributos tipográficos: letras de mayor tamaño (cuerpo), de estilo diverso (cursiva, negrita, versal, versalita) y, en algunos casos, de otra familia tipográfica.

En las obras académicas, los títulos cumplen una función indispensable: organizan la información, crean anclas de lectura, ayudan a seguir la lógica del discurso, sirven como guía en el proceso interpretativo (el esfuerzo cognitivo consciente por apropiarse del texto) y son un excelente instrumento para regresar al texto en la relectura. Los títulos sirven a un propósito antes, durante y después de leer. Y si el propósito del libro es enseñar, también tienen una función durante las etapas de repasar, aprender y comprobar lo aprendido.

Para contribuir a tener libros ordenados y títulos uniformes, también es necesario considerar algunas reglas ortotipográficas:

  1. Todos los titulares se escriben con letras altas y bajas. Es decir, se usan únicamente las mayúsculas que nuestra lengua admite según sus reglas ortográficas, como los nombres propios, pero no se emplean otras mayúsculas. Es incorrecto escribir todas las palabras del título con mayúscula inicial.
  2. Ningún titular lleva punto final. En mi opinión, es un error a veces generado por la ultracorrección: creemos que el título es una oración completa, pero en realidad no lo es. El punto final lo afea, lo vuelve pesado y lo distancia del texto que caracteriza.
  3. Si el título los necesita, sí se emplearán otros signos ortográficos, como la coma y los signos de admiración e interrogación. La única excepción a esta regla la hacen las oraciones interrogativas que parecen una pregunta pero en realidad no lo son: su función es la de describir el texto que les sigue, no de interpelar directamente a quien lee. En tal caso, se podrá prescindir de los signos de interrogación.

Si los títulos forman parte de su escritura (ya sea una tesis, una publicación académica o un ensayo), recuerde estas sencillas reglas. Así, cuando remita su trabajo a la editorial o a su equipo de revisión, le agradecerán un texto más limpio y con una apariencia más profesional. Además de cumplir con las normas y ahorrar tiempo y recursos durante el proceso de edición, usted estará emitiendo otro mensaje más sutil: que conoce su oficio.

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El arte de integrar las citas textuales

Soy –y he sido siempre– una lectora singular, con ciertos vicios que podrían considerarse imperdonables. Uno de ellos, aquí por primera vez confesado, es saltarme las citas textuales cuando estoy leyendo una obra académica.

No es algo planeado, simplemente ocurre. Comienzo a leer el hilo que un autor ha creado para mí, las pistas que me da, las migajas… y las sigo gustosa, adentrándome en el bosque con un guía. Pero cuando llego a una cita textual, esa voz que venía escuchando se ve interrumpida por otra voz ajena, con ecos de un viaje diferente, sumida en las preocupaciones de otro itinerario en nada semejante al nuestro.

Si la cita es corta, pertinente y está bien integrada al discurso del texto, no tengo problema con ella: la leo, la absorbo y la convierto en parte del paisaje. Pero si la cita es demasiado larga… no puedo esperar a seguir escuchando la voz de quien me trajo hasta aquí y, por lo general, paso al siguiente párrafo casi sin pensarlo.

Y si mi guía –la voz del texto– no comenta la cita, la da por sabida o simplemente salta al próximo tema, me pierdo por completo de lo que se dijo. Para mi inconsciente lector interno, las citas son como “carteles” en el camino, no son el camino en sí y, por eso, se las salta sin misericordia, como si no estuviesen ahí.

Esa, si no hubiesen otras, sería razón suficiente para desaconsejar el uso de citas extremadamente largas en la escritura académica: tesis, trabajos, artículos y libros didácticos.

Pero hay otras razones menos subjetivas.

Una cita corta tiene menos de 40 palabras. La cantidad máxima de palabras ajenas citables sin problemas de derechos de autor no debe superar las 800-1000 palabras. Pero 1000 palabras ya conforman poco más de dos páginas, tamaño carta, letra 12 puntos, a espacio sencillo. Es decir, una cita textual, por larga que sea, jamás debería alcanzar 1000 palabras. ¿Cuántas, entonces?

Desde luego que las necesarias, pero dos párrafos pueden rondar las 100 palabras. Más de esa cantidad, comienzan a sentirse pesadas. Si están muy justificadas –y solo el autor/investigador– lo sabe, no hay regla para censurarlas, al menos ocasionalmente. Son parte de la investigación y nadie podría decir nada al respecto.

Solo cuando están plenamente justificadas… Pero ¿cuándo no lo están?

