Feliz Día de la Corrección

Hoy se celebra en Día de Internacional la Corrección*, en honor al natalicio de Erasmo de Rotterdam, quizás uno de los primeros hombres dedicados al oficio. Yo, en mi calidad de correctora —una de mis facetas en mi relación con las palabras— me apropio de esta fiesta y la convierto en un evento internacional.

Al recordar a Erasmo, recuperamos las razones básicas por las cuales nuestra profesión es necesaria en un mundo cada vez más dependiente de la palabra escrita (aunque proliferen otros medios, el escrito sigue más vivo que nunca). Erasmo era humanista, escritor y filósofo. Fue una de las figuras centrales del Renacimiento y su humor franco y despiadado nos acompaña hasta la fecha en su Elogio a la estulticia, también traducido como Elogio a la locura.

Erasmo nos recuerda que para señalar errores hay que tener varias actitudes y habilidades, además de una vasta cultura, un gusto nato por la lectura y un gran conocimiento de nuestras herramientas de la palabra. Estas son algunas de las actitudes, habilidades, capacidades, cualidades e ideales que, en lo personal, he encontrado de utilidad en mi quehacer profesional en la corrección, ya sea de conceptos, de estructura, de estilo o de pruebas.

Se las comparto, con el interés de advertencia y bienvenida para las personas que en el futuro abracen nuestra profesión. Corregir no es tan solo tachar errores de gramática y ortografía.

  1. Amor loco, apasionado y desesperado por la palabra en todas sus formas (ojalá la palabra bella, pero al menos la palabra eficaz, transparente, digna).
  2. Una cierta obsesión compulsiva en la búsqueda de la perfección (aunque la perfección sea inalcanzable y lo sepamos).
  3. Deseo de mejorar (lo propio y lo ajeno que se nos ha confiado; esto es una actitud que nos atraviesa: también tratamos de mejorar nuestra persona, nuestra vida, nuestro entorno, nuestro mundo).
  4. Meticulosidad (que nada se escape de nuestra atenta búsqueda).
  5. Altos niveles de concentración y atención (aunque a nuestro alrededor el mundo sea un caos).
  6. Cuestionar hasta los propios paradigmas (quien no reconoce su ignorancia, no puede corregir la ajena).
  7. Expresar la duda de manera comprensible (saberse explicar ahí en donde la otra persona no desea escuchar que hay algo mal)
  8. No dar nada por sentado (dudar hasta de nuestra sombra).
  9. Verificarlo todo (hasta lo que creíamos saber).
  10. Verificar si la recepción del texto se acerca a su intención (si lo que entendimos era lo que la otra persona quería decir o provocar).
  11. Comprensión de la lengua como un sistema (verla en su esqueleto, con visión de rayos x; la gramática en su estado más puro, etéreo, abstracto y mágico).
  12. Aceptar que hasta las letras mayúsculas tienen un valor en la comunicación escrita (y que pasamos todos esos años estudiando Latín, Griego, Lingüística y Literatura para que se nos vaya la vida y se nos juegue el prestigio en una mayúscula).
  13. Leer de manera activa, necia, majadera, interlocutora, cuestionadora, respondona… (es otra forma de entretenimiento, después de todo).
  14. Leer en varios niveles: del código escrito a lo que realmente se dice desde el texto como mediador (y reconocer que algo puede estar “gramaticalmente correcto”, pero alcanzar proporciones épicas de error por otras razones más sutiles, que necesitarán incluso el apoyo de especialistas en el tema).
  15. Mente abierta y capacidad de adaptación (lo que es correcto en un contexto no lo es en otro).
  16. Información y amplia bibliografía (no seamos ilusos: lo que nosotros queremos saber, alguien más ya lo investigó, lo escribió y lo publicó; conozcamos nuestros autores, leamos, aprendamos y tomemos decisiones informadas y con criterio).
  17. Buscar el punto medio entre la firmeza y la flexibilidad (entre la norma extrema y su ruptura antojadiza hay un amplio margen de acción para lograr textos claros y correctos y, aún así, respetar la intención de quien escribe).
  18. Saber escuchar (entre nuestro criterio y el del autor se entretejen textos más completos gracias al trabajo en equipo)
  19. Saber ceder (la nuestra no es una lucha de poder sino un intento por ayudarle al autor a quedar bien; es su nombre, después de todo, en la cubierta del libro).
  20. Proponer, proponer, proponer (estamos aquí para dar soluciones, no para dejar árboles caídos a nuestro paso).

Un gran abrazo, desde Costa Rica, para quienes siguen cambiando el mundo, todos los días, un texto a la vez.

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* Instaurado por primera ocasión en el año 2006 por la Fundación Litterae de Argentina, el Día Internacional de la Corrección o Día del Corrector de Textos se celebra el 27 de octubre en México, España y Argentina. Aporte de Amelia, lectora del blog Nisaba. ¡Muchas gracias!

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Escribir para quien lee: cómo lograr textos comprensibles

Soy su lector meta (o, para el caso, lectora). Estoy cansada. He trabajado todo el día. Al volver a casa, he lidiado con la cocina, la limpieza y la ropa sucia. He atendido a mi hijo (o hijos, no sabe usted cuántos tengo ni se lo diré). He conversado con mi pareja y he debido responder llamadas y visitas de mi familia. Mi vida está llena de actividades. Y aún así quiero estudiar (o leer, sin más). Son las diez de la noche (o las once o ya se inicia la madrugada). Por fin la casa duerme. Por fin el teléfono calla. Por fin el televisor se silencia. Me queda una hora de lucidez, quizás un poco más. Llegó el momento de abrir el libro y leer su texto.

Sí, su texto. Ese que dice usted haber escrito para mí. Ese que a usted le da tanto orgullo y al que le dedicó las mejores horas de su vida. Ese en el que ha vertido sus frases más excelsas, su investigación más profunda, sus reflexiones más certeras. Ese texto cargado de buenas intenciones y muchas palabras.

Los próximos quince minutos serán decisivos. ¿Qué cree usted que sucederá? ¿Me engancharé en la lectura, con frenesí y obsesión? ¿Pasaré del sopor y cansancio a un eufórico estado de alerta y voracidad lectora? ¿Desearé que la noche tenga mil y una horas más para leer otro párrafo, otra página, otro capítulo?

O…

Por el contrario, ¿caeré rendida sobre a la página, sin poder contener el sueño?

Quizás mi voluntad sea muy fuerte y no me duerma a la primera. Quizás interrumpa la lectura para prepararme un café o un chocolate. Quizás mueva las piernas de acá para allá. Quizás mire hacia la ventana o me distraiga con el sonido de un vehículo distante. Quizás sueñe con la cama caliente y quiera acompañar a quienes ya descansan, sin tener que soportar la tortura de este texto.

Sí. Tortura. De su texto.

Su texto es un medio. Para el caso, es el medio que me permitirá conectarme con su obra. Las ideas, imágenes, mundos, personajes, contenidos y conocimientos se entretejen en la obra, no en el texto. El texto es su evocación, su representación, su codificación, su paso de abstracción a sustancia: la palabra hecha carne (sonido, tinta y papel, para ser más exactos). La palabra y el texto son los instrumentos para que yo pueda recrear mi versión de la obra creada, visualizada, imaginada por usted.

Si ese medio tuvo éxito en su forma, ningún cansancio me detendrá: seré capaz de llegar hasta su obra (su mundo, su imagen, su historia), con mis virtudes y limitaciones, pero llegaré. Me puede faltar vocabulario, me puede no llamar la atención lo mismo que a usted, me puede sobrar alguna que otra reflexión, pero me sentiré inmersa en la obra que usted creó para mí. La crearé de nuevo junto a usted. En el acto de leer, reenunciaré su obra y será, durante ese acto, nuestra realidad compartida.

Pero digamos que usted, al escribir, sucumbió a la vieja trampa de la palabra no oral. Se preocupó por “escribir bonito” y confundió “bonito” y “elegante” con “entreverado y complejo”. Se dedicó a elegir palabras rimbombantes —y no se molestó en verificar su significado—. No se cuidó de las repeticiones innecesarias. Escribió oraciones larguísimas, complejas, macarrónicas y, peor aún, sintió un gran orgullo al escribirlas. Rellenó los párrafos de adverbios, muletillas y “por tantos” vacíos, así conectaran un argumento con el siguiente o tan solo un párrafo sin sentido con otro. Se sintió escritor (o escritora) gracias a esa abundancia florida de estructuras complejas que cree dominar. Alabó su ingenio y se imaginó que ni Cervantes ni Góngora podrían igualarle en su magistral técnica.

Lo que usted tal vez no sabe es que ese, su texto, es para mí algo similar a una enredadera devora-lectores. Lo sigo sin seguirlo. Leo varios párrafos solo para darme cuenta de que mi imaginación divagaba lejos, en los encuentros de la mañana o en el almuerzo de ayer. ¿Qué dijo? No sé. Me devuelvo. Ahora pienso en el fin de semana y si podré ir al cine, o a la piscina o a la playa. ¡Ah, la playa! No. Debo seguir leyendo. Tengo que intentarlo. ¿Qué dijo? Es que no entiendo. A ver, otra vez… Releo. Es inútil. No entiendo. O creo entender, pero, en mi cansancio, no me doy cuenta de cuán diferente es lo entendido de lo dicho. Debo ser yo el problema, ¿verdad? Usted, al fin y al cabo, sabe escribir y tiene una obra publicada. Yo no. Ha de ser que soy tonta, o ignorante, o estoy cansada. Sí, muy cansada. Muy cansada… Exhausta caigo y me despierto una hora después, aún en la mesa, con dolor de cuello. Me iré a dormir. No me queda más.

Ya veremos mañana si puedo leer. Si es que logro encontrar en mí la voluntad suficiente (porque ya vimos que el deseo no será) para retomar la lectura y terminar con heroico estoicismo.

Si estoy obligada a leer, terminaré a como pueda. Si no, tal vez me rehúse por unos días a deshacerme del libro, pero terminaré acomodándolo en la biblioteca o dejándolo por ahí, donde pueda perderse sin remedio.

Fin de la historia.

El texto —la palabra escrita— es en sí mismo un medio. El principal objetivo de quienes lo editan es impedir que este medio sea un estorbo entre quien lee y los contenidos a los cuales intenta llegar a través del texto.

La lecturabilidad de un texto es prioritaria en algunos tipos de publicaciones; entre ellas, en las obras escritas para enseñar o divulgar conocimiento. Cuanto más amplio sea el público que se desea alcanzar, mayores deben ser los cuidados para lograr textos claros, sencillos y comprensibles; es decir, lecturables.

Estas son algunas de las acciones clave que usted puede aplicar para mejorar la lecturabilidad de su texto, siempre con miras a su mejor comprensión por parte de quien lo lee.