Tanto el autor de un texto académico, como cualquiera de sus lectores (editores, docentes evaluadores, lectores de tesis) deberán estar atentos a estas posibles razones por las cuales un exceso de citas puede estar invadiendo (e interrumpiendo) el hilo del texto:

  1. Falta de dominio del tema en particular. Cuando un autor desconoce plenamente un tema, todo lo que otro autor (o autoridad) diga del tema parece sustancial. En cambio, los investigadores experimentados han leído tantas veces lo mismo en diferentes fuentes y se han formado sus propias opiniones, que ya pueden expresarlo sin problemas con sus propias palabras; no se ven en la necesidad de acudir a palabras ajenas para decirlo.
  2. Incapacidad de apropiación del discurso ajeno. La falta de experiencia o dominio de un tema puede llevar a una simple falta de capacidad para apropiarse del discurso ajeno.
  3. Falacia de autoridad (o temor a incumplir los requisitos académicos de autoridad). En las academias se recomienda usualmente acudir a una figura de autoridad para respaldar las afirmaciones propias y planteamientos de las investigaciones. Este sano hábito a menudo se distorsiona en un citar por citar: se evocan palabras que no vienen realmente al caso o incluso se acomodan o recortan las afirmaciones de otro autor para que supuestamente apoyen nuestro argumento. Lo cierto es que, si los vemos bajo el microscopio, poner citas de autores reputados en nada le ayudará a nuestro texto cuando sus palabras nada tienen que ver con nuestra investigación. Y el lector suspicaz se da cuenta de inmediato; por lo tanto, al final solo hacemos el ridículo.
  4. Desconocimiento de la técnica de la paráfrasis. Muchos autores novatos desconocen que, en cuestión de escritura académica, a menudo la paráfrasis es más saludable que el recargo de citas textuales: el autor demuestra capacidad de síntesis, dominio del tema y puede exponerlo de una forma original, aun cuando deje constancia del origen de cada idea o formulación gracias a una referencia parentética. Se trata de estas ideas-resumen del pensamiento ajeno, pero que entre paréntesis indican la obra de donde se toma. Esto es particularmente útil cuando un mismo concepto o tema ha sido tocado por múltiples autores. Así, en lugar de citar a cada uno para mostrar sus similitudes, uno, como autor del texto académico, hace un resumen sucinto, breve y al grano y menciona entre paréntesis los cuatro, cinco o diez autores que también tratan el asunto con ese enfoque.
  5. Plagio velado. Algunas veces ocurre que un autor comienza a ser citado intermitentemente página, tras página, tras página… Esto puede llegar a ser un plagio velado, especialmente si 20 o 30 páginas de una publicación, supuestamente original, cuando se comparan con la obra fuente, demuestran ser un resumen de las ideas de otro.

Algunas universidades tienen normas para esto: las citas no pueden exceder más del 25 o 30% de las tesis. Esta práctica, sin eliminar en forma alguna la cita textual como recurso, garantiza que los estudiantes se esfuerzan para crear un texto original, digerido por ellos y en donde son capaces de establecer relaciones entre todos esos autores, planteamientos, enfoques y lecturas que constituyen la base de su investigación.

Y de vuelta al mundo de la escritura para ser leída, el recargo de citas textuales es poco didáctico, pesado de leer y solo produce cansancio y distracción. Uno se aleja de la página, se va y la deja tirada. Si queremos hacerle un favor al lector, facilitémosle la lectura de nuestros argumentos y expongámoslos de forma que quiera seguirlos leyendo. En cuanto a las palabras ajenas, solo cuando su aporte es verdaderamente indispensable para la exposición del texto, solo entonces, podremos dejarlas y darles su justo lugar en nuestro recorrido por el bosque para que brillen con mérito propio.

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Tú, vos, usted…

En nuestro universo de habla hispana, los hablantes de cada país tienen su manera de dirigirse al otro, a su interlocutor, a la persona con quien hablan.

En Costa Rica, la gente habla sobre todo de usted, especialmente al referirse a desconocidos o personas mayores a uno. Se entiende como una señal de respeto y marca una distancia cuando no media suficiente confianza entre las personas. Por otro lado, la forma coloquial por excelencia para referirse a un par, amigo o persona menor que uno es el vos, en singular (para segunda persona plural se emplea sin excepción el ustedes, no el vosotros). Así, el voseo y el ustedeo se alternan y comparten el espacio de la comunicación diaria.

Aunque aquí hayamos reducido el fenómeno en extremo para su explicación, las relaciones sociales que se expresan a través de la alternancia entre vos y usted no son sencillas y producen una divagación constante. Un hablante costarricense puede comenzar hablando de vos para terminar hablando de usted, pero conjugando los verbos en (el tú que se escucha en la televisión, que aparece en todos los manuales de conjugaciones verbales y en todas las traducciones de libros hechas en España y México; el tú, en fin, que nos viene artificialmente desde fuera y se filtra en nuestra vida cotidiana hasta no saber cómo hablamos los ticos). Lo que es peor, esta divagación en el habla se traslada a la escritura, en donde el hablante –ahora escribiente– no sabe qué hacer: ¿trata de acercarse a su lector mediante una fórmula amigable, cercana, que rompa barreras; o mantiene la distancia, el respeto, la dignidad?