  1. Prefiera los párrafos cortos, con unidad de sentido; de manera que las ideas se puedan separar bien entre ellas y ser analizadas de forma independiente durante la lectura.
  2. Escriba títulos y subtítulos adecuados para romper largos bloques de texto. Esto proporcionará anclajes mnemotécnicos para recuperar la información con mayor facilidad.
  3. Separe las las ideas por grupos manejables: agrúpelas por cercanía, pero sepárelas lo suficiente para poderlas procesar, enumerar y relacionar sin confundirlas. Ordénelas de una manera lógica y en una secuencia comprensible y natural.
  4. Construya sus párrafos con una puntuación clara y rítmica (sin incurrir en la comunicación telegráfica). Huya del exceso de oraciones subordinadas y de esos párrafos que se extienden por renglones y renglones sin encontrar un solo punto en su camino.
  5. Considere la memoria de trabajo del lector: para reconstruir el sentido de una oración, la mente debe retener los diversos fragmentos del enunciado durante un cierto tiempo, hasta poder completar la imagen o idea. La llamada “memoria de trabajo” (una memoria inmediata, para manejar información del momento) se encarga de este proceso. Puede retener unos siete bloques a la vez. Si su oración es muy compleja, tiene idea tras idea, subordinación tras subordinación y, de paso, anida ideas entre ellas, la memoria de trabajo se ve obligada a soltar fragmentos (los más viejos se sueltan antes). Reconstruir el sentido completo de la oración-párrafo-texto puede resultar imposible o se hace con un esfuerzo monumental.
  6. Si es una obra didáctica o de divulgación, desglose la información de manera visual para mejorar su memorización (listas, viñetas, cuadros, etc.).
  7. Emplee vocablos contemporáneos, conocidos y cercanos a la experiencia vital de quien leerá. Y si elige tecnicismos o palabras complejas, desconocidas y muy elegantes, asegúrese de proporcionar su significado o que este pueda deducirse del contexto, empléelas bien (verifique su significado) y úselas varias veces (mínimo cinco) para favorecer su adquisición.
  8. Elimine repeticiones, redundancias, vocablos de uso frecuente, muletillas, latiguillos, exceso de adverbios y calificativos bonitos, pero vacíos de sentido.
  9. Absténgase de reflexiones vacías que no hacen aportes reales a la argumentación ni producen pensamiento nuevo.

Y, sobretodo, deje su ego atrás y desapéguese de su texto, de su estilo y de su supuesta genialidad.

Es fácil caer en la tentación de no querer “tocar” el texto para “respetarlo” y dejarlo tal cual. “Me costó tanto escribirlo, ¿cómo voy a borrarlo?”; “Es mi estilo, si me corrige, ya no soy yo”; “Usted no entiende, yo sí entiendo; no necesita corrección”.

Su ego me sale caro a mí, como lectora. Me obliga a perder mi valioso tiempo en muchas oraciones, palabras y frases que pudieron haberse eliminado sin pena ni gloria. “Su estilo”, ese que usted tal vez defendió con vehemencia cuando alguien se lo intentó corregir, se convierte en mi cruz y me obliga a desear no haber gastado un centavo en su libro.

Respéteme como lectora y hágase un favor: no tenga miedo de tachar, reordenar, dividir, unir, sintetizar, resumir, ampliar, explicar, reexplicar… En una palabra: reescribir.

Su primera versión del texto puede haber sido el resultado de un gran esfuerzo, pero salvo que sea usted Cervantes (y que tenga el editor que este tuvo), su texto necesita mucho trabajo antes de que pueda llegar a mis manos con la transparencia suficiente para poder recrear su obra sin inconvenientes.

En síntesis, no le permita a su texto interponerse entre su obra y yo.

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Foto: Pixabay.com

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Cinco años de Nisaba

Ha pasado mucho tiempo desde que escribí la primera entrada de este blog. Tanto, que ya me olvido de celebrar aniversarios. La fecha me evade, en especial si me asedian la cotidianidad y los trabajos urgentes.

Hace una semana, el 30 de setiembre, Nisaba llegó a su quinto aniversario. Si alguien me hubiese preguntado en el 2009 si tenía planeado sostener esto durante un quinquenio completo, sin duda le habría respondido que no.

El objetivo inicial del blog era crear recursos de consulta para las personas con quienes colaboro todos los días. Aquí podía atender los problemas más frecuentes y hacerlo una sola vez, para compartirlos con cuantas personas fuera necesario. Supuse que las visitas no superarían la decena mensual, si es que del todo llegaba alguien, y no sabía si me aburriría pronto y lo dejaría todo tirado para irme a escribir textos más interesantes, según yo.

La realidad ha sido la prueba de algo que decía desde hace muchos años: no son los escritores quienes eligen sus textos. Sus textos los eligen a ellos.

¿Quién iba a decir que había tantas personas ávidas de conocer más sobre edición, corrección, escritura, investigación y hasta estilos bibliográficos? Mis dudas son también las de ustedes, quienes diariamente se acercan a este rincón de la Web y nos regalan un rato de lectura y hasta un comentario ocasional.

Son ya más de setecientas mil visitas las que acumula este blog en WordPress y en su primera versión de Blogger. Sé que habrá quien considere estas estadísticas una miseria, pero para mí es alucinante saber que las palabras de este blog quizás significaron alguna diferencia para tantas personas por ahí.

Gracias.

Gracias por leer. Gracias por comentar. Gracias por preguntar. Gracias por pedirme que siguiera escribiendo cuando mis obligaciones cotidianas me lo han impedido.

En honor a ustedes, Nisaba seguirá siendo un blog activo. Seguimos escribiendo, tal vez por otro quinquenio. Pero hoy, sin pensar en el pasado ni el futuro, tan solo celebremos: ¡feliz quinto aniversario, Nisaba!

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Imagen: Pixabay.com

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Pasos para elaborar un plan de obra

Los siguientes pasos son algunos consejos para elaborar un plan de obra a partir de un diseño curricular y por encargo, con base en parámetros específicos y claros establecidos por la casa editorial.

Identifique su población meta

¿Se dirige a un público general o especializado? ¿Son estudiantes de una carrera o de un curso de servicio? ¿Son estudiantes de niveles iniciales o avanzados? ¿Cuáles conocimientos previos deben tener para comprender este material? ¿Cuáles habilidades y conocimientos habrá adquirido al finalizar la lectura del texto? ¿Cuál es el perfil de salida de la carrera a la que pertenece la asignatura? ¿Cuál es la edad promedio? ¿Hay mayoría de hombres o mujeres? ¿Es una población de bajos recursos o muy educada?

Las respuestas a estas preguntas le ayudarán a tomar ciertas decisiones sobre el tipo de discurso que deberá emplear para escribir el texto. Sabrá si puede emplear un lenguaje más o menos especializado o, por el contrario, debe ir aportando las definiciones de algunos conceptos básicos. Le indicará la naturaleza de los ejercicios y actividades complementarias y, en general, le dará una idea de la profundidad con que debe tratar el tema.

Determine la extensión de la obra

Antes siquiera de formular la estructura de la obra, hay que saber todos los pormenores operativos: ¿cuántas páginas tendrá?, ¿cuáles son los plazos generales de entrega?, ¿será o no una obra ilustrada? En especial, se debe conocer todo lo posible sobre la extensión del texto, tanto en cantidad de palabras como en número de páginas.

  • Cantidad de páginas/palabras de la publicación: 50-80 páginas (menos de 50 000 palabras, 150-200 páginas (50 000-70 000 palabras), 300-500 páginas (100 000 palabras en adelante)… La equivalencia palabras/páginas varía según las características de la página publicada, el tipo de obra y los productos específicos de la casa editorial.
  • Porcentaje de ilustraciones aproximado para la obra: menos del 5%, entre 15 y 30%, 50% o más.

A mayor porcentaje de ilustraciones, menor porcentaje disponible de texto. Por ejemplo, si la publicación final debe rondar alguna cifra aproximada entre las 175 y las 200 páginas de cuerpo de texto (aparte irán las páginas preliminares y otros recursos de la obra), pero es una obra con un porcentaje de figuras superior al 40%, y lleva recursos gráficos como una columna auxiliar para información flotante y móvil, la cantidad de palabras se reducirá de 50 000 a unas 30 000.

Si, por el contrario, las mismas 200 páginas son para una obra de solo texto, sin ilustraciones ni columna auxiliar, se podría pensar en unas 70 000-85 000 palabras.

Esto debe estar claro desde el inicio, así usted, cuando escriba, no perderá esfuerzos en obras inacabables que luego serán recortadas sin misericordia.

Comprenda y respete la metodología de la asignatura

Una obra puede tener un enfoque más teórico o más práctico. Conviene diseñarla para que responda a las necesidades metodológicas. Si la obra tiene un enfoque teórico, tendrá una mayor cantidad de palabras. Sin embargo, si es de corte práctico, el texto puede ser menos relevante que los ejercicios y prácticas incluidas.

Analice los objetivos y temas de la asignatura

La obra final deberá ser el reflejo del diseño de la asignatura. Cuando lea el diseño curricular, revise los siguientes puntos: ¿cuántos temas tiene?, ¿cuántos objetivos tiene cada tema?, ¿cuál es la lista de contenidos asociada a cada objetivo?, ¿cuántas horas se espera que el estudiante le dedique a cada tema?, ¿cuánta profundidad deberá tener cada tema?

Conviene elaborar una lista de todos los contenidos de la publicación, con base en esta propuesta inicial. Esta lista luego tendrá que adquirir estructura, en términos de secuencia, extensión y profundidad. Una vez reorganizada, podrá distribuirse entre la cantidad de secciones o capítulos.

Defina cuántas partes, temas o capítulos tendrá su obra

Una vez conocidos estos datos, es necesario comenzar a tomar ciertas decisiones generales. Todavía aquí no desarrollamos contenidos como tales, sino que nos basamos en el documento que se haya proporcionado como base para proponer el texto, ya sea un diseño curricular o el plan de una asignatura.

  • División general de la obra: ¿tendrá una o varias partes?, ¿cuántos capítulos tendrá?, ¿cuántos temas serán atendidos en cada capítulo?, ¿cuál será la extensión promedio de cada capítulo?
  • División específica de los capítulos: ¿cuáles serán las partes en las que se divide un capítulo fijo? Por ejemplo: objetivos, motivación, desarrollo de la teoría, práctica dirigida, práctica independiente o ejercicios de autoevaluación.
  • Recursos didácticos tentativos: ¿cuáles subsecciones adicionales incluiré, no sujetas a apartados sino a las oportunidades temáticas? Se usan estos recursos para añadir información de cultura general, transversalizar de algún tema, preguntas generadoras, recomendaciones bibliográficas para ampliar el conocimiento de la temática, gráficos, esquemas.

Si un tema corresponde al 25% de los contenidos de la asignatura, no podrá abarcar la mitad de la obra (digamos, por decir algo, 100 páginas), porque estaría excediendo el espacio que le debería dedicar y esto redundará en una obra desequilibrada o que, al final, podría llegar a tener 500 páginas en lugar de 200.