Con mucha frecuencia se mezclan las dos intenciones de comunicación y hasta en los mensajes más cortos el texto puede comenzar en un vos –a menudo conjugado como tú– y un usted, indispensable para mantener la distancia, la autoridad y el respeto. Aporto aquí un ejemplo tomado de una iglesia costarricense, en donde este fenómeno se ve claramente en unas poquísimas palabras, apenas un párrafo.

La difusión de internet, con el aumento de la comunicación escrita a través de foros y chats, también crea problemas existenciales: ¿cómo se escribe en un chat o en un foro? Basta andar en foros extranjeros para darse cuenta lo usual y frecuente que es el tú; y un tico, en territorios extranjeros, se adapta con facilidad. Pero los costarricenses, cuando se encuentran en un círculo cerrado, por ejemplo un curso en línea, prefieren el usted y siguen prefiriendo el usted por encima del tú o el vos, particularmente si son adultos. Al menos así ocurrió en el último curso en línea que tomé en Costa Rica, en donde adrede y con alevosía, lancé la pregunta e hice una pequeña encuesta. Había incluso reacciones adversas ante la idea de usar “vos” y ni una sola persona estuvo dispuesta a usar “tú”; no cuando se le preguntaba conscientemente.

Desde luego, este tipo de mezclas, curiosas e interesantes como son en un contexto cultural y en tanto objeto de estudio, se vuelven inadmisibles si cambiamos el contexto: si estamos escribiendo un libro en donde sea indispensable interpelar al lector directamente, es necesario elegir un solo estilo (tú, vos, usted) y ser consecuentes. Este es uno de los puntos que pueden llegar a ser polémicos en el día a día de la edición.

¿En dónde se necesita el “tú/vos/usted” en la edición de libros?
Lo primero que viene a la mente son los diálogos: ya sea en textos literarios o en recreaciones fabuladas en donde haya personajes, siempre que unos se dirijan a otros habrá necesidad de decir “tú” o “vos”. Aquí, claro está, la corrección dependerá de la intencionalidad, usos y funciones del texto. Conviene preguntarse si es necesario mantener la unidad o queremos, por el contrario, emplear estas marcas lingüísticas como una estrategia para mostrar la psicología o la cultura del personaje. En obra literaria, el corrector deberá hablar siempre con el autor y llegar a un acuerdo.

Pero hay otro tipo de obras en donde el tú/vos/usted puede ser útil: el ensayo en donde el autor quiere involucrar al lector; o, en el texto didáctico, puntos diversos en donde se desee crear zonas de encuentro entre el autor/docente y el lector/estudiante. En particular, una de las zonas en donde más frecuentemente se necesita interpelar al lector es en las instrucciones y ejercicios que sirven como guía para realizar actividades, recrear experimentos y hacer lectura interpretativa dirigida.

¿Usted, tú o vos en las instrucciones de texto didáctico?
Estamos muy acostumbrados a leer textos extranjeros redactados en tú. Es más fácil de conjugar, las formas son claramente distinguibles, los verbos dan la apariencia de tener faltas de ortografía… Por eso, alguna editorial costarricense que edita libros para niños costarricenses ha dicho “escribamos en tú, porque es más fácil de escribir y corregir”. Esta es una decisión arbitraria que no se basa en ningún estudio científico de los hablantes, ni siquiera en una sencilla investigación de mercado. Es una decisión tomada a puertas cerradas, sin tomar en cuenta al lector.

Otras editoriales didácticas, como la Universidad Estatal a Distancia (Uned, aclaro que de Costa Rica, no la de España), han seguido una larga tradición de uso del usted en las obras didácticas. Los textos son escritos para adultos dispersos en todo el país. Si bien es cierto que, sobre todo por influencia de la televisión, algunos grupos de hablantes jóvenes pueden emplear el en círculos urbanos, todavía en los pueblos y zonas alejadas del país el usted y el vos son la norma. Y el vos es algo que un tico solo le permite a un amigo, a un familiar, a sus padres o a su pareja; cualquier otra persona que se atreva a dirigirse a él en vos (y menos en ) es un irrespetuoso o un extranjero. Por lo tanto, se comprende por qué el uso del usted sigue siendo el más adecuado para estos textos. El vos debería reservarse únicamente para diálogos entre personajes, alguna que otra exposición de casos y textos especiales que lo ameriten, pero no para dirigirse al lector.

En síntesis
En lo personal, abogo por una edición que tome en cuenta los rasgos lingüísticos del lector, sin que esto obligue a una escritura estrictamente coloquial (la norma y la corrección también son necesarias en las publicaciones escritas). Por lo tanto, antes de tomar una decisión editorial de este calibre, conviene preguntarse a qué público va dirigida la obra (niños, adolescentes, adultos), en qué zona geográfica se desempeñan (ciudad, campo) y cómo hablan entre ellos. Y una vez respondido esto, habrá que decidir por qué se necesita el tú/vos/usted y cuáles son sus funciones dentro del texto. Solo después de esto, se podrá tomar una decisión y, una vez tomada, aplicarla con uniformidad y consistencia.

Así, y por si tenía alguna duda, en este blog usamos el usted.

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