El esquema (outline) o índice tentativo de la obra

Este es el paso más productivo porque, a partir de aquí, la obra comienza a “verse” y podemos imaginarla más o menos como llegará a ser. Se toma cada capítulo, tema o parte de la obra y se comienza a desglosar en sus contenidos específicos. Aquí se pueden seguir estos pasos:

  1. Distribuir todos los temas entre la cantidad de capítulos/páginas que tendrá la obra.
  2. Fijar una extensión promedio para cada uno de los capítulos y sus temas.
  3. Hacer un esquema (puede ser en un cuadro, para más comodidad) que se irá rellenando con base en el diseño curricular. Incluye las secciones “fijas” o repetidas que el capítulo tendrá, en su respectivo orden (por ejemplo, un resumen inicial siempre al principio de la obra o una síntesis siempre al final del texto).
  4. Anotar los objetivos del capítulo con base en los temas incluidos.
  5. Desglosar el capítulo en sus apartados principales.
  6. Desglosar los apartados principales en subapartados.
  7. Describir (en una oración o dos) los contenidos que desarrollará cada apartado.
  8. Incluir notas con ideas adicionales de escritura (ilustraciones, actividades, recursos de mediación).

Sobre la numeración

Si es una obra académica, al menos para efectos de preescritura, conviene emplear una numeración detallada, estilo 1, 1.1, 1.1.1, 1.1.1.1… Si se emplea este modelo, se debe recordar que está sujeto a algunas reglas básicas:

  • La primera cifra corresponde al número de capítulo (1, 2, 3…)
  • La cifra que le sigue corresponde al título nivel 1 del capítulo (1.1., 1.2, 1.3…)
  • La numeración se reinicia con cada capítulo: capítulo 1: 1.1, capítulo 2: 2.1…

Para finalizar

Una vez que se logra esquematizar el primer capítulo, el resto se vuelve más sencillo: se “rellena” el esquema básico de capítulo con la secuencia de temas del diseño curricular o plan de la asignatura y se hacen las adaptaciones del caso.

Un esquema básico de primer capítulo podría verse así:

Capítulo 1: Edición para autores

Apartado
Subapartado
Notas
Objetivos de aprendizaje
  1. Reconocer el valor de la edición de textos en el proceso creativo.
  2. Distinguir los tipos de edición.

[Los objetivos se toman textualmente del diseño curricular]

Introducción

Motivación de lectura. Se inicia con una anécdota que remita al tema principal.
1.1. Edición y escritura 1.1.1. Por qué debo dejar que alguien edite mi texto
1.1.2. Cuándo editar
1.1.3. Cómo altera la edición mi texto
Tendrá una sección para columna auxiliar con preguntas frecuentes de los autores.
1.2. Tipos de edición 1.2.1. Edición de contenidos
1.2.2. Edición sustancial
1.2.3. Corrección de estilo
- Se ilustrará con páginas corregidas a mano.
– Se incluirá un recuadro con un ejemplo célebre de edición
1.3. Técnicas para editar el propio texto 1.3.1. Eliminar lo que sobra
1.3.2. Reconocer muletillas, latiguillos y errores frecuentes
1.3.3. Comprobar las afirmaciones
- Se incluirá la definición de “latiguillo” y “muletilla” en la columna auxiliar
¡A practicar! Ejercicio de corrección textual

Desde luego, este ejemplo fue inventado para este artículo y no refleja ninguna obra real.

Se debe velar porque todos los contenidos del plan estén incluidos en la obra y que las adiciones (temas de más, nuevos apartados, discusiones extra) estén justificadas, sean pertinentes y se limiten a la información estrictamente necesaria para comprender la obra en su totalidad.

Con el plan listo y aprobado, se puede, ahora sí, comenzar a escribir; con la ventaja de que ahora no me atrapará la incertidumbre: sé más o menos cuántas páginas tendrá mi libro, cuántas páginas tendrá cada uno de los capítulos y cuáles serían los temas fáciles o difíciles. Mis sesiones de escritura serán más productivas porque no dependerán del susurro de la musa, a ver cuándo me dará la alegría de decir que esta es la última página, sino de mi itinerario de viaje, que puedo o no seguir en secuencia.

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Ya me corrigieron mi texto: ¿cómo interpreto los comentarios?

Por fin, ha llegado usted a la última palabra. La escribe con una sensación de triunfo. La adrenalina le recorre el cuerpo, mientras piensa que su texto es bueno, a pesar de todo. Siente orgullo, alegría, sensación de éxito. No puede esperar a enviárselo a quien se lo edita. ¿Qué dirá? Espera elogios, felicitaciones, palmadas en la espalda. “¡Muy bien!”, escucha en su mente una y otra vez. Muy bien… Y pulsa el botón de “Enviar”.

Y espera.
Y espera.
Y espera.

Mientras tanto, esa otra persona da por recibido el material y se toma su tiempo para leerlo. El tiempo le parece eterno. ¿Por qué no me lo envía ya? ¿Por qué no me dice algo ya? Yo cumplí con mi parte. Quiero que cumpla con la suya.

El manuscrito llega, días, semanas, meses después. Pero, ¡oh, sorpresa! En lugar de felicitaciones, elogios, expresiones de asombro y reconocimiento de visos de genialidad, encuentra usted un manuscrito manchado de cabo a rabo: “Falta número de página”, “lugar común”, “expresión vacía”, “confuso”, “ampliar”, “aclarar”, “contradicción”, “problemas epistemológico”, “revisar significado”…

Encuentra usted múltiples palabras eliminadas o tachadas, nuevas comas donde no las imaginaba, cientos de cambios de sintaxis, nuevos puntos y aparte, párrafos diseccionados, cambios de orden, anotaciones para incluir cosas que no había previsto, secciones nuevas o secciones íntegras eliminadas…

¿Qué pasó con su obra genial, su manuscrito perfecto, su puerta al Premio Nacional, al Pulitzer o al Nobel?

De aquella primera emoción se pasa a una sensación de tristeza que se convierte en paulatino enojo hasta alzarse en indignación. El problema se agrava si se va reconociendo verdad y tino en los comentarios. “¿En verdad soy tan ignorante?”, “¿cómo pude cometer tantos errores?”, “¿por qué esto no me lo dijeron antes?”, “¿por qué me hicieron pasar por esta vergüenza?”, “¿esto de verdad será así?”…

Cada comentario en la página se transforma en un calvario. Cada uno de ellos es el recordatorio de que uno ha fallado y el ego, el más lastimado en todo este proceso, se hunde en la tristeza y la depresión, con un vacío en el estómago y el deseo de jamás haber nacido o, para el caso, jamás haber escrito.

Para empeorar la situación, el manuscrito no puede quedarse ahí. Hay un contrato, un compromiso, una fecha de entrega. Y se espera que usted resuelva cada una de las dudas, apruebe o rechace cambios, amplíe conceptos y limpie el manuscrito para llevarlo a su segunda etapa.

El trabajo es tan arduo que va más allá de poner o quitar tres comas. Es reescritura.

Usted no entiende por qué sucede esto. ¿Acaso escribir no era fácil? Leer es muy fácil, uno se va de corrido en el texto. ¿Por qué escribir iba a ser distinto, sobre todo si usted habla un perfecto español nativo y no debería representar ninguna dificultad?

Mientras cientos de preguntas cruzan por su mente, entremezcladas por sentimientos nada bondadosos para quien hizo la revisión, el trabajo debe continuar y usted debe encontrar la manera de hacerlo. La desmotivación debe quedar atrás. ¿Cómo hacerlo?

La próxima vez que se encuentre en esta situación, póngase en los zapatos de quien edita y recuerde estas ideas.

  1. Se editó su texto, nadie le juzga a usted. Esto no es la escuela y usted no recibe una nota. A nadie le interesa calificarle a usted, lo que interesa es su texto y que este se defienda solo ante la comunidad lectora que lo recibirá.
  2. Los comentarios al grano no son muestra de grosería. Quien edita trata de ser amable, pero no puede hacer un discurso de cada comentario. Cuanto más al grano vaya el comentario, mejor. Esto no significa que la persona sea grosera, sino que ha optado por hacerle perder a usted el menor tiempo que sea posible, para hacer menos agobiante el proceso de revisión.
  3. Se distingue entre norma, mejora y sugerencia. Quien edita sabe que algunas de sus observaciones deben ser acatadas porque responden a una norma lingüística clara e inexpugnable. Otras observaciones, en cambio, entran el campo de la mejora (lo anterior era correcto, pero esto mejora, precisa o acota mejor el texto) o de la sugerencia (lo anterior era correcto, pero se beneficiaría de esto otro). Usted no siempre estará de acuerdo con todo, a veces incluso tendrá mejores soluciones. Sopese el comentario, analice si existe una solución mejor y negocie.
  4. No se debe caer en una lucha de poder. Quien edita no tiene el menor interés en convertirse en una figura dictatorial que debe ser obedecida sin reservas. Nos interesa ayudarle a usted a tener el mejor texto, ya sea con la solución sugerida o con otra alternativa que atienda la razón que dio origen al comentario.
  5. Quien edita es especialista, usted no. Tendemos a pensar que hablar español es una habilidad universal y, por sí sola, nos concede la autoridad para expresarnos con absoluta corrección. Esto es falso. Así como se estudia medicina, ingeniería o arquitectura y se reconocen estas especialidades por sus competencias y conocimientos particulares, de la misma manera se estudia la lengua, se aprende a usarla como un metal maleable, se utiliza para comunicar… Quien edita es una persona experta en su campo. Permítale aplicar su formación y su experiencia con libertad.

¿Qué puede hacer usted?

En lugar de echarse a morir de tristeza o de furia por los comentarios a su texto, procure establecer una distancia saludable entre sus sentimientos y la labor profesional que está realizando.

Lea cada comentario, analícelo y, si no lo entiende, concierte una cita y pida explicaciones. Sin duda, si quien está editando tiene la formación y la experiencia necesarias, podrá respaldar y hasta dictar cátedra de cada uno de los comentarios que ha escrito. Prepárese, si usted lo solicita, para escuchar explicaciones suficientes, argumentos sólidos, decisiones justificadas y apoyadas en fuentes.

Escuche, sopese, analice. No rechace de plano: proponga. El objetivo final es encontrar soluciones, no quedarse rodando en los problemas.

Al finalizar, es posible que usted cambie su manera de ver el mundo, suavice los impulsos de su ego y termine con un texto mucho más satisfactorio que aquella alguna vez emocionante primera versión.

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Clic: ¿se “da” o se “hace”?

Una de las acciones más comunes de nuestra cotidianidad en los medios digitales es el clic: ese pequeño “sonido seco y breve, generalmente metálico” (DPD, 2005: “clic”) que emiten los ratones (mouse). El sonido se convierte en acto y, con ese acto, viene su obligada enunciación. En este artículo se expondrá la manera correcta de enunciar el vocablo clic en construcciones gramaticales y cuál es su ortografía.

Qué es un clic
El clic es, en primer lugar, la representación de un sonido y, en segundo, la pulsación que da origen a ese sonido. El artefacto que se emplea para hacer el clic en tanto acto es el ratón o mouse, según lo recoge ya el DRAE, aunque existen dispositivos que permiten hacer pulsaciones mudas: desde las superficies táctiles de las computadores portátiles (trackpad) hasta los dispositivos móviles. La idea de un clic mudo no le importa a nadie: la pulsación en una interfaz informática seguirá denominándose así, aun cuando la memoria olvide el origen del vocablo.

La etimología
El vocablo proviene del inglés click, lengua en la que aparece alrededor de 1580. Otros vocablos semejantes son klikken, en holandés y frisio oriental, y clique en francés, con el significado de ‘sonido de un reloj’.

Desde luego, con su significado de pulsación, ingresa al español con la popularización de las computadoras.

Los primeros prototipos de ratón (mouse, en Latinoamérica) estuvieron listos en 1968, en la Universidad de Stanford, y el concepto fue perfeccionado durante la década siguiente, en los laboratorios de Xerox. La primera computadora de venta al público en incluir un ratón salió a la luz en 1981. Fue una curiosidad tecnológica de poco uso hasta 1984, con la Macintosh: la primera en tener un sistema operativo capaz de sacar amplia ventaja de este dispositivo.

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Cinco ratones distintos, marca Apple. Foto: Wikipedia.

Desde ahí, el ratón o mouse forma parte indispensable de la experiencia informática hasta fecha muy reciente, en que comparte su hegemonía con los dispositivos táctiles. Como curiosidad, Apple es la única en ofrecer una alternativa al ratón para las computadoras de escritorio: el trackpad o una superficie táctil independiente, inspirada en su éxito con este dispositivo en las computadoras portátiles.

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Trackpad, marca Apple. Foto: Wikipedia.

La enunciación

Uno de los temas que más llama la atención sobre el sustantivo clic es la dificultad de integrar esta palabra de origen inglés dentro de las expresiones en español. Quizás esto se deriva de su intangible condición de acto. De alguna manera, los hablantes se preguntan: ¿qué es un clic?, ¿un clic se hace o se da?, ¿cómo se verbaliza el clic?, ¿a qué se parece?

Como resultado de esta incertidumbre, conviven varias formas gramaticales de integrar el clic a la enunciación: solo una es avalada por la RAE y las otras son consideradas erróneas.

La RAE recomienda hacer clic y la prefiere sobre los verbos clicar y cliquear. Ambas formas son sintéticas pero malsonantes y extrañas. No me hace falta la recomendación de las Academias para no emplearla, lo admito.

Sin embargo, se ha popularizado la expresión dar click (nótese la ortografía). Puesto que el clic es un sonido o una acción, su combinación con el verbo “dar” también resulta extraña. No es del todo avalada por la RAE y con razón. Eso no ha hecho que se extienda menos, por el contrario, en algunos medios casi se convierte en la norma. Mi hipótesis personal es que los hablantes establecen un paralelismo con expresiones válidas, como “dar un toque” o “dar un golpe”. Al fin y al cabo, el clic es el resultado de una pulsación y, en la práctica, la presión necesaria para obtener el clic se obtiene con un pequeño golpe. Incluso es frecuente escuchar a una persona diciéndole a otra: “dele ahí, dele ahí”, para indicar el lugar en donde se debe pulsar.

Hasta que la expresión “dar clic” no sea recogida y avalada, es preferible emplear “hacer clic”. Y aún cuando lo sea, en lo personal, prefiero la última.

Ortotipografía

Esta palabra ha sido aceptada en español con la adaptación clic, sin k al final. Es una adaptación válida y, por lo tanto, cuando se escriba así, se utiliza en letra redonda, como cualquier otra palabra en español. La grafía click corresponde a la onomatopeya en inglés y siempre deberá escribirse con letra cursiva.

Alternativas

Se podría emplear el verbo pulsar para indicar la acción de hacer clic. Eso sí, no es necesario hacer combinaciones. Sería incorrecta la expresión “pulse clic”, no solo por disonante, sino también por redundante y sin sentido.

En síntesis

Como breve resumen, se puede emplear esta breve guía:

Correcto
Incorrecto o no deseable
Hacer clic Dar click
Clicar
Cliquear
Pulsar Pulsar clic

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Técnicas para superar la procrastinación en la escritura

Abro la página en blanco. Me da sed. Pongo la primera página. Tocan a la puerta. Escribo una línea. Llega una notificación de Facebook. Media, una o hasta más horas después, he respondido a varias conversaciones, he leído y refeisbuqueado (¿cómo decirlo?) o retuiteado varios artículos, he respondido con “Me gusta” a diversos comentarios y publicaciones de mis amistades varias y, en fin, mientras mi vida social aparente crece, mi escritura sigue escuálida, desatendida, malhumorada con mi falta de compromiso.

Situación típica, dirán algunos. Inconfesable, dirán otras personas.

La procrastinación es uno de los males típicos de quienes nos dedicamos a escribir. Las redes sociales han incrementado las posibilidades para distraerse de forma rápida, durante horas, con actividades intrascendentes, pero no por ello es algo nuevo o reciente. La televisión, el crucigrama, las compras, limpiar o ensuciar la casa… todas eran —y siguen siendo— distracciones sintomáticas de algo más poderoso: el bloqueo.

Para superar la procrastinación, el primer paso es aceptar la situación y tomar la decisión honesta de modificar nuestros ya formados hábitos de distracción sistemática, evasión y eternas largas a nuestras actividades creativas. Desde ahí, comparto tres acciones que me han resultado de utilidad para transformar la procrastinación en productividad.

Trabajar por objetivos pequeños y realizables

La técnica Pomodoro (http://pomodorotechnique.com) consiste en dividir las tareas grandes en objetivos pequeños y puntuales (“pomodoros”) de unos 25 minutos u otro periodo a gusto y medida de la tarea, no menor de 5 minutos y no mayor de 60. Durante el “pomodoro”, nada debe realizarse salvo el objetivo fijado. Sin embargo, a veces uno se propone iniciar una tarea, se va a revisar una notificación en redes sociales y, sin darse cuenta, deja pasar 15, 20, 30 minutos.

En mi caso personal, utilizo el programa Vitamin-R para Mac y iPhone (http://www.publicspace.net/Vitamin-R/), una estupenda herramienta para trabajar por objetivos puntuales, llevar registro del estado de motivación y hasta levantar las estadísticas de productividad por día y por semana. Hay otros programas que funcionan con la técnica Pomodoro o variantes, ajustados a diversos gustos y presupuestos.

También se puede emplear un reloj de cocina común o cualquier cronómetro, lápiz y papel. No es necesario hacer grandes inversiones para emplear esta técnica.

Llevar un diario

Cuando los hábitos se han transformado en acciones automáticas realizadas “sin pensar”, es necesario sacarlas del umbral de inconsciencia y llamarlas de inmediato a nuestra atención despierta y plena. Una manera de hacerlo es crear un registro de la actividad evasora, como puede ser un diario (o cualquier otra técnica válida, según el gusto personal).

Así, cada vez que me veo haciendo una actividad distinta de aquella en la que debería sumirme, cuando logro darme cuenta de lo que estoy haciendo, detengo la procrastinación de manera inmediata y me voy a mi “Diario de procrastinación”. Ahí anoto la hora exacta, lo que estaba haciendo antes de distraerme, la distracción en sí, cuánto tiempo ha durado y cuáles son mis síntomas físicos, mis emociones y mis pensamientos en el momento.

Tras esas breves notas, es más probable que regrese a mi trabajo y abandone la distracción, por el solo hecho de “pillarme” en la acción evasora.

En retrospectiva, el diario también ayudará a medir el progreso y verificar el avance en el proceso de modificación de la conducta.

Indagar y resolver la causa de la procrastinación

La procrastinación no es un síntoma de vagancia ni es una acción voluntaria para evadir el trabajo. Por lo general, esconde una causa más profunda. Descubrirla y sacarla a la luz es el primer paso para darle solución.

Algunas causas típicas son el cansancio mental y neuronal, el desinterés por la tarea realizada, la apatía, la presión, el estrés y el autosabotaje.

El cansancio es una de las causas más fáciles de resolver. Cuando el agotamiento mental es muy fuerte, no hay manera de concentrarse. El sueño, el esparcimiento y la buena alimentación son algunas de las soluciones para regresar a una forma física adecuada para labores cognitivas complejas.

El desinterés, la apatía y el estrés son eventos emocionales relacionados con la naturaleza del texto que se escribe y sus circunstancias. Puede ocurrir que la temática sobre la que se escribe no sea tan afín a quien la está trabajando. Si, además, se siente como una obligación y una distracción de sus verdaderos intereses, la resistencia puede llegar a ser muy poderosa.

Conviene hablar sobre el tema, transformar el enfoque o el abordaje y buscar maneras de motivación eficaces para continuar con el proceso.

También puede revisarse si los contenidos en sí resultan aburridos por razones de fondo: problemas estructurales, temática irrelevante, problemas severos de comunicación y lenguaje… En tales casos, hacer un alto en el camino y replantear el texto se vuelve indispensable para avanzar.

El autosabotaje

El autosabotaje merece una mención aparte porque es una de las principales causas de la procrastinación. “Es terrible, hasta una mosca me distrae”, me decía una tesiaria en su etapa final de escritura. El acto de escribir un párrafo le parecía monumental, a pesar de todos sus esfuerzos, incluido escribir de madrugada, para huir de llamadas telefónicas, familiares y amigos.

Esto suele ocurrir cuando se le han dedicado muchos años y esfuerzos a un mismo proyecto. El inconsciente (o como se le quiera llamar) se acostumbra a ser el eterno “aspirante a escritor o escritora”, “tesiario”, “novelista en progreso”…

Finalizar la obra implica completar una transformación. Cambiar es equivalente a morir. Muchas excusas dejan de tener vigencia: “no puedo salir porque estoy haciendo la tesis”, “no puedo trabajar porque no he completado el grado”, “no puedo publicar, porque no he terminado la novela (en eterno proceso de escritura)”, “no puedo llamarme escritor porque no he publicado”, “no puedo ser feliz porque no puedo llamarme escritor”…

Esto es equivalente al proceso de transformación de la crisálida. Al gusano no le hace ninguna gracia dejar de ser gusano. Hasta tener sus alas, no comprende la pequeñez de su anterior vida rastrera.

La distracción a menudo es una de las muchas técnicas de autosabotaje de nuestro gusano interior para evitar llegar al estado de mariposa.

Darse cuenta de un posible autosabotaje contribuye de inmediato a detenerlo y a modificar las acciones, desde un nivel de conciencia más elevado, despierto.

En síntesis

Acabar con la procrastinación es pasar de la actitud de “dejarse llevar por la corriente” a “asumir el control y manejar el timón del barco”. Hay que tomar las riendas de la escritura (o la edición, o el trabajo) y llegar hasta la meta fijada. Aunque suene cliché, dejar de ser gusano sigue siendo, a pesar de todo, difícil.

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